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Con ojos de lector

La Cuba no tan secreta

En su libro más reciente, Amir Valle trata el tema del jineterismo, que ha situado a Cuba entre los paraísos del turismo sexual.

Hace poco leí un artículo acerca de la imagen de la prostitución que ha ofrecido la literatura. Su autora, la argentina Liliana Viola, afirma allí que "en pocos sitios pueden hallarse tantas putas como en una biblioteca". En los anaqueles de esa numerosísima sección deben figurar obras de Emile Zola ( Naná), Manuel Gálvez ( Nacha Regules), Federico Gamboa ( Santa), Yasunari Kawabata ( La casa de las bellas durmientes), los hermanos Goncourt ( Laramera Elisa), Juan Carlos Onetti ( Juntacadáveres), Stephen Crane ( Maggie: una muchachade la calle), Mario Vargas Llosa ( La casa verde, Pantaleón y las visitadoras), Eduardo López Bago ( La prostituta. Novela médico-social), Gabriel García Márquez ( Memoria de mis putas tristes)…

En tan nutrida sección temática resulta más que notoria la ausencia de aportaciones cubanas. Y no será porque en este sentido hayamos tenido como modelos al casto José o a la princesa de Cleves, pues de acuerdo a la propaganda que durante años se nos ha vendido, antes de 1959 nuestro país era el prostíbulo de Estados Unidos. Mas como si los autores se hubiesen decidido ponerse para su número, en la última década la publicación de varias novelas ha venido a suplir con creces esa carencia. No se trata, naturalmente, de algo fortuito o atribuible al azar. Su salida está relacionada con la aparición de esa particular forma de prostitución que se conoce como jineterismo. Un detalle curioso a resaltar es que entre esos autores figuran algunos extranjeros, lo cual no deja de tener muchísima lógica si se piensa que son precisamente éstos quienes constituyen casi por completo la clientela con la cual se sostiene lo que es ya un lucrativo negocio.

A esa bibliografía Amir Valle (Guantánamo, 1967) ha incorporado Jineteras (Editorial Planeta, Bogotá, 2006, 326 páginas), que en la contraportada se anuncia como "el gran libro" sobre este tema. A diferencia de los anteriores, y pese a que quien lo firma era conocido por su numerosa producción narrativa, no se trata de una novela, sino de un libro que se basa en un abundante material testimonial, además de recoger otras informaciones y datos acopiados por el autor durante la investigación que llevó a cabo. En el Proemio, éste hace notar lo poco que se ha escrito en Cuba acerca del jineterismo, y se refiere a los trabajos que hace algunos años dieron a conocer Luis Manuel García Méndez, Rosa Miriam Elizalde y Tomás Fernández Robaina. Asimismo expresa que tras abrir los ojos ante ese "mundo oscuro, sórdido, asqueante y sucio de La Habana nocturna", descubrió que "debía escribir un libro de testimonios sobre el tema, aunque la realidad que contara, para muchos que hoy tratan de minimizar un problema de un alcance social en verdad preocupante, resultara molesta, dura, conflictiva; y para otros, que viven y sobreviven mirando pero no viendo lo que sucede a su alrededor, pudiera parecer imaginación desbordada, loca, invención, historia increíble".

Gracias a una labor que, según expresa, le llevó nueve años, Valle logró reunir una voluminosa materia prima compuesta, por un lado, por las entrevistas que realizó, y por otro, por la documentación que extrajo de obras y artículos, que se recogen en la bibliografía que aparece al final. Al procesar todas esas páginas y convertirlas en libro, les dio una adecuada y funcional estructura. Están, en primer término, los testimonios de las jineteras, proxenetas, policías corruptos, agentes turísticos, dueños de prostíbulos e incluso vendedores de drogas. En unos casos, esos textos se reproducen como entrevistas en las cuales se conservan las preguntas del autor. En otros, se han plasmado como monólogos cuya extensión va de unas cuantas líneas a varias páginas. En el caso de los testimonios más o menos cortos, Valle los agrupa en capítulos titulados Voces. Los más importantes y, por ende, los más extensos, en cambio, llevan el nombre de la persona que habla: Lorna, Sara, Paddy, Daylí, Susanne, Camila, Myrna, o bien conforman la sección Los hijos de Sade.

En otros capítulos que no llevan título, Valle recoge también testimonios. En éstos, sin embargo, adopta un estilo más reporteril y narrativo, y se incorpora como el personaje real que los recogió. Describe personas y escenarios, cuenta cómo se produjo el contacto, expresa sus reacciones de estupor ante esa realidad ignorada por él que va descubriendo. Esa estrategia narrativa es asumida con más libertad y de manera mucho más consciente en la serie de capítulos identificados con números. En la misma sigue la trayectoria de Susimil, suerte de figura central de este libro coral, hecho a partir de un concierto de voces. La susodicha había sido el gran amor y la primera mujer del mejor amigo del autor, quien se la encontró al cabo de quince años en el Aeropuerto Internacional José Martí, cuando empezaba a interesarse en el tema de la prostitución con vistas a escribir una novela. Para entonces, ya no se llamaba Susimil, sino "Loretta, La Faraona, El Culo más Espectacular de La Habana".

