Con ojos de lector

Lorca que te quiero Lorca

Una selección de textos críticos y testimoniales refleja la huella que dejó en Cuba la breve pero intensa estancia del poeta y dramaturgo español.

Desde la etapa de la colonia, nuestra isla ha sido visitada por celebridades y personajes famosos de numerosas nacionalidades y pertenecientes a disciplinas y campos muy diversos. No con el ánimo de hacer lista, sino sencillamente para ilustrar lo que digo, recuerdo que por allá pasaron e incluso en algunos casos residieron Sarah Bernhardt, Anaïs Nin, Enrico Caruso, Langston Hughes, Renata Tebaldi, Luis Cernuda, Lola Flores, Thomas Merton, Pablo Casals, Graham Greene, Pedro Henríquez Ureña, Serguei Prokofiev, Juan Ramón Jiménez. De su estancia entre nosotros han quedado registros escritos, unos firmados por ellos y otros por quienes fueron sus anfitriones o simples testigos de sus andanzas cubanas. Muy pocas visitas, sin embargo, pueden competir con la realizada en la primavera de 1930 por Federico García Lorca, en cuanto al cariño con que se le recuerda y a la cantidad de tinta que ha hecho correr.

Algunas de las páginas que durante y después de su estancia en la isla se publicaron han sido bastante divulgadas. Otras, por el contrario, permanecen olvidadas en los periódicos y revistas donde vieron la luz. El investigador Miguel Iturria Savón (La Habana, 1955) cuenta que entre 1996 y 1997 revisó minuciosamente diversas publicaciones cubanas, para rastrear lo escrito acerca de la visita a la isla del escritor español. Apunta que por sus manos pasaron decenas de artículos, ensayos, conferencias, discursos, testimonios y poemas. Pese a que la abundancia de ese material limitó y dificultó su labor, logró decantar un conjunto de textos de gran variedad y valor testimonial y literario. Eso lo llevó a concebir el proyecto de una antología, que recopilase "aquellos trabajos que ofrecieran las coordenadas cubanas de García Lorca y contribuyeran, a su vez, a una interpretación diferente de algunos aspectos de su vida y su obra". Fue ésa la génesis de Miradas cubanas sobre García Lorca (Editorial Renacimiento, Sevilla, 2006, 169 páginas).

En la presentación del libro, Iturria Savón también comenta que el libro debió aparecer en 1998 en Cuba, bajo el sello de la Editorial José Martí. Mas impidió su salida la inclusión de Lorca hace llover en La Habana, de Guillermo Cabrera Infante, "autor excomulgado en la Isla por su filiación política contraria a las autoridades que rigen la vida y la cultura". Paradójicamente, agrega, "el gran escritor exiliado me pedía desde Londres excluir su deliciosa disertación lorquiana de cualquier edición insular". Un ejemplo más, por si a alguien le hiciera falta, de la esquizofrenia a la que las discrepancias ideológicas son capaces de arrastrar a los cubanos.

La selección hecha por Iturria Savón incluye trabajos que, de acuerdo a él, se hallan a mitad de camino entre la evocación y el ensayo breve. Llevan las firmas de Juan Marinello, Emilio Roig de Leuchsenring, Emilio Ballagas, Lino Novás Calvo, José Lezama Lima, Raúl Roa García, Nicolás Guillén, Dulce María Loynaz, Cabrera Infante y José María Chacón y Calvo. En la antología se reproducen además las entrevistas de Cira Bianchi Ross a este último y de Ángel Rivero a Flor Loynaz. El compilador suma a esos textos uno suyo, La ruta cubana de Garía Lorca, que corresponde a la conferencia que leyó en abril de 1998 en el hoy difunto Centro Cultural de España de La Habana. En esas páginas, hace un sucinto pero exhaustivo resumen de las actividades realizadas por García Lorca en la Isla.

Varios de los textos recopilados por Iturria Savón habían aparecido ya en libros. Son los casos de los pertenecientes a Marinello, Lezama Lima, Cabrera Infante, Guillén y uno de los dos de Chacón y Calvo (el otro, en cambio, es inédito). Los restantes sólo se podían consultar en las publicaciones periódicas donde originalmente vieron la luz. Como es inevitable en una selección de estas características, la calidad oscila de unos trabajos a otros. Tampoco hay que olvidar que algunos son entrevistas o bien artículos periodísticos breves, mientras que otros poseen un vuelo más ensayístico y crítico.

