Marilyn

Pablo Díaz Espí

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Pregunto si estoy vivo. Me dicen que no y se echan a reír. Somos ocho. Alrededor de la mesa están mi hermana, sus hijos y el marido, los padres y la tía de éste. Todos cienfuegueros. Llevan la vida entera en Nueva York y siguen definiéndose de ese modo. Sus nombres se han anglicanizado, sus apellidos maternos desaparecido. Pero ellos insisten. Es algo que va más allá de la nostalgia. Como esas denominaciones de origen vitales para el valor comercial de ciertos productos.

—Así que estoy muerto —les digo, dispuesto a contribuir con el espíritu festivo, a acabar con lo que hasta hace tan sólo unos días podía llamarse la lógica de mi vida.

La Navidad emana del arbolito comprado en un supermercado de Union City, arrastrado a lo largo de un parqueo congelado y atado a la baca del carro después de que, como me explicara mi cuñado, hubiera sido cultivado con ese fin. Señalizándome el camino, bolas huecas, manzanas abrillantadas, galletas caseras, velas, estrellas de paja trenzada, lucecitas coloreando la nieve derretida y sucia, las caras histéricas de los niños, las de los mayores discutiendo acerca del pavo.

Claro que tuve que apartar la idea de que toda esta algarabía brillante y desechable sólo fuera para hacerle frente a la tentación de la cuchilla de afeitar y la bañera llena de agua tibia hasta el borde. ¿De dónde la habré sacado, si no recuerdo haber celebrado una Navidad en la vida? ¿Será que hasta en el último agujero de la tierra laten las pulsaciones de la vida normal? ¿Es que en el hueco en el que he estado metido más de diez años (exactamente diez años y doscientos dieciocho días), detrás de rejas y muros, podía percibirse el rumbo de las cosas? ¿Radicó ahí el verdadero castigo?

Me he sumado a la ronda porque, después de todo, soy el invitado de honor.

Mi hermana les ha contado, pero no sé hasta qué punto. En cualquier caso, lo que les haya dicho no puede ser tan exacto ni terrible. No hay manera. Mi hermana y yo llevamos veinticinco años sin vernos. No puede haberles hablado de las cosas que de verdad me atormentan; del Negro Degollado; del plante de los Abisinios; de mi padre muerto de un infarto mientras le daba de comer a los puercos en la azotea, allá en Camagüey, el cadáver hinchado y expuesto a la intemperie más de una semana, los dedos y la cara mordisqueados.

Me quedo mirando fijamente a mi hermana para ver si reconozco en ella algún rasgo familiar. Me acuerdo de mamá llevándonos de paseo por una calle llena de vidrieras, en La Habana, yo a su lado, con siete años, mi hermana en un cochecito de ruedas blancas que milagrosamente no se ensucian. Tiene que haber sido en el 66 o el 67. Observo a mi hermana para descubrir a nuestra madre, pero nada. Perfectamente puede no ser mi hermana, sino una desconocida; alguien a la que mi verdadera hermana, a punto de morir, le haya pedido que se ocupe de mí: tengo un medio hermano en Cuba. Cayó preso después de que mi madre y yo nos fuéramos del país. Es la única familia que me queda. He vuelto a localizarlo. Por favor, sácalo de allí, ayúdalo a abrirse camino en la vida. Hazlo por mí.

¿Qué puede haberles contado ella?

Mis sobrinos apenas me han proporcionado alguna que otra pista:

—Mamá nos dijo que estuviste diez años preso —dijo Paul.

—¿Qué hiciste? —preguntó Jessica.

—¿Qué les dijo su madre?

—Nada.

—Y si no les dijo nada, cómo saben que estuve preso.

—Se lo dijo a la tía y nosotros lo oímos. Le dijo que habías estado preso y que tenías planchas de metal en la cabeza.

