La izquierda a debate
Un(a) Cuba libre: ¿Hibridación postmoderna del ron y la Coca Cola?
Diálogo con el filósofo y profesor Eduardo Subirats sobre la relación de la izquierda internacional con el castrismo.
Eduardo Subirats (Barcelona, 1947) es hijo de padre español y madre alemana. Es autor de una serie de ensayos sobre teoría de la cultura, crítica del colonialismo, estética de las vanguardias y filosofía moderna. Entre otros: Da vanguarda ao pós-moderno (Sâo Paulo, 1984); Los malos días pasarán (Caracas, 1992); El continente vacío (México, 1995), Linterna Mágica (Madrid, 1997), Culturas virtuales (México, 2001), Una última visión del Paraíso (São Paulo, 2001; México 2004) y Memoria y exilio (Madrid, 2003). Su último título: Viaje al fin del Paraíso, Un ensayo sobre América latina (Madrid, 2005).
Subirats ha sido profesor de filosofía, estética, arquitectura, literatura y teoría de la cultura en las universidades de São Paulo, Caracas, Madrid, México y Princeton; actualmente lo es en New York University.
La entrevista que presentamos a continuación, aborda como tema central la relación de la izquierda internacional con el castrismo.
José Aníbal Campos: En varias ocasiones ha reiterado usted la necesidad de una renovación teórica de la izquierda. Desde el punto de vista práctico, sin embargo, uno de los desfasajes, a mi modo de ver, de cierto sector de la izquierda internacional, se plantea al tratar el tema de Cuba y del líder de la revolución cubana: una parte importante de esa izquierda sigue relacionando antiimperialismo, pacifismo, justicia social, etcétera, con pro-castrismo. ¿No sería necesario también una refocalización de los tópicos de la izquierda hacia un discurso que tenga en cuenta la crítica a las injusticias y a los totalitarismos dondequiera que estos se manifiesten?
Eduardo Subirats: ¿Cuál es su pregunta, el vacío intelectual de una izquierda globalmente volatilizada, o el lugar de la isla de Cuba en la "Historia Universal"? Si lo primero, entonces hay que pensar una larga lista de tareas por hacer, empezando por la propia revisión de su historia y acabando con el genoma humano, y la propaganda corporativa de la posthumanidad y la posthistoria. Si lo segundo, mi respuesta es muy escueta: ninguno. Y eso le llamará la atención porque si hay algo que he percibido en todos los intelectuales cubanos, sean comunistas castristas o sean todo lo contrario, es el convencimiento de que ésta es una isla elegida por Dios para algún destino especial de la historia latinoamericana o mundial.
Esta tesis, brutalmente formulada por Castro cuando recibió la visita del Papa que le prepararon los teólogos brasileños de la liberación, es simplemente una falacia. La historia cubana es una larga serie de desastres y fracasos, empezando por el genocidio constituyente de todos sus habitantes "indios", pasando por los "campos de reconcentraciones" de "negros" tres siglos más tarde, para acabar en esta danza macabra a la que asistimos hoy. Conclusión: el problema no es Cuba, sino esa izquierda…
J. A. C.: Ya sé que el vacío intelectual es única y exclusivamente de la izquierda, creo que está planteado de manera implícita en mi pregunta. Y en efecto, también hay cierta tendencia al "ombliguismo" en la idiosincrasia del cubano. Pero ello se manifiesta incluso en el carácter de mis compatriotas (de los cuales no me excluyo), se manifiesta a un nivel doméstico, cotidiano. Es casi un problema "etno-genético".
Desde el punto de vista político, sin embargo, se pone de manifiesto de una forma muy marcada en la narración teleológica de la historia que ha urdido la maquinaria ideológica del castrismo: todo en la historia de Cuba habría sucedido para "cristalizar en la Revolución"; y por su parte, ésta es sólo el inicio de una revolución a nivel mundial, la cual, a su vez, se consumaría en una sociedad comunista global.
Ante el fracaso de esos delirios globalizadores comunistas, en Cuba se ha recurrido de nuevo a un discurso cada vez más nacionalista, y en los últimos años, latinoamericanista. En el fondo, claro está, se trata de oportunismo puro y duro. Pero no es menos cierto que el protagonismo de Castro, aparte del que se atribuye él mismo como "buen cubano" (y por una tendencia psicológica personal a la megalomanía exacerbada), se lo han otorgado en no pocos casos esos sectores de la izquierda cada vez más desprovistos de ideas. ¿Por qué cree usted que a pesar de esa "danza macabra" que estamos presenciando desde hace ya algún tiempo, una parte de esa izquierda sigue recurriendo a la revolución cubana para legitimarse?
