Con ojos de lector
El Código Maine
En su estreno como novelista, Mario Escobar Golderos recrea en clave de thriller histórico la explosión del acorazado norteamericano que desencadenó la guerra hispano-americana.
Cosas que hay que atribuir a lo que Juan Goytisolo llama la casualidad aleatoria de los sucesos y acontecimientos. Unos meses antes de que saliera de la imprenta el volumen de cuentos de Stephen Crane Heridas bajo la lluvia, reseñado en estas mismas páginas algunas semanas atrás, se publicó en España Conspiración Maine (Ediciones Nowtilus, Madrid, 2006, 416 páginas), novela en la cual su autor, el madrileño Mario Escobar Golderos (1971), también se acerca a aquel periodo histórico marcado por la pérdida de las últimas colonias españolas y que representa el clímax de una decadencia que comenzó tres siglos antes.
Conspiración Maine constituye el estreno literario de su autor, quien hizo una licenciatura en Historia y se diplomó en Estudios Avanzados en la especialidad de Historia Moderna. Hasta la salida de esta su primera novela, había publicado libros y artículos acerca de temas como la Inquisición, la Reforma Protestante y las sectas religiosas surgidas dentro del seno de la Iglesia. La obra narrativa que motiva estas líneas es producto de varios años de labor investigativa sobre la explosión en el puerto de La Habana del acorazado norteamericano Maine, ocurrida el 15 de febrero de 1898. Un hecho que como el propio Escobar Golderos comentó, constituye uno de esos puntos oscuros de la historia que necesitan ser aclarados.
Hasta donde he podido averiguar, Escobar Golderos no se ha referido a las razones que lo motivaron a plasmar el resultado de aquella investigación en una obra de ficción, y no en un ensayo o un estudio de carácter histórico, como cabría esperar de un especialista en esa materia. Pero en el texto que figura en la contraportada de Conspiración Maine aparece un dato que, pienso yo, arroja luz en tal sentido. Allí se presenta la novela como "un frenético thriller histórico al mejor estilo de El Código Da Vinci". Y es que el best seller del norteamericano Dan Brown acuñó una exitosa fórmula que, aparte de conseguir una millonaria legión de lectores por todo el planeta, cuenta ya con una estela de escritores que se han afiliado a ella. Winston Manrique incluso la califica como un subgénero, que según él podría responder a las siglas de thracult, esto es, el thriller-histórico-religioso-aventurero-cultural.
Ciñéndose a ese patrón, Escobar Golderos ha escrito una novela que tiene como núcleo la situación prebélica que se suscitó entre España y Estados Unidos tras el misterioso incidente del Maine. Aunque los tambores de guerra sonaban ya y el enfrentamiento armado entre ambos países era inminente, los dos gobiernos estuvieron de acuerdo en formar una comisión extraoficial para que se ocupase de investigar quién se hallaba detrás del sabotaje, y de ese modo evitar la guerra. En ese grupo confluyen George Lincoln, un agente afroamericano enviado por la Casa Blanca, y Hércules Guzmán, español miembro del cuerpo de inteligencia creado por el general Valeriano Weyler para combatir a los mambises. En el transcurso de la trama se les unirán Helen Hamilton, una ambiciosa periodista norteamericana, Antonio Gordon, un erudito profesor cubano, y un petulante periodista británico llamado Winston Churchill.
Las pesquisas llevadas a cabo por tan variopinto quinteto conducen a algunos de sus integrantes a tener que viajar por la Isla, así como a verse todos envueltos en numerosas peripecias, que incluyen persecuciones, huidas, incendios, robos e intentos de asesinato que los obligan a ocultarse en burdeles de los bajos fondos habaneros. En ese esfuerzo contrarreloj por encontrar la verdad, descubren que hay diferentes poderes e intereses que se empeñan en que esa verdad no sea revelada. Está, por un lado, Theodore Roosevelt, el vehemente e impulsivo subsecretario de la Marina, quien veía en la guerra con España la oportunidad perfecta de empezar a aplicar la táctica a seguir por su país en el próximo siglo. Representaba la nueva imagen de "una nación que, después de reafirmar su propia unidad y colonizar uno de los territorios más bastos (sic) del mundo, buscaba las migajas del imperialismo moderno".
