Ir al menú | Ir al contenido



Con ojos de lector

Estar allá, a pesar de vivir acá

Mario G. de Mendoza III narra en un libro las experiencias que vivió al regresar a Cuba, tras 43 años de exilio.

A partir de la década de los noventa, se han publicado numerosos libros testimoniales que dan cuenta de cómo se vive en la isla bajo el llamado Período Especial. Están escritos a partir de las experiencias que acumularon sus autores durante sus viajes a Cuba, en la mayoría de los casos, o durante la estancia más o menos larga que pasaron allí, en otros. Sin ánimo de hacer una lista completa, menciono a continuación unos cuantos títulos para ilustrar lo que digo: Trading with the Enemy. A Yankee Travels to Castro's Cuba (Tom Miller), ¡Ay, Cuba! A Socioerotic Journey (Andrei Codrescu), My Moto Fidel. Motorcycling through Castro’s Cuba (Christopher Baker), Cuba Diaries: An American Housewife in Havana (Isadora Tattlin), Cuba: An Ordinary Voyage (Matthew Dubuque), Cuba: Impressões de um turista (Dilma Bittencourt), Cuba: la revolución crucificada (Andrés Sorel), Cuba: the land, the people (Rick Graety), Cuba roja: cómo viven los cubanos con Fidel Castro (Román Orozco), T his is Cuba: An Outlaw Culture Services (Ben Corbett)…

Todos esos libros, sin embargo, comparten la característica común de presentar esa realidad desde la óptica de un extranjero. Lo cual tiene sus ventajas o sus desventajas, según sea el ángulo desde el cual se evalúe. P'allá y P'acá (Ediciones Universal, Miami, 2005), por el contrario, viene a aportar uno de los primeros testimonios redactados por un cubano. Me refiero, conviene que lo aclare, a alguien que vivió en Cuba una parte importante de su existencia. Si hablamos de los cubano-americanos, que apenas alcanzaron a pasar en la isla sus primeros años o sencillamente nacieron en los Estados Unidos, entonces hay que contar con obras como Cuba on my mind. Journey to a Severed Nation, de Román de la Campa, y The Write Way Home: A Cuban American Story, de Emilio Bejel. Pero el caso de Mario G. de Mendoza III es distinto: salió con su familia cuando era casi un joven y no volvió a pisar su país natal hasta julio del 2003, cuarenta y tres años después.

En el primer capítulo, el autor apunta que el deseo primordial de regresar a Cuba fue para él más fuerte que "la voluntad y abstinencia requerida por la normativa popular miamense proclamada machaconamente por viejos y algunos no tan viejos como mantra dogmático, «Yo no voy a Cuba hasta que Fidel no se muera»". Él, sin embargo, no quiso postergar su viaje, ni tampoco hacerlo depender de efemérides políticas. Por eso decidió concederse a sí mismo el permiso para ser feliz por los días que iba a durar su estancia en el país donde transcurrieron su infancia y su adolescencia. La planificación, no obstante, le tomó tres años, y antes de que pudiera tomar el avión tuvo que cancelar su viaje en dos ocasiones, debido a problemas familiares.

Sus primeras experiencias en Santiago de Cuba tuvieron como escenario los sitios donde pasó aquella etapa de su vida. Era, comenta, un modo de curarse las ganas y volver libre del recuerdo y la añoranza. Es decir, lograr la cura mediante un exorcismo emocional. Mas las cosas no resultaron tan sencillas y simples como él imaginó. Quiso ir, en primer lugar, a la casa de su abuelo materno, ubicada en el Reparto Vista Alegre. La halló en "unas condiciones tan ingratas", diametralmente opuestas a sus recuerdos, y "el golpe fue duro y en seco". Desde hacía muchos, le dijeron, la vivienda había sido convertida en una escuela, y en ese momento se hallaba además en obras. Pudo reconocerla por unas escaleras estrechas que llevaban al segundo piso. En otra época, estuvo elegantemente amueblada con antigüedades. Ahora, en cambio, De Mendoza se encontraba plantado ante "un plantel escolar tercermundista", y en el que "no quedan más que los recuerdos de un niño de siete años deseando arreglar un pasado irrepetible".