E. S.: Yo no le sé. Hay un proverbio yidish que dice que contra la estulticia los dioses lucharon en vano. Por otra parte, esa izquierda en la que usted se obstina, no existe, es un fantasma de la historia. ¿Que diría usted, si fuera un intelectual de derechas inteligente, de otro intelectual de derechas no tan inteligente que reivindicara a Franco o Pinochet? ¡Hablar del frío que hace en invierno y del calor que hace en verano! Los problemas de América Latina están en otra parte. Y las soluciones también.
J. A. C.: Entiendo. Sólo que, en nuestra época, incluso una charla climatológica de tal corte pleonástico debería desembocar —si yo fuera un intelectual de derechas inteligente y responsable— en el recalentamiento de la atmósfera, en la capa de ozono, en la contaminación despiadada del medio ambiente, en la producción industrial de países grandes y pequeños, en la fe desmedida en un progreso mal entendido, en el consumo, en la ambición, en el poder, y un largo etcétera.
Todo eso a pesar de —o precisamente debido a— la escasa inteligencia de mi supuesto correligionario. Veo que en su comentario está implícita la existencia de una derecha, ¿podría explicar entonces por qué la izquierda "no existe", por qué es un "fantasma de la historia"?
E. S.: El siglo XXI plantea una serie de dilemas de gran gravedad que no existían en el pasado. No, no me refiero a la "guerra contra el terrorismo". Esta es precisamente la sangrienta mascarada que la administración norteamericana ha creado para ocultarse los problemas reales que ha generado el colonialismo neoliberal, así también llamada globalización.
El numero 1 de estos problemas es ecológico y biológico. Ahí tiene los primeros efectos del calentamiento industrial de la atmósfera: los huracanes del Caribe este año. Ahí tiene las zonas de desertización en África y América latina con los consiguientes problemas migratorios. El segundo gran dilema es la expansión de una pobreza letal en el Tercer Mundo y todos los problemas, desde las epidemias hasta la violencia que genera. Un subproducto de esta situación catastrófica en amplias zonas rurales es el crecimiento exponencial y destructivo de las megalópolis.
Y mencionaré un último problema que es político: la democracia es hoy en estos países del Tercer Mundo, y en América en particular, una solución limitada por dos razones fundamentales: las grandes decisiones políticas se toman desde las corporaciones transnacionales, a menudo mucho más fuertes que los Estados, y que incluso, como sucede en Colombia, Irak y en países de África, cuentan con sus propios ejércitos privados.
La democracia es asimismo impotente frente al fenómeno de una pobreza masiva, que en países como India o Brasil cuenta con decenas de millones de desamparados. La "izquierda", si bajo esta palabra queremos denominar un pensamiento político organizado y socialmente responsable, no plantea ni uno solo de estos problemas en un plano global y teórico que sea consistente, que sea comprensible y que sea capaz de trazar una agenda de tareas inmediatas encaminadas a corregir este proceso fatal.
La izquierda realmente existente practica en lo fundamental las mismas políticas espectaculares y cortas de vista que en la derecha que representa a las corporaciones ya damos por supuesta: estrategias de imagen, reivindicaciones puntuales que no afectan a conjuntos sociales e históricos más amplios, retóricas populistas vacías y en muchos casos una pugna por el poder como fin en sí mismo. El papel del intelectual es en este contexto altamente importante, pero el intelectual se ha convertido también en otro fantasma.
J. A. C.: Permítame apuntar algo a su respuesta. La visión de un mundo abocado a un Apocalipsis del que únicamente es culpable el neoliberalismo capitalista, sólo en parte real, es una coartada perfecta para quienes, desde una misma filosofía de dominación (ya sea el dominio de los recursos naturales, de la mano de obra o de las conciencias de los hombres), sólo pueden aplicar las mismas políticas a una menor escala.
Al no poder aplicar sus delirios dominadores a nivel mundial, se lo hacen sentir a sus propios pueblos. Un ejemplo histórico es el de la Conquista española: a pesar del exterminio causado por ésta, a pesar de las consecuencias de la colonización, estoy convencido de que los auténticos desastres causados por la Conquista no son mayores que los que han provocado los gobiernos autóctonos en América Latina. Y no sólo se trata de la alianza de estas élites nativas con el gran capital. El ejemplo de Cuba demuestra a las claras como un gobierno nacionalista, con un poder absoluto sobre los medios de producción nacionales, puede destruir una nación.
