Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Cristina, Argentina, Macri

El melodrama se reescribe de nuevo

La esperada foto del traspaso del poder en Argentina nunca existirá

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En Argentina no vale eso de que la historia se escribe dos veces. Los mismos argumentos van y se repiten incansablemente. En ocasiones, de forma desolada, con mucha sangre. En otras con mucha sorna. Pero siempre hay un toque melodramático que en última instancia difumina el verdadero drama. Eva Perón fue mejor ejemplo de ello, ahora Cristina Fernández de Kirchner no llega siquiera a la categoría de actriz de reparto. Ni esperpento español ni mucho menos bufo cubano: esa mezcla de llanto y ridículo, de dolor y cursilería ha definido el destino de una nación que a principios del siglo pasado superaba a otras europeas y luego se ha hundido en un charco populista del que nadie hasta ahora ha sido capaz de rescatarla.

Melodrama, películas para llorar —Evita la actriz a medias—, el género que define mejor la producción cinematográfica latinoamericana hasta 1959 y después. Educación sentimental de más de una generación que luego se ha trasladado a la política. Cristina y su esposo, opuestos a la lucha armada de los montoneros, apegados a la lucha política sin dejar a un lado nunca la práctica privada como abogados. Siempre Cristina quiso ser abogada, nieta de inmigrantes sin profesión, se dio cuenta a tiempo que el éxito no le llegaría por un deslumbramiento escénico o una relación afortunada. Lo suyo fue paso a pasito: primero graduarse de perito mercantil, lo que no le sirvió de mucho, ya que no le permitió inscribirse en la carrera de Derecho; un año en la carrera de Psicología, y finalmente la entrada en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata. Ella y Néstor Kirchner dedicados a la práctica privada del derecho, pero sin abandonar la política; los hijos dejados a cargo de la familia.

El dinero, sin embargo, no le llegó mediante una exitosa práctica privada, sino gracias al poder. Cuatro años como primera dama y ocho como presidenta. Doce años de preponderancia política y la fortuna personal creciendo. Se marcha de la Casa Rosada con algo más de 64 millones de pesos argentinos (unos seis millones de euros), declarados oficialmente como patrimonio, un 843 % más de lo que Néstor y ella dijeron poseer en 2003.

Maquillaje y lujos excesivos para alguien que habla en nombre de los “descamisados”, Falta de originalidad también, cuando se recuerda a Evita. Louis Vuitton, Christian Louboutin y Armani. Invocar al Che Guevara y al terminar el discurso salir taconeando zapatos Gucci de 500 euros, tras consultar antes la hora en su Rolex Lady Datejust. “No hay que disfrazarse de pobre para hacer política”, se justifica, pero tampoco alardear de ser rica para hablar de los pobre, cabría añadir.

Esta riqueza —ganada o inmerecida— es apenas un complemento adicional de esa actuación donde se mezclan lo frívolo y lo decisivo, en una trayectoria que solo ha servido para dejar una Argentina empobrecida, endeudada y cada vez más polarizada en un estado de crisis perpetua, que ella no creó pero ha ayudado a continuar.

Discurso donde el empecinamiento y la tontería se confunden a un grado irrepetible. Intento de convertir el traspaso de poder no en un acto de trasmisión del mando, como corresponde a una democracia, sino en un show político revanchista. Todo ello matizado con la cursilería más ramplona: “Si hasta para recibirlo [al presidente electo Mauricio Macri] como un gesto más de cordialidad, va a poder observar cuando ingrese a Olivos que los canteros del parque que rodean el espejo de agua frente al chalet presidencial están recién sembrados de flores de un solo color: amarillo el color preferido del presidente electo. Quedaron muy lindas y en unas semanas más van a lucir aún mejor, cuando florezcan en todo su esplendor”.

No habrá imagen icónica del cambio de ciclo en Argentina. Cristina Fernández de Kirchner no colocará este jueves la banda presidencial a Macri, el gesto simbólico de la entrega del poder que sí tuvieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y la presidenta saliente. La foto más esperada nunca existirá. El kirchnerismo deja claro que lo único que busca es empeorar la crisis institucional de un país partido en dos.


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