Con ojos de lector

Censura, ¿estás ahí? (II)

En Cuba, las noticias sobre la censura son también censuradas. Nada difícil en un país donde el gobierno tiene el poder exclusivo de decidir qué se publica en la prensa.

Desde los primeros años de la revolución, Castro insistió en la necesidad de transformar la mentalidad de la población, así como en la importancia de que los obreros aprendieran a pensar como clase. Ernesto Guevara, por su parte, hizo un llamado para erradicar el individualismo, en beneficio de la concepción colectiva que pasó a ser instaurada.

En los discursos de esos años, Castro hace énfasis en que "la Revolución tiene un derecho: el derecho de existir, el derecho a desarrollarse y el derecho a vencer". En uno de ellos expresa: "Nosotros creemos que la Revolución tiene todavía muchas batallas que librar, y nosotros creemos que nuestro primer pensamiento y nuestra primera preocupación deben ser: ¿qué haremos para que la Revolución salga victoriosa? Porque lo primero es eso: lo primero es la Revolución misma y después, entonces, preocuparnos por las demás cuestiones. Esto no quiere decir que las demás cuestiones no deban preocuparnos, pero que en el ánimo nuestro, tal como es al menos el nuestro, nuestra preocupación fundamental ha de ser la Revolución". Con esas palabras, ha hecho notar Roger Reed, Castro establece el derecho de existir de la revolución, que debe tener prioridad sobre los derechos individuales. En otros términos, la sobrevivencia de la revolución tiene que anteponerse a cuestiones como la libertad de expresión de las personas. Tal argumento hace recordar el que hoy esgrime George W. Bush, quien enarbola como pretexto la seguridad nacional de los Estados Unidos para restringir las libertades civiles.

Acerca de esta jerarquización de la masa sobre el individuo y de su empleo para legitimar la censura, se ocupó George Orwell en el ensayo The Prevention of Literature. Allí expresa que los enemigos de la libertad individual siempre tratan de presentar su caso como un alegato de la disciplina versus el individualismo, manteniendo el de verdad versus engaño en segundo plano tanto como es posible. A pesar de que el aspecto que se enfatiza puede variar, prosigue Orwell, el escritor que rehúsa vender sus opiniones es siempre estigmatizado como un nuevo egoísta. Esto es, se le acusa bien de quererse encerrarse en una torre de marfil, bien de hacer un despliegue exhibicionista de su propia personalidad, o bien de resistirse a la inevitable corriente de la historia, en un intento de aferrarse a injustificados privilegios.

Orwell señala cómo católicos y comunistas coinciden en asumir que un oponente no puede ser honesto y, a la vez, inteligente. Unos y otros claman de manera tácita que "la verdad" ya ha sido revelada, y que el hereje, si no es sencillamente un tonto, está secretamente consciente de ella, y si se resiste a aceptarla es sólo por motivos egoístas. Apunta Orwell que en los regímenes comunistas, el ataque a la libertad individual se enmascara, por lo general, en la retórica oratoria sobre el "individualismo pequeño burgués", la "ilusión del liberalismo decimonónico", así como en términos como "romántico" y "sentimental", los cuales son difíciles de rebatir o impugnar, dado que no poseen un significado consistente. De ese modo, la controversia es manipulada y apartada de su verdadero punto central. Y concluye Orwell: "Las familiares invectivas contra el «escapismo», el «individualismo», el «romanticismo» y sus sucedáneos, constituyen un artificio forense cuyo objetivo es hacer que la perversión de la historia parezca respetable".

En la realidad, sin embargo, fueron otros términos, no tan literarios ni tan sutiles, los que se usaron para censurar a escritores y artistas. Eso, naturalmente, en los casos en que se dijeron las razones, pues no hay que olvidar que en los regímenes totalitarios los censores actúan desde la autoridad absoluta que les da el poder político unívoco. Eso implica, entre otras potestades, la de no tener que dar explicaciones ni justificaciones. Nunca se supo, por ejemplo, qué llevó a que se prohibiera la salida de Lenguaje de mudos, con el cual Delfín Prats había obtenido en 1968 el Premio David de Poesía. Su autor ha comentado así la suerte que entonces corrió su obra: "La publicación del libro coincidió con un momento muy difícil dentro del proceso literario cubano como fue el momento del caso Padilla. El libro mío fue como que arrojado por el agujero de la memoria. Es decir, no circuló, no llegó a venderse, no llegó a presentarse, no se habló de él para nada". De igual modo, no se aclaró en la prensa (resulta ocioso precisar oficial, puesto que es la única que existe en Cuba desde hace más de cuatro décadas) por qué la novela La casa, de José Cid, pese a que fue editada nunca llegó a las librerías, ni cuál fue la razón por la cual dejó de publicarse la revista Pensamiento Crítico (1967-1971). Tampoco se estimó necesario explicar por qué nunca llegó a los lectores ¿Por qué llora Leslie Caron?, el original con el que Roberto Uría había merecido el Premio 13 de Marzo de Cuento en 1987. Y supongo que más de uno se habrá preguntado por qué Ese sol del mundo moral, el estudio de la eticidad cubana escrito por Cintio Vitier, apareció en México en 1975, pero en la Isla no se vino a editar hasta1995.

