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CON OJOS DE LECTOR

La poesía, señor Pulgarcito…

En 'El rock de la momia y otros versos diversos', Antonio Orlando Rodríguez hace un homenaje a las criaturas que pueblan nuestras más deliciosas pesadillas.

Pese a lo mucho que sobre ello se ha hablado y a los numerosos e irrebatibles ejemplos que lo prueban, aún hay —y no son precisamente unos pocos— quienes siguen considerando la literatura para niños y jóvenes como una especie de literatura inferior, como una especie de subgénero al cual hay que perdonarle su existencia. De acuerdo a ese criterio, de todo punto errado, un poemario escrito para ese público se reduce al compendio de unas cuantas rimas fáciles y tontas, idóneas para entretener a unos lectores que carecen de discernimiento estético y aceptan como bueno todo lo que se les da.

De compartir esa idea (¡líbreme Dios Jehová Nuestro Señor de caer en semejante totomoyez!), me hubiese privado del placer de la lectura de El rock de la momia y otros versos diversos (Alfaguara, Bogotá, 2005, 59 páginas, ilustraciones de Daniel Rabanal), libro con el cual Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, 1956) viene a enriquecer una extensa bibliografía, cuya calidad lo ha situado en un lugar destacado en nuestro actual panorama literario. Retomando lo que al inicio expresé, he aquí un poemario original, divertido, inteligente, que más de un escritor de obras para adultos daría un par de sus dedos por haber firmado.

Lo que Rodríguez realiza en su libro es un admirable y logrado proyecto que hace convivir campos y aspectos que, en principio, no parecían tener mucha afinidad entre sí: las antiguas estrofas poéticas y las manifestaciones más actuales de la música popular, los personajes del cine y la literatura de terror y la vida cotidiana. Lo que lo animó a ello fue el propósito, según sus propias palabras, de rendir "un homenaje a las criaturas que pueblan nuestras más deliciosas pesadillas". Se trata, en efecto, de lo que aparece talentosamente materializado en los quince textos que integran Concierto roquero, la primera de las dos secciones que conforman su libro.

Algunos títulos pueden servir para ilustrar la óptica singular y festiva con la cual Rodríguez se ha acercado a esa terrorífica fauna: Rock del hombre-lobo, Himno de los esqueletos, Balada del jinete sin cabeza, Rock de los espantos espantados. Este último, estructurado como una canción protesta, comienza así: "Si te hacen temblar / los cuentos de espantos, / te diré, en secreto, / que no es para tanto. // La gente se piensa / que en el Otro Mundo / todos los espectros somos furibundos. // Los hay de temer, / no lo he de negar, / pero Aquí hay de todo / al igual que Allá". Y para que vean que es absolutamente cierto que en ese mundo hay de todo como en el nuestro, vean ustedes: en sus andanzas nocturnas, un fantasma pescó un resfriado y ahora se halla en cama con escalofríos; los esqueletos han armado tremenda fiesta, y en el camposanto todo es relajo, bochinche y algarabía; la honorable Asociación de Vampiros ha decidido expulsar al conde Drácula, pues rumores dignos de toda confianza aseguran que se ha vuelto vegetariano y encontró un dentista que le va a sacar los colmillos para ponerle unos postizos; cuando tiene ganas de salir de rumba, la momia no se reprime y lo hace como cualquier jovencito amante de la diversión.

En su homenaje, Rodríguez desmitifica a varios personajes que tradicionalmente figuraron en la nómina de "los monstruos". Los despoja de sus rasgos más terribles y siniestros, al tiempo que, como ilustran los ejemplos anteriores, les asigna atributos similares a los de los seres humanos "normales" (algo parecido ha hecho el cineasta norteamericano Tim Burton en Pesadilla antes de Navidad y La novia cadáver). Y pongo el término entre comillas porque tal parece que hoy esos roles se hubiesen intercambiado, como resulta fácil comprobar con sólo echar una mirada al mundo actual. De ello precisamente se percata la voz poética del antes citado Rock de los espantos espantados: "El mundo de ustedes / nos llena de susto. / Ya casi ni vamos/ pa' evitar disgustos. // Lo que hemos visto / nos ha puesto en shock: / guerras, injusticias, / odio, incomprensión. // (…) Al lado de algunos, / somos corderitos / que no amedrentamos / ni a los más chiquitos. // La fama de monstruos / no hay quien nos la quite. / Pero ¿será justa? / Piénsalo y me dices…".

El rock de la momia… es, pues, un libro fresco, lúdico, divertido, y por eso mismo muy recomendable para perderle el miedo a esos terroríficos personajes. Tan risueña revisión lleva a Rodríguez a descubrir, por ejemplo, las ventajas de estar muerto y ser un esqueleto: "Quedarse sin carne / no es cosa terrible, / pues en puros huesos / uno es más flexible. // No hacen falta dietas / ni bajar de peso, / estás a la moda / sin sufrir por eso. // Te sientes ligero, / no pasas calor / y a la hora del baile / te mueves mejor". Verdaderamente delicioso es el Rock de la Mano Asesina, donde se cuenta como ésta se encontró con un productor que le ofreció convertirla en estrella de su próxima película. Era su gran oportunidad para "ser actriz / y triunfar en China, / tener un palacio / grande y con piscina, / mas era una Mano / muy, muy Asesina, / y siguió matando / sólo por rutina". Y si Pedro Luis Ferrer tiene su Son de la suerte esdrújula, la bruja no ha querido ser menos y compuso un rock con esa misma premisa: "Con mi escoba mágica / no hace falta brújula / pues es tan magnífica / que vuela con música. // Es mi escoba eléctrica / con su vuelo técnico / tremendo vehículo / súbito y frenético".