De Santiago de Cuba, él y su esposa emprendieron un viaje que finalizó en La Habana. A lo largo del mismo hicieron en escalas en Camagüey, Trinidad, Sagua la Grande y Varadero. El breve tiempo que estuvo en la ciudad oriental sirvió para que su actitud cambiase. Empezó a sentirse en su patria, pero a la vez era consciente de que aquel pasado que lo hizo quien hoy es ya había desaparecido. En contra de sus propósitos iniciales, se dejó guiar por algo profundo en él, y buscó "el pasado en el presente cubano con el mismo resultado del que busca con el brazo la tibieza de un talle dormido y encuentra la frialdad de las sábanas de las que hace rato está ausente el ser querido". Olores y sabores pertenecientes a su niñez reaparecieron intactos, y junto con el paisaje le hicieron sentir que hallarse allí, bajo aquel cielo y aquellas nubes, "era algo muy normal, muy de siempre".

Cuando determinó volver a Cuba, De Mendoza señala que se propuso que el suyo no iba a ser un viaje dominado por la crítica negativa. Y que tampoco iba a hipotecar el relato de sus vivencias a la protesta, la acusación o la demonización. Eso lo cumple en P'allá y P'acá, en el que sin dejar de abrir los ojos al deterioro y el empobrecimiento del país, no deja de reconocer los aspectos que le parecen positivos. Confiesa, por ejemplo, que durante su estancia nunca se sintió agredido, ni tampoco discriminado. Y agrega: "No me sentí necesitado de andar con la guardia en alto. Más bien la policía, vestida de uniforme o en ropa civil, da la impresión de estar en activa vigilancia de protección al turista". En muchos de los lugares que visitó, afirma, halló una acogida afectuosa y efusiva. Camagüey le admira por no haber perdido su alma y por mantener su calidad colonial y su letargo de ciudad del interior. "No demuestra los efectos de Walt Disney que prevalecen hoy en la Habana Vieja a causa de la avaricia por el codiciado dólar".

Menos de la revolución y de Fidel

A excepción del desagradable trámite aduanal, al llegar a la isla, apunta que "el turista gusano se siente bienvenido". Descubre en las personas de hoy el mismo carácter simpático y dado al cariño fácil del cubano, siempre con ganas de reírse y de chacharear de todo. "De todo menos de la Revolución y de Fidel. No es diplomacia forzada. Ni tampoco la realización de que a Fidel no le quedan muchos años más antes de que acabe de despotricarse. Es como falta de interés por sus vidas personales tan eminentemente olvidables cuando se está en presencia de un ciudadano del mundo. Cualquier otro mundo les causa gran interés. Cualquiera menos la cárcel oceánica de ellos. Y si es el mundo de un cubano del exterior, mejor". Asimismo se fija en que ha dejado de usarse el término compañero o compañera, y si uno lo emplea la reacción es: "¡Ay! Deje eso, por su madrecita, por favor".

Tan pronto llega a Cuba, De Mendoza descubre las consignas que se ven en paredes y pancartas, por distintos puntos de los pueblos y ciudades. Los "primeros cien lemas machacones de propaganda incansable" le impactan; pero anota que "después del segundo día aburren". Al recorrer las zonas rurales, comenta que casi no se ven tractores, pero sí muchas yuntas tiradas por bueyes: "Los tractores que se ven son de producción bloque soviético. Las yuntas son de producción histórica y pintorescamente cubana". Deja constancia también de que conducir un auto de noche por el campo es muy peligroso, pues no hay luces, "si ignoramos los cocuyos", las carreteras están repletas de baches y piedras y pululan los peatones, los animales, los jinetes y los bicicleteros.

En Sagua la Grande, un señor sesentón le comenta con tristeza que "de ser una de las ciudades productoras del país antes del triunfo de la Revolución ha pasado a ser una ciudad con los techos metálicos de las fábricas enmoheciéndose por la desidia económica del régimen castrista". En el Cementerio de Colón, a donde va a localizar el panteón familiar de un amigo suyo, se entera de que las tumbas de todo aquel que se marchó del país han sido confiscadas por el Estado. Y aunque no duda en elogiar la intensa labor de restauración hecha en la Habana Vieja, considera extraño y fallido que "no se han dedicado estructuras para ser habitadas, y para permitir que el centro urbano tenga el calor humano de una ciudad viva".

