Actualizado: 22/05/2018 10:44
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EEUU, México, Trump

Cuidado con México

La decisión de Trump de renegociar el tratado de libre comercio con Canadá y México es un plan político, no económico, que en la práctica podría tener consecuencias negativas para EEUU y el mundo

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México está llamado a convertirse en la primera víctima y/o barrera de contención frente a la ofensiva global de Donald Trump. En menos de una semana, y a humillación diaria, el magnate ha deshilachado el tupido manto de intereses mutuos que tantos años y tanto esfuerzo ha costado tejer.

En el reequilibrio de fuerzas en marcha, se tiende a infravalorar la capacidad del Gobierno mexicano para contraatacar y hacer daño a su vecino. Sería un error subestimar a los “bad hombres”, como los llama Trump, señala Ángel Villarino en el diario español El Confidencial.

Jorge Castañeda, exministro de Exteriores con Vicente Fox y profesor de la Universidad de Nueva York, lleva semanas promoviendo una ofensiva. La primera medida que defiende consiste en hacer la vista gorda en la frontera sur, donde las autoridades mexicanas se encargan desde hace años de entorpecer el flujo de inmigrantes que llegan de Centroamérica.

Castañeda insinúa que el Gobierno debería aflojar la presión sobre los narcotraficantes, sobre todo los de marihuana

Sucede que son ellos (hondureños, salvadoreños, guatemaltecos...) y no los mexicanos, los que protagonizan hoy la oleada migratoria. Así que, en Los Pinos, el palacio presidencial mexicano, solo tendrían que dar ciertas directrices y hacer correr la voz para abrir la espita y provocar una auténtica avalancha, de la misma manera que lo hace Marruecos cada vez que busca meter presión al Gobierno español. Por muchos kilómetros de muro que construya Trump en zonas desérticas por las que nunca transitó nadie, por muchos nuevos patrulleros fronterizos que despliegue, se las arreglarán para seguir entrando. Con ayuda de túneles y mafias, si es necesario.

Otra de las grandes bazas de México es su papel en la llamada “guerra contra las drogas”, una ofensiva inspirada desde Washington y puesta en marcha por el gobierno “progringo” de Felipe Calderón en la que México seguramente ha perdido mucho más de lo que ha ganado. Castañeda insinúa que el Gobierno debería aflojar la presión sobre los narcotraficantes, sobre todo los de marihuana, aprovechando además que en los estados más progresistas de Estados Unidos ya es legal su consumo. Otros analistas defienden legalizar las drogas blandas y dejar de actuar en la frontera para que fluyan hacia el norte.

En un plano más técnico, Castañeda propone boicotear las políticas antiinmigrantes de Trump con armas legales desde la frontera y desde los más de 50 consulados que mantiene México en EEUU, con el apoyo de ciudades y estados “santuarios”, como California. Hay muchas maneras de sacar el plan adelante: poniendo abogados al servicio de los indocumentados hasta paralizar los tribunales migratorios, negándose a aceptar de vuelta a los que no presenten pasaporte, obstruyendo la repatriación de centroamericanos… Peña Nieto ya ha anunciado medidas en este sentido.

México, apunta Castañeda, también debería negarse a renegociar el NAFTA por partes, como exige Trump. “Si quiere tumbar el tratado de libre comercio, que sea él quien lo haga unilateralmente”. El Gobierno mexicano cuenta además con otro intangible: la corriente de simpatía que podría cosechar en la comunidad internacional al posicionarse como víctima de un atropello. La semana pasada ya se vivió una primera muestra de este nuevo clima en un encuentro en la embajada mexicana de Bruselas, donde los diplomáticos europeos acabaron brindando con margaritas a la salud de México.

Hay quien se muestra escéptico ante la capacidad y voluntad de México para iniciar una confrontación directa con su vecino, pero los políticos mexicanos se verán obligados a utilizar cualquier arma a su disposición si Trump continúa humillándolos a diario y haciendo que el peso se desplome (los efectos sobre la deuda mexicana —en dólares— son insostenibles a medio plazo). Con un agravante: la espantada del Departamento de Estado de decenas de diplomáticos competentes en las relaciones con México le va a complicar mucho las cosas a Trump. A la hora de identificar problemas y de encontrar soluciones.