E. S.: Si me lo permite, le interrumpo un instante. Los enunciados: la "independencia fue tan genocida como la colonia" o "el comunismo es tan destructivo como el neo-liberalismo", no me parecen correctos porque plantean como opuestos términos que no lo son. Parto de la premisa de que la independencia latinoamericana no fue una independencia, sino una continuación del colonialismo por otros medios, y el comunismo ha sido un capitalismo dictatorial con efectos devastadores. Una de las cosas que debe aprender la nueva teoría crítica, o si lo quiere así una virtual nueva izquierda, es esta continuidad, debe arrancar de esta continuidad para poder entender el presente histórico.
J. A. C.: En un artículo suyo ("Las estrellas literarias, clérigos, el intelectual"), usted hace un llamado a "recuperar el valor humano de las palabras y la restauración de una vida dañada", de todo lo cual infiero que confía usted aún en el papel del intelectual como "desperezador" de conciencias, como conciencia crítica de las sociedades actuales.
Su respuesta de ahora, en cambio, destila un escepticismo paralizador, lo cual veo como una paradoja difícil de comprender. Estoy de acuerdo en que, en muchos sentidos, el intelectual se ha volatilizado, se ha convertido en un fantasma, en un "clérigo de ideas institucionalizadas", o en un "torremarfilista" dedicado a extensas y aburridas charlas bizantinas.
Pero eso no sólo ocurre en el mal llamado primer mundo, donde todavía un intelectual puede sentirse a salvo en su crítica políticamente correcta desde el sillón de una cátedra universitaria, sino también en países del Tercer Mundo, donde el intelectual se "fantasmiza" en un sentido aún mucho más literal, hablando la voz impuesta desde el poder, como el muñeco de un ventrílocuo, ya sea por mero servilismo, por desidia, por codicia o por salvar el pellejo.
Algunos de los males de este siglo XXI que usted acertadamente enumera en su respuesta, podrían aparecer perfectamente en el repertorio retórico de cualquier pequeño déspota tercermundista que busca instrumentalizarlos en aras de satisfacer sus apetencias de poder a menor escala. ¿Qué alternativas ve usted concretamente para un planteamiento menos ambiguo que abra el camino a posibles soluciones?
E. S.: Intelectuales: soy crítico con respecto a lo que sucede en el mundo intelectual a mi alrededor. En dos palabras: lo que sucede en un extremo al profesor corporativo o estatal (literalmente acorralado por la burocracia en todos los sentidos imaginables), y en el otro en la industria cultural (donde tanto vendes tanto vales, con un mercado que de todos modos está trucado).
Soy crítico, en la medida de mis capacidades, conmigo mismo. Y no vamos a hablar de esto. Pero creo firmemente que el intelectual tiene hoy una importantísima tarea que asumir y no hacerlo implica una cobardía de su parte, una traición a sí mismo. Y no estoy hablando de irse al monte con el fusil al hombro, sino construir un análisis ejemplar y un discurso responsable.
Lo que me cuenta de mi artículo sobre el intelectual en el mundo contemporáneo, es decir, que lo publicaron en Cuba, no lo sabía. Mire, me lo censuró El País, de Madrid, El Nacional, de Caracas, y Página 12, de Argentina, La Jornada, de México, lo publicó y su directora, a quien no conozco, me felicitó electrónicamente. Y que yo sepa, lo va a publicar una revista de poesía en México.
Este es el panorama común y corriente cuando alguien desde los márgenes del poder administrativo sobre la cultura envía un artículo, crítico en unos aspectos y afirmativo en el otro. Pero para mí, el problema no reside en saber por qué el funcionario que dirige las páginas de El País, o el periodista de Página 12 me lo censure, y la desconocida periodista de México lo aplauda.
Jamás entenderé en qué basan estas decisiones y a menudo sospecho que son puras cuestiones personales. En cualquier caso, la cuestión no reside ahí. La cuestión reside en que tanto da publicarlas o que sean censuradas: estas críticas se las lleva el viento.
La cuestión reside en organizar esta teoría crítica en un sentido conceptual y en un sentido social. Y no lo planteo como alternativa, lo planteo como necesidad de supervivencia intelectual. No solamente es preciso construir una teoría crítica a la altura de los tiempos. También es necesario organizar sus canales de comunicación independientes. Crear una tradición intelectual crítica en un mundo cultural hispánico donde tradicionalmente ha sido barrida por funcionarios e inquisidores.
