Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Anexionismus

Una interpretación de la alianza estratégica entre Cuba y Venezuela.

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"I am contented, for I know that quiet" (WBY).

En el filme Equilibrium (Kart Wimmer, 2002) un hombre se resentimentaliza leyendo a Yeats. La poesía lo vuelve disfuncional para una sociedad de orden perfecto donde la paz es absoluta y la disidencia cero. Los Grammaton Clericks, expertos en gun-katá, deben pasar a la acción. En la moraleja Wimmer juega con una "dystopía", es decir, un lugar que existe, pero que no es deseable. Precisamente lo contrario de la "utopía": un lugar deseable, pero que no existe.

Ni Moro, ni Campanella, ni Bacon, alcanzaron a diseñar tensiones utópicas. La nueva Atlántida está descaradamente contextuada en el lobby de la modernidad, mientras La Ciudad del Sol y la Utopía son obras de literatura política desvalidas ante el análisis contextual. Una verdadera tensión utópica se encuentra en cambio en la novela Los quinientos millones de la Begún, de Jules Verne. Ahí se dan las otras dos combinatorias que completan analíticamente el cuadro de relaciones entre la expectativa y la efectividad.

La tercera variable es la "hipertopía": un lugar deseado y que a la vez existe. Es el telos de un sujeto radical del siglo XXI: el emigrante. La "hipertopia" está, como el Ser de Parménides, colmada. El epicentro de su sentido es la plenitud. Una de las filosofías morales que mejor se pliega a este locus reclamatorio es el sentido común, que Lord Shafterbury definiera en uno de sus mejores textos, el Sensus Communis, traducido al español por el pensador valenciano Agustín Andreu.

El anexionismo es un capítulo de la "hipertopía". Y la emigración, que es un anexionismo del cuerpo, es apenas la reacción natural del individuo que sabe que existe y sabe que desea lo que cree es el mejor lugar posible y, en consecuencia, toma iniciativa para alcanzar esa plaza. El laberinto mental del emigrante haría la envidia de los jóvenes hegelianos: imaginan, y le buscan una salida práctica a lo imaginado.

El anexionismo político es la matriz de este anexionismo corporal: originariamente aquel buscaba llevar el locus utópico al cuerpo, no el cuerpo al locus utópico, lo que es una operación más sencilla.

El anexionismo cubano, en cualquiera de sus variantes, siempre ha gravitado hacia ese costal de la inteligencia insular, que en un ensayo titulado "La otra moral de la teleología" ( Revista Casa de Las Américas, No. 194) Rafael Rojas llamara "racionalidad instrumental". Sin dejarse chantajear por el catecismo nacionalista, los anexionistas (desde el primer hacendado hasta el último balsero) han calculado con honestidad donde se puede vivir mejor, y han bregado por inventar una patria enlazada a ese sitio superior.

En los últimos años, sin embargo, los cubanos corren el riesgo de inventar (o aceptar) un anexionismo anómalo, inclinado no hacia la racionalidad instrumental sino hacia esa otra que el propio Rojas llamaba "racionalidad moral-emancipatoria". Se trata, en sentido estricto, de la alianza estratégica con la Venezuela de Hugo Chávez, donde la mancomunidad política no busca la prosperidad económica sino nuevos impulsos para la apoteosis de un moralismo tan infructuoso como agresivo.

La irracionalidad de este programa finicastrista abre para los cubanos una etapa de sin sentido caracterizada por el invisibilismo político. No se sabe lo que pasa en Cuba, existe un vacío de saber, no porque no se vea la historia real, sino porque el sentido de esa realidad es precisamente no verse, no mostrarse. Esto coincide a grandes rasgos con la cuarta combinatoria analítica: la "necrotopía": el lugar que ni existe ni es deseable.