Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Miami, Elecciones, EEUU

Miami: cambios demográficos, cambios políticos

Si la mayoría de los cubanoamericanos se oponen al embargo, ¿por qué todo indica que saldrán electos en Miami los legisladores que favorecen la continuación del mismo?

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Por más de cinco décadas, el exilio de Miami, sus líderes y detractores han recurrido a tres formas de participación democrática, con el objetivo de hacer valer sus puntos de vistas: las marchas, los votos y las encuestas. Aunque con el tiempo estos instrumentos han demostrado un desgaste cada vez mayor, aunque algunos conservan cierta vigencia.

Ninguno de los tres ha estado libre de controversia. Cada vez que se realizaba una marcha en la ciudad surgía el desacuerdo sobre la cifra de participantes. Ofrecer cifras era un dolor de cabeza para la prensa local —aún lo es en la referencia a cualquier acto de la comunidad exiliada— y el recurso socorrido en otros lugares, confiar en los datos brindados por la policía no funcionaba tampoco, porque simplemente la policía se negaba a brindar cifras en muchas ocasiones. Las marchas han desaparecido casi por completo de la ciudad. La última mayoritaria que se recuerda ocurrió en 2010, en apoyo a las Damas de Blanco, organizada por la cantante Gloria Estefan. Se dijo que acudieron unas 100.000 personas, aunque, la cantante declaró al Sun Sentinel que “la policía dijo que en realidad fueron más de 250.000”. Hoy los pocos actos que realiza el exilio, tratando de mantener vivo el espíritu de las marchas anteriores, son por lo general en lugares cerrados, un teatro de La Pequeña Habana, y reúnen unos pocos centenares. El sol y la edad, no el régimen castrista, constituyen las causas más poderosas que han llevado a esta disolución, ¿o será mejor decir desilusión?

Los resultados electorales se han visto opacados en varios casos por acusaciones de fraude y más de un funcionario local electo, o un legislador estatal, que en buena medida debió su triunfo a un anticastrismo vocinglero, terminó en la cárcel por corrupción, luego de ganar en las urnas gracias a sus posiciones demagógicas sobre el problema cubano. Sin embargo, no ha ocurrido con los legisladores federales republicanos. Salvo en el caso del representante David Rivera, han conservado sus cargos durante varios períodos legislativos y han mantenido una trayectoria libre de escándalos, y posiblemente resulten reelectos los que acuden a las urnas este año. Esta permanencia electoral es la mayor carta de triunfo del exilio, en especial del llamado “exilio histórico” y más adelante se volverá a mencionar, pero antes hay que referirse al tercer instrumento, que son las encuestas.

Han sido las encuestas las que más debate y controversia siempre han causado. Al punto de que durante un tiempo se convirtió en una práctica común mandar a hacer una encuesta para simplemente rebatir los resultados de otra anterior.

Las encuestas —todas las encuestas— son instrumentos que intentan medir la opinión, pero cuyos resultados no son infalibles. Eso todo el mundo lo sabe. No obstante ello, hay en este país un fascinación absoluta por el dato estadístico. Los sondeos se repiten en época electoral semana tras semana y los datos obtenidos aparecen en la prensa.

La encuesta es, además de un instrumento científico —o seudocientífico para algunos por su imprecisión—, un arma de propaganda.

No es extraño que una encuesta apoye los puntos de vista de quienes la pagan. Las universidades tratan —con mayor o menor éxito— de preservar su independencia académica y el Gobierno realiza análisis que, hipotéticamente, son neutrales a los diversos grupos de interés. Pero cuando una organización cualquiera manda a ser una encuesta —con el objetivo de darla a conocer— lo hace para apoyar sus planteamientos. No es que no se pague para conocer las opiniones contrarias. Es que entonces no se publican los resultados.

Se trata de utilizar un instrumento estadístico para validar una posición política. El instrumento en sí, sin embargo, no puede ser catalogado de retórica, sino que constituye una forma de convencimiento. Cada encuesta es válida de acuerdo a sus objetivos y a la población que interroga.

No quiere esto decir que se debe poner en duda la integridad profesional de la firma encargada de realizar el sondeo o catalogar a este de simple panfleto político. Es enfatizar la necesidad de tener en cuenta siempre las características de la población interrogada.

Por lo demás, resulta bastante tonta la argumentación de que una determinada encuesta no es válida porque nunca se ha entrevistado para ella a alguien conocido o incluso “porque nunca me han preguntado a mí”. Lo que se llama “muestra”, la población seleccionada para el muestreo, se escoge mediante fórmulas estadísticas confiables, no de acuerdo a criterios personales. Si una encuesta realizada entre, por ejemplo, lectores, comentaristas o colaboradores de CUBAENCUENTRO carece de valor científico, una llevada a cabo por una institución o universidad de prestigio sí lo tiene, debido al rigor con que se realiza y no por los resultados favorables o no a cualquier grupo político.

La última encuesta en el condado Miami-Dade, sobre las opiniones políticas de los cubanoamericanos, llevada a cabo por la Universidad Internacional de la Florida (FIU), destaca precisamente por su rigor y por su periodicidad. A uno pueden gustarle o no sus resultados, pero ello no la invalida. Este año, especialmente, el sondeo fue realizado con fondos de la propia universidad, para evitar las críticas sobre su financiación.

