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CON OJOS DE LECTOR

La perdurable novedad de la tradición

En su último disco, Miriam Ramos rinde homenaje a nuestra tradición trovadoresca, a través de doce composiciones rebosantes de belleza, candor y cubanía.

Desde que debutó como solista, allá por 1964, Miriam Ramos (La Habana, 1946) ha desarrollado una trayectoria artística que, en más de un sentido, merece el calificativo de modélica. Lo es, en primer término, por el buen gusto, el riguroso criterio y la inteligencia que siempre aplica a la hora de seleccionar su repertorio. También por el personalísimo estilo con que interpreta esas canciones. Un estilo cuyos atributos distintivos fueron definidos temprana y acertadamente por Marta Valdés, al comentar el primer recital que Ramos ofreció: huir de los rebuscamientos, no desvirtuar las melodías, partir de la seguridad que su propia musicalidad le garantiza, manifestarse como intérprete en virtud de la calidad de lo que canta y no a expensas de ello.

A esas características debemos sumar su sabia decisión de no hipotecarse a los dictados de la moda y la frivolidad, así como su definida e inalterable apuesta por las manifestaciones más genuinas de nuestra música. La propia Ramos ha recordado que en los años sesenta, cuando daba sus primeros pasos, muchos artistas cubanos defendían a ultranza "lo más moderno", que provenía por lo general del extranjero. Ella, en cambio, insistía en aquellos temas "rebosantes de belleza, candor y cubanía" que dejaron compositores como Sindo Garay, Manuel Corona, Miguel Matamoros, Alberto Villalón, Salvador Adams. Durante más de cuatro décadas no ha dejado de acudir a ese prodigioso legado musical para escoger e interpretar parte del mismo. Su amor por esas canciones ha cristalizado en versiones respetuosas y fieles a su esencia, pero también dotadas con un sello propio que las hace sonar nuevas y distintas a las que hasta entonces conocíamos. El mejor ejemplo de ello es Perla marina, con la cual nos hizo redescubrir esa preciosa joya, una de las muchas creadas por Sindo Garay.

Esa vocación trovadoresca llevó a Miriam Ramos a vincularse a varios de los integrantes de aquel movimiento que fue bautizado como Nueva Trova. Sus magníficas cualidades vocales y su sensibilidad para la buena poesía hicieron que algunos de ellos la privilegiaran como intérprete de temas suyos. Hoy por eso no concebimos en otra voz que no sea la suya Es más, te perdono, de Noel Incola, y Mariposa, de Pedro Luis Ferrer. Menos conocidas, pero de similar calidad, son sus versiones de Esto no es una elegía, de Silvio Rodríguez, Acuérdate de abril, de Amaury Pérez, Si de tanto soñarte, de Lázaro García, Regalo uno y Yo te lo prometo, de Augusto Blanca. Ramos además ha incursionado en la composición, y una muestra de lo que Pablo Milanés llamó "esta faceta sorprendente y desconocida de su arte" aparece en Mis canciones (1981) y Para tu piel (1989).

Estas últimas interpretaciones a las cuales aludo, las pertenecientes a la Nueva Trova, aparecen recogidas en discos propios o ajenos ( Este árbol que sembramos, Carta de provincia, Imágenes, Canciones compartidas), así como en recopilaciones como Antología de la Nueva Trova. Por el contrario, casi no había registros de sus trabajos sobre temas de nuestro cancionero tradicional. Hasta donde he podido verificar, apenas se reducían a dos, Longina, de Manuel Corona, y Entre mares y arenas, de Rosendo Ruiz, incluidos respectivamente en los discos colectivos Mis 50 preferidas y …del agua que bebimos. Conviene que apunte, no obstante, que dedicó un par de proyectos discográficos a recrear las composiciones de tres de grandes creadores: Marta Valdés ( Canción desde otro mundo, 1983), Benny Moré ( Obsesión, 2002) y Bola de Nieve ( Estás conmigo. Homenaje a Bola de Nieve, 1998). Finalmente, Miriam Ramos ha cumplido esa asignatura pendiente en su discografía. Cuarenta años después de su primer recital, en cuyo programa ya figuraba Perla marina, salió al mercado Cantar la trova. Miriam Ramos con Pancho Amat (EGREM, La Habana, 2005), que recibió merecidamente uno de los premios en Cubadisco 2006.

