CON OJOS DE LECTOR
Con olor a buena poesía
Víctor Rodríguez Núñez confirma su inalterable fidelidad a la poesía con la publicación de un volumen antológico y dos nuevos libros.
A diferencia de otros autores contemporáneos suyos como Reina María Rodríguez, Abilio Estévez, Efraín Rodríguez y Marilyn Bobes, quienes después decidieron incursionar en la narrativa, Víctor Rodríguez Núñez (La Habana, 1955) mantiene hace casi tres décadas una inalterable fidelidad a la poesía. Desde que publicó en 1979 su primer libro, Cayama, ha venido cimentando una trayectoria literaria que, en palabras de José Pérez Olivares, es prueba de su "amor hacia un oficio que está más allá de modas y tendencias literarias, y que emerge de cada verso con su absoluta autenticidad".
A esa fidelidad, Rodríguez Núñez ha sumado una constancia de la que dan buena cuenta los títulos que conforman su corpus poético: Cayama (1979), Con raro olor a mundo (Premio David, 1981), Noticiario del solo (Premio Plural, 1987), Cuarto de desahogo (1993), Los poemas de nadie y otros poemas (1994), El último a la feria (Premio EDUCA, 1995) y Oración inconclusa (Premio Renacimiento, 2000). A él se debe además la compilación de las antologías Cuba: En su lugar la poesía (1982), Usted es la culpable (1985) y El pasado del cielo: La nueva ynovísima poesía cubana (1985), así como un número considerable de ensayos y artículos en los que confluyen el rigor crítico y la pasión del lector devoto de nuestra poesía. Esa regularidad con la cual comparece ante los lectores (la novela tiene público; la poesía, lectores, dijo alguien) se confirma en estos últimos años, con los tres nuevos títulos que Rodríguez Núñez ha dado de alta en su bibliografía: Con raro olor a mundo. Primera antología, 1978-1998 (Ediciones Unión, La Habana, 2004, 161 páginas), Actas de medianoche I (Accésit Premio Fray Luis de León, Junta de Castilla y León, Valladolid, 2006, 51 páginas) y Actas de medianoche II (Premio Leonor 2006, Diputación Provincial de Soria, Soria, 2007, 67 páginas).
El primero de esos libros posee, entre otros valores, el de ofrecer un resumen de veinte años de actividad poética, de reunir lo que pudiéramos llamar el canon de la obra de Rodríguez Núñez, recogido y establecido por él. Para conformar la auto-antología seleccionó un centenar de textos de cinco de sus libros (no incluyó ninguno de Cayama ni de Cuarto de desahogo). Si consideramos que, en conjunto, éstos suman quinientas páginas, podemos deducir que el autor ha sido especialmente severo consigo mismo, y como se muestra igualmente parco al presentar esos poemas, nada sabemos del criterio que adoptó en esa criba. En cambio, aclara que más que recopilar poemas escritos a lo largo de ese período, lo que reúne en Con raro olor a mundo… son reelaboraciones a fondo y en toda la línea. Estas versiones, afirma, "desautorizan a sus antecesoras, y deben ser tomadas —valga la paradoja— como momentáneamente definitivas. Es decir, que continúan su libre tránsito por ese camino que ojalá no tenga fin".
Pese a que, como antes señalé, representa una parte muy reducida de la producción poética de Rodríguez Núñez, Con raro olor a mundo… permite la posibilidad de leer y aquilatar su obra como un todo congruente. En ese aspecto, a través de sus páginas se constata tanto su unidad como su evolución, esto es, el discurso de la misma voz con las distintas inflexiones con las cuales se ha materializado esa unidad. Y aquí el término es apropiado, pues a lo largo de esos cien textos su autor consigue mantener una voz, un estilo, un rigor. Unos poemas sobresalen sobre otros —pienso que un antólogo exigente no desdeñaría piezas como Trenes, Estaciones, Ceremonias, Hospitales, Conjuros—; pero el sello de la buena poesía va impreso en todos.
El espectro temático que abarcan esos poemas es bastante amplio. Están, por un lado, asuntos tradicionales como el amor, la muerte, la amistad, las inmersiones en los recuerdos de la infancia. Este último da lugar a luminosas reminiscencias cargadas de nostalgia, de lo cual son buenos ejemplos piezas como Complejo de culpa, Paisajes, Distancias y ¿Dónde?, al cual pertenecen estos versos: "¿A dónde habrán ido mis juguetes / los de la cuerda rota por la lluvia? / ¿Vivirán / en el fondo del mar como naufragios / en el fondo del cielo / cual luceros de vidrio / en el fondo del río como cangrejos verdes / en el fondo del fuego / cual ceniza de espanto? / ¿O en el fondo de mí / como fantasmas?".
