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Sociedad

Mendigos

La evidencia de un país limosnero, desde los niños que piden pan hasta los intelectuales del insilio.

Acaba de regresar de La Habana un escritor mexicano y lo primero que me dice —congoja atribulada, sin redundancia— es: "¡Cómo vi mendigos!". Fue su cuarto viaje, no volvía a caminar Obispo desde 1997, hace nueve, estirados años. Y la impresión que trae en la maleta es de mendicidad: desolación de la quimera.

La evidencia de un país limosnero no es nada novedosa, tampoco los astutos disfraces del Perpetuo por ocultarlo. La reflexión que tal vez resulta curiosa brinca la triste evidencia del Parque Maceo y el atrio de la Catedral, de los portales de Infanta y las aceras del mercado agropecuario de 19 y B en El Vedado, donde no menos de diez desarrapados —niños incluidos— asedian a los clientes, sobre todo a los que llegan en carro o bajan la escalerita bien cargados.

¿Quiénes mendigan? La limosna que anoche conversé con mi amigo veracruzano es la de muchos de los escritores y artistas cubanos del insilio, que estiran el brazo y abren la mano de otra forma, pero con la misma miseria. Conozco algunas variaciones, impuestas por el insondable desprecio que el Perpetuo siente hacia el prójimo. Conozco hasta el asco, aunque las razones de sobrevivencia mitiguen la vergüenza, como en La lista de Schindler de Steven Spielberg.

Pero las variantes significativas exigen enunciar antes los modos oficiales de los que se aprovecha la burocracia universal. Aquí, desde luego, sin que medie justificación estomacal alguna, salvo la de un hábito milenario cuya hipocresía remite al Falstaff de Shakespeare.

Con la diferencia de que las argucias de los funcionarios, a diferencia de las cubanas, no vienen tan envueltas en un celofán de "amor" a lo que la demagogia llama pueblo. Y que el poder del Estado no es la única opción, ni siquiera la decisiva, como ocurre en España, México, Estados Unidos…

Depreciación cultural

Ejemplo cercano. El presidente de la UNEAC —¿poeta?— fue presentado en la Feria del Libro de República Dominicana por el presidente de la Asociación de Escritores —¿narrador?— de la misma UNEAC. La falta de pudor ha llegado a cotos abismales, no sólo se autodesignan para el viajecito, sino que se intercambian platillos y bombos. Ya le reciprocarán a sus homólogos dominicanos en la mesa que la UNEAC paga en el restaurante La Roca, y de paso comen ellos y sus amigotes mansos, bovinos.

Peor —por la depreciación cultural que engendra— es la práctica institucionalizada de promover a cualquier escritor o artista nacional o extranjero que apoye al Perpetuo y sus obsolescencias. La estética queda como lejano referente. "Puro humo" —hubiese dicho Guillermo Cabrera Infante. Ponen los ojos en blanco ante las excrecencias, igual que los marxistas cuando les mencionaban las paradojas de su historia —como decía Octavio Paz en Los hijos del limo.

Se reparten viajes, ediciones y premios con la misma desfachatez que se disputan —pueden quitarle el prefijo— las reservaciones veraniegas al hotelito de la UNEAC en Boca Ciega, de precios casi tan simbólicos como los que allí cerca tienen el MINFAR y el MININT. Y dejan migajas para los mendigos que forman la corte, para los cómplices silenciosos, como ocurrió cuando la celebración del centenario (2002) de Nicolás Guillén en el evento organizado por la Universidad de Castilla-La Mancha, donde llevaron hasta sus mujeres, junto a "especialistas" de los que Guillén ya se había burlado, algunos que nunca habían escrito ni un párrafo —gracias a Dios— sobre el poeta de la Elegía a Jesús Menéndez.

Los corchos oficiales husmean y actúan: prevén con sagacidad digna de un amanuense de los Medicis. No pestañean cuando arriba al país algún marchant de arte o el director de cierta revista mexicana, el rector de la universidad tal o más cual… Prima, desde luego, la utilidad. Una utilidad digna de un banquero de Carlos V en Almagro. La claque espera, declama lo de "Tiburón se baña, pero salpica", que inmortalizara a José Miguel Gómez.

Los que dan lástima

Pero junto a los artistas-burócratas, que le cocinan y ríen al ministro de Cultura —¿novelista?—, se mueven los otros necesitados. Sus métodos de arañar lo que caiga, impelidos por la pobreza, no son tan inescrupulosos como los de la piña que obtiene acceso al hospital de dirigentes intermedios (CIMEX) y pensión mensual —no es la de los premios nacionales— en chavitos, permiso para comprar autos y cuota de gasolina estatal, firma autorizada en El Gato Tuerto y autorización aduanal para entrar al país DVD…

No son tan inescrupulosos, aunque dan lástima. Sé de improvisados guías turísticos que generosamente entregan su tiempo a poetas venezolanos cuyas obras horrorizarían a Vicente Gerbasi y a Uslar Pietri, que obligarían a otro exilio a Rómulo Gallegos. Recuerdo un evento sobre Lezama, celebrado en el Museo Napoleónico, donde una muy especialista mexicana era también profesora de baile flamenco. La atención que recibía era digna de Susang Sontag. Hasta quisieron —recuerdo muy bien a quien me lo pidió— que ofreciera una "conferencia magistral", en razón de la cena lezamiana que la susodicha brindaría más tarde.

Lástima: condolencia. ¿Cuántas revistas cubanas no le han publicado a escritores que en sus países no son leídos ni por sus abuelas? ¿Cuántos prólogos o reseñas encomiosas no han sido el producto inevitable de una factura en el supermercado de 70? "No es tan malo, Pepe, tú siempre exagerando", recuerdo que me dijo un crítico literario con dos hijos, urgido de dólares para que la "pintura roja" —carne de res comprada en la bolsa negra— llegara a su mesa.

Mendicidad: urgencia. ¿Puede hablarse de escrúpulos canónicos, de hermenéuticas intertextuales o de semióticas deslindadoras de lo estético, cuando las personas están peor que Rocinante? Se sabe que en cualquier país hay grupos, intereses extraartísticos, juicios y promociones comercializadas, pero lo que distingue a la Cuba del Perpetuo es la densidad, la desmesurada proporción de mercenarios. Y la imposibilidad casi total —admiro las honrosas excepciones— de caminos alternativos.

El horror de mi amigo mexicano también derivó hacia la "izquierda latinoamericana" (sic) que aún toma como referente a la Cuba antiimperialista, que subordina las evidencias del desastre a su enfermizo odio a Estados Unidos, donde van a dictar cursos, y al Metropolitan, donde quieren que los reciban como héroes del multiculturalismo.

Su cara de tristeza, sin embargo, no es más desgarradora que la del niño que le pidió pan cuando se tomaba un café con leche en El Patio, donde había ido por la foto de Cortázar y Lezama con el Chino López. Terminamos con una pregunta: ¿Los mendigos son de derecha o de izquierda? "Son del alma", le respondí.

© cubaencuentro

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