También estaban a favor de la intervención militar Joseph Pulitzer y William R. Hearst, aunque sus razones eran otras. "Ese maldito Hearst es capaz de cualquier cosa por vender más periódicos", comenta en la novela el presidente McKinley. Éste era un hombre sereno y prudente e intentaba por todos los medios evitar el enfrentamiento armado con España. Pero sus bien intencionados esfuerzos no consiguieron impedir que se cumpliera lo que, para muchos políticos y hombres de negocios, era el destino de Estados Unidos. Y a propósito de Hearst, el papel que el magnate de la prensa norteamericana desempeñó entonces aparecía también mostrado en el libro de Stephen Crane, al sugerirse, mediante la numerosa presencia de los corresponsales norteamericanos, la connotación mediática de esa guerra.
El modelo que sigue Escobar Golderos, ya lo apunté, es el trazado por Dan Brown en El Código Da Vinci. Eso implica que a los ingredientes históricos deben agregar generosas dosis de aventuras, misterios religiosos y cierta pátina de información cultural. Del mismo modo que en otras obras figuran el asesinato del Papa Clemente, el célebre sudario que cubrió el cuerpo de Jesucristo, el Santo Grial y supuestas conspiraciones que tienen como marco el Vaticano, en Conspiración Maine su autor incluye a Los Caballeros de Colón, una secta secreta fundada en Estados Unidos en 1882, y cuya misión principal era proteger a los católicos norteamericanos. Ese cóctel de religión, historia e intriga, y cito de nuevo a Winston Manrique, se ha convertido en la gran arca literaria de lo que va de milenio. Una clave que ha conquistado a esa gran masa de lectores que determina la lista de los títulos más vendidos, y que han adoptado ya autores españoles como Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, Matilde Asensi, Javier Sierra y Julia Navarro, quienes en conjunto llevan vendido 12 millones de ejemplares.
Personajes reales y ficticios
La existencia de Los Caballeros de Colón es real, no así su participación en la guerra hispano-americana. Escobar Golderos parte del misterio que siempre ha rodeado a la secta para sumar a la trama la búsqueda por parte de varios de sus miembros de un libro muy antiguo que esconde un importante secreto. En sus páginas se indica además el lugar de Cuba donde se halla enterrado un mítico tesoro, relacionado con la fabulosa donación que el emperador romano Constantino entregó al Papa Adriano en el año 778 (el tesoro es otro de los ingredientes ficticios de la novela).
Escobar Golderos también emplea esa combinación de realidad y ficción en la nómina de personajes. Aparte de Churchill, McKinley, Roosevelt y el profesor Gordon, en la trama que se narra en Conspiración Maine aparecen los escritores Miguel de Unamuno y Ángel Ganivet, Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español, el general Máximo Gómez, la reina de España, el almirante del Maine y León Czolgosz, el asesino del presidente McKinley. Acerca de por qué utilizó ese recurso, el autor expresó que una de las razones que lo llevaron a incluir esos personajes reales en su novela fue la de desmitificarlos, "quitarles la capa de polvo, reavivarlos, y, respetando su idiosincrasia, situarlos en una situación extrema". Ese propósito sólo se cumple parcialmente, pues varios no pasan de ser caracteres secundarios, cuya fugaz aparición en la historia no permite a Escobar Golderos la posibilidad de un verdadero desarrollo de los mismos.
Pienso que quienes lean Conspiración Maine la disfrutarán según sean las exigencias y expectativas con que se adentren en sus páginas. Quienes gusten de las novelas de aventuras y el thriller histórico al puro estilo anglosajón, me imagino que no se sentirán defraudados. Su trama mezcla enigmas, sociedades secretas, asesinatos, política, religión, y está narrada con un ritmo que permite seguirla con interés. El entretenimiento, por tanto, está garantizado. De paso, hay que agradecer al autor que lo consiga con una obra que se aparta de los asuntos y escenarios más manidos y frecuentados, para recrear desde la ficción un hecho real poco conocido por los españoles, pese a la trascendencia que tuvo para ese país.
