Con ojos de lector
Muchos versos, pero poca poesía
Oscar Hijuelos y Lori Marie Carlson compilan una selección de poesía cubana del siglo XX, en la que los autores de la Isla son los grandes ausentes.
Hace pocas semanas salió de la imprenta Burnt Sugar. Caña quemada (Free Press, Nueva Cork-Londres-Toronto-Sydney, 2006, 117 páginas). Lleva como subtítulo Contemporary Cuban Poetry in English and Spanish y sus compiladores son el novelista Oscar Hijuelos y su esposa, la traductora y también escritora Lori Marie Carlson. Como es costumbre en las ediciones norteamericanas, el volumen viene avalado por varios autores, cada uno de los cuales redactó unas breves palabras. Por ejemplo, Raquel Chang-Rodríguez afirma que se trata de "una colección fascinante que junta tanto a escritores de Cuba como a otros que viven en la diáspora". Según Mayra Montero, " Burnt Sugar reúne a un buen número de poetas cubanos esenciales". En la contraportada además se presenta a Hijuelos y a Carlson como "dos de las más importantes autoridades en el tema". Si sumamos todos esos elogios, el lector debería esperar de Burnt Sugar lo mejor. A condición, claro, de que ese lector sea lo suficientemente ingenuo para tomarse en serio esos textos que aparecen en las solapas y contraportadas de los libros, y en los que muchas veces se pone por las nubes a autores que apenas alcanzan a sobrevolar a ras del suelo.
En la nota de los editores que figura al inicio de Burnt Sugar, se expresa que la idea original de "esta ecléctica muestra de la poesía cubana del siglo XX" era incorporar textos pertenecientes a autores cuyo trabajo celebra su esencial cubana, sin importar que se halen en una u otra orilla. En el caso de los que residen o vivieron hasta su muerte en la isla, se encontraron con un problema: las actuales regulaciones del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos prohíben el pago de los derechos, lo cual para la editorial significaba el tener que hacer frente a una buena cantidad de inconvenientes legales y prácticos. Eso hizo que los compiladores renunciaran a incluir los creadores intramuros, renunciando así al concepto de ofrecer un panorama abarcador. Únicamente se salvaron de esa eliminación Emilio Ballagas y Fayad Jamás, cuyos respectivos herederos residen en el extranjero.
El resto de los autores que finalmente fueron incluidos en Burnt Sugar son: Gustavo Pérez Firmat, José Abreu Felippe, Enrique Sacerio-Gari, Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, Pablo Medina, Agustín Acosta, Luis Cartañá, Rafael Catalá, Ángel Cuadra, Eugenio Florit, Orlando Rossardi, Walter de las Casas, Severo Sarduy, Virgil Suárez, Achy Obejas, Sandra M. Castillo, Lissette Méndez, Laura Ymayo Tartakoff, Ruth Behar, Rita Geada, Belkis Cuza Malé, Ricardo Pau-Llosa, Jesús J. Barquet, José Kozer, Lourdes Gil, Pura del Prado, Orlando González Esteva, Uva de Aragón, Adrián Castro, Rita María Martínez, Carolina Hospital, Dionisio D. Martínez, Dolores Prida y Armando Valladares.
Ante un libro como Burnt Sugar lo primero que cabe preguntarse es si, dadas las dificultades surgidas sobre la marcha, debió haberse realizado. Expresado en otros términos, ¿tenía sentido poner en manos del público de habla inglesa (además de los Estados Unidos, el libro se distribuye en Inglaterra, Canadá y Australia) una muestra de nuestra creación poética del siglo pasado, en la cual faltaban varios de sus nombres más significativos? Personalmente opino que no. Prescindir de la presencia de autores como Regino Boti, José Manuel Poveda, Mariano Brull, Rubén Martínez Villena, Nicolás Guillén, Dulce María Loynaz, José Lezama Lima, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Vigilio Piñera, Reina María Rodríguez, Raúl Hernández Novás, es sencillamente un despropósito, un disparate. Me pregunto qué imagen de la calidad y riqueza de la poesía cubana puede hacerse un lector extranjero al que se ha privado del acceso a esos creadores. Se harán, en todo caso, una imagen empobrecida, incompleta, lejana de la real.