Por cuestiones evidentes, el orgullo nacional y el antiamericanismo (siempre fuertes en la sociedad mexicana) están completamente disparados estos días. Si no antes, ese rencor marcará las elecciones presidenciales de 2018. Ganará, se vaticina, aquel a quien los mexicanos consideren más fuerte para plantar cara a Donald Trump. Las elecciones, este verano, del estado de México, donde siempre ha gobernado el PRI, servirán para medir la temperatura.

Las encuestas señalan que los mejor situados para gobernar el país son el PAN (por la derecha) y MORENA (por la izquierda), el partido personalista del Peje, el incalificable Andrés Manuel López Obrador, primero en todos los sondeos.

Los dos expresidentes del PAN, Vicente Fox y Felipe Calderón, fueron fieles aliados de Estados Unidos, promotores de acuerdos bilaterales de todo tipo (incluido el NAFTA) y representantes de unas élites que han crecido mirando al norte. Ahora el PAN está jugando una baza arriesgada ante según qué público: la de que conocen al país vecino y sus élites; y saben cómo plantarle cara a Trump. La candidata mejor posicionada del PAN es Margarita Zavala, una abogada cuyo principal mérito conocido es haber sido primera dama durante un gobierno, el de Calderón, que acabó con unos desastrosos registros de popularidad, pero a cuya memoria le ha venido muy bien la caída a los infiernos del priista Peña Nieto.

Aunque queda mucho partido por jugar, parece que tiene más sentido pensar que será el Peje quien se convierta en el próximo presidente de México. Estuvo a punto de hacerlo en 2006, cuando se presentó con el PRD, perdió por la mínima contra Calderón.

“Recobraremos nuestros trabajos”, dijo Trump en su discurso inaugural del 20 de enero, prometiendo “reconstruir a nuestro país con mano de obra estadounidense”.

Todo eso suena muy bonito, excepto que está basado en premisas falsas. Trump alega que Estados Unidos tiene un enorme problema de desempleo. Pero lo cierto es lo contrario: el desempleo general en Estados Unidos ha bajado del 10 % en 2009 al 4.8 % hoy, uno de los niveles más bajos de la historia.

Trump tiene razón en que el empleo manufacturero ha caído, afectando a estados como Ohio y Pensilvania, que fueron cruciales para su victoria en el colegio electoral. Pero la verdad incómoda que Trump esconde es que el empleo manufacturero representa solo el 9 % del empleo general en Estados Unidos, afirma Andrés Oppenheimer en el Nuevo Herald.

Un estudio del Centro de Investigaciones Empresariales y Económicas de la Ball State University (CBER), que se publicará próximamente, dice que el 88 % de las pérdidas de empleos en Estados Unidos en los últimos años se debieron al cambio tecnológico, y no al comercio con México o China. Es la misma conclusión a la que llegó un estudio similar del CBER en 2015.

Un estudio del McKinsey Global Institute dice que el 60 % de los empleos manufactureros de Estados Unidos serán parcial o totalmente automatizados en los próximos años.

A primera vista, eso suena alarmante. Pero es solo una continuación de lo que ha estado sucediendo durante siglos: a medida que la tecnología avanza, la gente simplemente pasa a desempeñar nuevos empleos.

Mientras que el empleo agrícola representaba el 40 % del empleo total en Estados Unidos en 1900, había caído al 2 % del empleo de Estados Unidos en 2000, según el estudio del McKinsey. Mientras tanto, el empleo en las áreas de servicio y la tecnología se ha disparado, lo que explica las tasas de desempleo más bajas.

De la forma en que Trump ha demostrado piensa gobernar durante su primera semana en la Casa Blanca, es difícil que tal resolución y estilo de mando se extienda por mucho tiempo en Estados Unidos. No se trata de la oposición de un debilitado Partido Demócrata y tampoco, de momento, de las manifestaciones en su contra. Es su actitud contraria al desarrollo actual de capitalismo. Y ello es algo que a corto tiempo lo llevará a un enfrentamiento con el Partido Republicano, al que supuestamente pertenece. Una cosa muy diferente es un republicanismo estilo Tea Party, que en lo fundamental tiene que ver criterios nacionales, y otra es la práctica de una política internacional que busca enemigos donde no existen.

