Actualizado: 29/05/2020 12:36
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| Cuba

Carta desde Santiago

Tres historias para empezar el año en la otrora 'cuna de la revolución'.

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Reenviada desde Nueva York por un desconocido —¿cómo le conocería mi amigo santiaguero?—, me llega una carta donde entre recuerdos y bromas el remitente ofrece tres anécdotas caracterizadoras de las expectativas cubanas para 2007.

Me cuenta de unos parroquianos en la Casa de la Trova, mesa contigua a la que ocupaba. Festejaban el cumpleaños de un médico, al parecer familiar, programado para irse a Venezuela. "Si el Abuelo se va, me quedo" —dijo el médico. "Está despachao" —oyó que decía otro del cuarteto esperanzado. Y después, bajito, el médico de nuevo: "¿Por qué tengo yo que pagarle el petróleo a Chávez? ¿Y a mí quién me devuelve el tiempo lejos de la mujer y los hijos y la vieja?".

Omito datos que puedan identificar al médico. Apunto que tras las preguntas se dedicó a describir la desoladora situación del hospital donde trabaja, sobre todo la escasez de personal arriba —especialistas— y abajo —limpieza—. Brindaron por darle agua al dominó, porque hubiera un cambio, cualquiera que desbaratara la gruesa inercia. Mi amigo les acompañó desde su mesa, ninguno se sorprendió, ninguno cogió miedo.

"Son otros tiempos" —concluye este párrafo de la carta... Tienen que ser otros tiempos —añado desde aquí, añade cada cubano con un poco de honradez y sentido común, con un poco de incertidumbre pero espantado ante el continuismo de los vice.

Me cuenta desde su barrio de Vista Alegre —clase media-baja venida a menos, pero con FE (familia en el exterior) floridana— de la situación de los negros en la antes llamada "cuna de la revolución". Transcribo: "Pacholo —cambio el nombre— de turisantero va librando, ¿no sé si lo conociste? Iba por la casa de la UNEAC, pero allí no araña ni medio chavito. Siempre vestido de blanco y con sus collares en el cuello y en las muñecas, para llamar la atención y que el turismo le pague Ifá y Changó y unas frías por El Morro".

Deseando una Cuba distinta

Racista con autocrítica, mi amigo blanco no comenta que la discriminación a los negros ahora se ha impregnado del mismo triunfalismo que oculta otros desastres, como la discriminación regional contra los orientales en occidente, que llaman "palestinos"; o como la económica, a partir de que el exilio es mayoritariamente blanco, con su puntual efecto en las remesas familiares; o en la cúpula del Poder postrevolucionario, donde no hay la más mínima proporción de negros y mulatos en relación con la demografía.

Y sí recuerdo a Pacholo: haragán con balcón a la calle y maceticas de diez del día, aunque nunca abre los ojos antes de las 12. En un tiempo posó de etnólogo, se vestía de Fernando Ortiz, aunque ya en la noche los ronazos le impidieran pronunciar Lachatañeré... El mismo folclorismo oficial —fuego caribeño en festivales para canadienses y noruegos— le retornó a sus ancestros, ya no hacía falta posar de científico social —materialista histórico y dialéctico—, podía ser de nuevo un creyente en sus orishas, tan segregado y pícaro, tan del postmoderno teatro bufo.

La tercera anécdota que me cuenta el santiaguero va por una librería clandestina, cuya dirección desde luego olvida. El dueño sabe lo que tiene, espera al cliente probo, sin prisa. Los bibliófilos ahorran, con absoluta discreción caen por allí y salen con el tesoro envuelto en el Granma.

Apunta el precio de tres joyitas bibliográficas: Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante: 20 chavitos o su equivalente en pesos ingrávidos; Fuera del juego, de Heberto Padilla (en la edición que hizo Universal, de Miami, al conmemorarse el aniversario 30): 15 chavitos —¿cómo llegaría a Santiago, en qué coche de aguas negras como García Lorca?—; y Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas: 20 chavitos.

Al celebrar estas navidades, mi amigo termina deseando una Cuba distinta, donde el médico, si se va para Venezuela, pueda hacerlo con su familia, donde Pacholo siga en lo suyo sin temor a que de pronto Marx o Engels o el Departamento de Orientación Revolucionaria recurven, donde los libros prohibidos ocupen las vidrieras de la calle Enramada. Nosotros también. Que así sea, sin sangre y con ilusión.