Rodríguez Núñez incorpora además reflexiones sobre el destino del ser humano, y en sus textos se trasluce una mirada insatisfecha y crítica respecto a los problemas de nuestra época. Esa visión del mundo se canaliza sobre todo a partir de Los poemas de nadie y otros poemas, libro que, a mi juicio, marca un punto de inflexión en su obra. Para entonces, el autor ha dejado atrás la etapa juvenil y el yo lírico de esos poemas ha cobrado la aguda percepción del hombre escindido y desgarrado, que posee "la autoconciencia de quien quiere aprehender todos los estadios de su transcurrir por el mundo" (son palabras de Juan Manuel Roca, tomadas de su prólogo a una selección de la poesía de Rodríguez Núñez publicada en Colombia).
En varios textos de El último a la feria y Oración inconclusa aparece el motivo de la trashumancia, con el cual la escritura de Rodríguez Núñez se abre a otros paisajes. Los ejemplos más evidentes, aunque no los únicos, son textos como Moscú-Hotel de Tránsito, The Last Tango in Managua, Nocturno de Madrid, Bogotano, Son nica y An Oregonian Poem. Esa apertura lleva al sujeto lírico a desplegar una mirada atenta a los marcos sociales. Así, en Bogotano se lee: "Arracimados / sobre el pasto tenaz / de este parque escogido / los gamines se sacuden el polvo / que Dios echó en su alma / y se bañan con sol / El de ruana molida / busca en la bolsa plástica / el aliento de la felicidad / Y el que tiene las costillas al aire / caza como un gorrión / migajitas de pan entre la hierba".
Mas sea uno u otro el asunto que trate, Rodríguez Núñez lo hace siempre sin renunciar al acento lírico y a la preocupación por ennoblecerlos y trascenderlos mediante la reelaboración poética. Algunos de los que han escrito sobre su obra han destacado esa capacidad suya. El argentino Jorge Boccanera señaló que si bien sus textos recrean una cotidianidad vuelta íntima y un entorno diario, corriente y maravilloso a la vez y se expresan a través de una oralidad familiar, "esta poesía no pierde intensidad en ningún momento al estar sostenida por imágenes de gran fuerza y belleza". Otro ingrediente que aparece en varios de los poemas de Rodríguez Núñez es el humor, que en ocasiones adopta la forma de una fina ironía (véase, por ejemplo, Frente frío).
Compendio de dos décadas de constancia y quehacer poéticos, Con raro olor a mundo… constituye, en resumen, una puerta idónea para asomarse a la escritura de Víctor Rodríguez Núñez. A lo largo de sus 161 páginas, la antología mantiene el buen nivel estético que define a su autor y a una obra hecha con cimientos sólidos y perdurables. Pienso que conducirá a algunos lectores a buscar la integridad de sus libros, para así conocer su poesía con más detalles.
Una obra de ambiciones poco frecuentes
Acerca de la génesis de Actas de medianoche, Rodríguez Núñez declaró en una entrevista que cuando se hallaba redactando su tesis doctoral, necesitó encontrar un modo de escapar de la rutina ensayística. Fue así como empezó a escribir por las noches ("cuando únicamente se puede salir al balcón en Texas durante la mayor parte del año") unos textos que no sabía bien lo que eran. Y comenta. "Aquello no tenía fin y resultaba algo muy diferente a lo que había hecho con anterioridad. Hasta entonces mi obra consistía en poemas cortos, que siempre visualizaba como una estructura, que giraban en torno a un concepto, y que seguían una estricta organización. Aquí dejé que mi consciencia fluyera, sin poner ninguna traba, salvo un ritmo, que es el mío, basado en versos de siete, once y catorce sílabas métricas".
Una vez que concluyó sus estudios, volvió sobre aquellas anotaciones y comenzó a pasarlas a la computadora. "Unas veces, cuenta Rodríguez Núñez, de una página se salvaba un verso y, otras, ocurría todo lo contrario: de un verso salía una página. Cuando pude leer todo el material fui instintivamente haciendo pilas de hojas, que resultaron siendo catorce. Entonces me di cuenta de que se trataba de un soneto. Cada uno de los catorce capítulos consta de once sonetos, que son falsos porque no tienen rima". Razones de orden práctico ("a los editores no les gustan los libros muy grandes") llevaron al autor a dividir aquellos textos en dos bloques, Actas de medianoche I y Actas de medianocheII, aunque sueña con que algún día se puedan publicar juntos.