La encuesta mostró que si las elecciones presidenciales en Estados Unidos fueran ahora, 35,5 % de los cubanos en Miami votaría por Donald Trump, 31,4 %por Hillary Clinton y el resto no optaría por ninguno de los candidatos o aún está indeciso. Tales cifras muestran mayor apoyo por Trump entre los cubanoamericanos que entre otros grupos latinos. Aun así, reflejan una caída en la preferencia cubanoamericana por un candidato republicano, comparada con elecciones previas.

Otros datos, como el 63,2 % de los cubanoamericanos que expresaron una opinión están en contra de mantener el embargo estadounidense de Cuba, aparecen en otra nota publicada en CUBAENCUENTRO.

Lo que vale la pena preguntarse es la razón que hace que, pese a ese apoyo mayoritario a la eliminación del embargo, y el favorecer los cambios de política iniciados por el gobierno estadounidense hacia Cuba desde diciembre de 2014, incluido el restablecimiento de relaciones diplomáticas (64,3 %), todo parece indicar que los legisladores federales republicanos cubanoamericanos volverán a triunfar en las urnas este año.

La respuesta la ofrece un artículo de Jorge Duany, director del Instituto de Investigaciones Cubanas de FIU, aparecido en El Nuevo Herald.

Si bien los resultados de la encuesta de FIU muestran un giro sustancial en la opinión pública de la comunidad cubanoamericana con relación a la política hacia Cuba, el hecho no se reflejará de inmediato en las urnas.

Ello se debe a que la mayoría de los inmigrantes cubanos recientes no son ciudadanos estadounidenses: 73,7 % desde 1990 aún no se ha naturalizado, según estimados censales del 2010, por lo que no tienen derecho al voto.

Según la Encuesta de FIU, entre los cubanoamericanos inscritos para votar, 53,5 % —una cifra mucho mayor que para cualquier otro grupo latino— está afiliado al Partido Republicano. Gran parte del electorado cubanoamericano aún simpatiza con la postura conservadora de los republicanos, especialmente en cuanto a política exterior.

El dato indica también una posible tendencia entre los recién llegados, y es el prolongar la decisión de nacionalizarse estadounidense. En ese 73,7 % hay residentes en el condado Miami-Dade que llevan 26 años viviendo en Estados Unidos sin sentir la urgencia de convertirse en ciudadanos norteamericanos.

Dos razones ayudan a comprender este hecho. Uno es que durante ese tiempo no han ocurrido cambios en la legislación migratoria de EEUU que impulsen a la nacionalización, como ocurrió durante el famoso “Contrato con América”, durante el Gobierno de Bill Clinton y Newt Gingrich como presidente de la Cámara de Representantes dominada por los republicanos.

Otra es que durante estos años han ido modificándose las circunstancias de los cubanos residentes en EEUU y llegados después de 1990. Los cambios migratorios ocurridos en 2012 y 2013 que facilitaron los viajes de cubanos al exterior, puestos en práctica por el Gobierno cubano han aumentado la porosidad en la “frontera” Cuba-Miami. Un residente en esa ciudad, de origen cubano, puede viajar una o dos veces al año a la Isla, de acuerdo a su solvencia económica, y mantener un vínculo más estrecho con quienes aún viven en Cuba que quienes se establecieron en EEUU en años anteriores.

Todo ello lleva a una contradicción latente, pero que de momento se desarrolla apaciblemente en ambos extremos del estrecho de la Florida.

Por un lado las cifras. Según datos del censo de EEUU, en 2014 había 2,046,805 residentes de ascendencia cubana en EEUU, entre ellos 909,883 en el condado de Miami-Dade. El 57,7 % de toda la población cubanoamericana había nacido fuera de Estados Unidos y 42,9 % en Estados Unidos. Las estadísticas del Departamento de Seguridad Interior indican que 43,9 % de los cubanos admitidos en Estados Unidos entre 1959 y 2014 llegaron después de 1995.

Estos inmigrantes más recientes tienden a sostener lazos familiares y económicos con su país de origen más que los que se establecieron en EEUU durante las décadas de 1960 y 1970. Los miembros de las oleadas migratorias de Cuba después de 1995 son los más propensos a viajar a la Isla, llamar por teléfono, enviar dinero y paquetes y preservar vínculos personales al margen de las discrepancias entre Washington y La Habana.

Es decir, que esta proporción de cubanos (43,9 %), que se encamina a convertirse en mayoría por ley biológica en un futuro más o menos cercano, depende de las políticas emanadas actualmente por la Casa Blanca, más acordes a sus intereses, y se oponen en buena medida a los objetivos de los legisladores federales cubanoamericanos que los representan.

Sin embargo, de momento la población cubana residente en Miami-Dade, en su totalidad, se inclina ligeramente a favor del candidato republicano (35,5 % por Trump, 31,4 % a favor de Clinton) que acaba de declarar, durante una visita a Miami, que anulará los decretos presidenciales formulados por Barack Obama, y entre dichas medidas de Obama están todas aquellas que benefician los viajes y el envío de remesas.

Así que buena parte de la población que constituye la comunidad cubana en Miami-Dade se enfrenta a una situación en la que quedan sin voz ni voto, a la espera de una elección presidencial (dentro de cuatro años) y legislativa (dentro de dos): mientras tanto, para ellos se abre un futuro que en la actualidad puede clasificarse de indefinido.


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