Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Represión

De Zapata a Zapatero

Bajo el postulado de que Cuba no necesita mártires ni nuevas revoluciones, el autor aboga por una atmósfera política en que de forma no heroica los ciudadanos manejen pacíficamente sus conflictos, al tiempo que apoya la política de diálogo con La Habana del actual gobierno español.

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La muerte del opositor cubano Orlando Zapata Tamayo es condenable. Incluso si todos los argumentos de emergencia del gobierno cubano basados en el embargo norteamericano fuesen válidos, el derecho a la vida no es derogable bajo ninguna circunstancia. Zapata era prisionero del gobierno cubano y estaba bajo su protección. No importa si Zapata era preso común, o si Reina Tamayo reconoció la asistencia a su hijo de los médicos del sistema de salud cubano, la acusación de esta última al teniente coronel Julio Cesar Bombino González de privar a su hijo de líquidos debe ser juzgada públicamente en tribunales y de ser cierta, castigada.

Es lógico y justo que la comunidad internacional condene la muerte de Zapata y trate de evitar que el hecho se repita. Lo que no es racional es acusar al presidente Zapatero -como lo ha hecho el disidente Guillermo Fariñas en la Gaceta de los Negocios de España- de ser “uno de los culpables de asesinato” o el intento del Partido Popular de desacreditar las políticas de dialogo y apertura hacia Cuba, bajo el argumento de que no salvaron la vida del opositor. No hay evidencia ni razonamiento que justifique tal falacia.

España como objetivo

Es vergonzoso como el Partido Popular de España usa la condenable muerte de un opositor político y la huelga de hambre de otro para obtener dividendos de política interna, atacando la validez de toda la política exterior española por la muerte de un disidente. Mariano Rajoy ha propuesto un retorno a la política de José María Aznar, la misma que puso las relaciones entre Cuba y España en un callejón sin salida, llevó al cierre del centro español de La Habana y a la liberación de ningún preso. Si alguien cree que Aznar hubiese salvado a Orlando Zapata, o que el Partido Popular aplicaría con éxito la política hacia Cuba, de que “con una dictadura no se negocia”; como recomienda Guillermo Fariñas en la página web del Partido Popular, que conteste los correos electrónicos de la nigeriana que reparte millones en internet.

Claro que la política de Zapatero no es perfecta. El diálogo sobre derechos humanos con el gobierno cubano debe producir más que una liberación de presos a cuentagotas. Desde la reciprocidad, la diplomacia ibérica tiene derecho a entrevistarse con la oposición política cubana de la misma forma que se entrevistan los diplomáticos cubanos en Madrid con diferentes sectores de la sociedad española cuando conviene a sus intereses y principios.

A veces la política de Moratinos es más táctica que estrategia. ¿Por qué después de los diálogos de derechos humanos con Cuba no se dice nada sobre la tarjeta blanca cubana que sólo parece gustarle a Ricardo Alarcón, o de los que después de recibir becas no pueden ejercer el derecho a la educación porque se les niega la salida o del derecho de los cubanos a crear sus propias empresas? España debe incorporar a su diplomacia pública temas que aunque causen menos algarabía en el Partido Popular son más importantes para la mayoría de la población cubana y los intereses nacionales españoles en términos de apertura.

Pero esa dinámica es más compleja que las pataletas de Soraya Sáenz de Santamaría o la analogía infeliz de Fariñas de comparar al gobierno de Zapatero con “los políticos europeos que intentaron persuadir a Adolf Hitler” (http://www.libertaddigital.com/mundo/farinas-compara-a-zapatero-con-los-politicos-que-intentaron-persuadir-a-hitler-1276387446/). Madrid debe conversar selectivamente con los opositores legítimos (democráticos, no es lo mismo que anticastristas, pacíficos y sin recibir subvención de ningún gobierno extranjero) no para castigar al gobierno cubano, como hizo el gobierno de Aznar, sino como promoción sistemática de los intereses y valores democráticos. Lo mismo puede decirse de su dialogo con el gobierno cubano.

Como recomendó el embajador Carlos Zaldívar, la diplomacia española debía ser explícita en sus diferencias tanto con el gobierno cubano como con el exilio plattista no sólo en medios, sino también en fines. A diferencia de la ley Helms-Burton, Europa y España definen los derechos humanos en sus dimensiones políticas y civiles pero también económicas, culturales y sociales.

La transición postfranquista de ruptura pactada en la Moncloa demostró la importancia de que no sólo en el Gobierno sino también en la oposición, los moderados predominen sobre los extremos. Desde esa perspectiva, no es conveniente tratar con igual apertura a toda la oposición cubana sino priorizar a los sectores moderados. España debe dialogar con la parte de la oposición cubana que comulga con sus intereses, contrarios al embargo norteamericano y a favor de un estado democrático de bienestar. ¿Y la otra oposición, que respalda la ley Helms-Burton, y como la Unión Liberal Cubana quiere desmantelar el estado de bienestar? Que vaya a los cocteles checos.

