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CON OJOS DE LECTOR

Imagen ¿ajena? de un carnaval dantesco

En 'Iré a Santiago de Cuba', el frustrado viaje a Santiago de Cuba de una turista española se convierte en una travesía a la inversa de las epopeyas nacionales.

El llamado Período Especial ha dado pie ya a un considerable número de obras narrativas, que han escrito autores no sólo cubanos sino también algunos españoles. De ese conjunto, sin embargo, son más bien escasas las que poseen verdaderos valores estéticos, pues la mayoría en realidad son más periodismo que literatura.

De ahí que no tenga reparos en confesar que comencé la lectura de Iré a Santiago de Cuba (Editorial Verbum, Madrid, 2005) con bastante desconfianza. Era además lo primero que llegaba a mis manos de su autor, La hoguera de las vanidades (La Habana, 1961), cuyo nombre a lo sumo creía haber oído mencionar. Asimismo nadie me había recomendado su novela, y de hecho hasta hoy no he hablado con ninguna persona que la haya leído. Casi nada, pues, me predisponía a favor del libro, en cuyas páginas me iba a sumergir más por una cuestión de disciplina que por verdadero interés. Me adentré de ese modo sin brújula en ese océano de palabras y sin idea de lo que me iba a deparar aquel viaje.

Concluida la lectura, comienzo por expresar el buen sabor de boca que me ha dejado Iré a Santiago de Cuba. He aquí un libro que nos recompensa con creces por el tiempo que le hemos dedicado. Y la recompensa en este caso es doble, pues a sus méritos literarios suma el de que su lectura se disfruta mucho, el de ser un texto enormemente divertido. Es algo que me apresuro a resaltar, puesto que son atributos que no suelen andar acompañados, por más que no existen razones para que eso ocurra.

Iré a Santiago de Cuba está construida sobre un hilo argumental muy sencillo, que puede resumirse en pocas palabras. Una turista catalana llamada Nuria arriba a La Habana y quiere ir, como García Lorca, a Santiago de Cuba. Pero quiere conocer "la Cuba verdadera, la del racionamiento y la escasez, la de la cola y los apagones", y por eso decide viajar como lo hacen los cubanos. Mas al cabo de algunos días de haber salido de la capital, no ha conseguido ir más allá de Santa Clara, en cuya terminal pasa tres días. Así que al final determina regresar a La Habana y tomar un avión que la lleva a Barcelona.

A partir de esa premisa, Guillot Carvajal arma un dispositivo novelístico compuesto por cincuenta y seis bloques o segmentos, cuya extensión va de una página a catorce. Esa estructura le sirve para ir haciendo desfilar los distintos personajes con quienes Nuria se relaciona, aunque a veces sea de manera muy fugaz. Son las personas que encuentra en el hotel Plaza, en el "camello" en el que se traslada a la terminal de ómnibus de La Habana y, por último, durante los días que pasa en Santa Clara en la lista de espera para Santiago de Cuba. Las páginas en las que se cuentan las experiencias vividas por Nuria se alternan con otras dedicadas a cada uno de esos personajes. El tono y el estilo adoptado en cada segmento varían de uno a otro. También ocurre lo mismo con el narrador, que indistintamente emplea la primera, la segunda y la tercera personas. Eso convierte a la novela en una polifonía de voces en el doble sentido, esto es, en la multiplicidad que posee tanto de participantes como de maneras de contar.

El primero de los personajes con los cuales se cruza Nuria es Dulce, la señora que limpia las habitaciones en el hotel Plaza. Apenas habla unas palabras con ella, cuando le pregunta cómo llegar en "camello" a la terminal de ómnibus y ella a su vez le pide si le podría dejar el jabón de baño y el champú, si no los necesita, por supuesto. Nuria no llega a enterarse por eso de que Dulce se graduó en la Escuela Normal para Maestros de La Habana, tres años antes del triunfo de la revolución, y que fue una de esas pedagogas que dedican su vida a formar a "sus niños" para la vida. Pero tras cuarenta años de trabajo, se vio ante una disyuntiva que jamás imaginó se le iba a presentar: escoger entre ir para un hotel, "a limpiar la porquería de los turistas", o aceptar que una de sus hijas se metiese a jinetera. No tuvo que pensarlo mucho, y hoy sólo aguarda a que pase este mal momento que está viviendo el país, para entonces ver realizado su sueño de "morir rodeada de niños, no de sábanas sucias".

