Danza de la muerte

Un avance de esta novela en proceso.

Octavio Armand

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La leyenda es un parto incesante. Nace sola y nunca deja de nacer. Ola tras ola un rumor de marea construye su pirámide de truenos; multiplica con ecos los hechos y las figuras, y sin jamás perder el núcleo de su origen lo deforma constantemente, como si la mirada de los únicos testigos, perdida ya en el pasado remoto, prolongara su infinito a costa de los perfiles de bronce que se vieron, o entrevieron, al amanecer un día con gallos de oro, o al caer una tarde que resume todas las tardes gloriosas.

Historia de lo imposible, que nunca olvida el azar y las contradicciones de la sangre, la leyenda, acaso, insinúa que los llamados historiadores sólo son capaces de una momentánea suma de equívocos. En un jarrón de Exekias, Aquiles mata a Pentesilea con su lanza, atravesándole el cuello, que es el punto más flexible y vulnerable del cuerpo. Es también símbolo de belleza, que se resumirá en un tópico añejo: el 'cuello de garza'. La frágil cerámica recapitula un episodio de bronce. Le da vueltas a una embestida, como si la envolviera al mostrarla. Lo globular acoge a lo astado y filoso, moldeándolo a partir de un creciente vacío, curvándolo en la redondez del barro húmedo, doblándolo, doblegándolo en el instante definitivo donde coinciden trágicamente el amor y la muerte, pues, entonces, se cruzan como relámpagos las miradas. Amor a primera y última vista.

La amazona se enfrenta a la lanza fálica, duro y estirado cuello, y el héroe se enamora de lo que mata, de lo que acaba de matar. La violencia de Aquiles se rinde a la belleza dos veces: seducido por Pentesilea y reducido a una seductora fragilidad por Exekias. Triunfa la mirada moribunda de la reina y triunfa el artesano que la inmortaliza en la nuestra. Recuerda por contraste una secuencia simétrica aunque inversa, cuando Poncio Pilatos descubre el rostro imperial que, de inmediato, es un flechazo de Tiberio. La mirada del reo, volcada sobre la imagen que se supone lo salvaría del suplicio, se convierte en blanco de una flecha ciega y justiciera. Al ver la supuesta salvación, el condenado provoca su muerte. Estas curiosas espirales narradas en algún Evangelio apócrifo aumentan el hechizo de la fe. El hijo de Dios ha muerto, dirá Tertuliano. Es imposible, por lo tanto, es cierto.

La certeza apuesta al límite. Por eso lo legendario nunca pierde su sabor a aldea, a pueblo, a ciudad amurallada. Sólo una sociedad tribal que conoce el rostro de sus héroes y villanos siente la necesidad de confundir sus líneas, borrándolas con testimonios cada vez más ajenos para trazarlas una vez más, y otra, hasta que en su palimpsesto asoma un perfil que puede ser repetido en versos ciegos o monedas de oro, plata y cobre.

La vocación de conquista da a la sangre intrépida otro cauce, señalando las fronteras infinitas de los números, el espacio insondable de las ideas, los colores, las formas, las piruetas de la danza y las escalas con que unas cuerdas más locas que cuerdas ocupan el laberinto y alcanzan el cielo. Un ejército de escudos desenrollados por antorchas y diminutas espadas redondas que se pueden empuñar por el único filo que respetan los dioses, los héroes y las leyendas, atraviesa acuñados muros de piedra, crecidas de ríos rimados y el acorde de fronteras hostiles.

Cada pueblo tiene muros de Troya. O los inventa. A Guantánamo le servirían los alambres de púa que lo bordeaban, definiendo con una tosca geometría quintas, solares, terrenos baldíos y pequeñas fincas que parecían haber cruzado el río durante la noche para acercar sus viandas y frutos a los mercados.

Esos muros se levantan cada vez que paso una página de Homero. Una a una, de canto, desatan los hexámetros del rapsoda, sacudiendo a aqueos y troyanos. Augurios, oráculos, premoniciones: cae Héctor aunque aún no le haya atravesado el cuello la pica de Aquiles y cae Aquiles con el vulnerable talón intacto. En su momentánea y contradictoria perpendicularidad, la página pierde sus imágenes, sus epítetos, el estrépito de las armas, la silueta de alguna diosa que muy pocos pueden ver entre tantos guerreros. No hay antes ni después. Ni haz ni envés. Ni par de un lado y non del otro. Quedamos suspendidos. En vilo. En cero.