Un viejo proverbio ruso arroja cierta luz sobre las causas que provocan estos ataques a la libertad de creación y de expresión: "Una palabra de verdad sobrepasa al mundo". Es el miedo a la verdad lo que conduce a los biznietos de Torquemada a cortar párrafos, prohibir libros e incluso destruir ediciones completas. Mucho más incomprensible resulta, en cambio, que esa censura se extienda a la inclusión o la simple mención de autores. En el Diccionario de la Literatura Cubana (1984) fueron eliminados Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Lino Novás Calvo, Calvert Casey, Severo Sarduy y Nivaria Tejera, para mencionar unos cuantos nombres.

Igual criterio censor aplicó la Casa de las Américas en la obra colectiva en dos volúmenes Panorama Histórico-Literario de Nuestra América (1982). Para quienes no la conozcan, se trata de un índice que recoge los títulos publicados cada año en los distintos países de Latinoamérica. Los datos se reducen a género literario, autor y título, sin ningún comentario o valoración crítica. Pues ni siquiera esa información tal elemental escapó a las tijeras de los comisarios. No sólo se excluyó de la misma a Cabrera Infante, Arenas y Antón Arrufat (éste fue secretario de redacción de la revista Casa de las Américas), sino que tampoco figuran Los niños se despiden y Condenados de Condado, títulos con los cuales Pablo Armando Fernández y Norberto Fuentes obtuvieron en 1968 los premios de novela y cuento, respectivamente, en el concurso anual que convoca la misma institución que publicó Panorama Histórico-Literario de Nuestra América. Mas la justicia puede venir por las vías más inesperadas, y en la portada del libro aparece, en letras lo suficientemente grandes como para que no pase inadvertida, esta deliciosa errata: Coleción Nuestros Países.

Hasta Eduardo Galeano sufrió censura

Y a propósito de esta última institución, recuerdo la versión paródica de un conocido refrán que circuló en la Isla durante los aciagos años setenta: "En la Casa de las Américas, cuchillo de palo". El cuchillo sería de palo, pero las tijeras censoras no lo eran y estaban debidamente afiladas para cumplir su función. A partir del escándalo internacional que suscitó el llamado caso Padilla y del inicio de una nefasta etapa (entre 1946 y 1953, los soviéticos sufrieron la zhdanovschina; en la década de los setenta, a los cubanos nos tocó padecer el "pavonato") de cuyas desastrosas consecuencias la cultura cubana no se recuperado del todo, se hicieron constantes las bajas de los intelectuales y artistas extranjeros que habían sido compañeros de viaje de la revolución cubana. Eso llevó a que a partir de 1972 y hasta 1983 en las ediciones de los Premios Casa se suprimieran los nombres de los jurados, pues nunca se podía tener la certeza de que iban a mantener la misma opinión respecto al rumbo adoptado por el proyecto que hasta entonces apoyaban.

No hay que olvidar asimismo que fue en la revista Casa de las Américas (números 65-66, marzo-junio 1971) donde se publicaron "los trascendentes materiales emanados del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura", en un dossier que incluía la Declaración final, el discurso de Castro, una airada invectiva contra los escritores y artistas latinoamericanos que le enviaron la conocida carta, y la autoinculpación de Heberto Padilla. De igual modo, a partir de ese número la revista eliminó el comité de colaboradores que incorporó a partir del número 30, y al cual pertenecían, entre otros, Julio Cortázar, Ángel Rama, Mario Vargas Llosa, Roque Dalton y David Viñas. En la sección Al pie de la letra de la siguiente entrega de la revista se reprodujeron varios artículos de escritores y artistas extranjeros que apoyaban las medidas adoptadas, pero no se citó ni uno solo de aquellos que expresaban opiniones contrarias a las mismas.

