CON OJOS DE LECTOR
Salir del fanguero para caer en la furnia
Además de nacer y morir, los idiomas también van perdiendo parte de su vocabulario, y en ese sentido Cuba no ha sido una excepción.
Hace poco leí un artículo donde se hablaba de la recuperación en las escuelas de Hawai del aha punana leo, una lengua nativa que casi se había extinguido, debido a que tras la anexión de la isla en 1898 el gobierno de Estados Unidos prohibió su enseñanza en las escuelas. Gracias a eso, a partir de 1983 las personas que lo hablan pasaron de menos de un millar a unas 10 mil. Iniciativas similares se están llevando a cabo para rescatar el galés, el navajo, el maori, el cornish y varias lenguas aborígenes de Bostwana.
Desgraciadamente, lo que predomina desde hace unas cuantas décadas es todo lo contrario, es decir, la desaparición de lenguas. Tan grave es el problema, que éstas deberían incluirse entre las especies en vías de extinción. Por ejemplo, cuando los españoles llegaron al territorio que hoy ocupa México existían unos 170 idiomas indígenas. Al finalizar el siglo XIX sólo sobrevivían 100; hoy se han reducido a 62.
Para sobrevivir, una lengua necesita contar por lo menos con 100 mil hablantes. La UNESCO estima que en la actualidad hay unas 6.800 lenguas en todo el planeta, aunque la mitad de las mismas son habladas por comunidades cuya población no sobrepasa las 2.500 personas. En Siberia hay sólo 100 habitantes que para comunicarse emplean el udihe, mientras que el arikapu apenas cuenta con 6. En 1992 falleció un granjero turco y con él desapareció el ubykh, un idioma de la zona del Cáucaso que poseía 81 consonantes, un número récord respecto a las otras lenguas. De acuerdo al Worldwatch Institute, para fines de este siglo entre el 50 y el 90% de las lenguas de todo el mundo podrían estar extinguidas. El lingüista Peter Ladefoged, de la American Society for the Advancement of Science, es menos catastrofista y afirma que puede ser alrededor del 40%. De cualquier modo, se trata de un problema cultural serio, y para algunos especialistas esa extinción es, en cierta medida, semejante a la de las especies.
Pero además de nacer y morir, así como de sufrir las consecuencias de la uniformidad cultural que trae aparejada la globalización, los idiomas también van perdiendo parte de su vocabulario. A muchas palabras y expresiones del habla cotidiana les ocurre como a las prendas de ropa: un día pasan de moda, dejamos de usarlas y raramente les concedemos la oportunidad de tener una segunda vida. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de los hotpants, de la minifalda, de aquellos vestidos que se llamaban chemises o de aquellos calzoncillos blancos que daban por la mitad del muslo y que fueron bautizados popularmente como matapasiones? Me imagino que para una persona de veinticinco o treinta años tales nombres sonarán como si le hablasen en arameo antiguo o serbio-croata.
Algo similar ha sucedido con muchos de los términos que escuchaba y empleaba yo mismo durante mi infancia y adolescencia en Cuba: cayeron inexplicablemente en desuso y fueron sustituidos por otros más pobres. Algunos, debo admitirlos, probablemente eran localismos de la zona rural donde entonces vivía, pero otros se conocían en toda la isla. En estos últimos días me he dedicado a alumbrar los viejos rincones de la memoria para tratar de rescatar, a través del modo en que entonces se hablaba, algo de aquella lejana etapa.
Sí, porque debo admitir que de aquello hace ya un serón de años. He recordado así a la pandilla de amigos con los cuales acostumbraba reunirme. Yo era posiblemente el más serio y tranquilo de todos, lo cual no significa que fuera un mongolo o un guacarnaco. Mas ni remotamente podía ponerme al lado de ellos. Abelito, Nelson, Rodolfo o Pipo era su gracia, y ellos sí que eran rinquincalla, biyaya pura. Qué manera de gustarles el bonche a aquellos muchachos, qué tremendos chotas eran. Pero no sólo el bonche: no necesitaban que se les diesen muchos motivos para entrarse a piñazos con el pinto de la paloma. Tenían unos berocos tan jandangos como los del mismísimo Maceo. Muy bacanes eran mis amigos, sí, señor, pero con ellos no podía andar uno con bainadas.
