Ir al menú | Ir al contenido



CON OJOS DE LECTOR

Un corresponsal de guerra en la Isla

Cuba y el conflicto bélico hispano-americano ocuparon un espacio muy significativo en la vida y la obra literaria de Stephen Crane.

Seguramente muchos lectores conocen la obra del escritor norteamericano Stephen Crane (1871-1900). La mayoría lo identificará con la novela The Red Badge of Courage (traducida como La roja insignia del valor o El rojo emblema delvalor), que publicó cuando tenía veinticuatro años, y que de inmediato lo catapultó a la fama. Crane, no obstante, es también autor de otras novelas, como Maggie: A Girlf of the Streets y The ThirdViolet; de los volúmenes de cuentos George's Mother y The Open Boat and Other Tales of Adventure; y de una obra poética, de la cual muy poco se ha traducido al español.

Mas para el público norteamericano de su época, Crane era conocido sobre todo a través de su labor periodística. Fue una actividad con la que se ganó la vida casi hasta su muerte, y en la cual se inició a los dieciséis años, cuando empezó a redactar artículos para el New York Tribune. Entonces vivía en Nueva Jersey, su región natal, y en 1891, tras morir su madre (su padre había fallecido varios años antes), decidió mudarse a Nueva York. Allí se vinculó al Sindicato Bachellor-Johnson, para el cual pasó a trabajar como free-lance. Ganaba poco y por eso se vio obligado a residir en los barrios bajos del Bowery. En esa etapa, además de dormir en pensiones siniestras y frecuentar los antros más peligrosos, convivió con estudiantes de arte, y el conocimiento de la pintura impresionista debe haber contribuido, en parte, a su estilo como escritor. El propio Crane le comentó a un amigo: "Fue en el Bowery donde recibí mi primera educación artística".

A la fascinación que sintió por el periodismo, Crane sumó la que desde niño sentía por las historias militares. Incluso de 1888 a 1890 estudió en el Claverack College, una escuela militar. Esa pasión se refleja claramente en The Red Badge of Courage, que tiene como subtítulo An Episode of the American Civil War, y que se considera la primera novela moderna de tema bélico. Está escrita con una concisa verdad que se diría surgida de vivencias autobiográficas, aunque no era así: Crane nunca había visto una batalla, un detalle que ritualmente los críticos han destacado. Tan creíble es su descripción, que en Inglaterra muchos lectores pensaron que el autor era un soldado veterano de aquel conflicto. Éste refutó esa teoría y declaró que la idea de esa obra se le ocurrió cuando se hallaba en un campo de fútbol.

Fue el editor de The New York Press quien le ofreció la oportunidad de presenciar por primera vez una batalla, al proponerle cubrir como reportero la guerra de independencia que tenía lugar en Cuba. Crane aceptó y se trasladó a la Florida. Su plan era entrar clandestinamente en la Isla, llegar hasta los insurrectos y mandar desde allí sus artículos. Era, sin embargo, una asignación muy peligrosa, pues los españoles consideraban a los periodistas norteamericanos como espías. Habían capturado a varios, y uno de ellos, un joven de veintitrés años, había sido asesinado a machetazos. Estaban por otro lado los buques norteamericanos, que patrullaban las costas para hacer cumplir las leyes de neutralidad de Estados Unidos.

Por fin, tras cuatro intentos fallidos, Crane logró embarcar en el Commodore, un barco que llevaba armas y municiones para los mambises, además de un pequeño grupo de exiliados cubanos que regresaban a luchar contra los españoles. Posiblemente lo ayudó el dueño de una fábrica de tabacos de Jacksonville, quien organizaba expediciones de contrabando a la Isla. El Commodore partió en enero de 1897, pero veinticuatro horas después de haber zapado empezó a hacer agua. Los pasajeros y la tripulación lo abandonaron en tres botes. Crane, el capitán y dos marineros fueron los últimos en hacerlo en una chalupa. Pasaron unas treinta horas en el mar, hasta que finalmente consiguieron llegar a tierra, por un sitio cerca de Daytona. Poco antes, uno de los marineros murió.

