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Crónicas

La isla de los tremendismos

El Nobel de los colmos cubanos: un gobierno que con 46 años en el poder todavía tiene gente que no movería un dedo para cambiarlo.

Se ha dicho con frecuencia que Cuba es la Isla de los tremendismos. Tremendismos que suelen ser exagerados por el turista, y que van desde el ardor que le atribuyen a nuestras mujeres en la cama gritando que las maten, que les den un tiro, hasta otras formas menos persuasivas pero igualmente eficaces del ingenio desplegado por los cubanos para sobrevivir en el Socialismo. O para escapar del Socialismo, en el caso de los Simbad y de los Power Rangers de nuestro tiempo. Pues además de la clásica balsa y el automóvil sellado para navegar, las escapadas en busca de nuevos horizontes no han desestimado ni los alerones de los aviones.

Siempre, en condiciones extremas, el arrojo del cubano ha sido, de hecho, suicida. En los días de la Guerra Grande, aquella guerra por la independencia que iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en 1868 duró diez años, un oficial mambí, famoso por su osadía, sintió acercarse una caballería española mientras se bañaba con su tropa en el río.

No teniendo escape por detrás, y aunque el enemigo les superaba en número, el pequeño oficial, que luego alcanzaría grados de mayor general, no lo dudó un segundo. Negro como el carbón, al igual que sus hombres, mandó montar a caballo. Cuando de repente los españoles vieron subir por la barranca del río aquella bandada de negros en cueros a caballo avanzando hacia ellos con los machetes en alto relampagueando al sol, creyendo estar en presencia de una visión del infierno, huyeron despavoridos, dejando en el suelo numerosas cabezas.

Un culo, un escaparate, un arroz con pollo

En la paz, uno de los sectores de la vida nacional donde más éxito ha tenido el tremendismo es en el de los hambrientos y los desesperados, que olvidan sus desventuras, haciendo chistes sobre las mismas.

Grandes aportes ha hecho también al habla popular. Genial puede ser en Cuba un culo, un escaparate, un arroz con pollo. Incorporado tempranamente al lenguaje publicitario, hasta medicamentos hizo simpáticos en el pasado. Entre ellos, uno muy particular fabricado por un laboratorio dirigido por un ilustre profesor universitario. Era el Konugar. Podía usted leer en el Zig Zag, famosa publicación humorística de la época, y en los calcomanías pegadas en los baños públicos: "Konugar… o no cagar".

Cuando un día el ministro de Gobernación le prohibió el nombre por obsceno, el ilustre profesor, alegando que los medicamentos debían llevar nombres claros, cuyo uso fuera deducible para el enfermo menos ilustrado, no vaciló en hacer reaparecerlo bajo un nombre ahora más explícito que el anterior, y también más sonoro. Fue entonces cuando el Konugar de los viejos años, que necesitaba aclaraciones, pasó a ser… Cagol.

De esa época es también el Sanitube, no recuerdo de cuál laboratorio. Sí recuerdo el anuncio, de los periódicos y de la radio: Había que oír al locutor: "Tubo sano con Sanitube". Era (según la propaganda) un polvito que vaciado por el canal uretral utilizando un tubito que venía con el papelillo, le evitaba al visitante de los prostíbulos el posterior engorro de las inyecciones de penicilina.

Igualmente famoso era el Ungüento de soldado. Una latica con un ungüento prieto que valía cinco centavos en la farmacia y que, sobre todo en provincias, llevaban en el bolsillo muchos jóvenes de mi época. Esa era su función. Llevarla en el bolsillo para que te protegiera de las ladillas. No sé el Sanitube, pero esta latica pudo ser un tremendismo de la imaginación como el de los números de la charada o la superstición de colocar una escoba detrás de la puerta para que se fuera la visita.

De carácter político

Entre los tremendismos que tienen nombre y cuerpo de mujer y llevaron a algunos hombres a matarse a puñaladas, son inolvidables ciertos atributos de las mitológicas Blanquita Amaro, Ninón Sevilla, Lina Salomé, Berta Montesinos y las modelos de Rodney en Tropicana.

Entre los de carácter político, miles podrían citarse. Algunos muy divertidos. Entre ellos, a mediados de la década del cuarenta, el robo del brillante del Capitolio. Gema que empotrada a los pies de una monumental estatua y protegida por un cristal blindado, marca en el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional el kilómetro cero de la carretera central. Nadie sabe cómo desapareció una noche, creando uno de los mayores escándalos de su tiempo. Y tampoco nadie ha sabido cómo reapareció meses después en un sobre que alguien que humildemente no quiso identificarse dejó en la mesa del honorable señor presidente de la República.

De esta misma época y con este mismo presidente es la anécdota según la cual, al saberse en Palacio que en un barrio de la ciudad combatían dos bandos de revolucionarios de los años treinta que se habían quedado fuera del reparto del pastel, detuvo el Primer Magistrado al coronel jefe de los tanques que ingenuamente salía a detener aquella guerra. "Deje, deje que se maten entre ellos —le dijo—. Después llega usted".

Tenía este mismo presidente un ministro famoso por su generosidad con los amigos de antes. Cuando uno de ellos iba a verle, si era íntimo, tras escucharle el ministro su tragedia, metía una mano en la gaveta del fondo de su escritorio, sacaba varios fajos de billetes de mil pesos (dinero que entonces guardaba paridad con el dólar) y le decía: "Ve remediándote con esto. Después Dios dirá".

Si solamente era un conocido, le estrechaba la mano, le entregaba un papel con un número romano (nunca mayor del III) y lo mandaba a ver a su secretario. El secretario, también provisto en su buró con fajos de billetes de mil, oía al hombre, tomaba nota de sus penas, y con una regla medía en los fajos el número de pulgadas de alto mandadas a dar en romanos por el ministro y se las entregaba en un sobre de Manila.

Un día, al regresar a La Habana de un viaje por el interior, el ministro fue interceptado por un periodista en el aeropuerto. "Ministro —le dijo el periodista—, lo acusan de haberse robado doscientos millones de pesos. ¿Cómo pudo robarse tanto dinero en el poco tiempo como lleva usted en ese cargo?". Sin detenerse, el ministro le contestó con sencillez: "En maletas".

"Precisamente, estos tremendismos políticos del pasado —me decía alguien el otro día— no justifican pero sí ayudarían a entender en parte el Nobel de los tremendismos cubanos". "El Nobel. De todos", insistió. "¿Cuál tremendismo?", le pregunté, mirándolo con desconfianza, pues es un tipo que vive esperando que los americanos le den la visa para irse con toda su familia. No me equivoqué. "El extraño fenómeno de un gobierno que a pesar de sus 46 años en el poder sin cambiar de jefe, todavía tiene gente que si bien no lo seguirían sinceramente, tampoco moverían un dedo para cambiarlo", dijo.

© cubaencuentro

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