Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Cuba y España o la decadencia del ideal

Tal parece que las políticas de ambos países estuvieran llamadas a vivir anticipándose mutuamente.

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La historia de las relaciones entre Cuba y España nace por un hecho insólito en la cronología del mundo, que marcará para siempre su destino: el ideal. Colón creía haber encontrado El Dorado y lo festejó a su manera, borrando toda belleza conocida en su pasado: "Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto". El poder ideal de esta expresión sería completado por los habitantes de la Isla cuando soñaron al Almirante como el dios dorado del maíz que había por fin aparecido entre las aguas.

Creer, amar y soñar, los tres componentes de la ilusión, determinarán, como si de un acto mágico se tratara, no el azar histórico de un descubrimiento, sino las pasadas, presentes y futuras relaciones entre España y Cuba. Se había inaugurado el prodigio, una lección universal: es posible cumplir la esperanza.

Desde entonces la suerte de los cubanos y españoles ha estado unida por la naturaleza inevitable de la utopía, donde el desencuentro ha sido interpretado como otra manera de revivir un ideal compartido. Con el tiempo se sucedieron una serie de acontecimientos que, como no podía ser menos, ahondaban en la fatalidad originaria del encuentro de ambas naciones: no ver lo evidente, sino aquello que la imaginación establece como real.

Esta circunstancia provocaría nuevos nexos, cuya interpretación requiere la perspectiva del tiempo, a fin de valorar su verdadera trascendencia, pues tal parece como si las políticas de España y Cuba estuvieran, con posterioridad a la fecha de 1492, llamadas a vivir anticipándose mutuamente.

'Creer, amar y soñar'

Entre 1868 y 1898 tuvo lugar en la Isla la Primera Guerra Civil Española —guerra que fue de familias, padres oriundos de España e hijos nacidos de españoles—; en 1873 la proclamación de la primera República española adelanta el ideario de la Revolución Cubana de 1959. Las causas del éxito o la frustración de estos sucesos estarían asociadas también, consciente o inconscientemente, a la influencia de un pasado vigente. Creer, amar y soñar empezaron a no alentar la vida de la ilusión, sino la muerte del ideal. España perderá su isla y la República, convirtiéndose en preludio de la suerte futura que experimentará, un siglo después, la Revolución Cubana.

Hoy, cuando las paradojas de la historia han contribuido a desvelar las razones de la sinrazón —guerras, exilios, muerte—, sorprende comprobar cómo en lugar de rectificar, se persiste en el error. Lo que nos iba a ocurrir, estaba prefigurado en dos libros fundacionales a los que habría que regresar si se ansía reiniciar un camino conjunto que redefina el ideal.

En El Quijote de Cervantes y en el primer gran poema cubano, Espejo de paciencia, se hallan las claves que anuncian el ser y el deber ser de dos países —la libertad no por decreto sino por la conquista de un humanismo de ideas que hagan más libre al individuo— empeñados en ser posibles por imposibles, pues el despropósito de la mala política ha llevado a España a parecer cada vez más un continente de heterogeneidades ansiosas por ser islas, circunstancia que la lleva en política a identificarse a priori con todo lo que se le parezca a ese viejo fetiche de El Dorado; y Cuba, a su pesar, se fosiliza en un afán continental condenado al aislamiento por endiosar todo lo que no sea ella misma. ¿Dónde empieza y termina la aberración del ideal?

Algunos insisten en la actualidad en leer mal las enseñanzas de Cervantes al practicar con Cuba un juego de Quijote sin Dulcinea. "Criticar al gobierno de Cuba equivale a defender a Estados Unidos".

Esta fidelidad ingenua, manifestada en un contexto nada ingenuo como es el de nuestro tiempo, pretende repetir una vez más la senda de percepciones quiméricas de un ideal vaciado de realidades, el cual traiciona el azar histórico que unificó a España y Cuba, al punto de poder afirmar, sin prejuicios coloniales o neocolonialistas superados por los lazos de la sangre y la familia hispanocubana, que Cuba fue un reino de España como España era una colonia de Cuba.

Esa especificidad, única en el hemisferio americano, favoreció una intimidad de aprendizajes a la que aludíamos al señalar las recíprocas anticipaciones de eventos sociopolíticos entre Cuba y España. ¿Cómo es posible renunciar a este legado hermanador sin traicionar lo que hemos sido en la historia secreta de la sensibilidad y la inteligencia?

Reinventar el ideal

En el siglo XX, España se convierte en precursora de otras conmociones dentro de las cábalas ocultas de la barbarie humana, al sufrir la que consideramos su Segunda Guerra Civil (1936-1939) y el franquismo, cuyo horror mostró la exigencia de impedir, en cualquier otra parte del mundo, la restauración, bajo cualquier signo político, de la dictadura. Nadie podía augurar que la Revolución Cubana de 1959 se transformaría, con el decursar de la negación de las negaciones, en un nuevo totalitarismo. Tampoco podía imaginarse que algunos olvidarían, en su nombre, que allende los mares también se cree, ama y sueña.

Todo ideal es ante todo idea: idea de humanidad, no ficción deshumanizada de idearios. ¿Será cierto ese otro conjuro político que preconiza: "por cada siglo que los pueblos han llevado cadenas, tardan por lo menos otro en quitárselas de encima"? Tal vez precisemos otra política, la de Fuenteovejuna, de Lope de Vega, y La República española ante a la Revolución Cubana, de José Martí. Porque si bien la culpa es de todos, no todos queremos ser culpables.

Cuba necesitará siempre que España la vea más allá de la embriaguez de su nombre, y España requiere a Cuba para descubrir la belleza de Rocinante que no supo apreciar el Almirante. Ese es el espejo impaciente que nos desvelará lo mejor que somos: nuestro Quijote. Cuba-España. España-Cuba. Todavía estamos a tiempo de reinventar el ideal que nos falta: la realidad.