El humor como uno de sus alicientes

A esa galería de seres frustrados y tristes, pertenecen también otros de los personajes que desfilan a lo largo de las ciento noventa y cinco páginas de la novela: Estrella, quien tras dejar veinte años de su vida en una oficina de correos, se jubiló con seis dólares y medio de pensión y ahora tiene una "paladar", permiso e impuestos incluidos; Tomás y Aymé, quienes no han encontrado en la vejez la paz que esperaban: su hijo Heriberto cayó preso por pertenecer a un grupo disidente y cada dos meses deben viajar de Santa Clara a Santiago de Cuba para visitarlo (eso si no lo encuentran castigado, "cosa que ya les ha pasado dos veces, sin que desde la cárcel les avisen para no darse el viaje"); Rubén, el profesor de Filosofía que, aunque no niega que la situación está difícil, es un idealista y conserva su confianza en la revolución; Ottoniel, que tras ser expulsado de la universidad pasó a trabajar en una imprenta, "para seguir cerca de los libros". Guillot Carvajal posee una capacidad admirable para construir caracteres en los que se resume la realidad actual de la Isla. Si alguien quisiese un ejemplo que ilustre lo que trato de expresar, le sugiero lea el segmento titulado Lola, que en tres páginas capta esa inercia que hoy aqueja a la sociedad cubana, esa aplicación de la ley del menor esfuerzo que paraliza la voluntad y conduce a la inacción y el conformismo.

Pero me referí antes a que Iré a Santiago de Cuba es un libro sumamente divertido. Y el humor, en sus diferentes modalidades y gradaciones, está presente en dosis elevadas en muchos de los restantes personajes que conforman su variopinto retablo. Están, entre otros, el "jamonero" que se sube a los "camellos" para pegársele por detrás a las mujeres; el chofer de ómnibus que aprovecha su empleo para cargar gomas de bicicleta y algún puerco, para "buscarse unos pesos sin hacer daño a nadie"; el hombre que tiene una resistencia sobrehumana para el alcohol y las mujeres y que desde 1953 no se pierde un carnaval santiaguero ("los mejores de Cuba y, probablemente, de todo el Caribe"); la mujer que "hizo santo" y a la cual le salió una "letra" de acuerdo a la cual debe ir al Cobre y ponerle a "Cachita" unos collares y un "trabajo"; la graduada de Economía que ahora es jinetera, y que a través de la lectura de los escritores afroamericanos aprendió un inglés mejor que el de los profesores de la Secundaria; la joven que a causa de su baja estatura (un metro treinta y ocho) sólo ha tenido un novio, que le duró tres meses y que "estaba más malo que la situación del país".

El humor constituye, ya digo, uno de los alicientes de la novela de Guillot Carvajal. También lo es la inteligente y controlada incorporación del habla popular y de ingredientes que se pueden calificar de costumbristas. (Tampoco hay que temer a estos últimos: siempre han sido una de las principales materias primas de la narrativa. Y en definitiva, ¿qué es, por ejemplo, La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe, sino un gran fresco social, un estupendo retrato de costumbres?). Todo eso, junto a la fluidez y buen ritmo de la narración, contribuye a proporcionar el disfrute con que Iré a Santiago de Cuba se lee, pero que nunca la llevan a inclinarse hacia la trivialidad. La escritura además, aunque es accesible, funcional y comunicativa, no renuncia al cuidado formal y la elaboración. Asimismo y a pesar de que numerosas páginas poseen una textura coloquial, no caen en la chabacanería ni en la pobreza estilística: "¡Coño! Una turista en un bicho de éstos. Debe ser una romántica, aunque es raro que los camajanes de La Habana la hayan dejado escapar. Va al lado de la mujer de Quemado de Güines que viaja todos los meses. ¿Qué irá a hacer esta gallega en Encrucijada? ¡Ah! Su billete es para Santa Clara. Espero que no vaya a Santiago y se le ocurra 'adelantar' hasta Santa Clara. A lo mejor es de los pobres de Europa, militante del Partido Comunista. Aunque por allá a lo mejor los comunistas viven en mansiones y tienen Mercedes Benz. Por aquí eso pasa mucho".

En las inteligentes palabras que redactó para la contraportada, Carlos Cabrera señala con acierto que en Iré a Santiago de Cuba su autor no nos propone un viaje de oriente a occidente, como ha sido usual históricamente en las epopeyas cubanas. Y anota que esta travesía a la inversa lleva desde el inicio un mensaje subversivo: "Quien viaja es una extranjera convencida de que ha llegado a tierra prometida; los cubanos, por su parte, viajan sobre sí mismos con su coro de cuitas a cuestas (…) La Habana es el comienzo de una esperanza. Santiago la última estación de un sueño". E insiste en el motivo del viaje y comenta: "Los cubanos llevan años dando tumbos ('viajar' es otra categoría), andan como zombies, extraviados, maltrechos. Y ahí radica uno de los méritos de esta novela: fijar la vista ¿ajena? en ese carnaval dantesco que tantos viajes ha provocado… y provoca".

Y no me extiendo más. Sólo deseo agregar que con Iré a Santiago de Cuba, Mario L. Guillot Carvajal ha conseguido una novela llena de gracia, con lo cual empleo el término en su doble acepción de chiste y dicho agudo y también, de garbo, donaire en la ejecución de una cosa. Su lectura ha representado para mí el descubrimiento de un magnífico narrador, y en esta reseña he tratado de expresar la satisfacción que me ha producido. Como Ramón Pérez de Ayala, pienso que el admirar de veras es uno de los pocos placeres que nos es permitido en esta vida transitoria.

© cubaencuentro

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