Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Anexionismo a la inversa

¿Prepara La Habana a la opinión pública para ceder soberanía e 'integrarse' a Venezuela, Bolivia y Nicaragua?

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El pasado viernes 15 de junio, el diario Granma publicó un artículo que podría considerarse bastante inquietante, pero nada casual. Con un enorme titular rojo —"Hacia una Confederación de Estados", que aparece debajo de un rótulo más pequeño (Alternativa Bolivariana para las Américas) que aborda el viejo tema de la integración latinoamericana—, el texto pretende ir acomodando la conciencia de las masas hacia la aceptación de una propuesta concebida por los intereses de la alta cúpula de gobierno y sus aliados: un caudillo y otros caciques menores latinoamericanos de nueva generación.

La vocación mesiánica que ha promovido la integración de América Latina en una sola gran patria de todos sus países, ha estado más o menos presente desde las luchas de independencia de las antiguas colonias ubicadas al sur del río Bravo. De manera que este "nuevo" impulso no debería sorprender a nadie.

En este caso, lo significativo son los métodos y las intenciones que parecen enmascararse tras el supuesto afán de cumplir al sueño bolivariano y martiano —que a las alturas del siglo XXI no tiene que ser necesariamente el nuestro— y las consecuencias que semejante opción podría tener, en particular, para Cuba.

Calentando el brazo

La idea de agitar los espectros de Bolívar y Martí en torno a una pretendida unidad e identidad latinoamericanas ha cobrado fuerzas en los últimos tiempos bajo los auspicios de la componenda entre Caracas y La Habana. El propio autor del artículo mencionado hace referencia a lo que llama "las trascendentales decisiones" que se han tomado en "dos significativas reuniones del ALBA" realizadas en Venezuela los días 28 y 29 de abril y el 6 de junio.

La primera fue la V Cumbre, celebrada en Barquisimeto, y la segunda, con Caracas como sede (inicialmente era en La Habana, pero como no era posible sacar a Castro a escena, se trasladó a un teatro de Venezuela sin ofrecer explicaciones), instaló un Consejo de Ministros, con la aprobación además de la creación de una Secretaría Permanente.

Esta saga tiene sus antecedentes más visibles y divulgados en la visita que realizara a Venezuela, a finales de enero último, el vicepresidente del Consejo de Estado, Carlos Lage, con una nutrida comitiva de ministros y otros funcionarios de la Isla, durante la cual se produjo la firma de 16 nuevos acuerdos entre ambos gobiernos y se promovió la creación de 12 empresas mixtas.

En aquella ocasión, Lage pronunció un discurso, publicado por Granma el 25 de enero (el de Chávez, por supuesto, necesitó el espacio de tres planas), en el cual, entre otros aspectos generales, el vicepresidente hizo referencia a otro discurso que Castro pronunciara 48 años atrás con motivo de una visita a Venezuela, y en que el entonces joven comandante aseguraba: "Venezuela ha de ser el país líder de los pueblos de América".

Según Lage, "para pronunciar una frase como esa había que imaginar que vendría después un Comandante, el Comandante Hugo Chávez". Fatídica premonición de Castro que el fiel Lage atribuye a la capacidad de éste para viajar al futuro y regresar a contárnoslo. Tal apología a Chávez, ponderación a Castro mediante, no puede considerarse fortuita. Lage apareció también por aquellos días en los noticieros de televisión expresando públicamente que Cuba no tiene uno sino dos presidentes, en referencia directa a Castro (o a su sucedáneo) y Chávez. La tendencia es, sin dudas, a fundir el proceso cubano con el venezolano.

Fabricando al 'salvador'

Por su parte, la dilatada y errática verborrea de Chávez en el discurso de la reunión de enero aseguraba: "Cuando me nombran a mí, están nombrando a Fidel, y cuando nombran a Fidel, me están nombrando a mí", en referencia a las tres amenazas que, decía, expertos capitalistas señalan para América Latina: el suministro de energía, el terrorismo internacional y Hugo Chávez.

Para cualquier lector con un mínimo de sentido común salta a la vista que, a juicio de los analistas, Castro ya no puede ser considerado una amenaza para nadie, salvo para los cubanos que lo sufren en la Isla.

A lo largo de los meses siguientes, los medios oficiales de comunicación han incrementado la tendencia a incluir en los reportajes televisivos y en la prensa escrita informaciones acerca de los "extraordinarios logros de la Revolución Bolivariana", el "arrollador apoyo popular" que recibe el gobierno de Chávez y la "salvación de América Latina" a través del ALBA y los programas conjuntos de solidaridad. Existe, sin duda, una estrategia gubernamental, pero ésta todavía no resulta demasiado visible.