En todo caso y como toda antología, Miradas cubanas sobre García Lorca tiene la ventaja de permitir a cada lector la búsqueda de aquellas páginas que resultan más afines a sus intereses. Quien redacta estas líneas, tras haber leído el libro completo, confiesa que disfrutó más los textos testimoniales, esto es, aquellos en los cuales sus autores comparten datos y vivencias de primera mano. Esto me permitió ir enhebrando de aquí y de allá la imagen humana de Federico García Lorca que éstos plasmaron. Así, Dulce María Loynaz resume con estas palabras lo que más le llamó la atención de él: "Los ojos y ese modo de estrechar la diestra ajena, fueron lo primero que en él me impresionó. Daba la mano como si diera con ella el corazón. // Los ojos eran lo único hermoso que había en su persona física, sin que por esta afirmación deba entenderse que el resto fuera desagradable. Simplemente no había en él otro rasgo digno de atención".

Por su parte, Juan Marinello expresa: "Un contacto breve con él dejaba la sensación que puede ofrecer un árbol lozano, un río encrespado, una mañana luminosa. Era, en verdad, una naturaleza alígera, de imprevisibles vuelos, ansiosa de todos los vientos, pero alimentada de los jugos más espesos y viejos de su tierra". Respecto a su carácter, escribe: "Un muchacho encantador, sí, campechano, rumbero, dispuesto siempre a tomar una copa, bailar un son y gastarle una broma al primer desconocido que se encuentre, y colarse en cualquier sitio donde suene una música popular.// No hace un mes que se encuentra en Cuba y ya está completamente aplatanado; conoce y sabe más cosas cubanas que muchos de sus amigos y nos puede servir perfectamente a los habaneros de cicerone y descubrirnos lugares y tipos netamente criollos, para nosotros desconocidos".

Asombrado desde que puso el pie en Cuba

Particularmente rico en anécdotas es el trabajo de Emilio Ballagas, quien por cierto hace este comentario: "Desde que puso el pie en Cuba Federico se sintió asombrado. Rafael Alberti empezó a asombrarse verdaderamente de nuestra Isla cuando se alejaba de la linda bahía habanera". Rememora cuando García Lorca leyó algunos de sus poemas en el estudio del pintor Jaime Valls. Se trataba de las primicias del libro Poeta en Nueva York: "Estábamos allí, además del dueño de la casa, Marinello, Florit, Mañach, Suárez Solís, Sergio Carbó, entre los que recuerdo con más claridad. Federico dijo su poema El Rey de Harlem con una dignidad expresiva que ya quisieran para su mejor día nuestros recitadores varones. Era de beberse su gesto al oírle cuando decía, entre otros versos, aquello de «dolor en longitud, yodo en punto», refiriéndose a una fila de hormigas".

También figura en el artículo de Ballagas esta otra anécdota, que a continuación reproduzco: "Le habíamos preguntado un día dos amigos jóvenes su opinión sobre cierto poeta cubano que le llevó sus originales, y nos había contestado con franqueza: «Son muy malos, muy malos». A nuestra vez le insistimos: «¿Son tan malos, tan dramáticamente malos como nos dices?». Y él continuó: «¡Horribles! Cuando los leo me dan accesos de llanto y ganas de echarme al suelo inconsolable gritando así: ¡Ay, aaaay, aaaay!, como mi Bautista cuando el verdugo le rebanó el cuello»".

Roig de Leuchsenring cuenta, por el contrario, el entusiasmo con que García Lorca le habló de Arturo Carnicer Torres, periodista y poeta a quien conoció durante su visita a Sagua la Grande. Lo calificó como "el hombre más extraordinario, más genial de nuestros tiempos, y tal vez, también, de todos los tiempos". Asimismo le expresó su regocijo por el trabajo que le dedicó, y al cual considera "mi verdadera y definitiva consagración, el elogio más alto que de mi personalidad literaria pueda haberse hecho". Roig de Leuchsenring incluye en su trabajo un artículo publicado por Carnicer Torres, que al escritor español también le pareció "una verdadera obra maestra, inimitable". Debo confesar que tras leerlo, albergo serias dudas acerca de si éste hablaba en serio o si, por el contrario, lo hizo en plan de cachondeo. Como botón de muestra, he aquí el primer párrafo: "García Lorca —poeta ipotrocasmo— el que ha dado un epónimo a la nueva ritma literaria, nos ha visitado no ha muchas horas, y desde el críptico esceneril del italiano caserón «principal», nos dio toda la euforia de su ritmo". Y más adelante prosigue: "Fui a oír en tribunicio cerco a García Lorca, porque interpretando la vigencia de su módulo, sabía que no iba a encontrarme melismos de cadencia cansona, sino la puridad, que una fobia literaria no echada en campo desbombero, lleva toda enfática etimología de la palabra no sobada". Ya sé que corro el riesgo de pasar por ignorante e inculto, pero, las cosas como son: tengo para mí que el tal Carnicer Torres no era más que una mezcla indigesta de picuencia con metatranca avant la lettre.

