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Actualizado: 17/04/2024 1:24

Crane, Literatura, Literatura estadounidense

La vida del poeta Hart Crane y sus viajes a Cuba

Hart Crane visitó La Habana en varias ocasiones y también Isla de Pinos, donde su familia tenía una finca en la que residía su abuela

La semana pasada terminé de leer Voyager, A Life of Hart Crane, de John Unterecker, Penguin Books Canada Ltd. 1969. Se trata de la biografía del poeta estadounidense Hart Crane (Garretsville, Ohio, 21 de julio, 1899-Océano Atlántico, 27 de abril, 1932).

El libro, de 829 páginas, analiza exhaustivamente y en orden cronológico la vida y obra del poeta.

Harold Hart Crane era hijo único. Su padre, Clarence A. Crane, fue un exitoso hombre de negocios que inventó y comercializó los caramelos Life Savers (salvavidas), y menospreció los deseos del hijo de ser poeta.

Aunque Hart Crane era homosexual, tuvo una relación amorosa con Peggy Baird, esposa del crítico literario Malcolm Cowley.

Hart conoció y trató a varios escritores y artistas de su época: el dramaturgo Eugene O Neill; el escritor Waldo Frank (su amigo y confidente más fiel, a quien llamaba Caro Hermano); los poetas E. E. Cummings, William Carlos Williams y Marianne Moore; y el actor y director cinematográfico Charles Chaplin, a quien dedicó un poema: Chaplinesque.

La vida de Hart Crane estuvo llena de frustraciones y fracasos, como consecuencia de su constante inestabilidad emocional, la escabrosa relación con sus padres, su perenne inhabilidad de procurarse o mantener un empleo y su dependencia de los préstamos de familiares y amigos para subsistir y costear su alcoholismo.

En 1931 obtuvo la beca Guggenheim, lo que le permitió vivir en México por un tiempo.

Sobre la importancia de su obra, copio la opinión del crítico literario R. W. B. Lewis:

«Hart Crane es uno de los principales poetas de la historia literaria estadounidense; a la altura de Eliot, y uno de los mejores del siglo XX.»

Debido a que no todos los lectores estarán interesados en el minucioso análisis de los poemas, ni las circunstancias en que los escribió, ni es posible resumir la vida del poeta en el breve espacio de esta crónica, me limitaré a comentar los pasajes relacionados con Cuba.

Hart Crane visitó La Habana en varias ocasiones y también Isla de Pinos, donde su familia tenía una finca en la que residía su abuela. Dos de esas visitas están ampliamente documentadas en el libro; la más extensa, desde comienzos de mayo hasta finales de octubre de 1926; y la última, una breve escala durante su viaje por mar, de México a Nueva York en 1932.

En 1926, antes de viajar a Isla de Pinos, pasó dos días en La Habana, donde frecuentó hoteles, bares y teatros. Pero la vitalidad de las calles fue lo que más le impresionó: vendedores ambulantes de múltiples productos, billetes de lotería (Hart compró uno) y viajes en taxi por solo veinte centavos. «Esta isla es un Edén. La obscena vitalidad de los trópicos que nunca le dejan (especialmente a un norteño) descansar».

La Habana se convertiría con el tiempo en uno de sus más entrañables recuerdos. En una carta a Waldo Frank, Hart menciona su encuentro en el parque central, a su salida del teatro Alhambra y en camino a su hotel Isla de Cuba, con un marinero cubano llamado Alfredo, y así le comenta a su amigo la aventura romántica con el joven: «He aprendido mucho del amor, cosas que no sabía que existieran». En 1924, durante su estancia en Nueva York, había tenido una relación más intensa y duradera, también con un marinero danés: Emil Opffer.

En Isla de Pinos celebró el azul del cielo, la vista del mar, el aire permeado del aroma de las flores, la exuberante vegetación, los árboles de maderas preciosas, las palmas reales, la abundancia de frutas: naranjas, guayabas, limones, cocos, plátanos, aguacates, papayas, tamarindos. Y los mangos. «Estoy loco con los mangos. Estoy convencido de que el mango y no la manzana fue la verdadera fruta prohibida del Paraíso Terrenal». En todas las cartas que escribió desde la isla, los menciona; en una le propuso a su padre la comercialización y la posibilidad de enviarlos al norte. Y hasta les dedicó un poema: The Mango Tree.

Durante su estancia en Isla de Pinos, Hart decidió aprender español: «el idioma más hermoso del mundo».

En uno de sus viajes a La Habana desde Isla de Pinos le escribió una carta a Waldo Frank al dorso de un menú de LA DIANA, GRAN CAFÉ REPOSTERÍA (ABIERTO TODA LA NOCHE): «Nunca había disfrutado una fiesta de tan exquisitos néctares y comidas».

En la tercera semana de octubre de 1926, un terrible huracán devastó Isla de Pinos. «Siempre permanecerán en mis recuerdos algunos de los actores en este melodramático episodio de destrucción, viento, lluvia, rayos, desesperación y marineros». (Los marineros son una referencia constante en su vida.)

En 1932, durante el viaje de regreso de México a Estados Unidos, con su amante Peggy Baird, el vapor Orizaba en que viajaban hizo escala en La Habana.

Al desembarcar, la pareja acordó que cada uno emplease su tiempo en lo que más le interesara, para al final reunirse en un lugar determinado. Por un malentendido no se encontraron y ambos, por separado, abordaron el barco. Esto produjo un altercado entre ellos que contribuyó, junto con otras razones aún más poderosas, al suicidio de Hart.

El reporte del capitán del Orizaba informó lo siguiente: «El señor Crane se lanzó al mar dos minutos antes de las 12 del día, el miércoles 27 de abril de 1932, a 275 millas al norte de La Habana. Se vio al señor Crane en piyama, caminando hacia la baranda desde donde se lanzó. Se echaron salvavidas al agua, sin que él hiciera intentos de alcanzarlos. Cuatro botes lo buscaron durante dos horas sin hallarlo».

Peggy fue interrogada y atribuyó el suicidio al estado de embriaguez de Hart. Dijo que tenían planeado casarse en Nueva York, cuando ella consiguiera el divorcio de Malcom Cowley.

© cubaencuentro

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