Ir al menú | Ir al contenido



Con ojos de lector

Una voz entonces no escuchada

Hace 35 años, Tania Díaz Castro rompió con 'Todos me van a tener que oír' el estilo recatado e intimista de cierta poesía femenina.

En el tramo final de la década de los sesenta, aparecieron varios libros que denotaban la exploración y la apertura hacia nuevos caminos estilísticos y temáticos de nuestra poesía. Eran, sin embargo, años convulsos en los que ya empezaban a producirse los primeros brotes de la política cultural que se impondría como norma en la nefasta y tenebrosa década de los setenta. Algunos de esos poemarios a los cuales me refiero llegaban avalados por el espaldarazo de un premio, como fueron los casos de Fuera del juego (Premio UNEAC 1968), de Heberto Padilla, y Lenguaje de mudos (Premio David 1968), de Delfín Prats. El primero de esos títulos circuló, aunque de manera restringida, debido al escándalo que suscitó la protesta de la misma institución que convocaba el concurso. El segundo, en cambio, llegó a ir a la imprenta, pero la tirada fue destruida antes de que llegase a las librerías. Igual destino corrió Juego de damas, con el cual Belkis Cuza Malé había obtenido una mención en el Premio UNEAC 1967.

En esa lista también se incluye Todos me van a tener que oír (1970), de Tania Díaz Castro (Camajuaní, 1939). Su autora se había dado a conocer algunos años antes con Apuntes para el tiempo, que se publicó en 1964 bajo el sello de las Ediciones R. Asimismo formó parte de la antología 5 poetas jóvenes (1965), en la que comparte espacio con Félix Conteras, Rolen Hernández, Iván Gerardo Campanioni y José Luis Rubins. Su segundo poemario fue editado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en su colección Cuadernos. El diseño lo firma el fallecido Darío Mora, y la portada es de Jesús de Armas. Para realizarla, éste tomó algunas figuras femeninas del cuadro El baño turco, del pintor Jean Dominique Ingres. Según se precisa en el colofón, Todos me van a tener que oír se terminó de imprimir en octubre de 1970, y la tirada fue de 4 mil ejemplares.

En la contraportada de la edición figura un texto en el cual se hace evidente esa búsqueda de una nueva escritura poética a la cual antes me referí. Copio a continuación, por considerarlas muy acertadas, esas palabras anónimas: "Este libro intenta romper convencionalismos ceñidores, ideas establecidas, poner el sol sobre la mesa donde está sentado nuestro binomio familia-sociedad. Hay en él absurdo, grotesco, neurosis, tremendismo. Aquí el modo expresivo de Tania Díaz Castro es violento, crudo, sincero. Narra vehementemente la vida interior de una mujer de este tiempo, quebrando así el lenguaje recatado característico de cierta poesía 'femenina'. Entra a estas páginas, reiteradamente, el amor —desnudo, elemental— y la autora lo grita para que todos la tengan que oír".

Algunas de las características que allí se señalan están presentes en el texto que abre el libro, y del cual éste toma prestado el título: "un día me voy a transformar/ en un pomo recto de boca ancha pero sin tapa/ un día de éstos confundo a las mariposas/ con los murciélagos/ un día venzo al sol y te lo pongo/ sobre la mesa con el pan a ver cuál es su sabor/ a ver si es amarillo es candela o qué carajo/ y te indigestas/ (…) un día de éstos me convierto en piedras/ y digo a romper cristales de todas las farmacias/ y desaparezco porque no estoy de acuerdo/ con muchas cosas/ un día tú verás que comienzo a escribir poesía/ y todos me van a tener que oír". Hay, como se puede apreciar, una voluntad rupturista, un empeño en no decir las cosas como se esperaba entonces (recuerdo que se trata de un poemario escrito hace treinta y cinco años) que las dijera una mujer. Al tono intimista y comedido, Díaz Castro opone el grito, el discurso en voz alta; al lenguaje delicado y bello, el habla bronca de la calle, las frases hechas, las palabrotas.

Ese desmarque con el discurso poético que hasta entonces dominaba se evidencia, en primer término, en el tono, en el estilo desacralizador con el que Díaz Castro se acerca a motivos antes tratados en la poesía escrita por mujeres. En "soledad impertinente" (en todo el poemario la autora no utiliza las mayúsculas), la noche "se tiende igual que un sapo de ojos abiertos", y las estrellas son un "tropel de prostitutas". El sujeto poético extiende esa mirada sarcástica, irreverente y un tanto escéptica a los seres humanos, y sus observaciones cristalizan en textos como éste: "vaya con esta cosa que se transforma en bestia/ babea patea mea perjura/ se transforma en monstruo/ tiene ideas suicidas y asesinas/ sin embargo parece ser un hombre".

