Actualizado: 21/09/2018 11:18
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EEUU, Cuba, Política

El abrazo

En Estados Unidos el abandonar el poder político no es el fin de un destino, sino el comienzo de otra vida. Algo a lo que se debe aspirar para la Cuba futura

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En la inauguración del Museo Nacional Smithsonian de Historia y Cultura Afroamericana, un momento captó la atención de los espectadores: un inusual abrazo entre la primera dama de Estados Unidos, Michelle Obama, y el expresidente George W Bush.

Tal gesto no impide, por supuesto, omitir razones, hechos y motivos. George W. Bush no cuenta en estos momentos, de forma definitoria y activa, en la política estadounidense. Hay también un detalle muy importante, y es que en la actual contienda electoral la familia Bush, por razones de sobra conocidas, no simpatiza con el actual candidato a la presidencia por el Partido Republicano. Incluso se especula con la posibilidad de que el expresidente George Bush padre va a votar por la candidata demócrata, algo que por otra parte no ha sido ni negado ni confirmado oficialmente mediante el simple argumento de que el voto de cualquier ciudadano en Estados Unidos (no importa si ha sido mandatario del país en algún momento) es secreto.

Se pueden señalar más aspectos detrás del abrazo, que fue fundamentalmente un acto para las cámaras, pero por encima de todos ellos hay también un hecho fundamental: en EEUU no se practica, o no es bien vista, la política del rencor. Y esta es una razón fundamental que debe ser aprendida por todos los cubanos.

El rencor es una práctica común, que incluso pese a su avanzada edad, Fidel Castro continua manifestando en sus cada vez más esporádicos escritos. Es también un motivo presente desde el 1ro. de enero, bajo argumentos que van desde la militancia hasta el lenguaje bélico que siempre ha sido parte fundamental del discurso oficial.

En EEUU, cuando un presidente se retira, luego de ser por cuatro u ocho años el hombre más poderoso del planeta —ninguna mujer aún ha llegado a la presidencia— pasa a ser un ciudadano común. Puede que mantenga mucha o poca influencia política por un tiempo, pero lo más común es que se abstenga a su retiro o se dedique a hacer dinero, como Bill Clinton. Nada más.

En Cuba cuando un llamado “dirigente” se retira —si no ha sido defenestrado— pasa a un anonimato que no tiene nada que ver con ser un ciudadano común, como en EEUU, sino con el olvido. Y si ha sido defenestrado pasa al silencio. O, como suele ocurrir, solo le queda esperar por una muerte cercana. Hay casos contados en que ese olvido ha sido aprovechado también para hacer algún dinero, pero por lo general esa tarea saludable y vulgar queda a los herederos. Por lo común, por ejemplo en el caso de oficiales de las FAR y el Minint, desempeñan oficios humildes, como taxistas. Para algunos afortunados queda el recurso de producir memorias cuidadosas en no revelar detalles comprometedores, o incluso literatura o pinturas.

Ese hecho, de concebir el cargo público como un destino o como un sacerdocio —para quienes quieren ver en la tarea un objetivo elevado— es ajeno por completo al concepto de servicio público, con independencia del rango, como un oficio de cualquier siglo. Y tiene mucho que ver con un paradigma falso del desempeño de las labores de gobierno o partidistas como sacrificio penene, en lugar de como fuente de privilegio, como realmente es en la Isla. Para la elite gobernante cubana, la patria no es ara sino simple pedestal para ascender a lo negado al resto de la población.

En primer lugar porque por décadas no existió una política de conclusión de términos, que ahora sí se ha oficializado pero está lejos de llevarse a la práctica, como demostró el último congreso partidista. En segundo porque durante todo ese tiempo fue norma establecida por el propio Fidel Castro en un lema más: “un revolucionario nunca se retira”.

El propio Fidel Castro ha dado muestras de que su retiro forzado de los asuntos diarios de gobierno, no debe interpretarse como una paso a lo cotidiano, aunque por razones de imagen trate de esconderlo con la ropa deportiva que viste ahora. Lo que sustenta todo ello es la idea o el concepto del caudillo eterno.

Pasar al retiro, para un mandatario, un miembros del gabinete o un legislador en EEUU significa una pérdida de poder, por supuesto, en lo que se refiere a una acción de ordeno y mando, pero no de privilegios en el sentido de poder disfrutar de placeres o satisfacción de necesidades más inmediatas, desde la comida y la vivienda hasta los viajes. En Cuba, por muchos años, el salir de un cargo era una pérdida absoluta, casi de la vida o al menos de la vida como la había conocido, desde la posibilidad del arreglo del automóvil hasta el quedarse sin el vehículo. Hay que reconocer que en cierta medida todo ello ha ido cambiando, pero no lo suficiente.

Pero por encima de todas estas consideraciones, lo fundamental tiene que ver con el rencor ya mencionado, el considerar al opositor político no como alguien con ideas diferentes sino como el enemigo a secas, y al enemigo hay que exterminarlo, aunque no se pueda.

Es por ello que la actitud estadounidense, que igualmente o más es común en Europa, debe ser un ideal que debe aspirarse en Cuba. Incluso por encima de los factores no tan positivos de dicha actitud —que van desde la hipocresía al hecho de que en última instancia lo determinante es el poder del dinero—, no porque necesariamente hace mejor a las personas, sino porque las hace más libres, incluso a los que creen, como Fidel Castro, que su poder es eterno.


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