Estamos ante una obra de unas ambiciones, un talante experimental y una extensión poco frecuentes en nuestra poesía, en la que abundan más los libros meramente acumulativos. Rodríguez Núñez parte de la noche como principio articulador de un discurso, en el cual ese motivo se enlaza con otros en un texto del cual se derivan otras lecturas. Pienso que en ese sentido es interesante comparar la connotación que su autor da a la noche con la que le dan en sus textos otros autores cubanos. Luisa Pérez de Zambrana comienza así La noche de los sepulcros: "Ceñida de azucenas tembladoras / y vestida de perlas y rocío, / se sienta ya la entristecida tarde / de la noche en el pórtico sombrío". En Noche insular: jardines invisibles, Lezama Lima hace toda una celebración del día y de "la luz grata, / penetradora de los cuerpos bruñidos", que "adivina los más lejanos rostros". Llama a la luz para que dance y a los címbalos a que ahuyenten "a la noche en el pórtico sombrío". Y Orlando González Esteva, en uno de sus haikus, escribe: "Cerrar los ojos, / impedir que la noche / lo sea todo". Son, por supuesto, unos pocos ejemplos, y pudieran citarse otros en los que la noche adquiere otros significados.
El propio Rodríguez Núñez practica en algunos de los poemas recogidos en su autoantología esa polivalencia. Ejemplos ilustrativos son, entre otros, "Aquí la noche espanta", "Cada noche me inundo / un musgo azul se prende de mi voz", "Mi bien / en Selva Negra / se demora la noche / gota a gota", "Aquí la noche / su tranquilo misterio", "Esta noche no me promete nada / su color es jamás", "La mañana anochece / si comienza en tus piernas". Pero vuelvo a los versos de Pérez de Zambrana, Lezama Lima y González Esteva que antes cité, para contrastar el valor que en los mismos se da a la noche con el que Rodríguez Núñez le asigna en Actas de medianoche. El primero de los dos libros se inicia de este modo: "Puerta que cierra y abre / para que tu sombra no pueda entrar Y así seguir sumido en la luz / que todo lo embrutece". Aquí, como se ve, se han invertido los valores de los pares dicotómicos día-noche, luz-oscuridad. La sombra ahora se espiritualiza, cambia de color ("sombra blanca"), posee luminosidad ("La sombra despojada / ¿por qué alumbra? "), es inderrotable ("Nadie ha podido doblegar la sombra / ponerla de rodillas ante una sola luz").
En sus libros anteriores, Rodríguez Núñez había logrado una escritura que pese a estar sostenida por imágenes sugestivas y de gran fuerza, conservaba siempre la capacidad de comunicación con el lector. Es una poesía clara y cálida sin renunciar al misterio, capaz de expresarse con limpidez y con un lenguaje suavemente conversacional sin perder intensidad y aliento lírico. En Actas de medianoche, en cambio, su autor opta por un discurso que plantea muchas dificultades de acceso, lo que lo convierte en un discurso cerrado sobre sí mismo. Rodríguez Núñez ha declarado que fueron necesidades de expresión las que lo llevaron a asumir los riesgos de una obra experimental como lo es Actas de medianoche. Es muy de elogiar que un creador que sobrepasó ya el medio siglo de vida no se duerma en los pasados logros y sepa tomar riesgos. Pero llevar eso a niveles extremos de radicalidad puede conllevar para el lector retos demasiados arduos y complejos.
Esas dificultades resultan más acentuadas en Actas de medianoche I. En la segunda parte, en cambio, el sujeto poético se concentra más en sí mismo e incorpora al texto una pulsión más íntima, sin que ello implique olvido del entorno social. Las coordenadas autobiográficas, ausentes en la primera parte, emergen ahora insertadas en el tiempo y la historia. El calado introspectivo hace que el discurso se vuelva, en algunos versos, oblicuamente confesional: "Soy la gallina arisca / cenicienta de patio / a la que mi madre torció el pescuezo / aleteando en un rincón de Cayama / ahora y para siempre".
Se pone además un énfasis más notorio en la identificación con la noche ("Soy creación de la noche / desvelada materia / que se afirma a sí misma"), y el yo lírico la asume como su patria libertaria: "La noche es mi jornada laboral / No hay sirenas que denuncien el cierre / o anuncien la apertura / La noche es mi célula mi núcleo / Ya no hay orientaciones / nada cae del cielo / nadie levanta el acta / La noche es mi estructura sindical// (…) La sombra no me pide pasaporte / carnet de identidad / No requiere visado / permiso de salida / Sólo la noche es libre / en Miami en La Habana / La noche sin fronteras / sin irse ni quedarse / La noche sin censura / ni libertad de prensa / La noche democrática / que quita el sueño al cuadro al disidente / Sólo la noche en sí / utópica y abierta en cualquier parte".
Aunque expresa que no han faltado lectores que reconocen valores a Actas de medianoche, Víctor Rodríguez Núñez declaró: "La complejidad del poema, que no fue premeditada, puede aislarme del lector que siempre busco. Pienso que en próximas obras tendré que tratar de mantener un balance entre la densidad y la comunicación". Sea cual sea el derrotero que siga en los poemarios por venir, quiero concluir puntualizando que no estamos en modo alguno ante una obra fallida o un paso en falso en la trayectoria de un poeta instalado definitivamente en su madurez. Por el contrario, el hecho de que se haya arriesgado a ensayar otros caminos debe saludarse como una demostración de claro crecimiento.
© cubaencuentro
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