Por un instante, la página solo tiene canto. Una línea sin dimensión. Un hilo invisible en una aguja también invisible teje el destino y cose al final de cada frase su botón. Un filo como de espada corta el aire que nos quita. Es ilegible entonces, vertical, amenazante, como si se desprendiera de su propio horizonte y nos arrancara la mirada. Ahí tú mismo puedes ser Aquiles. O Héctor. O Patroclo. Hasta Homero. Puedes vivir en el filo de esa hoja de papel y de metal. Puedes escribir en el ápice, esa pizca de cumbre, donde acaso escuchas a un héroe.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!

Durante horas, esa voz troceando la noche. Tenía forma de dolor. No de llanto. Nadie recuerda llanto. Sólo ese llamado que cesaba por unos minutos para luego insistir en su sílaba única repetida, como si el herido lo hubiera desaprendido todo menos su primera palabra, balbuceada lengua exclusivamente materna que quería decir todo y sabía a pezón y leche y caricia y cariño.

—¡Mamá! ¡Mamá!

Se iba haciendo más angustioso el llamado, como de un niño con miedo que quiere pasar a la cama de los padres, pero sin atreverse a andar solo en la oscuridad, dejando el refugio de las almohadas ya cóncavas y las sábanas que va estirando hasta cubrirse los ojos.

Pero bajaba el volumen. Y bajaría hasta ser apenas lejano y cada vez más tardío eco de una sílaba que se deshilachaba, luciendo en jirones la vocal que, a veces, se prolongaba demasiado, como una llaga extendida por el cuerpo de quienes la oían, inútiles, impotentes, tan desesperados que pensaron taparse los oídos con una cera milenaria, amurallándolos con la palma de las manos, con la almohada que se había humedecido en pañuelo, o con las paredes impenetrables de algún recuerdo que devorase aquel ahora infinito.

Aislada, la consonante multiplicaba el desasosiego. No decía nada. No iba a ninguna parte. Una puerta fantasmal cuyos goznes oxidados todavía chirriaban, empotrados a la altura de hombros y rodillas en una pared derruida. Era casi inaudible pero obligaba a que se le prestara aun mayor atención, como si jugara a las adivinanzas, y el corro de testigos, como niños, tuviera que revelar el rincón que ocultaba o el sabor que la despertaba.

—Mmmmamááááá. Mammmmm. Mmmmmmmmmá. Aaaaaaaaa. Mmmmmmmmmm.

La queja organizaba al espacio. Lo centraba. En la circunferencia desvelada alrededor de aquel sol que latía y latía, los vecinos trataban de fijar un rostro que fuera mango, vainilla, chocolate, toronja, coco, caramelo, y de ponerle un nombre a ese sabor que tan dolorosamente se reducía a una sílaba, a una letra, proclamando su terrible orfandad. La de cada uno de los puntos dispersos que lo escuchaban. La de la especie ante la vastedad y lo desconocido.

—Ammm. Aaaa. Mamm.

Todos sentían su dolor menos él, pues las horas de agonía lo anestesiaban y desde hacía un buen rato había dejado de sentir su cuerpo. Era como si ya no tuviera heridas. Ni siquiera peso. Sólo soledad. Pero la soledad, de repente, también dejó de atormentarlo, como si la madre ausente ya hubiera acudido a consentirlo, dándole teta y arro rro, mi niño.

¿Acaso lo presintió? A quienes lo oían —hombres y mujeres, jóvenes, ancianas, niños— se les hinchaban los senos, manchando ajustadores y camisetas, blusas y guayaberas, con chorritos de leche que lo mantenían vivo, que fluían hacia él en un goteo incesante, creciente, donde flotaba y se zambullía como en los ríos de su pueblo cuando —¿cuándo?, ¿cuándo?— se escapaba de clase con Toñico y Paco o con Cabito y Miguel Mariano.

—Aaaa. Aaaaaa. Mmmmmmmmmmmm. Mmmm. Aa. a. Mm. m.

Pasaron mil imágenes por su mente. Todo parecía ajeno en la pantalla que absorbía la luz como una gasa. Era apenas un párpado que cicatrizaba, cerrándose para ver mejor el largo pasillo que llevaba a la cocina y los baños, donde por primera vez vio aquello tan extraño, y como remoto, que tanto había soñado, una muchacha enjabonada que le mostraba el pubis nevado, un cuaderno, un ejercicio de caligrafía, unos labios que se apartaban de los suyos tras el primer beso, una mesa puesta, unos juguetes, la noviecita que le devolvía su cuaderno con los ejercicios imposibles ya perfectamente hechos.

Luego, a ciegas, palpando las paredes, se perdió en un laberinto tan oscuro que tuvo que orientarse por el eco de sus propios pasos, hasta percibir voces, indistintas primero, luego, casi nítidas.

En el patio del colegio peleaban unos niños. Una mitad del gallinero los separaba azuzándolos:

—No se peléense. No se fájense.

Y la otra los azuzaba separándolos:

—No se dense duro. No se dense piñazos.

Creyó oír a su padre felicitándolo por el batazo que había dado. Sí era su padre, pero no lo felicitaba. Le pedía que no comiera con los codos sobre la mesa. ¿O era el maestro que lo regañaba? ¿O la maestra a quien nunca oía porque se fijaba tanto en sus labios que las palabras eran el peso soñado de uno sobre otro y el color que perdía sus curvas en el rojo más intenso de la boca, atrayéndolo hacia una profundidad donde sólo existían sabores, seguramente deleitosos, todos deleitosos, y que se hundían en esa lengua que le hablaba en una lengua que él sólo entendería en besos que nunca dio, no a ella, como si aquella promesa al paladar se hubiera disipado en aromas, jazmines del atardecer al acercarse a la casa de Cucú Peinado, mollejas y riñones humeantes en la plancha de La Bombilla, pan que acaba de salir del horno, cerveza helada en un baile a las afueras del pueblo, salitre, el humo de un cigarrillo que Euclides firma en el aire, como un acróbata espiral que aprende geometría en las alturas y no necesita red, o sólo la consiente arriba,

muy arriba,

en las nubes, o más allá,

mucho más allá,

en las luces y manchas blancas, azulosas,

titilantes, que forman una malla resplandeciente, segura, expectante, que ahora él casi toca, palpa, con los labios, con los dedos entumecidos que trata de estirar, con la punta de la lengua reseca, con las mejillas, una piel blanca que cede a otra, más firme, auroleada, de poros absorbentes y cabecitas de alfiler erizadas bajo la nata que le encanta y lo asusta, como la noche que vive y sueña que vive.

Amaneció el día con la mudez de la muerte. El gallo que durante la noche había mantenido despierto al barrio ahora le restregaba los ojos con su silencio. Absoluto. Tonante.

Ya no se veían ni los policías ni los soldados que disparaban cuando alguien encendía las luces. Nadie pudo acercarse al herido. Nadie pudo asistirlo. Nadie pudo averiguar de qué se trataba aquello, interminable como la noche. Evidentemente, tenía que ver con el ómnibus convertido en antorcha. Humeante montón de chatarra que permanecía ahí, como único testigo del bulto que colgaba sobre el alambre de púa.

—Omar Ranedo, Omar Ranedo, decía el corifeo. El rumor. La noticia reconfirmada.

El cadáver fue retirado el 19 de febrero de 1958 de la calle 11 Sur, entre Luz Caballero y Máximo Gómez. Junto con varios compañeros había quemado una guagua. Fueron sorprendidos al emprender la fuga. Justo en la alambrada. Una triple cresta espumosa que a ratos lucía un oleaje engañoso y paralelo. Omar aguantó las mandíbulas del tiburón para salvar a los náufragos. En su turno, la corpulencia, la prisa, los insultos, los disparos, obstaculizaron la retirada. Una ráfaga lo detuvo en seco. Herido en las piernas y los glúteos se desplomó, quedando colgado entre hileras de colmillos, doblado como una invertida y extrañísima v que era también un acento circunflejo en aquella tierra de hacendados y cafetaleros franceses.

Unas horas después, Luis se sobreponía a la sorpresa y la rabia mientras se vestía para asistir al entierro. Hacía ejercicios con Omar en un campo deportivo. Exagerado renombre con que un entrenador local había bautizado al patio casero habilitado para levantamiento de pesas. Recordaba que lo había visto el lunes, sin poder creer que no se trataba de otra penúltima vez.

Estábamos en nuestro cuarto. En silencio. Yo también, como él, empecé a vestirme. Como él, iba a ir con el uniforme del Colegio Sarah Asshurst. Sólo que el mío no era de bachillerato. Sólo que a mí, a pesar de la rabieta y las lágrimas, no me dejaron asistir. Tuve que resignarme a una presencia oblicua, distante, delegada. Y a las noticias que luego trajeron mi hermano y mi padre.

Esa tarde me atormentó la ira de brazos caídos. La furia crucificada por brazos inútiles. Un sentimiento que una y otra vez ha vuelto a amargarme. A humillarme. En la frustración del niño que no pudo asistir al entierro del héroe, reconozco de forma nítida lo que ya antes había asomado sin las precisiones del espejo. La rabia impotente. Envidiaba los años de más, muy pocos en realidad, a los muchachos del 26 de Julio y a los que, ya quemados en la ciudad por la persecución policial, tenían que refugiarse en la Sierra Maestra, la de Cristal, la de los Órganos o el Escambray.

La geografía que tanto costaba estudiar en clase empezó a llenarse de magia a medida que los mapas recorridos con el índice me acercaban al Pico Turquino. En las tierras altas, a las cuales ascendía con la premonición de lo sagrado, como si trepara a ciegas por los pasillos de un templo maya que yo mismo hubiera descubierto por la Loma de la Piña, el filo de la uña se cuidaba de respetar el toponímico que había cobrado la plenitud de su sentido gracias a la reciente batalla librada precisamente allí, en aquel puntico, en aquel verde algo más oscuro. Sólo que yo no había estado en esa batalla ni tampoco iba a estar en la próxima. Excepto en mis sueños. Y en mi rabia. Y en la impotencia de mis diez, once, doce, trece, catorce interminables años.

No es un consuelo saber que el héroe puede tener dos caras. Que puede ser cara y cruz de un pueblo, poniéndole un rostro idéntico al guerrero y al delator que lo traiciona, al verdugo que lo persigue, o al tirano que lo borra. Que Lezama, por ejemplo, vio con terror, y de muy cerca, un mismo perfil en las dos caras de la moneda; y que esa decepción lo apartó para siempre de los empeños convergentes.

La emoción vivida el 30 de septiembre de 1930 durante la manifestación en que perdió la vida el líder estudiantil Rafael Trejo, a la cual probablemente asistió en compañía de su primo José Soler Lezama, y que con tanto brío refleja en su novela, sugiere que en muchas otras páginas relataría otras aventuras nada sigilosas. Que no haya sido así se debe a ese pariente, motivo de orgullo y vergüenza, que pudo haber protagonizado un cuento de Borges. En él Lezama reconoció a un héroe de la lucha contra Machado y poco después a un traidor. Un delator ajusticiado por sus propios compañeros. Los pormenores del caso, dados a conocer por Pablo de la Torriente Brau en el periódico El Mundo y por Julio Gaunard en varios números sucesivos de la revista Bohemia, sacudieron a la opinión pública habanera y nacional en 1933.

Como a Lezama, como a tantos cubanos, algunos todavía niños o adolescentes, me tocó vivir como grosera realidad la elegante ficción de Borges. Sin embargo, que también yo llegara a ver en el héroe de mis siete a trece o catorce años a un traidor como José Soler Lezama elevado a la enésima potencia, no ha reducido en un ápice la pena y la rabia que desde el 19 de febrero del 58 he sentido por no asistir a un entierro. Estoy condenado a ese duelo.

Lo que pudiera parecer una exageración tiene su lógica mecánica, cuyos vectores exponen eslabonados antecedentes y consecuentes. Una causa tan ingenua como penosa y el efecto que la supera y la hace trizas, como el examen de reparación donde el bachiller con un sobresaliente deshace el nudo que lo suspendía en la plaza pública, se demuestran sin rigores de texto en un pequeño laboratorio de física. El impacto de a sobre b, cuya resultante altera la totalidad del abecedario, nos sorprende en un niño de siete años el día 26 de julio de 1953.

Jugaba pelota con unos amigos. Al enterarme de que habían fracasado los ataques al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba y al Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo, mi primera reacción, de un civismo a todo mármol, fue inmediata: orgullo, júbilo. De historia cubana conocía poco y todo, por supuesto, como mambí. Por eso la alarmante noticia colocaba a Weyler frente a Guillermón y a Valmaseda frente al Padre de la Patria, en un coletazo inexplicable y además simultáneo que desafiaba los límites de la anacronía.

Con sus largos brazos, Guillermón encabezaba una carga al machete; Gómez y Maceo se aparecían en La Demajagua, Bayamo ardía, Martí desembarcaba por Baracoa gritando con todos y por el bien de todos, mientras el “Himno invasor” me entraba por una oreja y “La Bayamesa” me salía por la otra. Regresé en un brinco a casa para dar la buena noticia a mis padres. Pero ya la sabían y administraban una tristeza tan grande que no pudieron ocultármela. Aquello no había sido como yo creía. Era una historia de cubanos contra cubanos. ¿Entonces hay mambíses malos? ¿No eran españoles los que habían atacado a Moncada y a Céspedes? Ellos adivinaban las difíciles preguntas que me hacía; y a mí me tocó aprender de golpe una espantosa lección.

Habría muchas otras. Pero ya me había graduado cum laude de mambí capaz de distinguir, entre cubanos, a buenos y malos, blancos y negros, ricos y pobres, estos y aquellos. Así, el 30 de noviembre del 56, cuando supe que Mario Soto, mi vecino y compañero de quinto grado, se llamaba Mario Soto Tey y que era primo de Pepito Tey, me presenté en su casa y le di un abrazo. Un pésame de niño a niño. Un pésame por la niñez que ambos perdíamos, traicionada por la patria. Devorada por una patria caníbal.

En la lucha permanente del hombre contra el tiempo, el niño pide que le caigan los años y el viejo que se los quiten. Avidez de más y menos cuya única tregua son los instantes de gozosa eternidad, cuando el transcurso parece detenerse, como si se cruzaran de brazos los relojes o cayesen en la utopía del olvido el antes y el después. Las travesuras y los laberintos del juego, los placeres no siempre horizontales del sexo, los vuelos de la inspiración y los rituales con que, a veces, devienen obras de arte, que a su vez son travesuras y laberintos, juegos, placeres, vuelos, rituales, nos engañan al hacernos creer que somos capaces de vencer las horas. Un engaño que nos gusta y sin el cual quizá no podríamos vivir en el tiempo, resistiendo un minuto más sus humillantes embates. Por un precioso nanosegundo sabemos —creemos— que somos dioses. Quizá rezamos para repetir ese brevísima eternidad en la muerte. Fuera del tiempo.

En el corredor de los Ranedo se desplegó una bandera cubana. La madre, apoyada por algunos asistentes, se encaramó en la baranda para decir unas palabras. Luego, arrancó el sepelio, atropellado por la burlona agresión de una tropa al mando del sargento Agüero. Un jeep del ejército, apretando el claxon como gatillo, pedía paso a quienes acompañaban al féretro, con insultos para la cola de dolientes que contenían la ira y se hacían los sordomudos.

El sargento decidió subrayar el claxon con su ametralladora. Una baby thompson. La calzaba apoyando la culata sobre la cadera. Eso permitía sostenerla y disparar sólo con la derecha, mientras la izquierda se ocupaba del habano, apoyado entre los labios o mordido entre molares y caninos para que el pequeño, pero peligroso, esbirro se llenara de humo. Sostenía el tabaco apuntando al cielo. El ángulo parecía copiado de la subametralladora, como si el matón posara su aberrante simetría para una kodak.

De repente, las ráfagas anunciaron que nadie podía burlarse de aquellos burladores. El claxon ahora disparaba plomo y echaba humo por la boca. No le dio al cielo, como la flecha de un arquero chino, pero sí cortó el tendido eléctrico. Los cables cayeron chisporroteando, como luces de Bengala que barrían las aceras y el asfalto.

La valentía del muerto obligó a más de uno a resistir la candela del dragón sin inmutarse. La madre parecía no darse cuenta de aquella corriente que amenazaba con arrastrarla a la otra orilla. Iba perdida en sus oraciones y en el recuerdo de un recién nacido que no le soltaba el pezón. Al cabo de un año, casi exactamente un año, tuvo que revivir todas las horas, los minutos y los segundos del 18 y el 19 de febrero, cuando le contaron acerca del juicio.

—A mí me pueden echar cinco, dijo al ser acusado de once asesinatos.

Como única defensa esgrimió esta peregrina confesión, y con una tranquilidad que asombró al juez, al fiscal, al público y a su propio defensor. Todavía exhalando la misma bocanada de humo, y siempre imperturbable, añadió: el resto lo reparten entre estos. Sólo entonces apartó del rostro dividido por espirales el incesante habano, con el cual señalaba a los otros reos. Sin más, volvió a sentarse en el banquillo, entre aquellos acusados que él mismo, al condenarse, acababa de condenar. Hubo quienes lo miraran con rabia, hasta con asco; otros, estupefactos, con sorpresa o miedo. Nadie pudo negar la frialdad con que afrontó los hechos. Así fuera a regañadientes, se le reconoció la valentía.

Yo sólo lo vi una vez. Fue en el 58. Se apareció con unos soldados en el colegio. No recuerdo por qué. Quizá nunca se supo. Acaso, la denuncia de un soplón señalaba una imprenta clandestina, armas en el sótano, volantes por todas partes. Llegó a la hora del recreo. Los estudiantes estábamos en el patio. Los más pequeños, siempre bulliciosos, correteando; los de sexto grado, como yo, tentados parejamente por el griterío de los de abajo y la conversación de los de arriba, quienes ya vestían otro uniforme y se comportaban, lejanos, casi ausentes, como dioses.

Uniformados como esos nunca los habíamos visto en el colegio. Al ser anunciados por las botas y las polainas que empezaban a resonar, el estudiantado se replegó. Se hizo silencio. La gente de bachillerato, entre quienes George, Tony y yo nos colamos, se reclinaron contra la pared del largo pasillo que los soldados iban a recorrer. Al frente venía un hombre de baja estatura, corpulento, cabo de tabaco entre los labios y metralleta colgando del brazo izquierdo. Un detalle corriente y otro insólito en el trópico entrópico: lentes calobares y manos enguantadas.

Ni el sargento ni la tropa llegaron a pasar frente a nosotros. Unos diez o doce metros antes se detuvieron en seco. Leslie había hecho una de las suyas. Una buena. Este simpatiquísimo bachiller era un mago del ciclismo, pues paraba la bibicleta sobre la rueda trasera cuando iba a toda marcha, como si hiciera cabriolas con un caballo árabe; era también osado, peleón, jaranero. Para amenizar aquel recreo interrumpido no se le ocurrió nada menos que sacarse un quilo del bolsillo y lanzarlo al piso de loseta roja, en franca dirección de los castrenses pero, visiblemente, con el nombre y apellido del mandamás. Era un reto, por supuesto. Un piropo al revés.

El silencio se tornó sepulcral, temiéndose un desenlace trágico, dada la fama del húsar de bolsillo. El sargento detuvo el centavo con la bota y lo pateó hacia el césped. Se acercó hasta pararse justo frente a Leslie, el menguante cabo de tabaco entre los labios, la metralleta colgando del brazo izquierdo, los lentes calobares ocultando la mirada, los guantes disimulando el puño endemoniado o el índice que en cualquier momento podía apretar el gatillo.

Sin decir una palabra, miró al bachiller y le dio una sonante que no contante bofetada. Leslie la recibió como un soldado de plomo. No hizo nada. No dijo nada. Para alivio de todos, el mal agüero dio media vuelta y se marchó con su tropa, cuyos mugidos, si acaso los hubo, nadie oyó.

Narré el episodio en Hanover Park el 31 de diciembre del 58 cuando me emborraché por primera y última vez en el hogar de unos entrañables amigos italianos, Frank y Jenny Suppa, quienes muy pronto serían como padres para mí en otro episodio de exilio. No celebraba el año viejo ni el año nuevo con la frecuente copa de vino seguida de whisky, ginebra, champaña, lo que fuera. Yo celebraba el fin de la tiranía. El triunfo de la Revolución, que se esperaba de un momento a otro, y que efectivamente llegó esa misma madrugada, triunfo que paradójicamente no pude celebrar por lo mucho que ya en su víspera lo había celebrado. Tragos y estragos: la vallejiana resaca de aquel 31, de cuarenta y ocho horas, me ha durado toda la vida. Se me empozó en el alma.

El 4 de febrero de 1959, luego de pasar unos días en La Habana, donde con Bessie Reineke visitamos rebeldes heridos en el Hospital Calixto García, estaba otra vez en mi cuna. Mi familia había vuelto. Y en qué momento: coincidimos en el aeropuerto nada menos que con Fidel Castro, que visitaba Guantánamo. No lo vi al aterrizar porque mi padre tenía prisa, por las ganas de llegar a casa. Pero lo vi desde el altísimo corredor de El Bisel, ubicado en la esquina de Pedro A. Pérez y Emilio Giro, exactamente a una cuadra de nosotros, donde, por cierto —¿cómo se enteraron?—, me recibieron, exaltado comité de bienvenida, George Shilletto y otros colegiales. ¿Emociones? Alegría, orgullo, esperanza, como si perdurara, pero sólo en lo placentero, la tremenda borrachera del 31.

Al regresar a El Uvero, ese mismo mes de febrero, hallé una docena de hojas, algunas mecanografiadas, otras mimeografiadas, pegadas en las paredes del salón de nuestro rancho. Huellas del Ejército Rebelde: horarios, órdenes, instructivos, que me llevé a Guantánamo y celosamente conservaba en mi mesita de noche, pues para mí aquellos papeles de la insurrección resultaron ser una agradable sorpresa y motivo de orgullo, sobre todo cuando se despejó su misterioso origen.

En septiembre del 58 el Ejército Rebelde había organizado la Columna No.18 Antonio (Ñico) López Fernández, al mando del comandante Félix Pena. Esa columna, que tenía tres compañías: la A, Manuel S. Tames, la E, Ciro Frías Cabrera, y la D, Omar Ranedo, estableció una sede de instrucción política dirigida por Andrés Rosendo Ojeda en El Uvero. Precisamente, en nuestro rancho. El nombre de Omar Ranedo, tan presente en Nueva York, echó así nuevas raíces en mi recuerdo y admiración.

Pero la historia dio un giro vertiginoso. Su amable rostro empezó a lucir disfraces, muecas, hasta descomponerse en una retahíla de consignas y quedar reducido a colmillos. En marzo del 59, a escasos tres meses del triunfo del Ejército Rebelde, el comandante de la Columna N.º 18 se suicidó en Santiago de Cuba, a raíz del primer juicio a los pilotos de la fuerza aérea batistiana, que él había presidido. El Jefe quedó violentamente descontento con su fallo. El subalterno no sentenció félix pena porque no halló félix culpa, excepto la suya propia por lo visto, que cumplió ipso facto con un tiro a la cabeza. Quiso hacer justicia y lo ajusticiaron, condenándolo a la máxima, en la práctica modalidad del suicidio.

Ese fue el futuro inmediato, inimaginable pero groseramente cierto, brutal, del pasado reciente, colmado de sacrificios y promesas. No la Patria, sino la Muerte, en cubanísimas dosis de suicidio, destierro, paredón, cárcel, tortura, naufragio, tiburones. No la patria sino el exilio. Otra vez, el exilio.

La danza de la muerte, a ritmo de changüí, no se detuvo con el fusilamiento de los esbirros batistianos. La muerte se convirtió en culto. Zafra. Cosecha. Lo digo así al recordar a los Campos de Guantánamo. Campos con mayúscula, aunque siempre les decíamos los Campito. Vivían a una cuadra de nosotros, en Martí entre Emilio Giro y Bartolomé Masó. Cada Navidad los niños del barrio visitábamos a esos hermanos por el enorme y maravilloso pesebre que montaban. Era como un aleph: un pueblo dentro del pueblo. No sólo había carpinteros sino que serruchaban, martillaban. El agua del riachuelo corría. Los animales movían la cola, quizá espantando moscas invisibles.

No sé si hubo pesebre en el 58, pues entonces yo estaba en la nieve neoyorquina. Lo cierto es que más nunca lo vi. Ya a fines del 59, y sobre todo para diciembre del 60, había cambiado mucho el ambiente. Los Campito también. Durante la lucha, ambos fueron partidarios de la Revolución. Tras el episodio Huber Matos se desencantaron. A uno, el piloto, que si mal no recuerdo militó en el 26 de Julio, lo fusilaron en 1961.

Me estremece ver su nombre en una larga lista de gente asesinada por el régimen. Mis padres me contaron el caso cuando, al fin, en junio del 61, lograron salir para completar el segundo destierro de la familia. Volví a sentir entonces esa tremenda ira impotente que me ha marcado y que durante décadas alimentó un sentimiento que con tanta pena como rabia debo confesar: el odio.

Un ejemplo a propósito de Campito, a quien debo un repetido asombro de la infancia. El juicio que le celebraron —la palabra, lamentablemente, es muy exacta— produjo euforia en una vecina cuyos hijos habían frecuentado el martillo del herrero, el vaivén dentado del serrucho, la cola de los perros y los mulos y el niño de la virgen y el carpintero en aquella sala de la calle Martí.

Exagerando un poco diríamos que era una señora. Gorda, gordísima, de tetas que hubieran enorgullecido a un par de Holstein. Para verlas más grandes habría que ir hasta Brobdingnag. Al triunfar la Revolución, aunque nunca habían hecho absolutamente nada, ella y su compañía anónima sacaron muy dobladitos varios bonos del 26 de Julio. Bonos de uno o dos pesos que guardaban bajo el colchón. O quizá en el vertiginoso escote de la directora. Un hijo se había refugiado en la base naval norteamericana durante los últimos meses del 58, pero de ahí salió luciendo un flamante uniforme verde olivo el primero de enero del 59. Fue chofer del ministro de Economía del primer Gabinete revolucionario gracias a que mi padre en mala hora se lo recomendó, a reiterada instancia de los bonificados progenitores, a Cacha, la madre del ministro, y, luego, al propio Reginito Boti León.

La promotora del auriga, portadora de bonos y melones, seguía haciendo méritos revolucionarios desde su altísimo corredor en el Año de la Educación, correspondiente al 1961 de Nuestro Señor. Ahí saltaba con desmesurado frenesí durante el juicio contra Campito, perdiendo con cada brinco la cabeza ensortijada entre las tetas, pero sin dejar de gritar paredón al recuperarla brevemente y tomar un poco de aire. Quería bien muerto a quien había visto nacer.

Durante años la quise muerta a ella. Muerta y retroactivamente nonata, para borrar la estirpe, tan pobre en genes como caudalosa en jejenes. Rezaba un padre nuestro que estás en Guantánamo para que muriera. Soñaba con matarla yo mismo. No era un sueño que precisara sesudas interpretaciones de Segismundo. Porque lo soñaba despierto. Quería entrar a su casa saltando apostólicamente por la tapia del patio como un ladrón. O, más exacto, como un homicida de quince años. Un asesino de dieciséis. Un vengador de diecisiete. Un ángel exterminador de dieciocho. Para comenzar el macabro ritual, que deseo olvidar del todo, un improbable jifero destetaba, por así decirlo, a la despepitada cornúpeta.

Hay nombres, como el de la parda alpina, que piadosamente quisiera olvidar. Por ejemplo, el teniente Fernández Vera o el teniente coronel Arcadio Casillas Lumpuy, como también se llamaba René Agüero. Y muchos que nunca olvidaré, pues, fiel a la infancia, venero a quienes lucharon y murieron por aquel niño que todavía recuerda.

Omar Ranedo es también el nombre de Iván Rodríguez, Manuel Tames, o Calín Bergnes, hijo único de un viejo amigo de mi padre, el catalán Chano Bergnes, dueño de una naviera y una compañía de seguros que tenía un rancho en El Uvero colindante con el nuestro. Los Bergnes no iban mucho a la playa. Y Calín menos. Parece que no le gustaba. Como a mi hermano, que detestaba la arena del mediodía, pura candela.

Era mayor que Luis. A mí me llevaría unos diez años. Lo solía ver en Guantánamo. Por lo general en el Unión Club, donde él jugaba ping-pong. Muy de vez en cuando, si le faltaba un contrincante de su tamaño, me invitaba a un partido. O yo me ofrecía para recibir una paliza. Pocos días antes de su muerte, me tocó recibir una. La última.

Calín escondía armas en su casa. Los vecinos habían advertido a sus padres que era poco discreto. Que tuviera más cuidado. El desenlace, sin embargo, no tuvo que ver con esas armas ni con una acción de sabotaje. No directamente.

Un grupo del 26 había tiroteado la casa de Fermín Morales, el alcalde de Guantánamo. Como estaba cubierta por una póliza de Chano, a Calín le tocó estimar los daños. Al llegar, se encontró con un pelotón del ejército que custodiaba el sitio. El conocía por lo menos a uno de los soldados, de quien se rumoraba lo peor. Eso, al parecer, lo condenó a muerte.

—¿Tú por aquí?

—Vine por el seguro.

—Déjate de embustes, hijo de puta. Viniste a ver lo que tú y tus compinches hicieron anoche. Tú eres uno de ellos, cabrón.

Iracundo, el soldado lo apuntaba. En una o dos ocasiones apartó el arma, como si, de repente, se arrepintiera de tantos insultos y amenazas. O como si apenas fuera protagonista de una escena teatral. Una broma de mal gusto. Un juego macabro. Luego, volvió a apuntarla, ahora a la cabeza. Su conducta lo delataba. En los ojos de la víctima vio a un testigo.

—Entonces es cierto, se dijo Calín mientras agotaba el repertorio de explicaciones.

Por último, se arrodilló frente al esbirro, rogando que no lo matara. Un punto final, varios, cortaron su última frase.

Al triunfar la Revolución, el asesino no fue condenado al paredón como el sargento Agüero o el teniente Vera. Ni siquiera fue a juicio. Había desaparecido. Se decía que estaba en Santo Domingo. A las órdenes de Chapita. Chano ofrecía diez mil pesos por él, vivo o muerto. Pero nadie cobró la recompensa, que se perdió como una ilusión. Como episodio de un western.

Si no hubo venganza quedaba un consuelo: Calín había muerto por una causa noble. Otra ilusión. El padre, con el peso del mártir en la memoria, tuvo que irse de Cuba. Fue a parar a Sitges, donde murió. Antes de partir —él, nosotros—, le haría al mío una confesión verdaderamente desgarradora:

—Luis, ahora es que siento la muerte de mi hijo.

Caracas, 7 de diciembre, 2007

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