Doce canciones, ocho compositores

La selección hecha por Ramos la componen doce canciones pertenecientes a ocho compositores: Sindo Garay ( ¿Sabes lo que es un beso?, Guarina, Retorna), Miguel Matamoros ( Reclamo místico, Dulce embeleso), Salvador Adams ( Una sublime ilusión), Alberto Villalón ( La ausencia), Luis Cárdenas ( He perdido contigo), Manuel Corona ( Guitarra mía), Oscar Hernández ( Ella y yo), Ignacio Piñeiro ( Las cuatro palomas), además de una de autor anónimo, El colibrí, que hace varios años Silvio Rodríguez rescató y grabó. El criterio que parece haber predominado es el de no recurrir a los títulos que más se conocen, sino en buscar otros igualmente hermosos y representativos de aquella etapa de nuestra música que, al decir de Gastón Baquero, embelleció la vida, valoró el sentimiento, reverenció la ternura. Una vez elegido el repertorio del compacto, Ramos recabó la colaboración de Pancho Amat, uno de los fundadores del grupo Manguaré y actual director del Cabildo del Son. Amat se responsabilizó de la producción, se encargó de los arreglos y compartió con la intérprete la dirección musical.

Para la grabación de Cantar la trova, Pancho Amat optó por el acompañamiento de cinco músicos: William Borrego Rodríguez (percusión menor), Francisco Padrón Jiménez (trompeta), José Francisco Amat Rodríguez (contrabajo), Gilberto Noriega Sosa (percusión), Dayron Ortega Guzmán (guitarra). Él mismo además se unió a ellos y toca el tres en todos los temas y la guitarra en dos de ellos. El apoyo de unos pocos instrumentistas y la voz de Miriam Ramos fueron, pues, los únicos elementos empleados para defender esas doce canciones compuestas varias décadas atrás. Muy poco en realidad, si se piensa en la riqueza de recursos técnicos y humanos con que hoy se suelen realizar la mayor parte de los discos. Pero una vez que se escucha el compacto, uno termina por reconocer: ¿hacía falta algo más?

Por supuesto, a lo anterior hay que agregar que se trata, en primer lugar, de una docena de piezas que han perdurado por el derecho que les conceden la belleza y la calidad que atesoran. Estamos ante la música en su estado más despojado y puro, que además se sostiene en una perfecta conjunción de letra y melodía. Miriam Ramos y Pancho Amat estaban conscientes del auténtico tesoro que tenían en sus manos, y han tratado esas canciones con un profundo respeto y una verdadera veneración. Pero al mismo tiempo se preocuparon por que su trabajo no adquiriese un aire arqueológico o de pieza de museo. Y vaya si lo consiguieron: cuando se escucha Cantar la trova, esos doce temas suenan con tal lozanía y con tanta frescura, que quien no los conozca podría pensar que fueron compuestos especialmente para el compacto.

Ramos vuelve a pisar con seguridad y firmeza en el terreno que es más suyo, aquel en donde se siente como en su propia casa. Sus interpretaciones de esta docena de canciones constituyen todo un derroche de sensibilidad, talento, virtuosismo e inteligencia. Su voz cálida y bien afinada demuestra ser un medio expresivo idóneo para el lirismo y el aliento tierno, melancólico y fino de aquéllas. Como cantante, Ramos posee un conocimiento cabal de sus posibilidades musicales, y eso se traduce en los matices que incorpora, en el respetuoso tratamiento del estilo de cada canción, en la habilidad para destacar el aliento poético de las letras, en el juego con el tempo, detalles todos que siempre incluye en el momento justo. Igualmente valiosa es la aportación de Pancho Amat, quien además de contribuir con unos magníficos y muy profesionales arreglos, arropa maravillosamente a Ramos con su tres.

Muchos elogios, en fin, se pueden decir de este trabajo de Miriam Ramos y Pancho Amat. Me limito, sin embargo, a añadir que Cantar la trova es un disco de factura impecable, en el cual no hay un solo detalle que no se haya cuidado con mimo. No se me escapa, sin embargo, que en esta época nuestra, en la que los valores espirituales se hallan en franco declive y la belleza conoce una de sus horas más bajas, el compacto puede resultar un plato demasiado exquisito para algunos. Me refiero a aquellos que prefieren —y cito una vez más a Gastón Baquero— la murga ruidosa y estridente, el paso de conga, el repicar del bongó. Peor para ellos. Se pierden este maravilloso regalo del cual puede expresarse la frase del comercial de una tarjeta de crédito: priceless.

© cubaencuentro

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