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CON OJOS DE LECTOR

Censura, ¿estás ahí? (III)

El cine tuvo el infausto privilegio de haber sido la primera manifestación artística que concitó el gesto punitivo de los comisarios retrógrados e inquisitoriales.

"En el oscuro cinematógrafo de la censura, en cuya sala los censores sórdidos y enlutados se codean con el peor contacto, se corta lo mejor de la cinta, lo más vivo y lo más claro". Esto lo escribió Ramón Gómez de la Serna en 1927, en su libro Cinematógrafo. Se anticipaba a todo lo que después le tocaría sufrir al cine, que debido a su gran alcance y a la popularidad que disfruta, es quizás la manifestación artística que ha sido más martirizada y sobre la que más se han ensañado las tijeras de los censores.

En Cuba, tiene además el infausto privilegio de haber sido la primera que concitó el gesto punitivo de los comisarios retrógrados e inquisitoriales, que sólo atienden las razones de su propia verdad. De sobras es conocido el incidente que provocó el estreno del documental P.M. (1961), de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante. Calificado de negativo, por reflejar la vida nocturna de los bares populares de La Habana, apartándose de los asuntos épicos de las transformaciones políticas y sociales que tenían lugar en el país, fue prohibido, y de paso se utilizó para atacar al grupo de escritores y artistas vinculados al suplemento cultural Lunes de Revolución.

Fue tal la polémica en torno a ello, que en sus famosas Palabras a los intelectuales (1961) Castro se refirió a la película. Empieza por confesar que no la ha visto, aunque dice que tiene deseos y curiosidad por verla. Se remite, no obstante, al "criterio de distintos compañeros del Consejo Nacional de Cultura", para él digno de todo el respeto. Expresa luego que se puede discutir el procedimiento seguido, determinar si la decisión de prohibir P.M. fue justa o no, y concluye: "Pero hay algo que yo no creo que discuta nadie y es el derecho del Gobierno a ejercer esa función, porque si impugnamos ese derecho entonces significaría que el Gobierno no tiene derecho a revisar las películas que vayan a exhibirse ante el pueblo".

En su libro Días de una cámara, el cineasta español Néstor Almendros narra los problemas que por su parte confrontó con el cortometraje Gente en la playa (1961), dirigido y fotografiado por él: "Cuando Gente en la playa estaba en pleno montaje, para mi sorpresa intervinieron las autoridades con el fin de impedirme terminarla. La sala de montaje fue cerrada y pusieron dos milicianos armados en la puerta. Pero, por suerte, la burocracia es ineficiente también en la opresión y muy a menudo se descuida. Meses después me volvieron a entregar las llaves para la misma sala, pues tenía que montar un documental oficialista para la televisión. Al entrar, vi con sorpresa que mi negativo estaba allí, nadie lo había tocado. Así, discretamente, mientras terminaba el trabajo que me habían pedido, puede acabar el montaje de Gente en la playa y hasta sincronizar la banda sonora. Cambiándole el título por el de Playa del pueblo, conseguí disimularla, aprovechando la confusión burocrática, e incluso sacar copia en los laboratorios del ICAIC ante sus propias narices. La película fue prohibida a fin de cuentas porque no era política, porque se rodó al margen de la producción oficial". Almendros logró sacar a escondidas una copia de su filme y pudo mostrarlo en varias ciudades europeas.

En otros países que estuvieron sometidos a dictaduras, los artistas disponían al menos del derecho de exponer a la luz pública las amputaciones hechas a sus obras. Eso ha permitido que tras la caída del franquismo se haya podido escribir una abundante literatura sobre la censura aplicada en España a las películas tanto nacionales como extranjeras. Gracias al artículo que Miguel Picazo publicó en los años sesenta en la revista Nuestro Cine, sabemos hoy que su adaptación de la novela de Miguel de Unamuno La tía Tula sufrió numerosos cortes, que según él rebajaron un cuarenta o un cincuenta por ciento del contenido crítico de su película. Por su parte, Pedro J. Semper redactó un trabajo donde revelaba los destrozos cometidos en Gritos y susurros, del sueco Ingmar Bergman. El guión de Los jueves milagro, de Luis García Berlanga, fue enmendado tanto por el padre Grau, un inflexible y severo vigilante de la moral y las buenas costumbres, que el director planteó ante notario que figurase en los créditos como guionista, para que así pudiese beneficiarse de los derechos de autor. Asimismo en las Conversaciones Nacionales sobre el Cine Español, celebradas en la Universidad de Salamanca en 1955, la censura fue uno de los principales temas que se debatieron y se denunciaron.