—¿Planchas de metal? —Paul esconde bajo la cama una muñeca mutilada y llena de agujas; suele meter en el refrigerador papelitos en los que escribe los nombres de ciertos compañeros de clase. Los congela, fue todo lo que dijo mi hermana cuando le pregunté al respecto. Sencillamente, los congela. No se me ocurrió ningún motivo por el cual ella les hubiera dicho nada referente a unas planchas de metal injertadas en mi cabeza.

Mi cuñado había dejado el carro en una avenida de Manhattan, y dentro del carro nos había dejado a los niños y a mí. Y eso que más ardientemente parecían desear mis sobrinos —la aparición de un policía que diera unos toquecitos en la ventanilla que yo ni siquiera sabía abrir— me tenía muy nervioso.

—Caíste preso por unas caricaturas y unos poemas —dijo Jessica.

—¿Y si lo saben, para qué me preguntan?

—¿Puedes hacernos una caricatura?

Me di vuelta y les mostré la mano derecha, de la que me faltan tres dedos.

—Ya no puedo dibujar —dije.

A Paul le entró un ataque de risa y Jessica empezó a golpearlo. Estaban sujetos por los cinturones de seguridad, de modo que sólo movían los brazos, como marionetas manejadas por aficionados. A nuestro alrededor bullía la hora pico. Era increíble que no hubiera aparecido ya un policía. De pronto, temí que nuestra conversación se estuviera filtrando en el inconsciente de los niños, como una gotera. También me fijé en que, aunque el carro estaba apagado, la radio seguía funcionando, algo imposible en otra época de mi vida.

El mundo, pensé, está lleno de detalles inauditos.

Jessica dijo que su madre me iba a regalar unos guantes por Navidad; ya le había cortado los dedos, ahora sólo faltaba coser los huecos.

—Está haciendo unos guantes especiales para ti con todo su amor —se burló Paul, justamente antes que se abriera la puerta y el cuerpo de mi cuñado, como un gran meteorito de carne, cayera en el interior trayendo consigo una estela de ruido y frío.

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Esta noche —la noche del Nacimiento en Judea—, todos tenemos una etiqueta pegada a la frente en la que está escrito quiénes somos. Excepto la de uno mismo, cada cual puede leer las identidades del resto. En eso consiste el juego. En adivinar la personalidad propia a través de los demás, en hacerles preguntas cuyas respuestas sean o no. En caso positivo, puede seguirse indagando; de lo contrario se pierde el turno y le toca al siguiente. O sea, a mí, o a Babe Ruth (Paul), a J Lo (la suegra de mi hermana), a Cristóbal Colón (Jessica), a Lisa Simpson (la tía), a Da Vinci (el suegro), a R. Giuliani (mi cuñado), o a Rita Montaner (mi hermana). Preguntas del tipo: ¿Soy una persona real? ¿Soy una figura? ¿Estoy vivo? ¿Soy alguien simpático? ¿Nací en el siglo XX?

Antes de empezar, mi hermana me lleva aparte para explicarme quiénes son las personas que no conozco. Me empuja hasta la despensa, y allí, tan juntos que puedo sentir su aliento, ver la ilusión en sus ojos, me susurra quiénes son su marido, el tal R. Giuliani, y su tía, Lisa Simpson.

Yo, sin embargo, apenas le presto atención.

Mientras la oigo —y aunque al instante me doy cuenta de que será una trampa, algo perteneciente al pasado que deseo olvidar—, juego con la idea de inclinarme hacia ella y susurrarle al oído el nombre que lleva en la frente.

Mi hermana tiene el pelo teñido de rubio, en ondas. Encerrado con ella en la despensa, se me ocurre que prefiero el tono original. O más bien el recuerdo que tengo de ese tono. Cualquiera que sea. Lo que menos me gusta de su platinado es el hecho de que suplante la realidad.

Igual que su máscara.

