La Habana sin Olga Guillot

Armando López

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En 1950, la bohemia musical habanera comenzaba en santa fe, en una veintena de clubes sobre el mar y recorría cuarenta kilómetros de música en vivo hasta el Rincón de Guanabo. El rey de La Habana era el bolero. Y su reina: Olga Guillot.

¿Hubiera surgido la Guillot en otro escenario que no fuera La Habana? Trasladémonos hasta mediados de los años 50: A las 4:00 am., cuando Madrid dormía y en Nueva York el Palladium y el Latin Quarter cerraban, en La Habana comenzaba el amanezco de coristas, músicos y cantantes que, a esa hora, les tocaba gozar lo que quedaba de noche.

En el cabaré Night and Day, de la Avenida de Rancho Boyeros, el Benny Moré y Orlando Contreras se enfrentaban a bolerazo limpio; a la Autopista del Mediodía iban a desayunarse los trasnochados con los bolerones morunos de Orlando Vallejo: «que murmuren que me importa que murmuren». Y en Tropicana, bajo las estrellas, Olga Guillot, a pura garganta, incitaba al amor: «Sé que mientes al besar y mientes al decir te quiero».

¡Oh, La Habana! Ciudad mágica, donde José Ángel Buesa vendía tantos libros de poesía amorosa como novelas Corín Tellado, y las voces de la Guillot, Lucho Gatica y Daniel Santos despertaban a los vecinos desde la victrolas madrugadoras. ¿De dónde nos venía a los cubanos la pasión por el bolero, este poema o antipoema musicalizado, confesión de amor o desamor, siempre desbordado disparo al corazón?

En 1904, el Teatro Palatino de La Habana celebraba la revista «El triunfo del bolero». A finales de los años 30 ya había boleros para todos los gustos. Las clases populares preferían el bolero rítmico (bolero son), con letras anecdóticas, agresivas, corta-venas. El bolero era cosa de hombres. Excusa para que los machos cubanos lloraran sin avergonzarse. «El cuartico está igualito como tú lo dejaste», éxito de Panchito Riset, se escuchaba en los barrios habaneros de San Isidro, Belén y Jesús María, de acera a acera.

Las clases altas, más tradicionales, aún consumían un bolero-canción que recordaba la lírica de las zarzuelas y operetas, con textos cargados de metáforas poéticas. Sus intérpretes, como Rita Montaner, cantaban en tonos altos, haciendo gala de sus dotes vocales.

Así fue hasta que surgió la temperamental Olga Guillot, con su estilo a medias entre la canción italianizante y el jazz, actuando a punto de morir decapitada, hembra en celo, agresiva y tierna. Y trascendió al bolero mismo. El día de 1947 que la Guillot abrió los brazos en la pista del cabaré Zombie para hacer cómplice al público de sus desbordados sentimientos, unió las dos caras del bolero cubano. El que se escuchaba en las victrolas del barrio de Jesús María, y en las del aristocrático Vedado Tennis Club.

En los años 50, Los bolerones machistas, despechados, en las voces aguardentosas de Membiela, Contreras y Vallejo, sonaban en las cantinas entre cervezas y cubiletes; Blanca Rosa Gil, con sus «Besos de fuego», impactó en la radio y en las victrolas, pero no entró a los salones exclusivos, ni a los cabarés de primera. En cambio, los boleros de Olga rompieron las barreras sociales, las del color y las del pudor. En 1951, fue coronada como la Reina de la Radio. Y en 1956, la Asociación de cronistas de espectáculos la eligió La Voz cancionera de Cuba.

En 1957, Olga Guillot graba con la orquesta Riverside, reforzada con violines de la sinfónica, «Tú me acostumbraste», «Delirio» y «Contigo en la distancia». Verdaderos poemas cantados. Al poco tiempo, ocupaba los primeros lugares en las victrolas de todo el país y en la radio nacional. Se confirma el milagro. La Guillot ha unido las dos caras del bolero cubano. Encabeza las carteleras de los lujosos cabarés Tropicana, Montmartre, San Souci y, al mismotiempo, no había vitcrola de bodega, cantina o prostíbulo que no tuviera una decena de hits de la temperamental.

