Actualizado: 22/03/2019 14:06
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Historia

La Guerrita de Agosto

Cuando los liberales se alzaron en armas en 1906, sentaron las pautas para la destrucción de la República.

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El 17 de agosto se cumple un siglo de que comenzara la primera revolución de la Cuba republicana, a la que, por su brevedad (poco más de cinco semanas) se le ha llamado "Guerrita de Agosto".

Por los individuos que la protagonizaron, se trató, en realidad, de un conflicto de facciones dentro del movimiento independentista que había llegado al poder con la instauración de la república, y que, naturalmente, se había ido segmentando en partidos: los moderados, de corte conservador, esperaban que el presidente Estrada Palma continuara su gestión de gobierno por otros cuatro años. Los liberales, de carácter más popular, y en cuyas filas había muchos veteranos del desaparecido Ejército Libertador, aspiraban a la oportunidad de gobernar.

El conflicto se derivó de una desavenencia electoral. El gobierno, temeroso de que los liberales terminaran descarrilando la honrada administración de Estrada Palma y malversando el tesoro que la república celosamente había acumulado durante su mandato, decidió imponerse en las urnas, recurriendo en muchos distritos y magistraturas a la intimidación y el chantaje. Estas maniobras llevaron al retraimiento a José Miguel Gómez, el candidato liberal, dando lugar a que Estrada Palma, al igual que en 1901, saliera electo sin oposición, aunque esta vez sus adversarios políticos denunciaron la comisión de un gigantesco fraude.

La impugnación de los comicios no prosperó en el terreno institucional y Estrada Palma inició su segundo período el 20 de mayo de 1906; pero el descontento de la oposición, que se sentía injustamente desposeída, no hizo más que acentuarse hasta generar una conspiración estructurada en grandes zonas del país (Pinar del Río, La Habana, Las Villas y Oriente) que daría paso a la abierta subversión el 17 de agosto con el alzamiento de Faustino (Pino) Guerra en Pinar del Río.

La mediación norteamericana

El gobierno de Estrada Palma, que se había preocupado más de la educación pública que de las fuerzas armadas ("quiero escuela, no cuarteles, al que enseña, no al que mata"), contaba tan sólo con el cuerpo de la Guardia Rural para hacerle frente a los alzados, la mayoría de los cuales eran veteranos de la Guerra de Independencia, si bien no disponían de suficiente armas y municiones.

Orestes Ferrara, que se incorporó casi enseguida a la sublevación, cuenta en sus memorias que en las cercanías de Santa Clara se habían reunido cerca de 900 rebeldes, la mayoría de los cuales estaban desarmados.

Luego de varias acciones bélicas, la rotura de algunas vías de comunicaciones y la virtual parálisis política del país —y algunos hechos de sangre, como el asesinato del general Quintín Banderas, que se había sumado a la insurrección— y ante el continuo deterioro de la situación y la terquedad de las partes, los norteamericanos entraron a mediar.

Cuando el presidente renunció, luego de haberlo hecho el gabinete, y el Congreso no logró reunirse para nombrar un sucesor, Estados Unidos se hizo cargo de la situación. Así comenzó, el 29 de septiembre de 1906, la segunda intervención norteamericana en Cuba, que habría de extenderse por más de dos años hasta la toma de posesión del presidente José Miguel Gómez, el 28 de enero de 1909.

Si algo nos revela la Guerrita de Agosto es que, pese a las protestas con que algunos cubanos del liderazgo independentista reaccionaron ante la imposición de la Enmienda Platt a la Constitución de 1901; para 1906 las figuras políticas cubanas más destacadas, tanto del gobierno como de la oposición, se habían convertido en plattistas.

En tan poco tiempo, Estados Unidos había llegado a ser el comodín de la baraja nacional que todas las partes estaban dispuestas a jugar a favor de sus intereses. Lejos de ver la política cubana como el resultado de las órdenes dictadas desde Washington, más bien presenciamos el fenómeno contrario: como los políticos cubanos manipulan a Estados Unidos y lo fuerzan a servir a sus intereses partidarios.


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