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Actualizado: 19/05/2024 23:18

Literatura, Literatura cubana, García Marruz

Para un primer retrato de Fina García Marruz

Pequeñas memorias no es solo un texto que proviene de otro tiempo, sino también un libro que parece escrito en un idioma que ya casi no existe

La lectura de ciertos libros tiene la indudable virtud de hacernos ir en busca de otros, como si el lector comprendiera que las páginas de varios volúmenes se interconectan, trazando en su mente un cuadro mucho mayor. Así me ha sucedido al leer Pequeñas memorias (El Equilibrista-Universidad Veracruzana, México, 2023; Editorial Huso, Madrid, 2023), el título que se añade a la bibliografía de Fina García Marruz, y que rescata al fin estos párrafos, que su autora firmó cuando apenas tenía 32 años.

Vale apuntar que ella fue la última sobreviviente de los miembros del grupo Orígenes, fundado por Lezama alrededor de la revista que con ese nombre él codirigió junto a José Rodríguez Feo en 1944. Ella, una de las poetas más notables de toda nuestra tradición lírica, y una de las mejores ensayistas de la lengua española, supo de la muerte de todos los que formaron parte de aquellos días, incluido su esposo Cintio Vitier, y permaneció entre nosotros hasta su fallecimiento en 2022, casi a punto de cumplir los cien años. Pequeñas memorias es el primer texto que sale a la luz después de su fallecimiento. Y como puede imaginarse, no es solo un texto que proviene de otro tiempo, sino también, para gusto de los lectores aún hipnotizados ante lo que hoy reconocemos como Orígenes, un libro que parece escrito en un idioma que ya casi no existe.

“No he escrito nada de esto para publicarlo, deseando publicarlo secretamente, al menos más tarde”, asegura la autora como brevísimo preámbulo a estas memorias inconclusas, y de rafagazos dispersos. Parte de su propia poética es coherente con tal idea, ella misma ya había afirmado que quería “escribir con el silencio vivo”. Y también revela que si ha redactado estas páginas ha sido para sentir un poco más cerca a su hermana, Bella García Marruz, quien contrajo matrimonio con Eliseo Diego, otro de los nombres esenciales de Orígenes.

De ese matrimonio con el poeta de En la calzada de Jesús del Monte nacieron tres hijos, y Josefina de Diego, hermana de Lichi y de Rapi, es quien ha salvado estas páginas entre los originales dispersos que ahora ya empiezan a completar la idea que podemos tener de la escritora que fue Fina García Marruz. Siempre huidiza ante las cámaras, distante de los protagonismos, cediendo constantemente sitio a su esposo, Fina era uno de los secretos mejor guardados del mundo que nos legó Orígenes, a ratos a pesar suyo. Este volumen nos la presenta antes de esa revista y ese grupo, en ese tiempo adánico del cual alguna vez habló Lezama, y servirá de retrato puntual a lo que con el tiempo ella, en términos de obra y carácter, terminó convirtiéndose.

Lo que aparece aquí son, más que recuerdos, evocaciones. Fina García Marruz escribe estas “pequeñas memorias” en 1955, a sus 32 años. Para ese momento ya no vive en la casa de Neptuno donde suceden muchas de las anécdotas que aquí se refieren, y la familia ha perdido a varios de los integrantes que ella nos presenta. Su niñez, su adolescencia, su juventud, son episodios en los que siempre parece acompañarla su hermana Bella, y todo llega filtrado por una luz más tenue, más amable de la que tal vez tuvo La Habana real en aquel tiempo.

Primer esbozo de un retrato aún por venir

Un escritor, cuando escribe sus memorias, nos describe más bien su mundo, crea su mundo a partir de aquello que descubrió mediante sensaciones, golpes y hallazgos que no caben en las otras historias. En la literatura cubana, donde las memorias escasean, este volumen es un doble acontecimiento. Porque nos devuelve, como digo, no solo una ciudad a través del tamiz de una mujer tan singular, sino también una noción del propio idioma en el que sobresale el afán por la palabra justa, en pos de describir una revelación, un primer temblor, que el lector de la obra de esta escritora agradecerá de modo infinito.