Hay además seis viñetas, que aparecen identificadas con el rótulo de Evas de noche, en las cuales el autor presenta una tipología de las distintas modalidades de jineteras: la carroñera, la de tenis, la de puya, la empresarial, la diplomática, la faraona, la baratijera o bruja. Valle cambia de registro en la secuencia La Isla de las Delicias, para la cual adopta un estilo ensayístico y se apoya en cifras y datos documentales para trazar un panorama histórico de la prostitución en Cuba, desde la época colonial hasta su manifestación actual. Se muestra categórico al afirmar que el jineterismo "es, sencillamente, prostitución llamada con otro nombre, quizás más cubanizado". Y sostiene que "no ha de intentarse demostrar que es asunto de de «unas pocas mujeres», como se ha escrito en la prensa y en ciertos libros muy superficiales sobre el tema, cuando las cifras, crecientes a pesar de cualquier intento de freno, demuestran lo contrario".

De todos esos bloques o secciones que conforman el libro, el más valioso es, a mi juicio, el de los testimonios. La realidad que emerge de esas páginas es tan dantesca e inimaginable, que lleva a uno a hacerse la misma pregunta que se hizo el autor cuando la fue conociendo: "¿Sucedía aquello en mi país, en apariencias, sólo en apariencias tan tranquilo, tan puro, tan limpio moralmente? ¿Hasta dónde llegaba la mierda, la podredumbre de aquel otro modo de vida que convivía cerca de la inmensa mayoría de la gente sin que lo notaran? ¿Hasta qué rincones llegaba el aliento pútrido de aquella hidra venenosa?".

Una hidra de varias cabezas

Precisamente, el revelar este último aspecto, el de las proporciones alcanzadas por este negocio, constituye uno de los aciertos de Jineteras. Cuando se habla de este tema, por lo general sólo se piensa en las mujeres (y los hombres, pues también existe una red de prostitución masculina) que se dedican a vender su cuerpo. Pero tal como se pone en evidencia en el libro, en realidad se trata de una de las varias cabezas de la hidra. La extensión que tiene lo que para el novelista español Manuel Vázquez Montalbán constituye una costra moral, queda resumida de manera muy elocuente en estas palabras de Mulenque, un proxeneta que lanzó al estrellato a más de una docena de las jineteras más conocidas en la capital: "Cada día que pasa el país se pudre más y esa pudrición llega a todas partes".

Gerentes de hoteles que se dedican a buscar clientes para las chicas. Propietarios de casas que alquilan habitaciones a parejas ocasionales que paguen en dólares. Traficantes de la bolsa negra que suministran tabaco y ron a casas de cita y posadas clandestinas. Guías turísticos que obtienen comisiones por servir de enlace entre los extranjeros que atienden y los chulos. Policías que chantajean a las jineteras y les exigen dinero a cambio de permitirles trabajar, pues como dice uno de ellos, "el fiana es un tipo igualitico que tú y que yo (…) Como dice la gente, socio, en este mundo hay de to´ y cada cual escapa como puede". Toda una amplia red, de la cual las veinte mil jineteras (es la cifra aproximada que sugiere Amir Valle) vienen a ser sólo la punta del iceberg. Una leve idea del dinero que mueve este negocio la da en su testimonio un fotógrafo que propone chicas a los turistas mediante su abultado álbum de fotos pornográficas. Según le confiesa, entre la venta de fotos y los videos que filma gana unos diez mil dólares mensualmente. A lo cual agrega con orgullo: "Hay empresas en este país que no hacen esa suma en seis meses".

En La Isla de las Delicias, Valle hace, como antes señalé, un análisis histórico de la prostitución en Cuba. Se trata, por otro lado, de algo que desde siempre ha existido en todas las sociedades. De ahí el apelativo de la profesión más antigua del mundo con que se le conoce. La cuestión es que el proyecto revolucionario cubano se hizo para erradicar males sociales como éste. Que hubiese reaparecido en los años iniciales se hubiera podido entender, aduciendo que sus raíces no debieron ser eliminadas del todo. Pero que se haya venido a dar de nuevo al cabo de más de tres décadas, y que quienes lo han rescatado sean, en su mayoría, personas jóvenes nacidas bajo la revolución y formadas de acuerdo a sus principios éticos e ideológicos, escapa a cualquier explicación lógica.