Desde mi llegada de Cuba no he logrado conciliar el sueño. Una y otra vez, me he visto a mí mismo atravesando los pasillos horriblemente iluminados del aeropuerto, enfrentándome a una multitud; descubriendo, en medio de esa multitud, a una serie de extraños que agitan ramos de flores y un cartel con mi nombre. ¿Y si sigo caminando y no les hago caso?, pensé. Si no me doy por aludido, ¿será un verdadero nuevo comienzo para mi vida? Por las noches me pongo a tomar cerveza y a dar vueltas por la casa, registrando. Sin buscar nada, sin esperar encontrar nada. Tan sólo pretendo integrarme, comprender el vuelco que ha dado mi existencia, hallar dónde estoy y el porqué de algo que ni siquiera sé qué es.

Una madrugada intenté ver unos Vídeos Familiares. Pero no logré encender el televisor. Ni siquiera de eso soy capaz. Me detuve ante la puerta del cuarto de mi hermana y la abrí. Y descubrí que ella dormía oculta tras una máscara verde y brillante, un artilugio que le imprimía a su cara un gesto terriblemente inexpresivo. Parecía un cuadro surrealista, una majaenmascarada. La mitad de la cama estaba perfectamente tendida, de modo que el conjunto, de un azul sedoso, también semejaba un paisaje: unas lomas junto a un mar en calma al amanecer.

El marido de mi hermana se hallaba de guardia en el hospital, así que entré y me senté junto a ella. El cuarto olía a polvos, a cortinas de terciopelo viejas y pesadas, a pastillas de alcanfor. No sé cuánto tiempo pasé allí, estudiando las manos y los pies de mi hermana —específicamente las manos y los pies (rollizos, de uñas muy rojas)—, aterrorizado por lo que pensaría si me descubriera, preguntándome si seguiría tan feliz de haberme traído consigo y su familia. Al pasar frente a la casa, las luces de los carros lo teñían todo de un ámbar sucio y fugaz. Quizás yo también estuviera un poco dormido. Quizás me hubiera hundido en el sueño sin darme cuenta, pero lo cierto es que me acordé de la lupa que había visto en una de las repisas de la sala, fui a buscarla y regresé con ella. Y a través de la lupa, a la luz que entraba del pasillo y como quien trata de garantizar la autenticidad de un objeto de valor, volví a observar a mi hermana, concentrándome en cada poro, en cada pequeño accidente de su piel. Y mientras lo hacía —mientras me acordaba de todos los bichos que había calcinado interponiendo una lupa entre sus lomos y el duro sol de Cuba—, pensé en un aforismo de Cioran que había leído durante años, pues estaba en uno de los tres libros que sobrevivieron al Gran Naufragio de mi vida, y que decía: ¿Para qué nos agitamos tanto? Para volver a ser lo que éramos antes de ser.

Entonces, algo dentro de mí empezó a jugar con la idea de acostarse junto a mi hermana. Ella creerá que soy su marido, pensé. Se dará la vuelta y me abrazará. Y quizás en ese momento yo recupere un pedazo de mí, un pedazo de lo que era antes de ser lo que soy.

Llegué a levantarme y a bordear la cama y a sentarme al otro lado del colchón. Debo haber pasado allí una eternidad. Paralizado. Observando la curiosa imagen que devolvía el espejo, la de un hombre ojeroso y calvo, sosteniendo una lupa con una mano de dos dedos, igual a una pinza, sentado junto a una mujer dormida y enmascarada. Empecé a ver el cuadro como si los personajes representados fueran dos desconocidos, como si mi verdadero yo siguiera parado junto a la puerta. Y poco a poco comencé a sudar. Me pregunté qué hacía allí y me entró miedo de mí mismo; un miedo parecido al que sentía cada vez que era invadido por el impulso de preguntarle a ella acerca de algún recuerdo de nuestra infancia. No quería oírle decir que se había olvidado de todo, y estaba seguro de que esa iba a ser su respuesta.

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En la ronda, varios turnos han pasado. Da Vinci, el suegro de mi hermana, pregunta si es americano. El coro grita que no, y así le toca a mi cuñado, el tal R. Giuliani.

Ante todo, quiere saber si es un hombre. Luego, si tiene que ver con las artes o la política. Al recibir respuestas afirmativas, de un modo bastante hábil, intenta acotar la búsqueda, pero se decanta por el camino equivocado —las artes—, y recibe un rotundo no.