Confieso que personalmente hubiera preferido una novela con menos ingredientes. El autor contaba con un suceso verídico que hasta hoy sigue siendo un misterio (el hundimiento en alta mar de los restos del barco, a comienzos del siglo pasado, imposibilitó una investigación posterior), idóneo para armar una intriga detectivesca entretenida y con suficiente gancho para atrapar a los lectores adictos a ese tipo de obras. El añadido de la búsqueda del tesoro oculto por Los Caballeros de Colón resulta, en mi modesta opinión, innecesario y resta seriedad a las interrogantes que Escobar Golderos propone respecto a cuál fue la verdadera causa de la explosión del Maine. Puedo entender que tras ello está el empeño de aportar un nuevo mito, a los ya existentes sobre los cátaros, los templarios, los masones y otros grupos esotéricos. Mas repito, su injerto obedece más a concesiones a una moda temática que a necesidades orgánicas de la narración. Al hacerlo, el autor se ve obligado además a incluir no pocas páginas de referencias históricas sobre el tesoro, sobre Cristóbal Colón y sobre la orden religiosa que toma su nombre. Significativamente, es en esos pasajes donde el libro pierde interés y aquellos en los cuales su lectura se sigue con menos entusiasmo.
En cambio, Escobar Golderos no sobrecarga su novela con información histórica y detalles de la época, algo bastante usual cuando los autores acumulan mucho material durante la investigación. En una entrevista, sostiene algo que supo aplicar: "En la novela histórica, el fondo histórico debe ser eso, un fondo, un tapiz, pero los personajes deben desenvolverse con soltura". Y a propósito de estos últimos, aprovecho la mención que allí hace para volver sobre el tratamiento que da a los caracteres reales. Específicamente, me voy a remitir a uno, el general Máximo Gómez, quien aunque era de origen dominicano se sumó a las filas mambisas para luchar contra los españoles. A pesar de que se trataba de su primer viaje a Cuba, el norteamericano George Lincoln dice sobre él que practicaba la brujería, y sugiere que gracias a ello todos los rivales que se le enfrentaban terminaban muertos. ¿De qué fuente documental extrajo Escobar Golderos semejante bobada? ¿Es ésa su idea de lo que significa desmitificar y quitar el polvo a las figuras históricas? Vaya por Dios. Por cierto, en ese mismo pasaje de la novela se desliza este error, expresado por boca de Hércules Guzmán: "En Cuba, querido Lincoln, la santería y el vudú están a la orden del día". Se supone que quien eso afirma llevaba tanto mucho residiendo en la Isla, pero nunca se enteró de que el vudú no se practica en Cuba, sino en Haití.
Pero insisto, algunos de esos señalamientos críticos pueden provenir de mis expectativas personales como lector. Probablemente, otros lectores no han de opinar como yo y considerarán como aciertos los mismos aspectos que a mí no me convencieron. Todo depende, ya se sabe, del cristal con que se mire. En todo caso, quiero concluir esta nota expresando que, reparos aparte, no dudo en calificar la novela de Mario Escobar Golderos como una obra muy recomendable. Además de entretener, lo cual siempre se agradece, rescata del olvido un hecho histórico que no se restringe al siglo XIX y que viene a confirmar lo que dice uno de sus personajes: "de una manera u otra, todas las guerras son el resultado de una mentira". Entonces fue el oscuro estallido de un buque. Hace cuatro años fue la posesión de unas inexistentes armas de destrucción masiva. La próxima vez será… no importa qué: siempre se hallarán buenas razones para lanzar los ejércitos a una nueva aventura bélica. Las mentiras son la mejor materia prima para construir los imperios.
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