“¡Qué trabajo cuesta ver las cosas como ellas son realmente! ¿Por qué lo más puro y primigenio, lo que debía estar más cerca de alguien que empieza a abrirse al mundo, nos lleva casi media vida encontrarlo, es lo que descubrimos más tarde. Una vez hallado, sentimos que nada está más cerca de nosotros mismos.”

Eso nos confiesa Fina García Marruz, en una suerte de repaso a esas primeras emociones que la van moldeando, a esos encuentros iniciales que más allá del límite de la familia, van obrando como revelaciones esenciales. Con una prosa que impone su tempo, que procura la imagen más perfilada aunque sin hacer desde ello alarde alguno, Pequeñas memorias es ese primer esbozo de un retrato aún por venir. Como si en el óleo en el cual Fidelio Ponce de León la presentó como esgrimista, pudiéramos distinguir ya con mayor certeza el rostro inequívoco de la escritora que luego ella será.

La familia en sus dos ramas, los personajes pintorescos que la integraron, la madre que se ganaba la vida tocando en los Aires Libres de Prado con una orquesta exclusivamente de mujeres cuando tal cosa era una auténtica novedad, la amargada tía Gloria, el tío que acabó dando tumbos con un circo y volvió a Cuba ya solo para fallecer tras el fracaso de tal empresa, la imagen del padre elevado a una categoría casi sobrenatural pero no por ello menos humanísima, Gastón Baquero y Juan Ramón Jiménez, la entrega al cristianismo… todo eso se entrelaza con gestos más humildes, con epifanías más diáfanas, con el rostro de Augusto de Castro, el amigo que le ayudó a leer a poetas nuevos, o el nombre sonoro de Julio Berenstein, cuyo apellido descubrimos en varias de las fotografías que hizo al propio Gastón Baquero.

Es La Habana donde estos jóvenes se cruzan, sin conocerse apenas, pero de algún modo se intuyen, y se va forjando un destino que los lleva a distintos tipos de fe, poética, literaria o religiosa, hasta anudarlos en un árbol que ya sabemos hoy cuánto nos ha nutrido. Son los días de Clavileño, Espuela de Plata, las primeras revistas. Y de lecturas de primeros poemas, o encuentros a la salida de conferencias o teatros, como en la ocasión inolvidable en que Margarita Xirgu, desde el escenario del hoy derruido Campoamor, anunció al público habanero la confirmación de la muerte de Federico García Lorca.

He leído este libro, en su edición de la Universidad Veracruzana y El Equilibrista, como quien se deja llevar por esa marea que pueden ser las convenciones de la memoria, tratando de encontrar aquí a la escritora de mirada severa y retirada que saludé en algunas ocasiones, cuando acudíamos a otras lecturas y conferencias donde Cintio y ella, según sabíamos, iban a hablar, en ese estricto orden. Si a Fina García Marruz vale conocerla más a través de sus escritos, de lo que ella reveló con una intensidad tan extraña y suya en las páginas que prefirió alcanzarnos, Pequeñas memorias es una aportación de indudable importancia que confirma semejante suposición. Incluso, cuando puede sentirse que ese afán por redibujarlo todo desde un golpe de tanta blancura pueda abrumarnos.

Prosa que anuncia ya la de sus formidables ensayos

En el poema que ella dedicó a Lezama tras su muerte, recuerda que él le dijo: “Escríbame nuestras memorias de Orígenes./ Usted es buena memorialista./ Recuérdeme bajo el balcón de Neptuno,/ con deseos de verlos, y que ustedes me mandaran a pasar.” Esas memorias de Orígenes no llegaron nunca, pero pueden recomponerse a través de diversos fragmentos, interconectando este libro y otros, en una secuencia de fervores, y disidencias y resonancias que también son el mejor legado de ese grupo de autores imprescindibles.