Películas que demoraron en llegar al público

En Cuba, los problemas confrontados por los directores con algunas de sus películas hay que deducirlos o adivinarlos por vías indirectas. Por ejemplo, por el tiempo en que aquéllas demoraron en llegar al público. Eso, claro, en el mejor de los casos, pues otros proyectos no llegaron a pasar de guiones a los cuales nunca se les dio luz verde. Después de rodar Lucía, Humberto Solás realizó Un día de noviembre (1972), que él mismo considera su "película más personal", y cuyo estreno debió aguardar hasta el 28 de noviembre de 1978. El intento de tratar con honestidad las contradicciones y dificultades del presente chocó con la intransigencia de algunos funcionarios, quienes no consideraron oportuno que entonces se viera. Así se lo expresó a Wilfredo Cancio, en una entrevista publicada en 1988 en la revista Revolución y Cultura: " Un día de noviembre, después de terminada estuvo sin salir algún tiempo, pues una decisión burocrática estimó que no era oportuno exhibirla. Desde luego que esta experiencia conspiró contra mi capacidad de osadía, porque el contexto inhibirá la sinceridad".

Algo similar le ocurrió a Sara Gómez cuando concluyó su primer y único largometraje, De cierta manera (1974), que para llegar a las salas debió esperar hasta el 6 de octubre de 1977. En el mismo se explora el mundo de los barrios marginales habaneros, que hasta entonces apenas había sido reflejado por el cine cubano. La realizadora se había acercado años antes a esa realidad en dos documentales (uno de ellos es Mi aporte, de 1969), cuyo estreno se pospuso, y que luego tuvieron una divulgación restringida, debido a que en los mismos se mostraban escenas de santería, cuya práctica estaba prohibida en esos años. Como comentó el crítico Paulo Antonio Paranaguá, hasta esas obras en las pantallas cubanas no se había visto unos personajes tan al margen de las convenciones vigentes.

Hay, por supuesto, más ejemplos de los riesgos a los cuales se exponen los cineastas que demuestren interés por asumir lo que Jesús Díaz denominó "los desafíos de la contemporaneidad". A partir de un guión del novelista Manuel Cofiño, Sergio Giral dirigió Techo de vidrio (1982), otro acercamiento crítico a asuntos actuales, y también otro filme cuyo estreno fue aplazado: éste tuvo lugar el 29 de septiembre de 1988. Giral, en cuya filmografía figura un cortometraje nunca estrenado, La jaula (1964), realizó, ya en el exilio, el documental La Imagen Rota (2004), en el cual recoge los testimonios de varios cineastas cubanos acerca de sus dificultades con la censura.

Treinta años después del incidente de P.M., otra película, Alicia en el pueblo de Maravillas (1991), de Daniel Díaz Torres, dio pie a un nuevo caso de prohibición. El contexto, sin embargo, era muy distinto. El país entraba en el llamado Período Especial, tras el colapso de la Unión Soviética y el derrumbe del bloque socialista de la Europa del Este. Esta vez cineastas como Julio García Espinosa defendieron la película, y como expresa Enrique Colina en un texto inédito citado por Michael Chanan en su libro Cuban Cinema, hubo una fuerte protesta de los cineastas contra la prohibición de Alicia en el pueblo de Maravillas. La veían como un acto de censura dirigido no sólo contra el filme mismo, sino contra el derecho de libre expresión artística, al estar acompañado de amenazas contra el ICAIC (estuvo valorándose entonces la idea de unificar este organismo con el Instituto Cubano de Radio y Televisión y la Sección Fílmica de las Fuerzas Armadas).

Los comisarios no estaban preparados para semejante reacción y ante el frente común de los cineastas, se vieron forzados a ceder. De todos modos, la película se estrenó sólo en La Habana en junio de 1992 y a los cuatro días fue retirada. El público que asistió a esas pocas funciones estaba integrado mayormente por militantes del Partido, quienes durante las proyecciones expresaron insultos ideológicos. Alicia en el pueblo de Maravillas tuvo después un reestreno, pero fue igualmente limitado.

Si hablamos de los filmes cubanos más masacrados, me atrevo a apostar que el primer puesto se lo llevará sin disputa El extraño caso de Rachel K (1973), cinta con la cual Oscar Valdés Rodríguez debutó como director de largometraje. Al guión original, redactado por Sergio Giral, se le añadió una subtrama de denuncia social escrita por otras personas. Asimismo el director tuvo que aceptar la intervención en el montaje y la edición de personas ajenas al proyecto. De acuerdo a quienes leyeron el guión original, la película que al final resultó tenía muy poco que ver con lo que Valdés Rodríguez quiso hacer. Él mismo lo expresó en una entrevista: "Es una película que no sé si considerar o no como un fracaso. Creo que sí, que debo considerarla un fracaso puesto que la película realizada no me satisface, no es la película que yo tenía en la cabeza (…) Repito, no me gusta el resultado final, aunque la idea me fascinó. Pero ya después, desde el guión a la realización, fueron muchos los tropiezos". Profundamente decepcionado con aquella experiencia, Valdés Rodríguez volvió a dirigir documentales, género en el que había aportado antes obras tan estupendas como Vaqueros del Cauto, El ring y Escenas de los muelles.

© cubaencuentro

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