J. A. C.: En ese sentido, en el que usted enunciaba de "recuperar el valor de la palabra", radica a mi juicio una de las principales responsabilidades del intelectual de estos tiempos. Eso lo comparto con usted. La clase política, sea del color que sea, al igual que determinados movimientos opositores aparentemente al margen, sigue ocultándose detrás de ese esquema maniqueo de "buenos" y "malos", de "izquierdas" y "derechas", etcétera.
El mundo de la política es, como se dice en alemán, eine Welt für sich (un mundo aparte). La política actual se ha convertido en una especie de espectáculo deportivo con rivales que en el fondo se abrazan y dan palmaditas en los vestuarios. El fin último es el espectáculo que ofrecen. Uno de los principales medios de dominación es el monopolio sobre la palabra. Para ello, la clase política adopta el lenguaje prefabricado que se ajusta a sus intereses y responde al cliché a partir del cual construye su puesta en escena.
Esto sucede así, sobre todo, en los países donde rige la democracia tradicional. Y sucede también, de una manera aún más terrible, en los países donde gobiernan dictaduras, que en la actualidad son casi siempre países pobres y pequeños. Sólo que en estos últimos la oposición es desaparecida (a veces literalmente) del mapa: es acosada, expulsada al exilio, encarcelada, torturada y asesinada.
Y permítame ahora, a riesgo de pecar de "ombliguista", que vuelva al caso de Cuba, que es el que mejor conozco, y porque es también algo que, sacado de su contexto, vale para definir un tanto lo que sucede en general en el mundo de la "alta política": un amigo me dijo una vez que Cuba era la víctima de un acuerdo tácito entre el gobierno pseudocomunista de La Habana y el gobierno pseudodemócrata de Washington. La conclusión me parece acertada: ambas clases políticas se necesitan…
E. S.: Disculpe que le interrumpa de nuevo, pero usted salta siempre con la mayor alegría de una cosa a otra. Y una cosa es el espectáculo postmoderno y otra el concepto de dictadura de Valle Inclán ( Tirano Banderas) y sus sucesivas expresiones desde Porfirio Díaz a Trujillo y a Castro, guardando las diferencias históricas que las distinguen. Voy al tema del espectáculo. Luego regresaremos a su isla.
En 1967, Guy Debord, el fundador de la Internationale Situationiste, uno de los grupos intelectuales y políticos más innovadores y revolucionarios (y pequeños) de la Europa de los sesenta, creó una categoría central: la "sociedad del espectáculo". No voy a dar ahora una clase sobre este concepto. En los ochenta, yo mismo escribí La cultura como espectáculo, a renglón seguido del libro de Debord y contra el conservadurismo posmodernista que en aquel momento comenzaba a hacer furor (yo mismo colaboré con los situacionistas en los sesenta e intenté formar su sección ibérica, aunque todo acabó en un par de reuniones y luego la IS se disolvió).
Básicamente, lo que formuló Debord por primera vez fue la consecuencia de la colonización integral de la existencia humana, y sus expresiones espirituales y culturales por la lógica de la mercancía y su potencia transfiguradora de lo real. Es decir, lo que luego aplaudieron los Lyotards y Jamesons, y los Baudrillards y los Huyssens, y todo la farándula académica de los gringos y toda la mediocridad europea que les ha seguido la corriente…
Hoy asistimos a la consecuencia última de esta borrachera de virtualidades y camuflajes: guerras, 800 millones de humanos muriéndose de hambre, destrucción ecológica a escala apocalíptica y proyectos de guerras nucleares para el futuro, de colonización biológica de la naturaleza a escala global y grandes mega-empresas terroríficas que entrañan la devastación terminal de grandes regiones como el Amazonas, con plena indiferencia a su coste humano…
Y coronando el horizonte: la afasia de los intelectuales. Yo estoy en Estados Unidos, y en Estados Unidos, durante estos cinco años, nadie ha abierto la boca frente a los estrategias genocidas como las de Colombia, el uso de armas prohibidas y criminales como el uranio empobrecido en Irak, Afganistán y Kosovo, la implementación de la desaparición, la tortura y el crimen político abierto, y un largo etcétera.
