Ir al menú | Ir al contenido



Con ojos de lector

Dejemos que nos cuente

José Miguel González-Llorente reúne doce narraciones que pretender ser como doce horas de un reloj ubicuo, cada una con su propio y disímil tiempo.

Tras un par de incursiones en la novela, La odisea del Obalunko (2002) y Tierra elegida (2003), José Miguel González-Llorente (La Habana, 1939) decidió probar suerte en la narrativa breve, género en el cual se inscribe su libro más reciente, Reloj de arena y otros relatos (Ediciones Universal, Miami, 2005).

Se trata de doce cuentos, "como doce horas de un reloj ubicuo", según se puede leer en la contraportada, "cada uno con su propio, disímil tiempo". Cabría agregar que cada uno sigue su propio derrotero en lo que se refiere al asunto, de lo cual se puede inferir que estamos ante un conjunto de textos que optan por la variedad. Algunos de ellos comparten, sin embargo, una similar preocupación estética por abordar la realidad cubana contemporánea desde ángulos y tratamientos más imaginativos, con pocas deudas a los referentes objetivos inmediatos. A ese grupo de cuentos pertenecen Reloj de arena, El tiranicidio es una idea, El parto del Manatí,Un pequeño milagro y El espectáculo más grande del Sur.

Este último adopta el estilo de una fábula delirante, en la cual un joven que constantemente acosa a su padre con preguntas, encuentra parte de las respuestas en una función circense. El desfile es anunciado como El Espectáculo más Grande del Sur, y en el mismo asiste a una sucesión de atracciones, a cual más grotesca, absurda y guiñolesca. Al final, el joven se asombra cuando comienzan a repetirse los mismos números que había presenciado dos horas antes. "Se ve que eres nuevo en el Circo", es el comentario de su vecino de grada. "El público del Circo del Sur tiene muy mala memoria… Ya nadie se acuerda de nada de lo que pasó. Unos pocos recordamos, pero tú sabes, a veces es mejor seguir aplaudiendo…".

En tres de esas narraciones, González-Llorente prefiere, sin embargo, que estas admitan una lectura que no necesariamente haya que hacer en clave cubana. Por ejemplo, Reloj de sangre trata de las estrategias a las cuales apela un preso para poder subsistir a su cautiverio y a las estratagemas empleadas por sus carceleros para minar su integridad. En El tiranicidio es una idea, mientras espera ser recibido por el presidente, un coronel decide aprovechar esa oportunidad para ajusticiarlo y de ese modo poner fin a quien ha desgarrado el país y se ha convertido en un verdadero enemigo público. Cada lector puede poner nombres a los personajes y ubicarlos en una geografía y una época específicas. El autor les permite esa libertad, pero elude hacerlo él.

En El parto del Manatí y Un pequeño milagro, en cambio, el autor incluye referencias inequívocamente cubanas. En el primero, dos amigos logran consumar el plan de escapar clandestinamente a Estados Unidos, y una madrugada salen de Cojímar en el pequeño submarino que uno de ellos ha construido. En el segundo, las sesenta imágenes religiosas (la Virgen de la Caridad del Cobre, la de Regla, la Candelaria, Nuestra Señora de las Mercedes…) de las sesenta casas de un pueblo situado al pie de la Cordillera de los Órganos comienzan a llorar quieta y silenciosamente.

Apertura a contextos más abarcadores

Mas a González-Llorente no le interesa referirse al trágico problema de los cubanos que se lanzan al mar a un destino incierto, sino desarrollar el costado insólito y humorístico de la situación de los dos émulos del capitán Nemo. Y respecto a las razones que motivan el milagro del llanto de las vírgenes, el cura del pueblo explica que se debe a lo que los cubanos han hecho a su isla, al culto a la mentira, a la falta de honradez, a las personas encarceladas sólo por escribir la verdad; pero también a lo que está pasando en otros países, a las mujeres a las que se esclaviza, a los niños obligados a pelear en la guerra, a los seres humanos que diariamente mueren de hambre…