En el caso de Fina García Marruz, como apuntaba al inicio, este es un libro que nos lleva a otros. Deberá leerse Pequeñas memorias como parte de un recorrido que incluya La familia de Orígenes, también suyo. Y en el cual no queden fuera textos tan distintos como De peña pobre, de Cintio Vitier, y por supuesto, Los años de Orígenes de Lorenzo García Vega. En todos ellos, y en la correspondencia de esos escritores y gestores de lo que Orígenes fue, puede establecerse un mapa de afectos, promesas y disentimientos que son también el rostro de esa generación, como señales cariciosas o signos de alerta que nos permitan leerlos, ser ellos hoy, sin caer en las trampas de la edulcoración excesiva ni el sueño trascendentalista que a ratos los embargaba.

La prosa de Fina García Marruz, en algunos pasajes de este volumen de solo 220 páginas, anuncia ya a la de sus formidables ensayos sobre Martí, o su fundamental “Hablar de la poesía”, que es toda una declaración de fe. Baste repasar aquí el capítulo que da cierre al volumen, titulado “La Dicha”, para volver a deslumbrarse. Ahí dice ella: “Cuando Proust (en la memorable página en que se pregunta por la inexplicable dicha que despertara para él al mojar la magdalena en el té) nos dice que la realidad sólo se forma en la memoria, creo que comprendió muy bien la necesidad de ese vacío intermedio para completar un cuerpo glorioso (cuyo oficio quizás solo llene mejor la muerte) así como la incompletez de la experiencia en el tiempo real.” Para cubrir esa incompletez y preservar de lo fugaz aquello que nos ha forjado el carácter, y aún nos anima, es que se escriben páginas como las de estas Pequeñas memorias, con la intención de revelar a un lector enteramente desconocido y acaso improbable, aquello que nos sirve de mejor reflejo.

Ha ido recomponiendo la imagen de su familia

Si en mi primera línea hablaba de cómo se puede ir de un libro a otro, también quiero aprovechar para agradecer a Josefina de Diego el modo en que ha ido recomponiendo la imagen de su familia, a conciencia del valor que varios de sus nombres dieron a nuestra cultura. Ya ha firmado libros como El reino del abuelo, y en fecha más reciente, afanada en que no se pierdan papeles, apuntes, detalles precisos, ha publicado también ¿Y ya no tocan valses de Strauss? (Ediciones Matanzas, 2019) y Un rumor apenas (Ediciones Extramuros, 2019). Todos esos libros forman parte de una genealogía, que debiera complementarse con nuevos análisis críticos, con la edición de nuevos textos y de los manuscritos inéditos, desde la certeza de lo que esos nombres entendieron como un destino que ha de abrirse a nuevas lecturas y relecturas, para que el árbol de Orígenes no deje de seguir extendiendo sus ramas.

Autora de libros raros, en el sentido más útil de la palabra, Fina García Marruz fue la última en abandonarnos. Hacía mucho que no acudía a ningún entierro, porque llegué a hartarme de semejante ritual, y de los gestos (sinceros, tardíos o hipócritas a veces) que los acompañan. Cuando el 27 de junio del 2022 supe que ella había fallecido, rompí esa regla y en medio de lo poco que se sabía sobre su despedida final, me fui a la necrópolis de Colón. Llegué a tiempo para esa despedida. Y unos meses después, otro amigo escritor, gracias a la foto de la tumba donde fue enterrada, pudo localizar la lápida y rendirle también su homenaje a la autora de Visitaciones.

La Fina García Marruz que yo conocí, de la que supe anécdotas tan diversas, ya no era la joven que firmó y “olvidó” estas Pequeñas memorias, que ojalá no tarden en publicarse en Cuba. Pero ahora, tras haberlas leído, creo conocerla mejor. Al fin y al cabo, en la última página de estos párrafos al fin rescatados, ella nos advierte: “Quizás fue necesario ese tiempo oscuro y confuso, en que creíamos no tener ningún pensamiento (verdadera noche de la adolescencia) para que pudieran inscribirse como de soslayo unas pocas cosas reales que todavía nos alegran la humildad de la vida, unos pocos nombres, algún rostro, algunos signos.”

© cubaencuentro

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