Y está claro que los intelectuales callan la boca porque tienen miedo (estamos vigilados democráticamente), pero también porque no tienen categorías a partir de las cuales puedan hablar. ¿Cómo van a criticar el nuevo totalitarismo como sistema de la virtualidad despótica si han cacareado durante dos décadas que la virtualidad era delirante, divertida y liberadora? ¿Criticarán a Bush por sus estrategias deconstruccionistas en Irak?¿Abrirán la boca sobre el plan genocida llamado Colombia si desde la perspectiva subalterna y postcolonialista tal tema es irrelevante?
Esta es la situación con la que nos enfrentamos hoy. Y esa academia tiene una capacidad de censura infinita. Por eso digo: hay que empezar por recuperar el aliento, el ánimo, la voluntad y la palabra. Es decir: restablecer la crítica, reinventar las tradiciones y los vínculos intelectuales de crítica que la generación postmoderna ha destruido.
Y ahora encerrémonos por un instante en su isla y aislémonos del mundo. Dice usted que "Cuba era la víctima de un acuerdo tácito entre el gobierno pseudocomunista de La Habana…". Bien, muy bien… Y luego añade: "Washington necesita el fantasma de Cuba cada cuatro años para obtener votos electorales en la Florida; La Habana necesita la amenaza de agresión americana cada semana para justificar su absoluta ineficiencia y dar legitimidad al Estado de sitio contra la opinión pública interna. Recuperar el valor de la palabra significa para mí también enunciar estas cosas, debatirlas, buscar, como usted plantea, los canales independientes para comunicarse".
Le contaré un chiste. En el capitalismo, cuando uno compra una botella de whisky, se traga toda la propaganda que acompaña su valor mercantil; en el sistema soviético, cuando alguien se tragaba la propaganda política, le regalaban un boleto para adquirir una botella de vodka en el economato del apparatchik. Cambie whisky por ron y estamos en Cuba.
Pero ese chiste ya no tiene gracia alguna porque el sistema se ha descompuesto. Castro es un garabato de lechuza, como decía Valle Inclán. Y su crítica contemporánea está ya hecha, la realizó Augusto Roa Bastos en una de las novelas latinoamericanas más importantes del siglo XX: Yo, el supremo.
Le leo una cita de este libro: "La llama de la Revolución se había apagado en ti, seguiste engañando…, con la astucia más ruin y perversa, la de la enfermedad… enfermo de ambición y de orgullo, de cobardía y de miedo… Entronizada en la tramoya del Poder Absoluto, la Suprema Persona construye su propio patíbulo. Es ahorcada con la cuerda que sus manos hilaron. Deus ex machina. Farsa. Parodia. Pipirijaina del Supremo Payaso…".
De todos modos, le recuerdo que Roa Bastos no se refiere a Castro, sino al Dr. Francia. Con lo cual quiero subrayar otra cosa: la necesidad de ver a Castro, Trujillo o Pinochet, etcétera, desde el punto de vista histórico del colonialismo hispánico, por un lado, y anglosajón y transnacional o global sobre América latina desde la época de la llamada "independencia", por otro.
El Dr. Francia es el dictador que reúne ambas desgracias en su persona. Subrayo entre paréntesis que el aislamiento de los fenómenos históricos en cualquiera de las "islas de la diferencia" en que la lógica de los bancos mundiales y de la teoría "subalterna" los encierra, es un procedimiento a-crítico, intelectualmente falsificador e históricamente irresponsable (el último grito del neocolonialismo con rostro de izquierdas).
Y para volver a mi chiste. No solamente se trata de un chiste de segunda mano (es de R. Vaneiguem) y de un mal chiste. Además está desfasado porque el problema de Cuba no se encierra en esa botella de ron. El futuro próximo de Cuba está en la "hibridación" (como reza el fascismo de la raza cósmica de Vasconcelos en su revisión cancliniana), el futuro es el mestizaje postmoderno de ese ron con la Coca Cola, y su entrada en el mercado libre corporativamente controlado.
En otras palabras, el problema es el espectáculo de mañana: la Cuba libre. Toda crítica del presente que ignore al déjà vu de las transiciones postcomunistas a un capitalismo violento y salvaje, es corta de vista, por no decir completamente ciega. Si la entrevista tiene a Cuba libre por tema, aquí acabamos, no tengo más que decir.
J. A. C.: Para mí esta conversación está resultando muy reveladora. Creo, como usted, que en vista de que el objeto principal de la misma (dejado bien claro desde el principio cuando se la propuse) era Cuba, y veo que el tema se le resiste y estaba agotado para usted desde su primera respuesta, lo mejor será que la dejemos aquí.
