Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Stalin, Rusia, URSS

La figura de Stalin cada vez mejor valorada en Rusia

La tendencia a considerar a Stalin “no tan malo como lo pintan” continúa en aumento

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En diciembre de 2008 los rusos eligieron a Stalin en tercer lugar, entre los grandes héroes de la historia rusa, en un sondeo realizado por un programa de televisión. Los dos primeros puestos lo ocuparon Alexander Nevsky y Pedro el Grande.

La tendencia a considerar a Stalin “no tan malo como lo pintan” ha continuado en aumento.

Una encuesta realizada en marzo de este año, por el Centro Levada —una organización de investigación con sede en Moscú— encontró que el 40 % de los rusos consideran que la era de Stalin trajo “más bien que mal” al país, un incremento en las respuestas con respecto a 2012, donde la valoración positiva solo alcanzó el 27 %.

En otro sondeo anual realizado por el Centro Levada, en enero de 2015, la mayoría de los rusos, un 52 % dijo que Stalin “probablemente” y “definitivamente” desempeñó un papel positivo para la nación.

Tras la llegada al poder de Vladimir Putin, en1999, se inició una rehabilitación pausada y sin destaque en declaraciones públicas por parte del Gobierno —donde verbalmente aún se aparenta lo contrario— del legado de Stalin. Detrás de ello se encuentra una justificación empleada por el propio mandato de Putin: al igual que en la época estalinista, aunque sin llegar a los extremos de aquella, el Gobierno ruso ha priorizado el “orden” y el prestigio nacional por encima de las libertades y los derechos humanos.

“Mediante la elevación de la figura de Stalin, el régimen de Putin está tratando de destacar también la idea de que los intereses colectivos son más importantes que la vida de los individuos, y ello significa que el régimen tiene una menor responsabilidad hacia la sociedad”, explica Lev Gudkov, que conduce las encuestas sobre Stalin para el Centro Levada, de acuerdo a The New York Times.

Putin ha desarrollado una política de dos vías sobre la figura de Stalin. Por una parte ha apoyado el plan para construir un monumento en Moscú, dedicado a las víctimas de la represión durante la época soviética y en 2010 participó con oficiales y funcionarios polacos en la conmemoración de la Masacre de Katyn en 1940, llevada a cabo por tropas soviéticas contra oficiales y soldados polacos y no reconocida por la URSS y los comunistas durante décadas (sobre los hechos hay una excelente película de Andrzej Wajda). Por la otra los libros de texto de los escolares y la televisión estatal, si bien en ocasiones mencionan brevemente los abusos a los derechos humanos de entonces, celebran a Stalin como un gran líder.

Putin ha evolucionado de una actitud pública de abierto rechazo al estalinismo, que manifestó a los inicios de su mandato, por otra donde la inclusión de críticas no excluye el reconocimiento de “logros”.

“Podemos criticar a los comandantes y a Stalin todo lo que queramos, ¿pero puede alguien decir que un enfoque diferente pudiera habernos conducido a la victoria?” afirmó en una ocasión sobre la victoria durante la Segunda Guerra Mundial.

El 22 de febrero de este año, la Sociedad de Historia Militar Rusa —que Putin fundó en 2012 y recibe fondos millonarios del Estado cada año— decidió erigir un busto a Stalin en Pskov, cerca de la frontera con Estonia.

El Kremlin también juega con la nostalgia rusa por el estatus de superpotencia anterior, donde se enfatiza especialmente la victoria en la Segunda Guerra Mundial, por encima de las hambrunas, las masacres y las persecuciones. La imagen de Stalin como vencedor del nazismo se sobrepone a la del dictador paranoico.

El recuerdo de los horrores del estalinismo no está siendo bien preservado en Rusia. Si bien el gobierno de Moscú abrió un museo en la ciudad dedicado al gulag el pasado año, la mayoría de los campos de trabajo forzado y las tumbas por todo el país no tienen el reconocimiento que merecen. El único campo de concentración (gulag) y museo existente fuera de Moscú, Perm 36, pasó en 2013 a ser administrado por el Gobierno, y el énfasis de la instalación ahora es la contribución de los campos de trabajos forzados soviéticos a la victoria aliada.

Perm 36, que se encuentra en las montañas Urales, en el oeste siberiano, fue creado en 1992, durante el Gobierno de Boris Yeltsin, por historiadores rusos locales en el lugar donde se encontraba un campo de prisioneros.

Una ley rusa de 2012 establece que los miembros de cualquier organización no gubernamental que recibe fondos del extranjero y se dedica a actividades políticas —definidas según la ley como influir en la opinión pública— son catalogados como agentes extranjeros, un término que en Rusia equivale a decir que son espías., de acuerdo a una información de The Washington Post.

Diversas ramas de la organización no gubernamental Memorial —que se dedica a documentar los abusos cometidos durante la época soviética— han sido acusadas por el Ministerio de Justicia de estar penetradas por “agentes extranjeros”.

Paradójicamente, el resurgimiento por el culto hacia Stalin tiene al menos dos interpretaciones. En 2013, al cumplirse los 60 años de su muerte, apareció un artículo en Spiegel que lo explicaba así.

“La actual fascinación con Stalin —ahora que se cumplen 60 años tras su muerte— no es con el dictador comunista sino con el fundador del imperio. Las razones tras ello las resume Vladimir Solovyov, un periodista de televisión liberal de la cadena estatal Rossija (Rusia), se encuentran en la «devastación actual»”.

A la luz de la corrupción rampante en el gobierno y la administración, del abuso del poder y la injusticia social, dice Solovyov, muchos rusos siente una urgencia creciente de elevar a Stalin a una mejor posición en el juicio histórico.

En fecha reciente y en Moscú, una de la librería más populares promueve una obra con un título sugerente: Como Stalin derrotó la corrupción.

No hay que olvidar que en la Rusia actual los funcionarios corruptos se roban parte de los presupuestos, que los policía exigen sobornos y que está extendida la creencia de que a los jueces se les compra.

Se explica entonces la añoranza por el supuesto “orden” existente en una época de un pasado no bien recordado.


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