Según contó el capitán, Crane se comportó como un verdadero marino, y tan pronto se supo que el Commodore había empezado a hundirse fue el primero que se ofreció como voluntario para ayudar. Ese coraje demostrado por él hizo que su nombre apareciese en la prensa y ocupara los titulares de los principales periódicos norteamericanos, pues para entonces gozaba de fama y notoriedad. Él mismo narró lo acontecido en un reportaje que se publicó el 7 de enero en el Press. También lo hizo en Flanagan and his Short Filibustering Adventure, una reconstrucción menos lograda de los hechos. Aquellas treinta horas que pasó en el mar sirvieron además para que el joven Crane viviera una experiencia que lo confrontó con lo que él consideraba la realidad, más intensamente que cualquiera de las experiencias vividas antes por él. Le dio también material para escribir The Open Boat, uno de sus cuentos más celebrados y perfectos, y que Joseph Conrad admiraba mucho.

El percance no lo disuadió de su propósito y trató de hallar otro modo de llegar a Cuba. Mas tras un mes de gestiones infructuosas, abandonó la idea. Ese mismo año partió hacia Europa con Cora, propietaria de un discreto burdel de Jacksonville que pasó a ser su compañera. Su objetivo era reportar la guerra greco-turca para el New York Journal. A pesar de que aquel conflicto bélico tuvo una duración cómicamente breve, le dio la oportunidad de realizar el sueño de presenciar por primera vez una batalla. Crane plasmó sus vivencias en varios artículos, luego en un cuento, Death and the Chile, que puede considerarse un testimonio autobiográfico ficcionalizado, y, por último, fragmentariamente en Active Service, una de sus novelas menos satisfactorias.

El Ernest Hemingway de su época

La guerra fue convirtiéndose así en el gran tema de toda su obra literaria. Su protagonismo es proclamado ya desde el título de algunos libros: The Little Regiment and Other Episodesof the American Civil War, Great Battles of the World, War is Kind. Asimismo está su labor como corresponsal de guerra, recogida póstumamente en los tres volúmenes de The War Dispatches, y que como ha comentado Harold Bloom hace de Crane el Ernest Hemingway de su época. De hecho, éste completó la obra iniciada por su compatriota, quien falleció a los veintiocho años, minado por la tuberculosis.

Tras finalizar la guerra entre Grecia y Turquía, Crane se estableció con Cora en Inglaterra. Allí tuvo en el mundo intelectual una acogida que Ford Madox Ford calificó de tumultuosa. Conoció, entre otros, a William Butler Yeats, a H.G. Wells, es probable que a Bernard Shaw, y a Joseph Conrad, con quien entabló una cálida e íntima amistad. Pero a pesar de ese prestigio, la situación económica de Crane distaba de ser buena (en realidad, nunca lo fue), y peor aún, llegó a verse al borde de la bancarrota.

En febrero de 1898, el buque norteamericano Maine explotó en el puerto de La Habana. Entonces Crane no le prestó mucha atención, pero en abril, cuando su país declaró la guerra a España, decidió regresar a Estados Unidos para reportarla. No tenía suficiente dinero y pidió ayuda a Conrad para reunir la suma del pasaje. Según testimonios del autor de LordJim, nada fue capaz de convencerlo y estaba dispuesto a lanzarse al océano e ir nadando. Al final, consiguió un delante de Blackwood and Company y pudo partir hacia Nueva York.

En respuesta al primer llamado del presidente McKinley, Crane se presentó como voluntario en la marina. Pero los exámenes físicos eran muy rigurosos y fue rechazado. No le quedó, por tanto, otra alternativa que aceptar ir a cubrir para el New York World la que John Hay, secretario de Estado, llamó "una espléndida pequeña guerra". De inmediato se trasladó hasta Key West, para esperar allí, como los otros ciento cincuenta periodistas, el desarrollo de las acciones. Nada más llegar, redactó su primer trabajo, un reportaje sobre el capitán del buque español Panamá, que había sido capturado el día antes. Durante el primer mes de la guerra, Crane siguió el bloqueo naval a Cuba, y para escribir sus despachos se basó en lo que presenciaba desde los buques Three Friends y New York. En las fotos tomadas entonces se le ve descalzo, con una camisa blanca que lleva por fuera, una pipa en la boca y el pelo todo revuelto, lo cual le da cierto aire de enfermo mental.

En junio, Crane desembarcó por fin en la Isla. A partir de esa fecha, envía sus trabajos desde sitios como Guantánamo, Daiquirí, Siboney, Playa del Este, El Caney y Santiago. En ellos demuestra que era inmune al chauvinismo que embargaba a sus compatriotas en aquellos meses enfebrecidos, y no deja de emplear su ironía y su tono escéptico. Por otro lado, ahora se fija más en el soldado simple, así como en detalles que revelan el absurdo y la naturaleza gratuita de los hechos bélicos.