Valle en ningún momento comparte el "interés exacerbado en el exterior en demostrar que la prostitución había resurgido en nuestro país debido a la indolencia del gobierno ante la penuria del pueblo, así como que contaba con la anuencia o la tolerancia de los máximos dirigentes de la Revolución". Pero en el resumen con el cual cierra ese bloque formula varias interrogantes, de las cuales extraigo éstas: "¿Es inútil mentirle a la gente desde posiciones oficiales donde sí se conoce la magnitud de un fenómeno como la prostitución? (…) ¿Sigue siendo válido mentir y ocultar las reales connotaciones de un fenómeno con el pretexto de que «no podemos ofrecer argumentos al enemigo»? ¿La ceguera oficial ante fenómenos como éstos no pueden entenderse también como una forma de fomentarlos, permitirlos y tolerarlos?". No tengo muy claro que la indolencia o la tolerancia de un gobierno sean más censurables que el mentir de manera consciente y ocultar la realidad, pero en cualquier caso las consecuencias aquí son las mismas.

Siete de los textos que integran Jineteras van encabezados con citas pertenecientes a la Biblia. Eso, junto a algunos clichés que se emplean, fue señalado en su reseña del libro por la periodista argentina Leonor Silves, para quien ambos detalles revelan el costado más moralizante de la labor realizada por el autor. En mi opinión, se trata de un defecto que permea la óptica desde la cual éste aborda el asunto. Al referirse a unas entrevistas que determinó no incluir, Amir Valle expresa que lo hizo "para reforzar la visión apocalíptica de muchos de los protagonistas de estas historias reales, precisamente para que el lector recibiera sin tibieza el impacto de un mundo amoral, sucio, denigrante y absolutamente inhumano". Y anota que sólo así creía lograr lo que pretendía: "que la gente sufriera, se molestara, se asqueara, se preocupara; en fin, descubriera que, más allá de sus propios problemas existenciales, sociales y personales, existe un mundo terrible del cual deben protegerse y contra el cual debemos luchar".

No creo yo que ese criterio de que el asco y el repudio moral sean un buen modo de abordar un fenómeno tan terrible y preocupante como el de la prostitución, de la misma manera que tampoco creo que lo sea la estética con la cual buena parte de la literatura de ficción lo ha idealizado. En esa satanización de las jineteras, se descarga sobre éstas todas las culpas, olvidando "las causas que las obligaron a tener que acudir a un medio de vida tan asqueroso" (son palabras pertenecientes a la entrevista que Raúl Tápanes López hizo a Amir Valle en www.letralia.com). Por otro lado, esa postura de superioridad moral desde la cual Valle juzga a las jineteras no pienso que se diferencia mucho de lo que él mismo considera "el gran error de los periodistas y sociólogos que habían intentado, antes que yo, meterse a estudiar este fenómeno: no puedes ir a una persona asumiendo la pose de juez".

Quiero referirme, por último, a otro aspecto del libro que también tiene que ver con principios éticos, aunque en este caso relacionados con el ejercicio periodístico. En las páginas iniciales el autor reproduce esta cita del Artículo 16 del Código de Ética de la Unión de Periodistas de Cuba: "El periodista tiene la obligación de no revelar la identidad de las fuentes que hayan solicitado permanecer anónimas". Tati, la Fabulosa, una de las testimoniantes, lo previene además acerca del riesgo de que el libro llegue a caer en manos de la policía cubana. Eso, anota Valle, hizo que tomase conciencia de ello y que determinara "asumir un derecho que como periodista de graduación me asiste: la protección y mantenimiento en secreto de mis fuentes".

Al final de la entrevista a la jinetera que se hace llamar Greta, se puede leer esta Nota del Autor: "G, cuyo nombre real es María Josefa, se casó en 1999 con un empresario griego a quien conoció en Cienfuegos y actualmente vive en Salónica (Grecia). Tiene una hija de dos años a la que puso Greta". De Lalito, el fotógrafo a quien antes aludí, aclara que "abandonó ilegalmente el país con una suma fabulosa de dinero gracias a estos negocios. Compró los papeles para su residencia en un par de meses y en la actualidad imparte clases de fotografía en una universidad de República Dominicana. En la Feria del Libro de Santo Domingo, en mayo del 2000, fue a verme al stand de Cuba. Supe entonces que su nombre era Luis Eulalio Soto. Sigue teniendo mucho dinero porque lo que se llevó de Cuba lo invirtió en negocios publicitarios y en una reconocida distribuidora de libros dominicana". Sobre Charly el Gordo, la correspondiente Nota del Autor nos aclara que "abandonó el país en el 2001, en una lancha pesquera de su propiedad, escapando de una redada policial contra los vendedores de ron y tabaco. Actualmente reside en Miami. Su nombre real es Carlos Francisco Martínez Estrada". Copio este otro ejemplo: "Camila, cuyo nombre real es María Carla Rodríguez, reside desde 1999 en Manzanillo (México). Viene todos los años a La Habana". Y para no extender más estas citas, termino con una más: en la entrevista a Tati, la Fabulosa, Valle comenta que "fue el casete más oído por mí y por todos mis amigos". ¿Qué aportan a su investigación datos tan estrictamente privados como los anteriores? Muy extraña manera tiene el autor de Jineteras de entender la protección y la confidencialidad de sus fuentes.

© cubaencuentro

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