No obstante, pese a las bondades y todo género de beneficios que se atribuyen al ALBA, hasta ahora sólo se han animado a adherirse a esta "alternativa", además de sus promotores —los gobiernos de Venezuela y Cuba—, los humildes de Bolivia y Nicaragua. Estos son hasta hoy los aspirantes a confederados. De estos cuatro países, el único con grandes recursos económicos bajo control estatal,es Venezuela, debido a sus ricos yacimientos de petróleo.

Cuba, por su parte, hace gala de la administración estatal del mayor ejército de profesionales bajo el control del Estado, utilizados en una cruzada ideológica que tiene los beneficios adicionales de nutrir las arcas de La Habana.

Si bien en los años sesenta y setenta del pasado siglo Castro exportaba la revolución con las guerrillas sembradas en las selvas y montañas de Latinoamérica, ahora intenta extenderla con "medios pacíficos", con la máscara humanitaria de los médicos, maestros y técnicos de diversas ramas de la ciencia y la tecnología que prestan sus servicios "desinteresados" en los más recónditos rincones de la geografía tercermundista.

¿Bolívar o Martí?

Sin embargo, la tarea que supone la unión de naciones tan disímiles en culturas, tradiciones, historia, composición étnica, economía, sociedad e intereses, es tan grande, que los propios gestores de la idea admiten su complejidad. La América Latina de hoy no es la de Bolívar o Martí. Sostener semejante aserto es una postura totalmente ahistoricista e irreal.

Los propios próceres enarbolados como estandartes para sustentar ideológicamente el ALBA eran bien diferentes entre sí. A pesar de la admiración y el respeto que Martí sentía por el Libertador, el cubano era un pensador, un representante genuino de la sociedad civil y defensor de la democracia; en tanto, el venezolano era un caudillo guerrero a carta cabal. Los sueños de Martí y los de Bolívar tienen algunos puntos de contacto, pero con certeza sus ideales de gobierno eran bien distintos. ¿Prevalecerían en el ALBA los principios martianos o los bolivarianos?

Por otra parte, tampoco se trata de negar aquellos elementos que pueden contribuir a la unidad latinoamericana; pero esta es una determinación que sólo podrían asumir los ciudadanos, responsablemente, con independencia de los intereses de sus gobernantes.

Ahora parece que el objetivo político es desmontar las concepciones nacionalistas de los pueblos. El artículo de Granma pretende desvirtuar lo que consideramos "soberanía" y propone "abordar el tema desde una posición clasista".

Es decir, según el nuevo discurso, los valores sociales que defienden los pueblos son los que determinan la soberanía. Se trata, pues, de imponer la decisión "de una clase" en detrimento de los derechos de las demás, de manera que se propugna la creación de nuevos desposeídos. O lo que es lo mismo: aquellos que disientan de las directrices de los gobiernos de Chávez, Castro y sus aliados latinoamericanos no tienen derecho a formar parte de la nación, o ni siquiera a defender sus percepciones de lo que debe ser ésta.

Sinuosa soberanía

El artículo de referencia tiene el cinismo de sostener que la defensa de la soberanía nacional, tal como la concebimos hoy, constituye un obstáculo, ya que "ha generado un sentimiento de profundo rechazo a la participación de fuerzas extranjeras en la solución de los problemas nacionales".

El peligro estriba en que, de aceptar este planteamiento, se justificaría la intromisión de Caracas en los asuntos internos cubanos, sin descartar la participación de fuerzas militares o de financiamiento para tales propósitos (aunque esto no está claramente explícito en el discurso, toda vez que se sabe que para los cubanos tal opción ha resultado históricamente "inadmisible").

La pretendida Federación de Estados del ALBA constituye una anexión en sentido opuesto. Es decir, la anexión de Cuba a Estados Unidos resulta humillante —en efecto, lo es—, en tanto la anexión a Venezuela y comparsas es, a juicio de los gobernantes de la Isla, enaltecedora, beneficiosa y representa el cabal cumplimiento de los sueños de los próceres.

Por último, se apela a un discurso de Castro, pronunciado en la Plaza Cívica el 26 de julio de 1972, en el que dijo: "Nosotros, nuestra soberanía podemos diluirla entre todos los pueblos de Latinoamérica, para integrarnos en el seno de una comunidad mayor, nosotros nuestra soberanía podemos diluirla en el movimiento revolucionario, pero frente al imperialismo, ni el más mínimo, ni el más elemental atributo de nuestra soberanía aceptaremos ni discutirlo siquiera".

Este es un discurso que, analizado a la luz de los acontecimientos de hoy, demuestra que las viejas ambiciones de exportar revoluciones, por parte de los dictadores latinoamericanos, el afán de sostener una beligerancia permanente frente a Estados Unidos como enemigo común, y el vicio de tomar decisiones en nombre de los pueblos, siguen constituyendo pilares fundamentales para sostener los regímenes totalitarios de este hemisferio.