P'allá y P'acá es, por tanto, el relato del retorno al país donde uno nació, el reencuentro con el pasado. El propio autor declara que ese viaje fue para él un acometimiento nostálgico, valeroso, aventurero e impaciente, cuyo significado aún está descifrando. En ese sentido, se diferencia marcadamente de esos otros libros de viaje a los que hice referencia al principio. Testimonia unas vivencias en las cuales nos reconocemos muchos cubanos, y logra hacerlo con honestidad, sin ceder mucho a la nostalgia y con un estilo desenfadado e irreverente infrecuente en libros de este género y sobre esta temática. De Mendoza trata con acierto el problema de cómo regresar a nuestro pasado, y concluye que en realidad esa pregunta debe formularse de otra manera: cómo abrirnos al presente y convertirlo en puente entre las decisiones y encrucijadas de ayer y las que deberemos enfrentar mañana. Al respecto, escribe: "La Cuba de ayer es una fantasía en la que se queda uno atascado como un niño, como Dorothy en el país de Oz. Solamente con coraje, inteligencia y corazón se puede volver a Kansas, se puede volver a Cuba, una Cuba ya despojada de su carácter de repositaria (sic) de mis momentos añorados y transmutada en la Cuba de la posibilidad de amar, de dar, de crear, y de dejar que otros forjen sus paraísos".

Debo confesar, no obstante, que me parecen menos interesantes las páginas —y el problema es que son muchas— que De Mendoza dedica a sus recuerdos y a celebrar a sus familiares y amigos. Es natural que al regresar a los lugares vinculados a sus días de infancia y adolescencia esos recuerdos afloren. Como pinceladas bien dosificadas hubiesen dado calidez humana al libro. Pero al ocupar un espacio excesivo, se convierten en una interrupción del relato que a uno, como lector, le incomoda. La visita al Estadio del Cerro, para ilustrar con un ejemplo, es un mero pretexto para que el autor se explaye sobre la tradición beisbolera en Cuba.

Mi otra objeción tiene que ver con el uso de los cubanismos. Es admirable que quien aclara que toda su formación académica ha sido en inglés, haya atendido a las súplicas del libro de ser escrito en español. Lejos de poseer una "sintaxis accidentada" y una "prosa casera", como él anota, De Mendoza escribe con un profesionalismo que muchos que se dicen escritores le envidiarían. Sólo que el reencuentro con el español de su niñez abre una válvula que él creía definitivamente cerrada, y él se deja arrastrar gozosamente por el descubrimiento. Eso lo lleva de nuevo a la incontinencia verbal. Cubanismos como ñángara, quieto en base, chaúcha, guataca, pollito y otros son empleados a lo largo del libro, junto con su correspondiente explicación en cristiano entre paréntesis. No es un defecto de bulto, pero estimo que la buena prosa de De Mendoza no necesita de esos añadidos, pues posee un humor y una frescura que la hacen su lectura muy disfrutable. Pero reparos aparte, P'allá y P'acá es un libro valioso y en lo que me toca, felicito a Ediciones Universal por su publicación.

© cubaencuentro

En esta sección

Perfil de una valiosa ejecutoria

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 22/04/2022


«Un mariachi viejo», fragmento

Félix Luis Viera , Miami | 22/04/2022

Comentarios


Con pasado y sin futuro

Roberto Madrigal , Cincinnati | 15/04/2022

Comentarios


La niebla de Miladis Hernández Acosta

Félix Luis Viera , Miami | 11/04/2022

Comentarios


Fornet a medias

Alejandro Armengol , Miami | 08/04/2022

Comentarios


Mujeres detrás de la cámara (II)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 08/04/2022


Juegos peligrosos

Roberto Madrigal , Cincinnati | 08/04/2022

Comentarios




Mujeres detrás de la cámara (I)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 01/04/2022


La prisión del «Moro» Sambra

Félix Luis Viera , Miami | 25/03/2022

Comentarios


Subir