Actualizado: 21/08/2017 12:31
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Cuba, EEUU, Trump, Miami

Trump, Cuba y Miami: la farsa y la piedra

Lo peor es que vivimos uno de esos tantos momentos, en lo que respecta a Cuba y EEUU, donde oportunistas, revanchistas y reaccionarios de ambas orillas compiten a ver quién cae más bajo

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La historia es vieja, muy vieja; la ilusión infinita. Lo que no deja de producir sorpresa es esa capacidad del exilio miamense, de volver una y otra a tropezar con la misma piedra, y cuando no la encuentra buscarla y colocarla en la vía.

Donald Trump y el exilio, donde los papeles de seductor-seducido se han venido intercambiando desde que el actual mandatario se dio cuenta que no era una mala aritmética contar con votos de cubanoamericanos, y que tampoco era muy difícil ganárselos.

A partir de ese momento, las cifras han importado poco para repetir viejos mitos con nuevos nombres; acelerar mentiras que reafirmen, más o menos, que sin la “little help” de los cubanos de Miami, Trump no habría salido nunca de su penthouse en Manhattan; y también que, sin la participación del actual inquilino de la Casa Blanca, el fin del castrismo resultaría imposible.

Lo peor es que vivimos uno de esos tantos momentos, en lo que respecta a Cuba y Estados Unidos, donde oportunistas, revanchistas y reaccionarios de ambas orillas compiten a ver quién cae más bajo.

Ni el régimen de La Habana merece defensa alguna, ni tampoco el desfile de los que se titulan opositores inspira confianza, y mucho menos el tardío reverdecimiento de La Pequeña Habana. Al final todo se resume a una pérdida de tiempo enorme para el avance de la democracia en ambas costas, y lo que se escucha es simplemente un coro de idiotas aprovechados o de aprovechados idiotas.

“Estoy tratando de revertir la dinámica; estoy tratando de crear un sector empresarial cubano que vaya a donde está el gobierno cubano y lo presione para que haga cambios. También estoy tratando de crear una clase floreciente de empresarios privados independiente del gobierno”, ha expresado el senador Marco Rubio, que de pronto se ha atribuido —¿realmente se lo ha dado Trump?— el papel de “Zar” de Cuba dentro de la Administración y el Congreso.

Sin embargo, esa creación de un “sector empresarial cubano” era precisamente lo que estaba tratando de hacer Obama, con resultados pobres. Porque si bien el régimen de La Habana acepta al trabajador por cuenta propia y una pequeña empresa privada con limitada contratación, lo que ha dejado bien claro que no permitirá es lo que considera “concentración de propiedad y riqueza”. O sea, la creación de verdaderos empresarios. Así que lo que se demuestra de nuevo es que ni demócratas ni republicanos tienen la más puta idea de cómo tratar con Cuba, y no me refiero solo al gobierno sino a la población en general.

Puro disparate pretender crear desde fuera una “clase floreciente” de empresarios “buenos”, frente a otros empresarios “malos” (los militares), cuando desde hace varias décadas el país está bajo el mando de una dictadura militar. Como si fuera necesaria GAESA para que una parte de cada dólar enviado a Cuba —sea para un disidente a la espera del providencial pasaje al exterior o aquel destinado a un familiar— no acabe en el Gobierno o en el bolsillo de Castro, que en última instancia es lo mismo.

El empeño entonces en limitar los recursos económicos a los militares no sirve más que para alimentar requiebros locales, dulces esperanzas de desfondamiento, resarcimientos incumplidos por el paso de los años.

Desconocer la existencia de una estructura de sistema totalitario en Cuba —matizada en los últimos años por cierto repliegue al simple autoritarismo en algunos renglones de permisividad cultural y de limitado discurso social y crítico—, que permea todo el país y en lo económico solo permite resultados marginales a los independientes —que no lo son desde la esfera de cerrazón política—, así como el buscar arrancar espacios empresariales independientes desde las costas de la Florida, no es más que colocarse en un obamismo sin Obama como estrategia de liberación democrática para Cuba.

El colocar al Grupo de Administración Empresarial, S.A. (GAESA) en el centro de las nuevas medidas demuestra no solo una falta de visión política, al tratar con el Gobierno de La Habana (porque en resumidas cuentas la administración Trump no renuncia a la negociación), sino una táctica desafortunada (que no rendirá frutos) y una estrategia sin posibilidades de triunfo.

Dejar fuera a los militares, como potenciales agentes de cambio en Cuba, podrá sonar “glorioso” en La Pequeña Habana, pero tiene en su contra siglos de historia, las geografías más amplias y los resultados políticos más notorios. Las transiciones no suelen ocurrir al gusto y la medida de los ineptos. Y los aptos no siempre son los intachables.

La ausencia en el panorama cubano de posibilidades reales en el presente para una transformación social y política desde la población, obliga a intentar la vía de una transición “desde arriba”. Agotado el camino del desgaste económico —porque pese a la perenne crisis económica el sistema imperante en la Isla no muestra signos de una implosión futura— el incierto destino de un cambio post-raulista solo deja abierta la puerta de una evolución dentro la elite gobernante, en la cual los militares no solo son una pieza clave sino un factor imprescindible. Con su firma del viernes en Miami, Trump acaba de garantizarle a Raúl Castro una permanencia al mando sin tentaciones externas al círculo de poder, por al menos cuatro años o más, y sin la voluntad y la biología lo acompañan. En la Plaza de la Revolución deben estar celebrando; no importa las declaraciones, de momento sospechosamente tibias.

En última instancia lo firmado por Trump y repetido con entusiasmo por los verdaderos tontos inútiles de Miami solo redundará en ganancias adicionales esas agencias de viajes tan vituperadas —no sin razón en muchos casos— por ese mismo hardcore exiliado; interminables disputas y reclamos en ambas costas y alimento cotidiano para la lipidia, ese ejercicio cotidiano al gusto tanto de La Habana como de Miami. Además de—por supuesto— propiciar líneas interminables a potenciales diálogos y monólogos al estilo de Gila, el gran histrión español y su teléfono: “Aló, es el enemigo. Que se ponga”.

De momento en Miami, donde los histriónicos se disfrazan de históricos, los cómicos de la lengua de la radio ya han iniciado temporada, con llamadas a los militares para que dejen de ser militares y se conviertan en empresarios —como ya si ya no fueran ambas cosas— y transiten el oportuno camino de Damasco.

La tan anunciada política de Trump hacia Cuba se reduce a un acto de malabarismo. Más o menos como lanzar unos cuantos cohetes sobre un aeropuerto militar sirio propiamente avisado. Mucho para gritar y poco para defender. Un nuevo capítulo de la farsa.


Una versión de este artículo también aparece en El Nuevo Herald.


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