Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Tres sofismas y un retrovisor

Si la izquierda venezolana usara el retrovisor de la historia, observaría la autodestrucción a la que se somete bajo la música celestial de la unidad.

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La pauta se reconoce a distancia. No hay peor calvario en la carrera del totalitarismo que las intradisidencias. Sin pluralidad en el entorno en el que se adoptan las decisiones, sin amigos incómodos ni reclamos germinando en tronco propio, la vida es más fácil para aplastar enemigos.

Una parte de la izquierda venezolana lo sabe y se debate entre la utopía de la revolución y los peligros del verticalismo. La otra no tiene interés en meditar al respecto y, con tal de mantener determinadas cuotas de poder en el ejecutivo de Hugo Chávez, posterga la reflexión.

En un siglo XX plagado de fascismos, comunismos y caudillismos, la tesis de los partidos únicos vivió una larga hoja clínica. Allí donde fuere hubo un cataclismo. Quizás por eso hoy no se le ocurre a ningún líder europeo sensato la peregrina idea de unificar —desde el poder y bajo coacción, como está probando Chávez— los grupos ideológicamente cercanos, más allá de pactos post-electorales puntuales.

La amplia gama ideológica, incluso dentro de los grandes polos, es una fortaleza del sistema y no el fin de los tiempos ni un escollo para servir mejor a la ciudadanía.

A Chávez, a diferencia de Fidel Castro (que llegó al poder abruptamente tras una revolución), el rally devastador de la sociedad civil y de las instituciones democráticas le ha tomado ocho años, y quién sabe cuántos más.

Con la consecución del Partido Socialista Unificado de Venezuela (una especie de autofagia ideológica tercermundista), Chávez abrirá una puerta para desmochar las espinas del resto de la izquierda. Es decir, cuando comiencen a desdibujarse los ideales socialistas clásicos y el caudillo eche mano a aquella corriente, foránea o doméstica, que le permita mantener el poder, la izquierda ortodoxa ya no estará para reivindicar coherencia, sea ésta marxista o maoísta. Chávez será dueño y señor de la geografía siniestra y de todos sus matices.

Para entonces, la ilegalización del resto de las fuerzas políticas —socialdemocracia, democracia cristiana, etc.,— será un juego de niños.

Cinco minutos de historia

Si la izquierda venezolana usara el retrovisor del carro de la historia, se daría cuenta de la autodestrucción a la que piensa someterse bajo la música celestial de la unidad.

La experiencia de Cuba no es despreciable y se resume en cinco minutos: Castro conminó en 1961 a las principales fuerzas políticas opositoras, el Partido Socialista Popular (PSP, comunista), el Directorio 13 de Marzo y el Movimiento 26 de Julio, a constituir las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas). Y así se hizo.

Bajo los sofismas de "Fidel abandonó la camiseta del partido y se puso la de la revolución" y "¿Armas para qué?", el gobernante desmilitarizó al Directorio, engulló a los marxistas y pulverizó a propios y extraños. Luego no dudó en desconvocar las ORI cuando intuyó que los comunistas pretendían dominar sus estructuras. Tras una primera purga, fundó en 1962 el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS), que duró unos tres años, hasta dar paso al todavía gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC).

Desde entonces, nada ni nadie en el PCC ha osado cuestionar las decisiones ni el liderazgo de Castro, sin que se le expulsara del paraíso único. Comunistas de toda la vida, revolucionarios católicos y líderes de antiguas formaciones sólo pudieron escoger entre unir la barbilla contra el pecho y el ostracismo. O cómplices, o víctimas del "fuego amigo".

Hace la friolera de 47 años, rodeado de vasallos y apóstoles, casi apagado por un estruendoso aplauso, Castro reveló el tercer sofisma del libro sagrado de los nuevos dioses: "¿Elecciones para qué?".