¿Que fue manierista, exagerada, kitsch? ¡Cállense, malas lenguas! Que tuvo mal de aplausos, que se creía la mejor, ¡pues lo era! El bolero, la canción romántica o como quieran llamarle, se divide en antes y después de Olga. La santiaguera que debutó de niña con su hermana Ana Luisa, en el dúo Hermanitas Guillot, hizo de sus defectos su estilo, supo ahogar sus graves en el llanto, desgarrarse o suavizar a media voz los agudos, en fin, una actriz que cantaba; pero, sobre todo, fue un rey Midas musical que convertía en oro cada nota. La Guillot pegaba una grabación tras otra.

Cuando Nat King Cole se presentó en el salón Bajo las Estrellas, de Tropicana, y declaró que había practicado para cantar en español con los discos de Olga Guillot, nadie se sorprendió. La santiaguera no sólo había encabezado muchas veces las carteleras del cabaré insignia habanero, sino que el coreógrafo Rodney había creado para ella su producción Miénteme.

Profeta en su tierra, la Guillot fue la gran embajadora del bolero cubano. Triunfó desde México, donde filmó catorce películas, hasta Estados Unidos, Japón, Francia, España y Argentina. Compartió escenarios con Frank Sinatra, Edith Piaf y Sara Montiel, cantó a dúo con Pedro Vargas. En Nueva York desbordó tres conciertos en el Carnegie Hall y dos en el Lincoln Center. Realizó temporadas en el legendario Club Palladium y en el Teatro Paramount. El Millions Dollar de Los Ángeles; el Montmartre, de París; el Pasapoga de Madrid, fueron testigos del éxito de la Guillot. Ni Rita Montaner voló tan lejos.

Pero en 1959, llegó la Revolución, su urgencia por imponer la felicidad por decreto, por crear el hombre químicamente puro, el «hombre nuevo». Y eso de tener una victrola en cada esquina sonando boleros que cantaban al desengaño («por eso estoy así tan triste, por eso estoy así con ganas de morirme», cantaba la Guillot) era intolerable, un vicio del pasado que había que erradicar.

Todavía en 1961, al club Pigalle, al pie del Hotel St. John, a un pasito de la Rampa, llegaban los compositores, partitura bajo el brazo, a la caza de intérpretes y, sobre todos, de «La Reina del Bolero» que, a veces, caía por allí. Vi a Enrique Pessino, con la partitura de su bolero «Corazón de cristal», esperar a Olga Guillot en el Pigalle, pero ella nunca llegó. Esa noche, en la pista del Hotel Capri, fue su última presentación en Cuba. Sus admiradores extendieron una tela en que se leía: «Despedida de Olga Guillot».

Detrás de la Guillot, vino la estampida del bolero. Si los negros del sur estadounidense huyeron al norte para escapar de la humillante discriminación, éxodo masivo que los historiadores llaman «El Camino del Jazz», los boleristas cubanos, compositores, intérpretes, músicos y disqueros tomaron «El Camino del bolero», para escapar de la represión revolucionaria.

Surgiría la Nueva Canción, que acusaba al bolero de pesimista y decadente, que era lo mismo que ser contrarrevolucionario. Los nuevos trovadores le cantarían a las trincheras de la Revolución. «Créeme cuando te digo que el amor me espanta, que soy feliz cavando una trinchera»…

Las disqueras serían nacionalizadas, boleristas de la talla de Orlando Vallejo, Rolando Laserie, Ñico Membiela, Fernando Albuerne y Blanca Rosa Gil; autores como Farrés, Julio Gutiérrez y Mario Fernández Porta, por solo citar unos pocos, se marcharon de la Isla. En Cuba los silenciaron a todos, como si no hubieran existido nunca. El bolero fue prácticamente aniquilado y, con él, la bohemia de las noches habaneras. Frente a los cabarés ya comenzaban a cavar trincheras.

En 1983, el trovador revolucionario Silvio Rodríguez publicó en la revista Bohemia que había tenido el deber de componer buenos textos para borrar las cursilerías de los boleros. Años antes, había dicho Agustín Lara, «Soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia».

En la Isla se siguió cantando boleros, no en el Pigalle, que, como tantos clubes, cerró la Ofensiva Revolucionaria, ni en las victrolas, que fueron recogidas como un vicio del pasado, sino en los festivales de arrepentimiento de la uneac, años después del fracaso del «hombre nuevo».

En 1985, en Miami, se celebró el centenario del bolero. ¡La Habana respondió! En 1986, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba creó el Festival Boleros de Oro. Pero ya era demasiado tarde. El daño estaba hecho. Que lo digan los dos millones de cubanos regados por el mundo, o peor, los de la Isla (que ni siquiera pueden decirlo): tres generaciones que no han escuchado nunca a Olga Guillot.

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