De todos modos, al igual que le sucede a usted, no entiendo muy bien algunas contradicciones que se revelan de sus planteamientos. En una interrupción anterior me acotaba que no se contrapusieran términos como colonialismo-independencia-neocolonialismo cuando se tratara de los males que esos distintos sistemas políticos han traído a los países pobres, en especial en América Latina.
Allí dice usted: "Los enunciados: 'la independencia fue tan genocida como la colonia' o 'el comunismo es tan destructivo como el neo-liberalismo' no me parecen correctos porque plantean como opuestos términos que no lo son".
Sin embargo, al hablar de dictadores, sí que está usted a favor de una diferenciación, y termina la hábilmente insertada cita de Yo, el supremo (de un Roa Bastos genial como escritor y ciego políticamente, ya que era un furibundo admirador de Fidel Castro, quien le concedió órdenes y condecoraciones), diciendo que se trata del Dr. Francia, no de Castro o de Pinochet, cuando precisamente el valor de los modelos literarios está por encima de toda concretización histórica.
E. S.: La continuidad histórica de un proceso, como el de la colonización de América Latina, no significa que no pueda y no deba diferenciarse. Ciertamente, Cortés no era un burócrata del Fondo Monetario Internacional. Y Castro tampoco es Pinochet, aunque ambos formen parte de las familias de tiranosbanderas. Esta diferencia es fundamental por más que su figura actual y el sistema de Cuba sea una aberración.
La diferencia fundamental es que Castro llegó al poder como resultado de una revolución popular y anticolonial, mientras que Pinochet era un agente de ese imperialismo colonial. La segunda diferencia capital es externa a la voluntad de Castro y de sus colaboradores, y es exterior a la Isla: es la fatal inserción de la revolución cubana en la lógica de la Guerra Fría, y es estar del otro bando de dictadores como Pinochet, Videla, Geisel, etcétera.
Usted cuenta, por otra parte, que Roa Bastos estuvo del lado de Castro… En efecto, toda América Latina estuvo en los sesenta y setenta al lado de la Revolución cubana, fue fabulosa la energía que despertó esa revolución en América y en el mundo. A muchos, la nostalgia por la alegría de esa era todavía les dura, eso ya depende de las debilidades de las personas cuando se vuelven ancianas.
Sí, la revolución fracasó, todas las revoluciones del siglo XX han fracasado de una forma u otra, y aquellas que llegaron a ser victoriosas por un período largo, como en Rusia, en México o en China, han creado sistemas políticos monstruosos, un sangriento exilio, campos de concentración, y han dejado enormes heridas. Pero sus sueños de libertad seguirán vivos.
J. A. C.: Entiendo también su preocupación relativa al futuro de Cuba, ya que nos atañe —y mucho más de cerca— a los intelectuales cubanos que deseamos un futuro menos traumático para esa isla. Pero no me parece lo más acertado ofrecer visiones tenebrosas y desalentadoras para un futuro todavía hipotético, callando o descalificando como "ombliguismo" los problemas concretos del presente de uno de los países de América Latina, que, en primer lugar, era el tema anunciado de esta entrevista, y que además, quiéralo usted o no, ha sido invocado e instrumentalizado por casi todos los movimientos de izquierda de las últimas décadas.
Ese "garabato de lechuza" al que usted alude, sigue siendo aplaudido, sobre todo porque continúa camuflando su apetito de poder tras una retórica que se pronuncia de una manera ambigua, que defiende la generalización en algunos casos y se escandaliza cuando se intenta desmontar ese camuflaje verbal y se hace una legítima comparación estructural entre dictadores distintos, por ejemplo.
La metáfora de la Coca-Cola con ron me parece oportuna, aunque quizás por una razón distinta: fue símbolo de la independencia de España, ha sido en los sesenta y setenta el aclamado brebaje del "turismo de izquierdas" a la isla del Caribe, llena de fogosas mulatas y fogosos mulatos revolucionarios, y es hoy un símbolo de la "dolarización socialista" del país, algo que ha trascendido las fronteras de agua nacionales y se ha transformado en el "cubata" del "buen rollo" español, que también beben para enajenarse grupos que se autoproclaman "alternativos" y acuden eufóricos a la orgía del consumo con una imagen del Che Guevara en una camiseta.
De todos modos, creo que sus valoraciones pueden servir de ayuda a despejar en algo el auténticamente sombrío panorama del mundo, por eso le agradezco mucho esta conversación.
© cubaencuentro
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