Actualizado: 26/11/2021 14:39
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Nosotros que nos queremos tanto

¿Están los cubanos preparados para la construcción de un Estado de derecho?

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Parecía entonces que la lección ya estaba aprendida. Pero volvimos a equivocarnos.

José Martí, el gestor por excelencia de la guerra de 1895, pagó en esfuerzos e ideales propios los designios totalitarios, los sueños unipersonales y la voluntad ególatra de los políticos y jefes militares que con toda honestidad, esperaban en el exilio la hora señalada para conseguir la libertad de Cuba. Sin embargo, un falso sentido del deber, una confianza desmedida en los méritos propios y una pésima organización constitutiva, convirtieron el escenario de la guerra en un territorio, donde por sobre la fuerza sólo estaba su propio desorden y albedrío.

Y nuevamente volvimos a equivocarnos, o la intolerancia, los ojos ciegos, los oídos sordos y los silencios cómplices nos jugaron una pésima pasada.

De los errores se aprende, creímos.

Y para la República, juramos que si áspero y cuesta arriba podía hacerse el camino de la democracia, no por ello habríamos de flaquear. O eso suponíamos entonces, momentos antes que dictaduras, guerras de pandillas, latrocinios, chantajes, asesinatos y golpes de Estado aparecieran en la vida diaria, en libre convivencia con una democracia que izaba, tímida, su mejor rostro. Era imperfecta, es cierto, mas no faltaba ocasión para que algún gesto nuestro, ciertas complicidades de vecinos o imperativos recursos de fuerza mayor, terminaran devolviéndola al cajón de las ilusiones perdidas y las batallas pospuestas.

Para el año de 1959 éramos una nación cariada por los atropellos finales de una dictadura, e inmersa en un desarrollo económico que comenzaba a ofrecer resultados notables. Parecía que de tantos errores, de tantas enseñanzas acumuladas, iba a florecer por fin, un país mejor.

Pero otra vez nos equivocamos.

¿Intolerancia o salvación?

El régimen de Fidel Castro, lejos de consensuar los intereses de la nación y ofrecer leyes capaces de orientar el curso democrático, prefirió abolir la concurrencia de opiniones, e instauró, como remedio a todos los males posibles, un estado de terror, persecuciones y espionaje.

Y una vez más, la mayoría del pueblo cubano se hizo eco de las soluciones impositivas y asumió el rencor comunista y la confraternidad vigilante como el mejor camino para arribar al mundo feliz que prometían los manuales marxistas. El cielo era rojo, dijimos, y dejamos que la intolerancia cobrara importancia de ley y la convertimos en nuestra premisa de trato. Se estaba dentro o fuera del juego, con la revolución o en contra, en la isla o sin ella. Y lo dividimos todo, hasta los afectos. De una orilla estaba Cuba. De la otra, Cuba también.

El precio, lo sabemos todos, ha sido muy alto. Luego de 46 años en el poder, el gobierno castrista ostenta un saldo doloroso. La Isla ofrece la visión de un paraje derruido, donde todo queda por hacer. Frente a nosotros, el futuro es la posibilidad de salvarnos como nación, de esquivar la angustiosa presencia de la intolerancia.

Sin embargo, como Jesús Díaz, uno termina preocupándose.

Recientemente, un amigo llamó desde Miami. Grupos del exilio cubano han abarrotado de amenazas su contestador y un periodista anunció represalias físicas contra él. Se le acusa de promover una transición sin ajustes de cuentas, de instar a los cubanos de la Isla y el exilio a un perdón nacional, así de inmenso y generoso como un acto de fe, o un acuerdo de paz. Sólo eso pide.

Al parecer, está pidiendo demasiado.


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