Al igual que en Grecia, pronto se enfermó a causa de los rigores de la campaña, pero pese a ello siguió participando en peligrosas misiones. En algunas, ignoró la orden de cubrirse y se expuso al fuego de los españoles. Tras su fallecimiento, el corresponsal del Daily Chronicle contó la anécdota, presenciada por él, de cuando Crane subió a una colina cargado con unas doce botellas, para traer agua a los soldados. La temperatura era muy alta, y al regresar venía exhausto y creía que lo habían herido. Por suerte, no fue así, y sus compatriotas lo premiaron con cálidas muestras de admiración.

Mas para Crane, la experiencia en Cuba significó el principio del fin. El 6 de julio unos colegas lo encontraron en Siboney. Estaba ardiendo de fiebre y casi delirando. Tras examinarlo, el médico ordenó su evacuación inmediata. Al parecer, había contraído la fiebre amarilla, dictaminó. En realidad, tenía malaria. Fue enviado en barco a un hospital de Virginia. Tan pronto se recuperó, embarcó hacia Puerto Rico, para reportar la fase final de la guerra. Sin embargo, su estado de salud no era bueno. Físicamente estaba muy débil y parecía diez años más viejo.

Pocas semanas después, Crane volvió ilegalmente a Cuba, haciéndose pasar por un comprador de tabaco. Al principio, se hospedó en el Gran Hotel Pasaje, uno de los mejores de La Habana. En la veintena de artículos que desde allí envió pasa a ocuparse ahora de lo que ocurría en la Isla tras la rendición de los españoles. En uno de ellos, por ejemplo, reporta casos de norteamericanos borrachos, de conductas irresponsables que provocaron tiroteos, de soldados que pidieron tragos y luego rehusaron pagarlos. Nota entre los cubanos el miedo a la rapacidad de Estados Unidos, y señala que los soldados deberían comprender que dondequiera que lleven el uniforme del ejército, tienen sobre sus hombros el peso del honor y la dignidad de su país, y por eso su responsabilidad debe ser mucho mayor.

Entre comienzos de septiembre y mediados de noviembre, Crane llevó una vida virtualmente clandestina. Cora estuvo varios días sin saber de él, y estaba tan desesperada que pensó en ir a La Habana a tratar de localizarlo. Una vez más, el escritor apareció en los titulares de los periódicos norteamericanos: "Stephen Crane Missing". En diciembre Crane dio por fin señales de vida, y a fines de mes embarcó para Nueva York. De esa ciudad viajó luego a Europa, donde año y pico después falleció.

Aparte de su labor como periodista, en Cuba Stephen Crane redactó varias páginas de su Diario, así como una buena cantidad de los textos de su poemario War is Kind (de hecho, el último manuscrito del mismo lo envió al editor en septiembre de 1898 desde La Habana). En esos meses escribió además Intrigue, un ciclo de poemas sobre su conflicto amoroso con Lily Brandon Munroe. Asimismo inició Flowers in the Asphalt, que anunció iba a ser su novela más extensa, pero que destruyó, al igual que unos poemas eróticos. Por último, unos meses antes de morir preparó para la imprenta Wounds in the Rain, un libro de narraciones ambientado en la guerra hispano-americana, que se publicó póstumamente. Su traducción al español ha demorado ciento seis años en hacerse, y hace sólo unos meses vio la luz en España.

© cubaencuentro

Relacionados

El Código Maine

Carlos Espinosa Domínguez , Nueva Jersey | 26/03/2007

 

Cuentos de soldados y corresponsales

Carlos Espinosa Domínguez , Nueva Jersey | 12/02/2007

Subir


En esta sección

Perfil de una valiosa ejecutoria

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 22/04/2022


«Un mariachi viejo», fragmento

Félix Luis Viera , Miami | 22/04/2022

Comentarios


Con pasado y sin futuro

Roberto Madrigal , Cincinnati | 15/04/2022

Comentarios


La niebla de Miladis Hernández Acosta

Félix Luis Viera , Miami | 11/04/2022

Comentarios


Fornet a medias

Alejandro Armengol , Miami | 08/04/2022

Comentarios


Mujeres detrás de la cámara (II)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 08/04/2022


Juegos peligrosos

Roberto Madrigal , Cincinnati | 08/04/2022

Comentarios




Mujeres detrás de la cámara (I)

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 01/04/2022


La prisión del «Moro» Sambra

Félix Luis Viera , Miami | 25/03/2022

Comentarios


Subir