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México D.F.

¿Miedo metafísico?

El recelo, la desconfianza y las aprensiones gozan de mejor salud que los cubanos.

Anoche llamé a un amigo escritor en La Habana y enseguida me elude, bajando la voz, el comentario de cómo anda la cosa, el mambo, la situación del país. Recordé al instante cuando hace dos años, aún en Cuba, al llamar a otro escritor —Premio Nacional de Literatura—, casi me cuelga al hacerle un chiste político. Y cuando me vio por poco me come: "¿Cómo se te ocurre semejante disparate? ¿Estás loco o qué?".

El miedo en Cuba se disfraza cada día de teléfonos intervenidos, micrófonos direccionales, grabadoras solapadas, intranet con servidores oficiales, oídos prestos a informar… Y no se trata de un miedo metafísico, aunque a los extranjeros y hasta a los cubanos que llevan muchos años fuera, les sea difícil entenderlo. Es tan concreto como real. Absolutamente verosímil en la abrumadora mayoría de las conciencias.

Esa paranoia tal vez hoy sea exagerada, pues los que saben de espionaje me dicen que son equipos muy costosos, que la ruina económica le impide al Ministerio del Interior la eficacia de años atrás. Pero entonces el gobierno vive del cuento, de un viejo cuento, hasta suponiendo que con mil sacrificios sí gaste las escasas divisas en actualizar la "técnica", cuyo uso tenga limitado a la cúpula del poder (sobre todo a los oficiales de las Fuerzas Armadas y del MININT), a embajadas y agencias extranjeras, a los líderes de la disidencia, a obispos y algunos artistas y escritores famosos…

Ahí el miedo sí adquiere tonalidades abstrusas en la Cuba que cierra el 2005 peor que en 2004, con desesperados esfuerzos estatales por aumentar las recaudaciones (gasolina, electricidad…), eliminar subvenciones (la libreta de racionamiento) y conseguir préstamos (en Venezuela, China…). Porque lo evidente es que el recelo, la desconfianza, las aprensiones, gozan de mejor salud que la gente.

Tres generaciones bajo la sospecha

Hace poco vinieron a México unos miembros de la Unión de Escritores y Artistas. Conversé con algunos en el Hotel María Cristina del D.F. Juro que al conjeturar acerca de cuántos años podían quedarle al marchito Comandante en Jefe, el más "oficialista" mecánicamente se puso de pie, recorrió el vestíbulo con la vista, suspiró, y después se escurrió del tema con una digresión manierista digna de Lezama Lima.

¿Por qué? Vale la pena analizar las razones, por lo que influyen en el quietismo que sufre la sociedad cubana de hoy y por su inevitable presencia cuando comience la transición pacífica. Sólo una visión desiderativa —de un desbocado optimismo digno de Madame Bovary— o un análisis superficial —de los que confían demasiado en la fuerza de la democracia—, podrían minimizar un fenómeno que ha entrado a zonas inconscientes, que actúa como reflejo condicionado, digno de los perros de Pavlov.

Enuncio al menos sus principales causas, algunas harto conocidas: cinco décadas de represión y violencia, si sumamos los años finales de la dictadura de Batista, implican tres generaciones criadas y crecidas bajo la sospecha y la intriga, la doble moral de una simulación tan habitual como la temporada ciclónica.

La sobrevivencia exige hipocresías: asentimientos y silencios, cuidarse hasta de la propia sombra porque las transgresiones suelen costar demasiado. Desde la expulsión del centro de trabajo o estudio hasta un mitin de repudio, desde la prohibición a salir del país hasta la cárcel, cuyas condiciones infrahumanas compiten con los gulags de Stalin y los campos de concentración hitlerianos.

Bajo este síntoma se manifiestan otros fenómenos: el síndrome del misterio quizás sea el principal, basado en una frase terrible, inolvidable: "Aquí el que no es de la Seguridad es del Estado". La eficacia de los "órganos de la Seguridad del Estado" —no sólo el G2— data de los tiempos de la Sierra Maestra y la lucha guerrillera urbana, se engrandeció cuando existía la revolución y multiplicó su profesionalismo con la ayuda de los antiguos servicios secretos soviéticos y alemanes.

A este sector clave nunca se le han escatimado recursos, aunque el deterioro del régimen, de sus símbolos y sobre todo de sus discursos, haya erosionado sensiblemente su eficacia operativa, a partir del tiempo que cada cubano —incluyendo a los oficiales de baja gradación— emplea diariamente en "inventar" y "escapar", es decir, en las mil y una necesidades que con tenaz persistencia se comen el tiempo útil.

No hay otro modo de subsistir

Otra causa tenebrosa —bien pensada por el Poder— es la necesidad cotidiana de transgredir las leyes, escritas para violarlas. Uno se siente delincuente, y ello influye en cualquier acción de protesta política. De hecho lo es cuando compra una libra de carne o de café en bolsa negra, cuando consigue que un taxista sangre su tanque de gasolina y la venda por la izquierda a la mitad del precio oficial, cuando tocan a la puerta con queso blanco o camarones, sábanas o bombillos. No hay otro modo de subsistir, el Dr. Castro Maquiavelo lo sabe y le encanta. Mientras se está consiguiendo cemento, arena y recebo para impermeabilizar la azotea, no se puede andar pensando en derechos humanos o en democratización del Poder Popular.

A ello se agrega la brutal desproporción entre delito y castigo, más aguda cuando se conoce que el Poder Judicial actúa con una arbitrariedad digna de una comedia de Moliére. Y la certeza de que se trata no sólo de un poder omnímodo sino dependiente de los vaivenes y caprichos de un anciano terco y malhumorado, astuto y sin ningún pudor cuando se contradice o se equivoca, cuando arremete contra los escasos paladares o le pone un impuesto colonial a las remesas familiares.

¿Miedo metafísico? Podíamos suprimir las interrogaciones. Lo trágico será educarnos cuando desaparezca, cuando no sea necesario fingir, aparentar, aplaudir en la asamblea o sopesar cada palabra. Tan difícil como aprender que robar —incluyendo al Estado— sí es robar. De ese miedo inculcado con voluntad de artífice tenemos que librarnos, cuando la calidad de vida no dependa de un delator o de una grabadora, de un vecino envidioso o de un desliz en una fiesta de fin de año. Tan sencillo. Tan desesperadamente sencillo.

© cubaencuentro

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