CON OJOS DE LECTOR

El paraíso no estaba en la otra esquina

Un joven homosexual cubano cuenta en un libro autobiográfico sus experiencias, primero en Cuba y después en España.

"Me llamo Daniel, tengo veintiocho años, y hace sólo unos meses que salí de Cuba. Ahora, al mirar hacia atrás, pienso en todo lo que viví y en lo que tuve que pasar para escapar de allí. Puede que ésta sea una historia que a muchos les ponga los pelos de punta, pero puedo asegurarles que soy fiel a la realidad. Cuento todo tal y como pasó. En lo referente al sexo, quizá viole demasiado mi intimidad y la de otras personas, pero no pienso omitir ningún detalle, cambiaré sus nombres para no dañar a nadie (…) Es una historia verídica, en la que la mierda huele a eso, a mierda".

La cita anterior pertenece a las palabras que Daniel García Carrera (Esmeralda, 1970) escribió en noviembre de 1998 como introducción a su autobiografía, que hace poco acaba de ver la luz en España bajo el título de Billete al paraíso (Editorial Egales, Madrid, 2006). He creído pertinente reproducirlas porque adelantan algunos aspectos que aquellos que decidan adentrarse en esas páginas deben tomar muy en cuenta. Se trata de un relato testimonial en el que un joven cubano, homosexual para más señas, reconstruye los que, para él, son "los momentos en los que viví las mayores sensaciones en mi vida, las más extremas. Algunas fueron terribles, otras no tanto, pero igualmente rebosan fuertes impresiones". Y como advierte, narra esas vivencias sin omitir detalles, lo cual significa revelar cosas de las cuales muy pocos se atreven a hablar públicamente.

García Carrera inicia su relato con una anécdota de su infancia (la paliza que recibió por haber escondido veinte pesos que halló en el armario de su casa), una etapa sobre la cual apunta fue como "la de cualquier niño pobre que vive en un pequeño y muy escondido pueblo del interior de Cuba". No son en verdad gratos los recuerdos que conserva de aquellos años. Para él estuvieron marcados por las necesidades y estrecheces económicas, por las Navidades sin la ilusión de la llegada de los Reyes Magos (en realidad, el año en que nació coincide con la supresión de esas fiestas, bajo el pretexto de no interrumpir la buena marcha de la que se anunciaba iba a ser la mayor zafra azucarera de nuestra historia, y que ya se sabe terminó en un desastre mayor que el del Titanic). Revive también el primer día que fue a la escuela, a la cual llegó aterrorizado a causa de los cuentos escuchados por él acerca de los castigos a los que la maestra sometía a los niños que no se portaban bien. Más o menos, en fin, como anotó García Carrera, lo que suele ser la existencia a esa temprana edad.

Pero lo que no constituye una vivencia común es la de haber sido abusado sexualmente a los cinco años por varios miembros masculinos de su familia. Es ése uno de los momentos terribles a los cuales aludía antes García Carrera, sin duda uno de los más terribles que un niño pueda vivir. Quien primero cometió ese atropello tan aberrante fue un tío suyo, y luego lo hicieron un hijo de éste y los esposos de dos de sus primas. Escribe que aquello significó una honda herida que cicatrizó hace mucho tiempo, pero que dejó en él una huella muy profunda. Asimismo eso lo lleva a comentar, con razones más que justificadas: "Quizás a ello se deba que mi concepto de familia no sea, precisamente, el que vemos en series como Bill Cosby o la legendaria Casa de la pradera".

Por otro lado, García Carrera cuenta que desde niño le atrajeron los chicos. Y aunque con sus amigos hablaba de novias para "hacerse el machito", piensa que nació homosexual. En la adolescencia tuvo sus primeras aventuras, y todas poseían como denominador común el pacto de silencio asumido por ambas partes, una vez consumadas. Sucedieron debido a circunstancias fortuitas (tener que compartir la misma cama con un primo o un amigo), contaron con la complicidad que siempre proporciona la noche, y se justificaban por esa semiinconsciencia en la cual se supone cae uno al dormir. Pero una vez que llegaba el día, el encantamiento quedaba roto, como en el cuento de la Cenicienta. Aquello que ocurrió durante el horario nocturno bajo ningún concepto podía no ya comentarse, sino siquiera mencionarse. De acuerdo a las leyes no escritas del machismo, es algo sobre lo cual no se habla.

De preso en la isla a chapero en Madrid

El traslado a La Habana marca el inicio de lo que García Carrera llama su adultez prematura. Buena parte del libro se refiere a esos años, en los que además de salir del armario y asumir por completo su opción sexual, hace tres intentos por salir ilegalmente de la Isla, dos de ellos en balsa. En uno fue rescatado por unos guardafronteras, tras lo cual fue enviado a la cárcel por un año. Admite que físicamente nunca fue torturado, pero en el plano psicológico anota que casi acabaron con él: "En las entrevistas, el instructor me decía hasta maricón, que no tenía dignidad, que la revolución me lo había dado todo y aun así quería marcharme a los Estados Unidos…, y miles de estupideces más. Tenía que permanecer callado para no seguir complicando mi situación".

Una vez que lo pusieron en libertad, estudió enfermería y trabajó en un hospital. A nivel afectivo, tuvo algunas relaciones efímeras. García Carrera cumple su promesa de no callarse ni escamotear aspectos de su vida más íntima, y comenta que era muy promiscuo, que le gustaba tener sexo y si era con varias personas a la vez, mucho mejor. En ese sentido, en el libro hay numerosas descripciones que harán enrojecer a más de uno, y hasta habrá quienes opinen que García Carrera lleva su sinceridad demasiado lejos. Y ello no tiene tanto que ver con el empleo de las llamadas malas palabras, como señala en su prólogo —innecesariamente extenso, según mi criterio— José María Sánchez Silva, teniente coronel de las Fuerzas Armadas españolas. En todo caso, aprovecho para insistir una vez más en que Billete al paraíso es un libro al cual debiera colocársele la etiqueta de Parental Advisory que en la actualidad llevan muchos discos.

En sus salidas nocturnas García Carrera conoció a algunos extranjeros, con quienes tuvo sexo a cambio de dinero, ropa, comida. A los pocos días, comenta, era el jinetero mejor vestido de la capital. Por sugerencia de un amigo se inscribe en un gimnasio, pues en aquel oficio poseer un buen cuerpo es fundamental. Se impone entonces como meta conseguir un extranjero que se enamore de él y lo ayude a salir de Cuba. Tras varios intentos y fracasos, logra que un italiano lo invite a Europa. La relación con éste no funciona bien, y ante el riesgo de que lo mande de vuelta a la Isla decide fugarse a España.

La libertad que tanto ansiaba empieza a exigirle un precio muy alto. Sin dinero y sin nadie que lo ayude, no tiene otra opción que seguir el consejo de un cubano que vive ahora en Madrid de dedicarse a la prostitución con hombres. Tiene bastante éxito y pasa a ganar mucho dinero. Cuando consigue reunir lo suficiente, compra una casa nueva a sus padres, pues la que tenían estaba por caerles encima. Gracias a su trabajo conoce además a muchos chicos, pero todos se escandalizan al enterarse de que se ganaba la vida como chapero.

Se inicia luego en el consumo de drogas. "Había noches de marcha en las que tomaba hasta cinco pastillas y medio gramo de otras cosas que no menciono, para no manchar más mi libro". Al final, se dio cuenta de que cuando pasaban los efectos del colocón, se sentía más deprimido. Decidió no consumir más drogas y comenta que ahora sólo las toma "para alegrarse el cuerpo y nada más". Dejó además la prostitución, que para él fue "sólo un peldaño para subir a la montaña de la vida", y con un amigo tiene un restaurante en el barrio madrileño de Chueca. En las páginas finales de Billete al paraíso escribe: "Sé que muchos se escandalizarán al saber lo que he sido y lo que soy, pero me da igual. Sólo quiero a mi lado a las personas que me acepten como soy, no a los que quieran cambiarme. Entonces no sería yo".

Billete al paraíso debe leerse, por tanto, como el testimonio real de una vida difícil y como la historia de su superación personal. García Carrera narra sus experiencias con honestidad y traza de sí mismo un retrato que no es indulgente. Como escribe en algún momento, no se considera un mal chico, aunque reconoce que alguna vez ha hecho cosas muy feas. Pero en su libro levanta además el dedo para acusar a un régimen que lo envió a la cárcel por el único delito de querer salir de la Isla, y bajo el cual no se sentía libre. Por eso aunque en la introducción promete no hablar de política, no puede dejar de hacerlo a lo largo de todo el libro. Es algo que, a mi juicio, lo lastra un poco, pues no necesita reiterar de modo explícito lo que se deduce con claridad de su relato.

Pero en definitiva, su objetivo, como se expresa en las palabras de la contraportada, fue escribir un libro directo como un gancho al estómago, comprometido con su gente y su causa. Y no son muchos los que tienen la valentía de hacerlo.

© cubaencuentro

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