Las evidencias demuestran que la política de Zapatero hacia Cuba ha sido más productiva que todos los acosos, sean el embargo norteamericano o las pataletas de Aznar. ¿No es lógico que el gobierno español apoyé la colaboración médica cubana en Haití, que demostró eficiencia mayor en salvar vidas que las otras alternativas? ¿Cuántos presos fueron liberados por la política de Aznar? ¿Cuántas publicaciones españolas estuvieron disponibles en La Habana en el Centro Cultural Español por la demagogia aznarista? ¿Cuántos cubanos obtuvieron un título homologable, una beca, o acceso a internet a través del acoso? ¿Cuántos cubanos han obtenido trabajo, tecnología, adiestramiento para una economía de mercado a través del bloqueo?

Es difícil entender por qué el PSOE no llama la demagogia del Partido Popular por su nombre. La prueba mayor de la manipulación de la huelga de hambre de Guillermo Fariñas fue el pedido de este último, a través del programa La hora de Federico, de que el gobierno español demandara la libertad de los presos políticos y condenara la muerte de Orlando Zapata una semana después que el presidente Zapatero ya había condenado sin ambages el hecho. Si Fariñas estaba informado, ¿Qué sentido tenía pedir a Zapatero lo que ya había hecho?, Si Fariñas no sabía, lo ético del periodista español era informarle a él y a la audiencia que su demanda había sido cumplida.

La alternativa del Partido Popular

Solidarizarse con la democracia en Cuba no equivale a renunciar a un análisis realista. El régimen cubano puede liberar a prisioneros políticos, con condiciones críticas de salud, pero no lo va a hacer como respuesta a la huelga de hambre de Fariñas. Primero, porque eso validaría el método como forma de arrancar concesiones futuras. Segundo, porque su estrategia de negociación de la libertad de los cinco cubanos presos en EE.UU, procesados por espionaje en Miami sin un juicio imparcial, se basa en la liberación gesto por gesto de los mismos y los prisioneros de la primavera de 2003. Si Fariñas está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, el gobierno cubano también lo hará.

Como Fariñas se comunica con la prensa internacional, el gobierno no escatima cámaras para evitar que se le responsabilice por su muerte. Es iluso esperar que el gobierno cometa los mismos errores tácticos asociados al caso Zapata. Si un desenlace fatal se produjera, con los grupos afines al gobierno movilizados y en la calle, la retórica de confrontación se disparará, mientras una liberación de los presos enfermos y la visita a las cárceles cubanas de la Cruz Roja internacional serán más lejanas. En el peor de los casos será cubano contra cubano en la calle, con patriotas a ambos lados, y el bando del Gobierno mejor organizado.

Cuba no necesita mártires ni nuevas revoluciones -ya hemos tenido suficientes- sino atmósferas políticas en las que de forma no heroica los ciudadanos manejen pacíficamente sus conflictos. La acción de Guillermo Fariñas ha llamado la atención de la comunidad internacional sobre la muerte de Zapata, demandando el esclarecimiento de la denuncia contra las autoridades carcelarias por haberle negado el agua en prisión. Es hora que el Directorio Democrático Cubano, que ha usado el ayuno de Fariñas para cabildear por la ayuda estadounidense a la oposición política cubana a través de sus arcas, el Partido Popular, que lo ha usado para criticar a Zapatero, y Oscar Haza, que lo ha usado para subir sus ratings televisivos, le pidan -como lo ha hecho el movimiento cristiano “Liberación” a través de Oswaldo Paya- que no sacrifique su vida.

Consistencia y relevo

La promoción de la democracia, a través del diálogo y la apertura, no es una carrera de cien metros. Es un maratón, requiere consenso y relevo sin que un gobierno destruya los puentes construidos por sus antecesores. La política de Madrid hacia la Habana no debe ser el fango donde los partidos políticos españoles se revuelquen, sino una plataforma convergente de principios e intereses nacionales. Para bien de Cuba, es hora de iniciar debates maduros para perfeccionar las políticas de compromiso e interacción.

Por apego a los derechos humanos, decencia y raciocinio se impone una condena a la muerte en situaciones no aclaradas de Orlando Zapata en prisión. Por esas mismas razones, se impone resistir cualquier intento por imponer a Cuba una política de bloqueo, acoso y aislamiento fallida, contraproducente y contraria a los derechos humanos.


Arturo López Levy, académico cubano-norteamericano, es conferencista e investigador asociado en la Escuela Josef Korbel de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver.