Los socialistas cubanos y el síndrome de la mujer barbuda

Una nueva corriente propone en la Isla un socialismo "participativo, democrático, libertario, autogestionario e inclusivo", pero se abstiene de una crítica radical al "socialismo estatalizado" imperante.

Haroldo Dilla Alfonso

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Bebé tampoco podía abrir los

ojos porque el miedo de encontrarse

consigo misma era un peso insoportable

sobre aquellas pupilas inútiles.

(Eliseo Alberto Diego; La eternidad por fin comienza un lunes)

Hace algunos años, Juan Antonio Blanco puntualizó algo que, por obvio, era invisible para muchos: en Cuba coexisten izquierda y derecha tanto en el sistema como en su oposición. Yo agregaría ahora que entre el sistema y su oposición hay una franja crítica que no es ni una cosa ni la otra (o que es ambas), que puede abarcar porciones importantes del Partido Comunista —esa gran incubadora de la polícroma clase política del futuro cubano— y en la cual se ubica lo que podemos considerar como una crítica socialista interna en Cuba.

Identificar la magnitud de los componentes socialistas de esta franja crítica, evaluar la calidad de sus propuestas y, finalmente, explicar por qué no ha madurado una izquierda intelectual crítica son tareas muy importantes que rebasan, como el lector podrá sospechar, el interés intelectual. Su principal interés es político. Y es así porque en la Cuba del futuro seguirá existiendo un movimiento socialista cuyos embriones están ahora en formación y que continuará aspirando a un futuro poscapitalista donde las demandas de la acumulación económica se subordinen a los imperativos del bien común, de la equidad social y de la riqueza cultural.

Lo anterior es una deducción axiomática, pero que vale la pena recalcar en momentos en que, en el mostrador de las lecturas fáciles, abundan los textos simplones sobre “perfectos idiotas” y otras elucubraciones de quienes, desde la audacia que brinda esa mezcla explosiva de dogmatismo y pocas lecturas, consideran —como dice Saramago de las rubias en El Evangelio según Jesucristo— que el socialismo es un instrumento irremediable “de pecado y perdición”.

La relevancia cualitativa de esa franja crítica entre sistema y oposición oculta, sin embargo, su poco peso en varios sentidos, toda vez que la mayor parte (también la parte mejor fundamentada) del debate crítico sobre la Isla y su futuro tiene lugar en la parcela liberal y, por razones obvias, fuera de la Isla. Y la crítica socialista interna está severamente fragmentada, recurre a la autoflagelación con mayor frecuencia que lo que el buen gusto político aconseja y, finalmente, no logra articular una plataforma mínima. Como si los socialistas cubanos —y, por el tema que nos ocupa, específicamente, los intelectuales y los científicos sociales— hubiesen preferido no abrir los ojos —como Bebé, la mujer barbuda que nos regaló Lichi Diego— para no tener que contemplar los fiascos de sus propias existencias (1).

Ciertamente, hay una historia por hacer sobre los diferentes proyectos de izquierda —políticos o intelectuales— que han sido reprimidos con algo más que violencia simbólica. Una parte de los hijos que la Revolución devoró golosamente en sus primeros años no eran, en realidad, contrarrevolucionarios (como la historiografía oficial ha declarado), sino críticos de izquierda (trotskistas, anarquistas, socialdemócratas, anti y prosoviéticos, según la dirección de los vientos). Unos fueron fusilados; otros, encarcelados; otros, exiliados, y una parte, sencillamente, silenciada. Posteriormente, fueron aplastados varios proyectos intelectuales, el primero de los cuales había reunido a un grupo de jóvenes filósofos que en realidad eran profunda y sinceramente fidelistas, pero intentaban ensayar una suerte de pensamiento crítico que sólo estaba reservado a la cúspide incontrolada. Incluso en la actualidad, existe una fracción de la oposición organizada que hace votos socialdemócratas, pero es tan repudiada por el Gobierno como la que se esconde en cualquier otra denominación política.

Lo significativo aquí es el hecho de que, en ningún momento, estos grupos —políticos o intelectuales— hayan logrado articular programas creíbles y, desde ellos, impactar en la opinión pública o, al menos, en las filas del propio gremio. Ni siquiera cuando en los 90 la clase política cubana demostró desde todos los ángulos su propia ineficiencia histórica, generando un costoso empobrecimiento de la sociedad cubana, sólo comparable a la situación posbélica de 1898. Por consiguiente, es también significativo que la represión de esa clase política haya sido realizada ante la indiferencia de la sociedad y del propio gremio intelectual. La represión ha tenido aquí, y así lo percibió la clase política cubana acertadamente, un costo muy bajo, mucho más bajo que haber tolerado unas disidencias que, a diferencia de la oposición de derecha, no se ubicaba en la acera de enfrente, sino en la propia.

Propongo entonces abrir una puerta a un debate conveniente sobre una arista del tema: el surgimiento de plataformas socialistas críticas desde colectivos de las Ciencias Sociales y los límites que les han impedido rebasar los predios estrictamente profesionales. Las palabras crítica y colectivos son claves. No se trata de analizar todas las expresiones de pensamiento declaradamente socialistas que pueden aparecer en las publicaciones de centenares de personas que laboran en los inmensos y, salvo honrosas excepciones, ineficientes centros cubanos de investigación social, y que, en realidad, no son más que galimatías exegéticas del discurso oficial. Tampoco es un análisis de las incisivas valoraciones críticas que han producido algunos valiosos científicos sociales cubanos, lo cual sería un recuento fascinante, pero que excedería este espacio.

El espesor de la trama totalitaria. Aun cuando la elite revolucionaria y buena parte de la población que la apoyaba asumió la Revolución como una transformación socialista y la proclamó como tal ante el mundo, es difícil creerlo, al menos si consideramos al socialismo como un proceso sociocultural alternativo al capitalismo. Fue, en realidad, una revolución modernizadora de un marcado tono anticapitalista, animada por estilos distributivos de cortes socialistas y por un poderoso discurso antimperialista que guió buena parte de sus acciones ante la hostilidad contrarrevolucionaria de Estados Unidos. Rebasada la fase inicial del hechizo romántico —que para la izquierda europea fue, en buena medida, el redescubrimiento del “buen salvaje”—, la Revolución Cubana mostró al mundo, uno a uno, sus inmensos déficits económicos, sociales, culturales y políticos, que terminaron incrustándola en el bloque soviético y haciéndole perder aquellos atractivos que habían cautivado mentes y corazones.

El proyecto político emancipador fue transformándose en un entramado de poder burocrático. La nueva clase política revolucionaria —paulatinamente menos nueva, menos revolucionaria y más clase— terminó asumiendo el control cuasimonopólico de la asignación de recursos, de la movilidad social, de la comunicación política y de la producción ideológica, además del inestimable manejo de un formidable aparato de represión y anatematización social. Las clases populares canjearon su autonomía por una mediocre prosperidad social y la promesa de un futuro luminoso, como una suerte de goce de los muertos en la mejor tradición cristiana. Había comenzado el largo Termidor de la Revolución Cubana.

A partir de aquí, y en su dimensión ideológico/cultural, yace el principal obstáculo para una proyección autónoma de una izquierda socialista: su incapacidad para romper con la irreprochabilidad de la elite política revolucionaria y, en particular, de Fidel Castro.

Como régimen fundacional, el sistema cubano estableció un vínculo fatal entre la moral y la política —y aquí sigo de cerca a Juan Ramón Capella en su insuperable Fruta prohibida (Editorial Trotta, Madrid, 1997)—, consagrando la infalibilidad moral de la ley positiva en la misma medida en que fundió en un solo cuerpo al legislador y la comunidad. Criticar al legislador —es decir, al llamado “liderazgo histórico” y, en particular, a Fidel Castro— era criticar a la propia comunidad, ubicarse fuera de ella y, eventualmente, contra ella. La formulación de que todo era posible dentro y nada contra, se convirtió en una camisa de fuerza asfixiante cuando el ingrávido concepto de la revolución se remitió a las políticas en curso.

No obstante, mientras el sistema funcionó al calor de los subsidios soviéticos y la sociedad era aún poco diferenciada, los espacios para la crítica fueron muy limitados, tanto por una producción ideológica legitimadora de un proceso efectivo de movilidad social como por la eficiente acción de los aparatos represivos. Ideología y represión conformaron un sistema político muy polarizado y sin espacio para opciones intermedias aun cuando éstas reconocieran como válidos los preceptos socialistas.

Cuando el sistema dejó de funcionar, dada la complejidad social creciente, la emergencia de nuevas generaciones y la crisis estructural de los 90, ya no fue posible mantener cerrados los candados políticos previos, pero la clase política fue lo suficientemente hábil como para tolerar algunos espacios autónomos —e incluso promover algunas catarsis colectivas— sin comprometerse a nada. Se habla de una aquiescencia oficial a regañadientes que marcó el clima de la pálida primavera intelectual que acompañó a los peores momentos del Período Especial. De aquí que aparecieran en la arena política nacional nuevas propuestas intelectuales de izquierda, algunas de ellas de una alta calidad teórica, pero todas marcadas por el estigma de la fidelidad a los dirigentes políticos cubanos, quienes aparecían siempre como una variable independiente y por encima de los ruidos mundanales. Cualquiera que hubiese sido el dictamen sobre cómo organizar la economía, distribuir el excedente, producir elecciones o ampliar la democracia, siempre existió el cuidado de dejar el espacio para creer que los líderes históricos —los mismos que habían llevado a la economía a un estado de incapacidad para su reproducción simple— podían resolver el problema. La elite (crecientemente posrevolucionaria) aparecía siempre como la solución o, al menos, una parte decisiva de ésta, y pocas veces, y de manera elíptica, como parte del problema.

La naturaleza totalitaria del sistema ha tenido otra implicación negativa para el surgimiento de alternativas. El sistema poseía numerosos mecanismos de participación popular (que en su mayor desarrollo llegaban a ser eficaces procesos agregativos de demandas de la vida cotidiana), así como debates públicos que cobraron cierto dinamismo desde los 90 con el estimulante y sepultado Llamamiento al IV Congreso del PCC. Desde entonces —y, en particular, entre 1990 y 1996—, la crisis y las tímidas políticas promercado dotaron a la sociedad de una mayor autonomía. Pero, en todos los casos la elite se ha reservado tanto la capacidad de comunicación política con cada uno de los sujetos y actores convocados como la de procesar la información obtenida, darla a conocer de la manera más conveniente y decidir en torno a ello. En otras palabras, se trata de un sistema fragmentado que sólo cobra realidad en una cúspide no controlada, lo que impide que los actores puedan comunicarse entre sí.

El mito fundacional —y el aparato coactivo que garantiza su “credibilidad”—, la fragmentación social, la guetificación de los actores y, finalmente, la extrema polarización del sistema político, son condiciones fatales para la proyección de alternativas socialistas. Sólo dejan al disidente dos interlocutores relevantes: el Gobierno/Partido cubano o la Oficina de Intereses de Estados Unidos. Dos opciones y una sola invitación al suicidio político.

Durmiendo con el enemigo en el lecho de Procusto. Sea por mimetismo, por instinto de conservación, por pura fe, por conveniencias tácticas o por cualquier otro motivo, los intelectuales o grupos profesionales que no quieran producir un rompimiento con el sistema se ven obligados a compartir con la clase política un incómodo lecho al que deben ajustarse, sea dejando afuera pedazos muy sensibles de una agenda socialista o estirándose de tal manera que se vuelven irreconocibles.

Un ejemplo de ello fue lo sucedido con el Centro de Estudios sobre América (CEA) entre 1990 y 1996. Este centro fue concebido como una institución de excelencia llamada a facilitar un diálogo calificado entre los departamentos de relaciones internacionales del Partido Comunista (y, en particular, su Departamento América) y las academias latinoamericana y estadounidense. Por ende, desde un principio estaba programada su fuga del paupérrimo pelotón de las Ciencias Sociales cubanas, embargadas por sus vínculos con la academia soviética. Realmente, nunca fue programada su conversión en un centro de estudios cubanos con proyecciones programáticas, como lo fue desde 1990 hasta su muerte por decapitación en 1996.

Por consiguiente, el CEA de los 90 no fue expresión orgánica de ninguna tendencia política dentro del PCC o del Estado cubano, aun cuando muchas personas pertenecientes a la elite gustaban de coquetear con sus heterodoxias críticas. Si el CEA sobrevivió tanto tiempo fue gracias al vacío de políticas que se produjo en este período de incertidumbres, lo que he llamado en otro lugar una tolerancia por omisión.

Aunque visto desde afuera parecería una institución monolítica con una proyección única, en realidad no fue así, y junto a las mezquinas rivalidades personales que aparecen en todas las instituciones, contenía una sustancial diversidad teórica e ideológica. Realmente, nunca hubo un programa, sino varios posicionamientos que coincidían en el diagnóstico, pero difícilmente en la prescripción. No obstante, el CEA abrió un amplio diapasón de interlocutores en los medios académicos (incluyendo los siempre inquietos estudiantes); políticos (funcionarios de todos los rangos); personas ligadas a la incipiente sociedad civil que se iba abriendo paso en medio de la crisis (ONG, asociaciones, movimientos comunitarios, etc.); así como en la esfera internacional.

Se trataba, sin embargo, de una relación eventual, tolerada, aunque no por derecho. Cuando la clase política comenzó a recuperarse del estupor y reprimió a la institución acusándola públicamente de “agente imperialista”, todos los vínculos se desvanecieron. La mayor parte de los actores locales desaparecieron, y los pocos que se atrevieron a expresar alguna solidaridad fueron persuadidos de que todo era un “malentendido” que tendría solución dentro de la gran familia revolucionaria. En lo fundamental, el CEA tuvo que basar su defensa en un diálogo de sordos con los dirigentes nacionales y en sus vínculos internacionales, que indicaron a los grises funcionarios cubanos que la represión tenía un costo mayor que el perdón. Pero incluso estos vínculos tuvieron que ser manejados con una profunda discreción para evitar alguna sospecha de infidelidad a una “patria” que aparecía representada por los insípidos funcionarios del Departamento Ideológico del PCC.

En este caso, el colectivo del CEA, interesado en mantenerse “dentro de la Revolución” y en no alimentar nada que fuera a ir “contra” ella, quedó circunscrito al peor interlocutor posible —la clase política que había decretado su fusilamiento moral ante la opinión pública—, y para hacerlo no tuvo más opción que revalidar la legitimidad de esa clase política. Ello resulta particularmente visible en los documentos emitidos por el colectivo —y publicados posteriormente por Maurizio Giuliano (El Caso CEA: Intelectuales e Inquisidores en Cuba. ¿Perestroika en la Isla?; Ediciones Universal, Miami, 1998) con sospechosos retoques debidos posiblemente a su (hasta hoy no revelada) fuente— en los que abundaban los juramentos de fidelidad a Fidel y Raúl Castro. Una amalgama del síndrome de Estocolmo con la lealtad de los mujiks que Stalin fusilaba en Siberia.

Una fuga hacia adelante. Enfrentados críticamente a un sistema y a una clase políticas que no solamente se proclaman socialistas, sino que se conciben a sí mismos como la única manera de serlo, estos grupos de pensadores socialistas se han visto obligados a contrarrestar sus propias ambivalencias políticas colocando sus metas más allá de sus propios horizontes históricos. Y, de paso, lanzan al rostro ceñudo de los supervisores ideológicos una suerte de pedigrí socialista que los proteja (al menos por un tiempo) contra las acusaciones de desviacionismo y de complicidad con el enemigo imperialista. Pero como en los temas ideológicos uno hace lo que no sabe que hace, esta estratagema deviene una suerte de confusión de la realidad con el deseo, una fantasía ideológica y, finalmente, otra razón de enclaustramiento social. Lo que llamaría una fuga hacia delante.

Vista desde la distancia, la revista Pensamiento Crítico fue una gran fuga hacia delante. Sus prometedores jóvenes integrantes fueron, en su momento, capaces de aplaudir como novedades históricas las más desastrosas improvisaciones de la elite revolucionaria, pero siempre imaginando que tras ellas se avanzaba hacia un mundo mejor; trataron de justificarlas teóricamente echando mano al diverso material proveniente de las revueltas del 68, de la Primavera de Praga, de las guerrillas latinoamericanas, del movimiento negro americano y de la Revolución Cultural china. Gastaron mucho ingenio en mostrar al mundo un “marxismo” y un “socialismo” cubanos, desde lo que, en realidad, eran exabruptos caudillistas salpicados con algunos encantos jesuitas que aniquilaron la base económica de toda una sociedad y el glamour político de una revolución. Siempre fueron muy leales, y aún la mayoría de ellos sigue profesando una fidelidad política francamente enervante. No obstante, en 1971 fueron etiquetados como inaceptables por el régimen y dispersados. Los nuevos comisarios prosoviéticos (entonces encabezados por Raúl Castro) les explicaron que no bastaba con no desviarse de la línea trazada por el Partido: mucho más importante era saber desviarse junto a ella. Lección que la mayoría de los intelectuales cubanos han interiorizado magistralmente en los últimos 40 años.

En la actualidad, el ejemplo más evidente de nihilismo político y programático es el de la serie de propuestas que ha publicado en varios momentos un grupo de académicos y ex funcionarios agrupados en torno a la figura de Pedro Campos (2). Estas propuestas han ido madurando a partir de las expectativas generadas por un discurso de Fidel Castro en la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005 (3), donde reconocía la posible reversibilidad del socialismo en Cuba; por el ascenso de Raúl Castro a la máxima jefatura del Estado, con una oferta de cambios, y por la convocatoria a un debate nacional para enrumbar las supuestas transformaciones.

A diferencia de las dos experiencias analizadas aquí, en este caso no se trata de una organización formal, sino de un grupo de personas que actúan como una red informal. Estas personas han aprovechado algunos espacios de debates académicos internos y, sobre todo, han contado con el apoyo de un periódico digital de la izquierda catalana ( HYPERLINK "http://www.kaosenlared.net" www.kaosenlared.net). A éste pueden acceder los pocos cubanos que usan Internet y, además, les facilita visibilidad internacional y respecto a la comunidad cubana emigrada cuyos sectores de izquierda han saludado esa iniciativa con entusiasmo.

Otro rasgo novedoso es que tienen como meta ofrecer sus propuestas al congreso del PCC que debe tener lugar a fines de 2009. En este sentido, este grupo se percibe a sí mismo como un potencial interlocutor dentro del sistema, pero fuera de los mecanismos de interpelación estatuidos.

Sin lugar a dudas, estamos en presencia de una experiencia novedosa en la que han confluido la inteligencia, la honestidad y la valentía de sus sustentadores. Sin embargo, al igual que sus predecesores del CEA, el grupo representado por Campos padece de la costosa ambivalencia de querer cambiar las cosas sin tocar a los líderes “históricos”, al mismo tiempo que arremeten contra una burocracia inmovilista que estaría en la base del “socialismo de Estado” en bancarrota. Y que, por consiguiente, funcionaría de manera separada y diferente al llamado liderazgo histórico, en el que reconocen potencialidades de transformación.

En lugar de ese “socialismo estatalizado”, el grupo propone un socialismo “participativo, democrático, libertario, autogestionario e inclusivo”, cuya realización se remite muy fuertemente a una socialización del poder basada en la extensión de la autogestión de los trabajadores y a la eliminación del salario visto como pivote de la alienación.

Es innegable que las propuestas dirigidas a un mayor control de los trabajadores sobre la economía, al desarrollo de la autogestión social y a la descentralización estatal —como las que constituyen la médula de las propuestas del grupo de Campos— son inseparables —no comento ahora las intensidades— de cualquier proyecto que aspire a una sociedad socialista. Pero cuando estas propuestas saltan por encima de la realidad política y económica de la sociedad a que se refieren son, sin lugar a dudas, ejercicios malabáricos hacia un escenario no contrastable, dejando tras de sí, sin solución, los problemas más urgentes y trascendentales.

Por un lado, la situación de la economía cubana es de tal precariedad que deja muy poco espacio a la experimentación. Si la crisis agrícola y alimentaria persiste, no existirá seguridad nacional, ni posibilidad de reproducción social, o lo que es aún más elemental, de supervivencia biológica. Y no parece que haya otra manera de alzar a la devastada agricultura cubana que con una serie de incentivos mercantiles, actuando sobre pequeños y medianos productores con algún espacio para la existencia de cooperativas realmente autónomas. Lo mismo podría argumentarse respecto a la mayor parte de la industria nacional. Por consiguiente, aunque no niego la importancia de un sistema que contenga espacios de autogestión (por ejemplo, en los servicios) es dudoso que la economía cubana contemporánea soporte de inmediato una tentativa autogestionaria que pudiera ser altamente costosa en términos políticos y sociales.

Por otra parte, lo que demuestran todas las experiencias autogestionarias ventiladas hasta el momento —los experimentos consejistas y, en particular, los soviets, y el modelo yugoeslavo— es que los espacios de autogestión local sin una cúpula constituida y controlada democráticamente devienen correas de transmisión del poder central y, por consiguiente, mecanismos de control político autoritario. La crítica al sistema político cubano —elecciones, mecanismos de transparencia y auditoría social, cambios de la elite, pluralismo, libertades y derechos civiles y políticos— no son aspectos que puedan ser postergados en un programa socialista, ni reducidos a la condición adjetiva como aparecen en las proposiciones del grupo de Campos, más relegadas que lo que fueron en las propuestas del CEA tres lustros atrás.

Son parte inseparable del programa socialista, sencillamente, porque el único socialismo genuino tiene que ser pensado y construido desde y para la democracia y la libertad.

Construir la identidad. Estas fugas hacia adelante han hecho las delicias de algunos sectores de la izquierda intelectual internacional, pero difícilmente pudiera obtenerse el mismo resultado si se evaluara su impacto en la población cubana, aun cuando pudiera difundirse entre ella. Aunque sé que me muevo en el campo de lo hipotético, así como pienso que existen notables reservas socialistas en la sociedad cubana, también creo que se trata de una sociedad afectada por décadas de consumo restringido, de limitaciones de sus derechos cívicos, de autoritarismo caudillista (que en sus últimos años ha derivado hacia una suerte de despotismo oriental) y de cinismo político. No creo que, en términos prácticos, la propuesta socialista pueda abrirse paso en la Cuba de mañana con un futuro luminoso como única oferta, sin abordar de manera explícita algunas comodidades del presente.

Por otra parte, es imprescindible asumir que el sistema cubano no tiene posibilidades de regeneración socialista, no sólo porque nunca fue socialista, sino porque su evolución apunta hacia la restauración capitalista por la vía autoritaria y la conversión de la elite gobernante en una clase propietaria aliada al capital internacional. Aunque en el Partido Comunista se reúnen miles de personas que honestamente creen en el socialismo, ya el PCC es una organización netamente conservadora, que basa su relación con la sociedad en la preservación del statu quo, en el dogmatismo (la autoridad como fuente de saber), la tradición, la lealtad y el inmovilismo. Por consiguiente, la propuesta socialista pasa inevitablemente por la distancia respecto al sistema y al PCC, por el reconocimiento de que la clase política cubana es parte crucial del problema, y que sólo parcialmente es parte de la solución.

Pero hacerlo tiene un costo, por lo que la izquierda debe saber librarse de la túnica de penitente —recordando una expresión de Habermas— y entender que aún queda un largo camino de construcción cultural e ideológica socialista que no podrá prescindir del legado positivo de esta Revolución, pero sólo a partir de su crítica total como fenómeno histórico. Quizás porque la crítica es la manera más eficaz de evitar tanto la retractación como el arrepentimiento.

Habrá, por ejemplo, que criticar todo el esquema de servicios sociales por caprichoso e ineficiente, pero reconocer que se trata de una conquista popular muy significativa y que se apoya en principios irrenunciables como la universalidad de los derechos sociales y el deber del Estado de satisfacerlos.

Habrá que criticar la noción de una democracia directa que ha dejado a la participación popular roles electivos y decisorios muy discretos, y que ha actuado en detrimento de la calidad de la representación política. Pero hacerlo rescatando la importancia de la participación y evitando el enclaustramiento schumpeteriano de la democracia; es decir, como una competencia de elites con mediación electoral.

Habrá que criticar el estatalismo dado en el sistema de propiedad y de asignación de recursos. Sin formas diferentes de propiedad y de mecanismos de asignación de recursos y valores, no existe ni la libertad, ni la democracia, ni el socialismo como alternativa. Pero, al mismo tiempo, el socialismo es inseparable del predominio de la propiedad social y de la supremacía del bienestar común sobre cualquier derecho relacionado con la propiedad y la acumulación privadas.

Habrá que criticar la igualdad simplona, la pobreza repartida (lo que Engels hubiera llamado una “austeridad plebeya”) de la que sólo ha escapado una elite política y profesional muy selecta, pero hacerlo sin perder de vista la importancia de la equidad social y la igualdad política y civil (lo que Michael Walzer, en Las esferas de la justicia, llama una “igualdad compleja”) como condiciones para la plena realización de los cubanos. Y lo que no es menos importante: evitar el consumismo y las implicaciones culturales y ambientales que supone.

Finalmente, habrá que desmontar la abusiva recurrencia al nacionalismo patriotero para justificar fines de política interna. Pero, al mismo tiempo, reconocer la necesidad de políticas defensoras de la soberanía en un contexto de activa globalización y en una región que ha sido considerada tradicionalmente por Estados Unidos como una frontera imperial. El socialismo tendrá que lidiar con el engorroso tema de definir de manera transparente y democrática qué cuotas de soberanía pueden ser cedidas, y cuáles deben ser conservadas para el buen gobierno de la comunidad nacional.

Es decir, es preciso contar con muchas complejidades. La sociedad cubana es una sociedad compleja tras muchos años de movilidad social, y no creo que se atenga a fórmulas fáciles. La izquierda socialista y sus intelectuales deben tratar de convencer de que su programa de igualdad, participación, democracia, desarrollo y ambientalismo es la mejor opción cultural. Y hacerlo compitiendo con otros que tratarán de demostrar lo opuesto. No hay remedio.

Hay una pregunta que con seguridad se han hecho los lectores desde un principio. Se trata de saber hasta qué punto los grupos intelectuales analizados creen realmente que los dirigentes cubanos pueden resolver los problemas que se plantean, o hasta dónde el sistema puede regenerarse y producir un socialismo realmente democrático y alternativo sin morir en el intento. Es también mi pregunta.

Y es posible que no haya una sola respuesta. Algunos realmente lo creen a pesar de los dramáticos desengaños que han sufrido, en particular, desde los 90. Otros no lo creen o lo creen con matices, pero consideran que, por razones políticas, éticas o personales, es un tema circunscrito a las conversaciones más íntimas. Y solamente creerlo puede ser muy costoso en un sistema tan represivo como el cubano. Pero, en todos los casos, considero que cada minuto de dilación para abrir las agendas ocultas va a incrementar el costo futuro de esas agendas.

Ese también fue el drama de Bebé, la mujer barbuda, tal y como la imaginó Lichi Diego desde su exilio mexicano. Vivió aturdida y vacilante por el trauma de los romances equivocados. Hasta que se dio cuenta de que todos sus amores sólo le dejaban “…puros ripios que el viento o la memoria se encargarían a tiempo de barrer”.

(Deseo agradecer sus agudos comentarios a Samuel Farber y Pedro Ramón López).

Santo Domingo, 5 de enero de 2009.

(1) En este sentido, aun cuando me refiera a estos asuntos a la distancia, yo he sido durante mucho tiempo parte de ellos. Como intelectual integré el Centro de Estudios sobre América, reprimido en 1996 y tres años más tarde tuve que abandonar el país tras ser objeto de diversas represalias por mantener mi derecho a seguir publicando mis ideas. En buena medida este artículo es, por tanto, una autocrítica.

(2) Ver http://www.kaosenlared.net/kaos_colaboradores.php?id_autor=195. No se conoce la identidad de otros autores de los documentos que firma Campos aclarando que se trata de una obra colectiva. En algunas ocasiones, se ha mencionado a Félix Sautié, intelectual católico y antiguo funcionario de los ámbitos de la cultura y la prensa; así como probablemente también el periodista David Orrio, un ex agente de la Seguridad del Estado infiltrado en la oposición política que cobró dudosa notoriedad cuando los procesos de la primavera de 2003, pero que ha mantenido una postura pública crítica y se ha pronunciado por un socialismo renovado.

(3) La repercusión de este discurso es un ejemplo de cómo funcionan los debates en las sociedades cerradas como la cubana. Se trata de un discurso inmensamente largo y aburrido, donde Fidel habla de temas diversos que van desde sus años de infancia en la finca de Birán hasta las cualidades proteicas de un brebaje achocolatado (conocido cariñosamente como chocolatín) que, por entonces, se repartía a las familias cubanas. Durante algunos minutos se refirió a algo que ya había dicho antes: la posible reversibilidad del sistema si los cubanos se descuidaran; es decir, si dejaran de actuar de acuerdo a las mismas normas insostenibles con que habían sido regidos por más de cuatro décadas. Un joven editor —Julio César Guanche— tuvo la poco feliz idea de producir un libro con las opiniones de algunas figuras de las Ciencias Sociales que no tenían nada que opinar sobre lo que en realidad no era nada. El libro posee dos virtudes. La primera es el tozudo escepticismo del sociólogo Juan Valdés Paz. La segunda es el título: En el borde de todo (Ocean Sur, Bogotá, 2007).

Página de inicio: 56

Número de páginas: 10 páginas

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