Autores cuya ausencia es escandalosa
Puestos ante el dilema de tener que prescindir, por las razones antes expuestas, de una porción sustancial de nuestra producción poética, Hijuelos y Carlson pudieron haber optado por presentar una muestra representativa que se circunscribiera a los creadores del exilio. Pero Burnt Sugar falla también en ese sentido. Al lado de poetas como Kozer, González Esteva, Pérez Firmat, Padilla, Florit y Cuza Malé, entre otros, se ha dado cabida a otros nombres que en realidad no pasan de ser eso que Julio Cortázar bautizó como peotas. No voy a detenerme a especificar quiénes caen en esa categoría, pues los lectores de este diario son ya creciditos, usan pantalones o faldas y salen solos por la noche. Pueden, por tanto, aplicar su criterio y separar por sí solos la paja del heno.
Señalo, en cambio, unos cuantos nombres cuya ausencia en Burnt Sugar es escandalosa. Empiezo, y ahí es nada, por el de Gastón Baquero, al cual hay que agregar los de Juana Rosa Pita, William Moro, Reinaldo García Ramos, Magali Alabau, Armando Álvarez Bravo, Octavio Armand, Amando Fernández, Emilio de Armas, Félix Cruz-Álvarez, Carlos A. Díaz Barrios, Néstor Díaz de Villegas, Félix Lizárraga, Manuel Díaz Martínez, Lorenzo García Vega, Justo Rodríguez Santos, Iraida Iturralde, Julio Miranda, Francisco Morán, Jorge Oliva, Isel Rivero, Roberto Valero, Raúl Rivero… y podría continuar. Varios de ellos residen incluso en Estados Unidos. Entonces, ¿cómo se explica que quienes son presentados como "dos de las más famosas autoridades en el tema" desconocieran sus obras, tal como hace suponer el hecho de que hayan quedado excluidos de Burnt Sugar?
Ignoro, por otro lado, qué utilidad y sentido puede tener para cualquier lector el breve texto introductorio escrito por Hijuelos. No tiene como objetivo proporcionar alguna información, aunque sea elemental y mínima, que sirva para ubicar en su contexto a los autores y a sus obras. El autor de Los reyes del mambo tocan canciones de amor dedica TODO el espacio a hablar… ¡de su mamá! Cuenta que vino a Estados Unidos en 1940, y durante los sesenta años que vivió aquí no olvido ni por un segundo "la gloria y belleza de Cuba" (en español, en el original). Apunta que escribía poemas, algo muy común en la Isla, y reproduce uno de ellos. Agrega que "she loved birds, los pajaritos, that sang in her garden, and often compared herself and her female companions to them, fluttering along in life, coquettishly. Angels and flowers were rife in her poems as well". Comenta que si no le hubiera tomado tantos años y si hubiese podido asistir a la Universidad, "she might have well inmersed herself in the great legacy of Cuban poetry, but this was not posible for her in her time".
Define su ideología y dice que ella "had never been enamored of the Cuban revolution, which had, in effect, shut her off forever from her homeland". Sin embargo, "when she spoke of the Cubans on the island, she never did so with severity; they were «los pobrecitos» —the poor ones— who had been overwhelmed by historical circumstances". Y finaliza así su introducción: "So I like to think of this anthology as something she World have much enjoyed, for it is not about politics, but about voices, other Cuban voices different from her own, but each representing a different aspect of the «diaspora» that we Cubans, born here or there, represent. This is the kind of book that would have surely amazed her". A que se han quedado mudos ante tanta bobería, a que sí.
Poco más merece escribirse sobre este libro lamentable, hecho con tan escaso rigor y tan poco conocimiento del tema. Sólo es de lamentar que una buena oportunidad para divulgar nuestra poesía haya sido tan mal aprovechada. En fin, otra vez será.
© cubaencuentro
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