Anécdotas y testimonios similares a los anteriores hallará el lector en Miradas cubanas sobre García Lorca. Asimismo quien prefiera acercamientos más analíticos sobre su obra no ha de irse de balde. Pero posiblemente tanto unos como otros coincidan conmigo en que esa selección bien pudo extenderse a otros trabajos a los cuales hay alusiones en el libro, que no se puede decir, por cierto, que sea voluminoso. El compilador ofrece, como suele ser un lugar común cuando se habla de la estancia cubana de García Lorca, una imagen en la cual se privilegian sus actividades y andanzas habaneras. En cambio, él mismo se refiere a sus visitas a Santiago, Sagua la Grande, Caibarién, Pinar del Río, Matanzas, Remedios. De algunas de ellas se ocupó la prensa local. Recuerdo que Samuel Feijóo dedicó, en su revista Signos, un amplio dossier al viaje a Cienfuegos. Seguramente esas páginas son de inferior calidad a las reunidas en Miradas cubanas sobre García Lorca, pero aportan datos nuevos que escritores como Ballagas, Marinello, Guillén y Roig de Leuchsenring no recogen.

Es curioso además que en el libro se alude a textos que, por las breves referencias que de ellos se da, despiertan nuestro interés. Por ejemplo, Iturria Savón anota que el periodista asturiano asentado en Cuba Rafael Suárez Solís tuvo un significativo vínculo con García Lorca, y añade que es autor de varios artículos sobre él. ¿Carecían acaso de méritos como para no recoger ninguno? Comenta también que en 1961 Antonio Quevedo editó el folleto El poeta en La Habana, "texto imprescindible para la comprensión de los días cubanos del escritor andaluz". Si lo eso, ¿por qué no haber seleccionado un fragmento representativo?

El compilador de Miradas cubanas sobre García Lorca menciona asimismo al musicólogo Adolfo Salazar, que "publicó en 1938 tres crónicas deliciosas que fueron decisivas para el conocimiento del periplo insular de Lorca". Ninguna, sin embargo, figura en el libro. Y para no extender esta lista de ausentes, copio, por último, el inicio de la presentación de Chacón y Calvo de la conferencia ofrecida por Lorca en la Institución Hispano-Cubana de Caibarién: "No voy a presentarles a ustedes a Federico García Lorca. Ya lo ha hecho en La Habana, fina y elegantemente, Francisco Ichazo, y su presentación, publicada en la prensa diaria, ha llegado a todas partes". ¿A Iturria Savón tampoco le pareció pertinente incorporar el texto de Ichazo? Es posible que algunas de esas ausencias obedezcan a problemas con los derechos (incluso pueden ser otras las causas), mas en tales casos unas palabras aclaratorias sirven para exculpar al compilador.

Y dado que semanas atrás me ocupé de ese tema, considero inevitable señalar la presencia en Miradas cubanas sobre García Lorca la presencia de algunas erratas que afean la edición. En su texto, Iturria Savón se refiere en dos ocasiones al Teatro Alambra, cuando se trata del Teatro Alhambra. El nombre de Lydia Cabrera aparece en tres ocasiones, una de ellas en el índice onomástico, como Lidia. Algunos acentos volaron alegremente por los aires, y varias comas se metamorfosearon en puntos y seguido. Tampoco logró salir ileso de esos errores el autor de Bodas de sangre, cuyo segundo apellido fue convertido, en la página 37, en Larca. Mas quien ha tenido peor suerte es, sin embargo, el escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Su primer apellido está escrito siempre con ese, y en la página 64 figura como Caldosa, como si estuviese haciendo propaganda a aquel suculento caldo que, décadas atrás, hizo famosos en la Isla a los tuneros Kiki y Marina.

© cubaencuentro

En esta sección

La revolucionaria trotamundos

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 16/09/2022


Jean-Luc Godard (1930-2022)

Roberto Madrigal , Cincinnati | 16/09/2022

Comentarios


La poesía de Raúl Ortega Alfonso

Carlos Olivares Baró , Ciudad de México | 15/09/2022

Comentarios


El ingrato papel del aguafiestas

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 09/09/2022


Teque con humor

Roberto Madrigal , Cincinnati | 09/09/2022

Comentarios


Los muros de Lazer Fundora

Carlos Olivares Baró , Ciudad de México | 03/09/2022

Comentarios


El arte de narrar

Roberto Madrigal , Cincinnati | 02/09/2022

Comentarios


Algo más que la esposa de

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 26/08/2022


Manuel C. Díaz publica libro de narraciones

Juan Cueto-Roig , Miami | 26/08/2022

Comentarios


Un menú que no era solo menú

Carlos Espinosa Domínguez , Aranjuez | 19/08/2022


La ley del sobreviviente

Roberto Madrigal , Cincinnati | 19/08/2022

Comentarios


Subir