La verdad, no tengo ni idea de quién es mi cuñado. Sólo sé que ejerce de médico y que, como mi hermana, lleva el pelo teñido, en su caso de color caoba. Sé que mi hermana ha trabajado para pagarle buena parte de los estudios y que él la adora y vive eternamente agradecido. Fuimos juntos a comprar el arbolito, escuché sus explicaciones de la ciudad mientras atravesábamos el túnel bajo el río Hudson. Pero no fue hasta que llegamos al supermercado y él apagó el motor y me miró a los ojos que me di cuenta de que por primera vez estábamos solos. Me preparé para lo peor. Me estaba fijando en la manera en que los finos copos de nieve desaparecían al tocar el capó del Lincoln cuando mi cuñado tomó aire y dijo eso de que yo tenía que saber que, para él, es decir, para ellos, yo era un héroe.

Fue un golpe sorpresa. Un gancho al costado del que ya no pude recuperarme. Había esperado algo referente a la carga económica que iba a representarles, a la urgencia de que fuera capaz de valerme por mí mismo; cualquier cosa menos aquello.

—Un héroe… —repetí, y él dijo que sí.

Yo había estado preso por atreverme a hacer lo que muchos cubanos debieron haber hecho, y en vez de ello habían optado por huir.

Su expresión, con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, asintiendo ligeramente, era la de un pésimo actor. Pero resultaba evidente que hablaba de corazón. Escogía las palabras con sumo cuidado, y la voz, juraría, le brotaba del alma. Abrí la boca para explicarle que yo sólo había dibujado unas caricaturas, que había escrito unos poemas francamente malos y adolescentes y que el día en que vinieron a buscarme me escondí debajo de la cama en un acto desesperado y patético. Abrí la boca para contarle la verdad, mi verdad. Pero en realidad, lo que quería era terminar cuanto antes con la conversación, con la violencia inexplicable que generaba en mi interior. Así que no sólo acepté lo de héroe (y me sentí como un estafador), sino también la bienvenida oficial a la familia —de la que a partir de ese momento podía considerarme miembro pleno—, y hasta las promesas de un futuro feliz.

Eso era lo que había pasado entre nosotros.

Al pie del arbolito, sentado a la mesa del comedor y observado por la ronda, R. Giuliani se encoge de hombros, masculla algo en inglés y alza su trago con expresión de q ué le vamos a hacer.

A la luz de este gesto suyo todo es cálido. Todo es acogedor. De verdad me alegro de no haber seguido de largo en el aeropuerto.

Acto seguido, mi hermana empieza su turno con buen pie, pero inexplicablemente, tras averiguar que el suyo es un carácter femenino y simpático, lo echa todo a perder preguntando a bocajarro si ella es Juana de Arco.

Los niños ríen a carcajadas, los mayores la miran entre atónitos y decepcionados. Yo creo, más bien estoy seguro, que lo ha hecho a propósito. Su emoción radica en que el turno siguiente es el mío. Es evidente. De cada poro de su cuerpo emana el deseo no sólo de verme jugar, sino de que sea yo quien gane, el primero en descubrir mi identidad. Yo he fallado al comenzar la primera ronda, al preguntar si estaba vivo. Pero de repente me siento inspirado. Y siento un inmenso deseo de no decepcionar a mi hermana, de darle un motivo de orgullo ante el resto de la familia. De pronto, decido alejarme lo más posible de mí mismo, de todo lo que me preocupa. Y para mi sorpresa, no me es difícil. Pienso que si salgo airoso, si descubro mi nombre, seré capaz de tender un puente entre nosotros. Si me aclaro yo, entonces podré llegar hasta ella.

Es en este instante cuando, sin ningún motivo preciso, afirmo que soy una mujer. No lo medito, tan sólo sigo un impulso. Me espolean las ansias de dejarme atrás a mí mismo, de agitarme, como diría Cioran.