Díaz Castro dedica además páginas al estornudo, el bostezo, el hipo, la carcajada, que eran insólitos en el repertorio temático de la poesía cubana de esos años (aún hoy siguen siendo poco usuales). Esos y otros asuntos la emparientan con un autor como Virgilio Piñera, a quien no por casualidad está dedicado uno de los buenos textos de Todos me van a tener que oír, "un asunto que quiero tratar con ustedes". Está construido a partir de una estructura narrativa, y bien pudo ser una historia surgida de la imaginación del autor de Presiones y diamantes. La voz poética cuenta en primera persona —y empleo ese verbo porque es el más exacto— cómo pidió a un viejo enterrador que le regalara un cráneo, y luego las peripecias que vive en una guagua, en la cual viaja con aquella calavera envuelta en papel de periódico. Es, insisto, un buen poema, que transita por una vertiente temática y un estilo que nuestros escritores han frecuentado más bien poco. Un detalle anecdótico: en el poema, se menciona en dos ocasiones El país de Ofelia, título de un poemario de Manuel Díaz Martínez. La primera vez que aparece va seguido de un asterisco, que obviamente remitiría a una nota donde eso se aclaraba. Mas el duende travieso de las erratas hizo que el linotipista olvidara copiar ese breve texto.

En Todos me van a tener que oír hay, como se puede apreciar, una dosis abundante de tremendismo, humor negro, absurdo, así como un despliegue imaginístico que se nutre en el surrealismo ("tengo una parada en la mejilla izquierda", "¿para qué grito si duermen los espejos?", "que te voy a sacar por los pelos del silencio"). Eso constituye lo que pudiéramos llamar el aspecto más notorio, por lo llamativo y teatral, que se retiene del libro. No es, sin embargo, la apreciación más justa de un poemario en el cual Díaz Castro ensaya otros registros y aborda otras temáticas. La que se expresa en esos textos es una voz poética que habla de su profunda soledad y de su tremenda necesidad de amor. Que se empapa además del magma de la vida, del acontecer cotidiano. En el poemario abundan asimismo las páginas dedicadas a los seres más queridos (la abuela, el hermano, la hija, la perra china), y hay homenajes a figuras como el poeta Manuel Navarro Luna. Son piezas en las que Tania Díaz Castro adopta una orquestación más suave, y que revelan a una voz poética maternal, tierna, sensible, que es la que domina a lo largo del bloque titulado Otros asuntos.

Todos me van a tener que oír marcó una inflexión decisiva en la hasta entonces breve obra de Tania Díaz Castro. La reveló además como una voz original, solitaria y cuya trayectoria posterior merecía ser seguida con atención. Mas su libro irrumpió en un momento poco oportuno para novedades literarias, y tuvo como caja de resonancia el silencio. La propia autora fue víctima después de la siniestra maquinaria represiva que se puso en marcha a partir de 1971, y fue confinada a la marginación y el ostracismo. Una amplia selección de aquel poemario fue rescatada en 1990 por Belkis Cuza Malé, en una edición bilingüe que incluye su traducción al inglés, Everyone Hill have to listen (Ediciones Ellas/ Linden Lane Press). No fue hasta 1996 cuando vino a publicarse en la Isla un nuevo poemario de Díaz Castro, Flores amarillas cortadas al anochecer. Tras esa demorada recuperación, la escritora ha reingresado en las listas negras, al sumarse a las actividades de los grupos disidentes y el periodismo independiente. Le toca asistir así a su segunda muerte civil, lo cual, por fortuna, no significa la de su obra publicada ni la de quienes tenemos la suerte de poder seguir leyéndola.

© cubaencuentro

En esta sección

Perfil de una valiosa ejecutoria

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 22/04/2022


«Un mariachi viejo», fragmento

Félix Luis Viera , Miami | 22/04/2022

Comentarios


Con pasado y sin futuro

Roberto Madrigal , Cincinnati | 15/04/2022

Comentarios


La niebla de Miladis Hernández Acosta

Félix Luis Viera , Miami | 11/04/2022

Comentarios


Fornet a medias

Alejandro Armengol , Miami | 08/04/2022

Comentarios


Mujeres detrás de la cámara (II)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 08/04/2022


Juegos peligrosos

Roberto Madrigal , Cincinnati | 08/04/2022

Comentarios




Mujeres detrás de la cámara (I)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 01/04/2022


La prisión del «Moro» Sambra

Félix Luis Viera , Miami | 25/03/2022

Comentarios


Subir