Para muchos resultará insólito y casi increíble saber que alguien tan incondicional de la revolución cubana como el uruguayo Eduardo Galeano también fue censurado por la Casa. En la edición cubana de su libro de testimonio Días y noches de amor y guerra, galardonado en 1978 con el Premio Casa de las Américas, fue suprimida sin su conocimiento y, por tanto, sin su consentimiento una de las viñetas. Debió aparecer en la página 200 y Galeano la restituyó en la edición española de Alianza Editorial de 1986. He aquí su texto completo:

"En su casa de La Habana, Bola de Nieve me acosó a preguntas sobre Montevideo y Buenos Aires. Quería saber qué era de la vida de gentes y lugares que él había conocido y querido hacía treinta o cuarenta años. Al rato me di cuenta de que no tenía sentido seguir diciendo: «Ya no existe» o «Fue olvidado». Él también comprendió, creo, porque se puso a hablar de Cuba, de eso que él llamaba yoruba-marxismo-leninismo, síntesis invencible de la magia africana y la ciencia de los blancos, y pasó horas contando chismes de la alta sociedad que antes le pagaba para cantar: «Rosalía Abreu tenía dos orangutanes. Los vestía con overol. Uno le servía el desayuno y el otro le hacía el amor».

"Me mostró cuadros de Amelia Peláez, que había sido su amiga:

"-Murió de bruta -dijo-. A los setenta y un años era todavía señorita. Nunca había amante ni amanta ni nada.

"Confesó su pánico por los gallos vivos y los monos sueltos.

"Se sentó al piano. Cantó Drume, negrita. Después cantó Ay, mama Inés y el pregón del manisero. Tenía la voz muy gastada, pero el piano lo ayudaba a levantarla cada vez que se caía.

"En un momento interrumpió la canción y se quedó con las manos en el aire. Se volvió hacia mí y con estupor me dijo:

"-El piano me cree. Me cree todo, todito". (pp. 183-184)

En una entrevista que le hice un año antes de su muerte, Reinaldo Arenas me comentó, al referirse a los años cuando trabajó en la Biblioteca Nacional José Martí, lo siguiente: "En la Biblioteca existía un sitio llamado muy apropiadamente el infiernillo, donde se guardaban los libros que por ninguna razón podían prestarse al público. Después los libros empezaron a desaparecer misteriosamente, y hasta el propio infiernillo desapareció un buen día". Una señora que trabajó durante muchos años en la Biblioteca Nacional (por razones obvias, no voy a revelar su nombre) me corroboró la existencia de tal sitio, e incluso me dijo que aparte del que Arenas conoció, existía otro análogo en el Departamento Infantil y Juvenil, en el cual se hallaban, por ejemplos, los libros de la argentina María Elena Walsh. ¿La razón? Contenían alusiones a Dios, lo cual las convertía en lecturas nocivas para los niños cubanos. Ese mismo criterio fue el que llevó a los censores a aplicar la tijera y expurgar de alusiones religiosas la edición de Moby Dick publicada por la Imprenta Nacional en 1962.

En algunas ocasiones, los censores se delatan cuando su torpeza los hace dejar rastros. En La vida entera (Ediciones Unión, La Habana, 1969), de Virgilio Piñera, al final se aclara la fuente en que originalmente aparecieron la mayor parte de los poemas. En esa lista está Paseo del caballo, que, sin embargo, no figura en el índice. El centinela de turno debió temer que el título pudiera interpretarse como una alusión burlesca al Máximo Líder, lo suprimió, mas ¡ay! no se acordó de hacer lo propio con la referencia. En la solapa de la contraportada de La Odilea (Ediciones Unión, La Habana, 1968), se pueden leer una lista de libros de reciente publicación, y entre ellos está incluida la novela El mundo alucinante, de Arenas. Asimismo en La cantidad hechizada (Ediciones Unión, La Habana, 1970), en las páginas finales se recogen todas las obras publicadas por Ediciones Unión. Dentro de la Colección Manjuarí está el poemario de Belkis Cuza Malé Juego de damas. Lo cierto es que ninguna de esas dos obras alcanzó a ver la luz, pues el largo brazo de la censura actuó con prontitud para impedirlo.

Y como en estas páginas me he referido fundamentalmente a la censura de obras literarias, quiero finalizarlas con la cita de un par de textos para que dialoguen entre sí. En la Feria del Libro de La Habana de 1998, Castro hizo esta declaración recogida por la prensa: "En Cuba no hay libros prohibidos, sino que no hay dinero para comprarlos". En mi ejemplar del volumen de cuentos de Reinaldo Arenas Adiós a mamá, conservo esta nota aparecida en el diario español El Mundo: "Madrid.- La editorial independiente Áltera ha emprendido una acción para repartir en Cuba dos mil ejemplares de la obra del autor cubano Reinaldo Arenas Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), prohibido en Cuba. Intelectuales como Vargas Llosa, Juan Goytisolo, Landero, Marsé, Muñoz Molina, Terenci Moix y Rosa Montero, entre otros, apoyan con su firma una iniciativa considerada por las autoridades cubanas «una injerencia»".

© cubaencuentro

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