En este último cuento un personaje comenta que La Veguita, el pueblo pinareño donde ocurre la historia, ha empezado a formar parte de un espacio más ancho en el planeta. Algo de esa apertura a contextos y asuntos más abarcadores hay en esos cuentos, en los que González-Llorente elude las hipotecas a "lo cubano" y adopta un discurso narrativo no neutro, pero sí despojado de los elementos locales más obvios y fáciles de identificar. En eso lo ayuda mucho el medio a través del cual se expresa, una prosa cuidada, atenta más a la limpieza de estilo y la corrección sintáctica que a la incorporación de inflexiones y términos del lenguaje popular y coloquial. El fragmento que reproduzco a continuación puede dar una idea aproximada del buen nivel literario que mantiene la escritura de González-Llorente a lo largo de todo el libro: "Se le ocurrió mientras esperaba. La idea le vino a la mente como si hubiera sido un insecto que estaba volando cerca y de repente se le posara en la cara. No trató de espantar al insecto y la idea se le clavó en la piel de la frente. Unos minutos después —muy pocos minutos realmente— la idea ya no tenía el tamaño de un insecto, porque ahora era como un ruido, como un aire enfurecido que se movía dentro de su cabeza, sin dejarlo pensar en otra cosa".

Mas hasta ahora me he referido a cinco de los cuentos que figuran en Reloj de arena y otros relatos. En los restantes, o sea, en más de la mitad, González-Llorente se adentra en territorios que se distinguen por la presencia de la fantasía. "El mundo es más rico y complejo de lo que parece, y a veces es como un muestrario de cosas extrañas que no siempre queremos o sabemos creer". Esto lo dice un personaje de La pluma de un ángel y es lo que el autor adopta ahora como canon estético. El subtexto que permitía leer en clave política narraciones como El tiranicidio es una idea o El espectáculo más grande del Sur, es desplazado por una definida apuesta por la literatura en estado puro.

En Las hormigas, la fantasía se mueve dentro de márgenes más bien poéticos. Un hombre convierte su relato en primera persona en una declaración de amor a una mujer que es vecina suya. Acostumbra mirarla a través de los agujeros del muro que separa los dos patios, y gracias a ello sabe que, entre otras cosas, es delicada y minuciosa. Decide entonces confesarle por escrito sus sentimientos, y como mensajeras emplea a las diligentes hormigas. Su insólita epístola la distribuye en diminutos trocitos de papel, que pone sobre las espaldas de esos insectos. Su confesión la concluye así: "Si no vienes pronto a mí, creo que cortaré mi propio cuerpo en pedacitos muy pequeños para que te los lleven, uno a uno, las hormigas. Sé que tú sabrás cómo armarlo, esta vez como a un rompecabezas vivo. Es tu turno, ven ahora".

Se inscribe más propiamente dentro de lo que tradicionalmente se conoce como narrativa fantástica, aderezada de una pincelada de humor, Peticiones de San Judas. Aquí el llamado patrón de los imposibles pone en un serio aprieto al protagonista, al cumplir al pie de la letra su petición de hacerlo que cambie. Ese cuento, al igual que en cierta medida ocurre en Las hormigas, el elemento sobrenatural o insólito se inserta en un escenario perfectamente realista y cotidiano. Un recurso literario que el autor también emplea en El vino de Dios, La pluma de un ángel y Seremos uno.

Por último, en Soñador González-Llorente parte de un motivo temático frecuente en la narrativa fantástica, las relaciones entre el mundo real y el mundo onírico, y le da una vuelta de tuerca que le permite explorar los mecanismos que activan la creación artística. Su personaje central es un artista integral ("había creado óperas sublimes, piezas de teatro inolvidables, poemarios ilustrados por él mismo, y sus pinturas al óleo eran disputadas por los marchantes de las galerías de arte más reputadas del país"), cuya fuente de inspiración eran sus sueños.

Reloj de arena y otros relatos es, en resumen, un canto a la fantasía, un buen conjunto de textos en el que José Miguel González-Llorente aporta una dosis de despliegue imaginativo y poesía al mundo más o menos cotidiano. Como bien han demostrado maestros como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, la fantasía puede ser también una puerta para acceder a la realidad.

© cubaencuentro

En esta sección

Perfil de una valiosa ejecutoria

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 22/04/2022


«Un mariachi viejo», fragmento

Félix Luis Viera , Miami | 22/04/2022

Comentarios


Con pasado y sin futuro

Roberto Madrigal , Cincinnati | 15/04/2022

Comentarios


La niebla de Miladis Hernández Acosta

Félix Luis Viera , Miami | 11/04/2022

Comentarios


Fornet a medias

Alejandro Armengol , Miami | 08/04/2022

Comentarios


Mujeres detrás de la cámara (II)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 08/04/2022


Juegos peligrosos

Roberto Madrigal , Cincinnati | 08/04/2022

Comentarios




Mujeres detrás de la cámara (I)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 01/04/2022


La prisión del «Moro» Sambra

Félix Luis Viera , Miami | 25/03/2022

Comentarios


Subir