La decisión de Trump de aniquilar el tratado TransPacífico y negociar nuevamente el TLCAN (tratado de libre comercio con Canadá y México) es un plan político, no económico, en la opinión de Oppenheimer. Trump quiere solidificar su base en Ohio, Pensilvania e Illinois —que serán críticos para su reelección en 2020— intentando resucitar artificialmente trabajos que en la mayoría de los casos serán reemplazados por robots, en lugar de reentrenar a la gente para trabajar en las industrias del futuro.

En el proceso, Trump hará que los consumidores de Estados Unidos paguen más por los automóviles y un sinnúmero de otros bienes de consumo.

La abrumadora mayoría de los estadounidenses, que no son trabajadores manufactureros desplazados por el libre comercio, estará pagando un precio muy alto por los 70.000 votos que Trump ganó en los estados del Medio Oeste que le hicieron ganar la elección. Todo esto es bueno para Trump, pero malo para los estadounidenses, y malo para el mundo.

Trump había encargado a su yerno y asesor destacado, Jared Kushner —un directivo del sector de bienes raíces sin experiencia en seguridad nacional— gestionar la disputa con México, según un miembro del Gobierno, informa la Associated Press.

En cuestión de días alarmó y tranquilizó a socios internacionales. Buscó confrontaciones y después las abandonó con rapidez. Habló con dureza y luego rebajó el tono. A cada paso, Trump confió en el pequeño núcleo de asesores que guiaron su rompedora campaña, un grupo con escasa experiencia en política internacional pero que cuenta con la confianza del Presidente.

Buena parte de las decisiones sobre política exterior ha recaído en Kushner y Steve Bannon, directivo de un medio conservador y convertido en asesor de la Casa Blanca, según diplomáticos y miembros del Gobierno. Rex Tillerson, su candidato a secretario de Estado, aún está a la espera de confirmación del Congreso. Los funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional, una agencia que Trump ha descrito como inflada, siguen esperando órdenes del nuevo gobierno.

La Casa Blanca amenazó con imponer un impuesto del 20 % sobre las importaciones de México para financiar el muro, aunque las autoridades se apresuraron a retirar la propuesta, diciendo que era solo una de las opciones que se barajaban.

Los mexicanos están empezando a debatir cómo responder a la agresiva postura del presidente estadounidense Donald Trump sobre el comercio y la inmigración.

Prominentes figuras políticas han sugerido que el país expulse a los agentes policiales de Estados Unidos, deje de detener a los migrantes centroamericanos o ya no inspeccione los camiones que van al norte con cargamentos de drogas. Algunos grupos activistas también exhortaron el viernes a boicotear marcas estadounidenses, informa la Associated Press.

El expresidente Felipe Calderón dijo el jueves que el país debería diseñar una política de represalias para los planes propuestos por Trump, que incluyen hacer que México pague por el muro fronterizo que él planea construir.

Rubén Aguilar, un consultor político que fue vocero del expresidente Vicente Fox, dijo el viernes que México ha estado deteniendo a migrantes centroamericanos antes de que lleguen a la frontera de Estados Unidos “en la lógica de un país amigo”.

Luego sugirió que el gobierno mexicano podría decir “entonces yo ya no paro los centroamericanos”, y agregó: “Si no va haber un país amigo, es una carta que se puede usar para presionar”.

Peter Schechter, vicepresidente de iniciativas estratégicas del Atlantic Council, dijo que la disputa con México podría haber despertado algunas corrientes subyacentes de resentimiento en México. Estados Unidos tomó casi la mitad del territorio mexicano en la guerra entre ambos países en 1848, aunque ese resentimiento histórico había disminuido en las últimas tres décadas.

“Todo lo que esto hace es consolidar la visión de que un intento por negociar con Estados Unidos durante este Gobierno es imposible, y que deberíamos romper con Estados Unidos”, dijo Schechter. “Este argumento ha pasado de ser algo ‘poco creíble’ a ‘posible’ en la mente de la gente. El siguiente paso es que pase de ‘posible’ a ‘eso es lo correcto’, y dicho paso no está tan lejos”.


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