El coro responde con entusiasmo; la sonrisa de mi hermana se convierte en la cresta de una ola a la que me subo.

—Una mujer hermosa y… desgraciada —afirmo, y sin darles tiempo a reaccionar, pregunto si me he suicidado.

Me miran con asombro. No hay consenso sobre la respuesta. Por supuesto que me he suicidado, pienso mientras los veo debatir. ¿Es que me ha quedado otra posibilidad?, me dan ganas de preguntarles. ¿Es que acaso ha habido otra salida para mi vida?

Finalmente, acuerdan que sí. Veo una cuchilla de afeitar y una bañera, un pomo de pastillas, una pistola, un puente, los rieles del metro, una llave de gas… ¡Cuántas posibilidades!

Los ojos de mi hermana me transmiten aliento y esperanza.

—He sido actriz —digo, con la misma convicción con que mi padre mataba puercos de una puñalada.

Paul grita que he hecho trampas, pero no las he hecho. Todos saben que no las he hecho.

—He sido modelo y… también he cantado —aventuro, y él y Jessica gritan que no, pero mi hermana los acalla con un gesto y dice que claro. No sólo he cantado, sino que lo he hecho con una voz extremadamente tierna.

Es entonces cuando pronuncio esta frase que funciona como un abracadabra. Nunca nadie conoció a mi padre, digo, y algo me hace clic en la cabeza, porque al instante me doy cuenta de quién soy; lo veo tan claramente que por un momento me parece increíble no haberlo sabido desde un principio.

—¡Fui rubia, platinada! —exclamo, eufórico, seguro ya de mi identidad, y una sensación de alivio como nunca antes he sentido empieza a invadirme por dentro y me arranca una sonrisa.

Es la primera sonrisa en muchos años. Lo juro. Así que mientras tomo aire para pronunciar mi nombre —mientras disfruto sus miradas expectantes—, imagino que luego me pondré un abrigo y saldré a fumar, y que me apoyaré en la baranda de la escalera de entrada y a través de la ventana decorada con bombillitas de colores los veré jugar, concentrados, ajenos a mí, igual que habrán jugado durante años antes de mi llegada. Y entonces, pienso, fuera del foco de atención, empezaré a adentrarme en una verdadera libertad, en la certeza de que cualquier cosa podrá pasarme a partir de esta noche.

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Recibo las felicitaciones por mi victoria y, tal y como he previsto, salgo a la calle, tan desierta como un estudio de cine después del rodaje. Las ventanas de las casas están iluminadas, las ramas de los árboles recortadas en el cielo blanco. Un halo deslumbrante y frío flota alrededor de cada farola.

Después de un rato fumando y observándolos, decido dar una vuelta por el barrio. Quiero disfrutar, perderme. Ha sido un día importante, aunque me sea difícil explicar el porqué. Bajo las escaleras de piedra y atravieso la acera; avanzo quebrando a taconazos la escarcha que se ha formado en el borde de la calle. Y entonces pienso en la soledad interior que siempre nos acompaña, como una sombra invisible. Pienso en que nada de lo que toda esta gente sabe de mí se acerca ni por un milímetro a mi verdadero yo. O a la inversa. Nunca sabré nada de sus vidas. Ellos recitan de memoria los títulos de mis películas, las medidas de mi cuerpo; analizan esa frase de que soy un producto artificial, o la de que mi verdadero yo deberá cargar hasta el final con mi otra identidad. Les llama especialmente la atención el hecho de que mi madre haya ido a parar a un hospital psiquiátrico. Dicen que cuando me casé por primera vez, con dieciséis años, todo lo que quería era dejar el orfanato; que mi segundo matrimonio se malogró cuando interrumpí la luna de miel para ir a cantarle a las tropas en Corea. Hablan de mi gran amor, leen una y otra vez los libros y artículos escritos sobre mí, me pintan, coleccionan Life, Time, Personal Romances, Glamorous Models, US Camera… Creen que lo saben todo, y sin embargo siguen sin saber nada.

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