Una muestra de buen quehacer poético

Pero aparte de recompensar con una lectura entretenida y disfrutable, lo cual es ya muy de agradecer, El rock de la momia… constituye una muestra de buena poesía. Rodríguez despliega un muy buen dominio tanto del lenguaje propio de este género como de la métrica clásica. En este primer bloque de su libro figuran ejemplos de ovillejo, zejel, lay y liras renacentistas, y en el segundo incluye unas letrillas a la manera de Luis de Góngora y unas coplas de pie quebrado. Asimismo emplea versos arte mayor y arte menor, pasa de la rima asonante a la consonante, de poemas más o menos extensos a otros que poseen la brevedad y la sintética belleza de un haiku. Tales formas estróficas, conviene decirlo, suelen prestarse a la superficialidad de lo decorativo, al estimular la creación de textos en donde la expresión se vuelve un elemento adjetivo. No sucede afortunadamente en el caso de Rodríguez, cuyos poemas son flexibles, están liberados de rigideces y corsés y saben acompañar la musicalidad con contenido.

La nota de humor que recorre la sección Concierto roquero se prolonga en varios de los textos de Versos diversos. Me refiero, entre otros, a Los ronquidos de Sergio, Rap del hombre primitivo y El secreto bien guardado. Pero en otros poemas Rodríguez muestra también que es capaz de incorporar registros más líricos, sugerentes y de dicción más sosegada y cálida. En algunas de esas páginas logra además una capacidad de concentración y síntesis, que resulta inusual en alguien que ha frecuentado tan poco el género poético. Véase, por ejemplo, Cariño, que se reduce a estos tres versos: "Matica / que riegan / dos". O este otro poema, titulado Canción, en el cual yo encuentro cierto aire machadiano: "La flor es flor / porque perfuma. // La nube, nube / por su llover. // La luz es luz / porque palpita. // Y todo tiene razón de ser". El resto de los poemas mantiene idéntico nivel literario, y tengo, en fin, la convicción de que El rock de la momia… ha de satisfacer a aquellos lectores, séanlo o no de obras para niños, que valoren los libros por su calidad y su rigor.

En estos tiempos que corren, no son precisamente buenos para la lírica, El rock de la momia… constituye un estupendo instrumento para iniciar a los chavales en el gusto por esa manifestación. El propio Antonio Orlando Rodríguez es coautor, junto con Sergio Andricaín (La Habana, 1956), de otro libro que viene a ser el complemento ideal para su poemario: Escuela y Poesía. ¿Y qué hago con el poema? (Lugar Editorial, Buenos Aires, 2003, 143 páginas). En el mismo, Rodríguez y Andricaín se propusieron ayudar a desterrar el miedo de los docentes a introducir la poesía en el ámbito escolar. Parten de que el papel que le corresponde debe ser un espacio privilegiado. Y respecto a lo que puede aportar a la educación y formación del individuo, afirman: "La poesía, entre todas las artes, es una de las que de manera más efectiva puede contribuir a alcanzar ese objetivo. La poesía nos hace crecer espiritualmente, nos fertiliza, nos dimensiona como seres humanos, humaniza nuestros sentidos. Porque a través de la poesía nos llega, decantada, trasvasada a un recipiente construido con palabras, la experiencia de otros individuos, sus emociones, sensaciones, anhelos y frustraciones".

Rodríguez y Andricaín analizan las tergiversaciones que han provocado que muchos niños y adolescentes reaccionen con desdén ante la poesía. Se refieren luego a la amplitud y variedad de caminos por los cuales transita la expresión poética y sostienen que gracias a ello puede abarcar "distintos temas, distintas formas, capaces de satisfacer las expectativas y las necesidades de distintos niños, de distintas edades, de distintos temperamentos y distintos contextos socioculturales". Además de la poesía folclórica o de tradición oral y la de autor, reivindican manifestaciones como las canciones de cuna, rondas, trabalenguas, adivinanzas, pregones y villancicos. Rechazan también la división de poemas claros o fáciles y poemas oscuros o difíciles, pues en su opinión pueden llevar a esquematismos o a incurrir en estereotipos y preconceptos. Su argumento en este sentido es que, "en caso de hacerlo, se estará conspirando contra el encuentro de los jóvenes lectores con las zonas más líricas (y exigentes) de la poesía".

Señalan como causas del alejamiento de los alumnos de la poesía, la carencia de estímulos en el hogar y lo que denominan la escolarización de la poesía, es decir, el ponerla en función de algún contenido curricular. "¿Estamos estudiando los ríos? Pues entonces 'adornemos' la clase con un poema que trate de los ríos. ¿Vamos a iniciar una unidad sobre la familia? Entonces, echemos mano a unos versos que se refieren a los padres o a los abuelos?". Igualmente critican a los maestros que consideran que la poesía está de más en el aula: "¿Para qué preocuparse por versitos, con tantas cosas importantes a las que debe hacer frente el profesor?". Por último, Rodríguez y Andricaín proporcionan algunas sugerencias y tácticas que se pueden emplear para lograr que la poesía llegue a constituir una presencia cotidiana y amable en el salón de clases. La parte final del libro recoge una pequeña pero muy esmerada selección de textos poéticos para niños, pertenecientes a algunos de los autores más representativos de América Latina.

Quiero concluir con un espíritu optimista y pensar que como aún queda algo de buen gusto y discernimiento crítico, dos libros como Escuela y Poesía. ¿Y qué hago con el poema? y El rock de la momia y otros versos diversos no pasarán inadvertidos.

© cubaencuentro

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