Con ellos iba a encararme en las matas de mango o de guayaba, frutas que en esa zona se daban teleras, y también a bañarme en el río. En realidad, no tanto en el río, sino en una poceta que quedaba bastante cerca del pueblo. A veces me iba sin permiso, y eso me costaba un par de pescozones o algún cocotazo a la vuelta. Pero el castigo físico nunca pasaba de eso. Mis padres no eran de esos de darte una pela por cualquier cosa y mucho menos una tunda. Gracias a eso, pasé de ser un fiñe a ser un adolescente sin saber lo que es que me metieran un par de cutarazos en los fondillos, ni haber pasado por la vergüenza de que me gritasen en pleno parque: ¡Ajila! ¡Ve pitando pa' la casa! Es algo que hasta hoy agradezco a mis padres. Reconozco que alguna que otra vez sonar a los hijos un trompón bien dado resulta oportuno y, si me aprieta, digo que hasta saludable. Pero eso de estar constantemente apolismándolos a toletazos suele traer malas consecuencias.
El culillo de la lectura
Pero las cosas como son, debo reconocer que fuera de las malacrianzas y travesuras normales en cualquier vejigo, a mis padres yo no les daba problemas. Nunca estuve metido en jelengues, titingós ni rebumbios, pues a pesar de que mis compañeros de tropelajes y juegos eran de familias que estaban en la prángana lo mismo que la mía, eran muchachos muy decentes. Nada de gente furrumalla ni zurrupia. Fui además un estudiante aplicado, y a partir de cuarto grado mis notas fueron muy buenas, pues si bien no fui lo que se dice un filtro, tampoco era un ñame. Me gustaba mucho estudiar, y dedicaba a ello varias horas. Y mi mamá feliz como una lombriz, pues de ese modo se libraba de que yo la estuviera jeringando. Gracias a eso, no me vi en la necesidad de meter forros en los exámenes. Bueno, para decir la verdad más verdadera sí confieso que llevaba chivos a los de química, pero qué iba a hacer si esa puñetera asignatura no me entraba en el cocorioco. Alrededor de los once o los doce años comencé a sentir el culillo de la lectura. Una maestra que me dio clases particulares de inglés fue quien me hizo adquirir ese hábito. Ya sé que van a decir: ¡qué guayaba!, pero el primer libro que leí completico fue Naná.
En la división social del trabajo, a mí me tocaba ir a hacer los mandados. Generalmente los comprábamos en la venduta de un señor flaco como una vara de tumbar gatos, pero muy simpático, que se llamaba Luis. Entonces era costumbre que a los niños que hicieran una compra más o menos respetable les dieran algo de contra o de ñapa. Siempre pedía algún dulcecito, pues mi debilidad eran y siguen siendo los dulces en toda su gama: desde una simple chupeta hasta un pionono, pasando por pirulíes, queques, matahambres, rompequijás… Me acuerdo de una variedad de coquitos o cocadas, que de ambas maneras podía y solía decirse, que se preparaba con azúcar parda. Eran de color bien oscuro y desde mis días de infancia nunca más los he comido. Eran sabrosísimos y tenían uno de esos nombres ocurrentes como sólo en Cuba sabemos poner: mojón de haitiano.
Como cualquier hijo de vecino que suelta un coño cuando se da un tanganazo, me chiflaba irme a la loma a empinar chiringas. Ya desde entonces me fascinaban los animales, y viviendo en un pueblo de campo no hace falta que aclare que estaba rodeado de ellos. Nunca fui, eso sí, de cazar tataguas, ni de cortarle la cola a los caguayos y los chipojos, ni de echarle bisulfuro en el lomo a los gatos. Perros sólo recuerdo haber tenido uno. Campeón se llamaba y era tocolo. En el patio criábamos un par de cochinatas, así como algunas gallinas y pollonas. Una vez tuvimos un chivo, un animal que no deja de tener su bonitura, pero también una peste que le ronca.
A menudo iba a pasarme unos días en la finca que mi abuelo paterno tenía en Los Horneros. Para mí, no había mayor contentura que enjorquetarme en un caballo, aunque fuese un arrenquín o un penco, y salir a trotar por los potreros y el lomerío. Como aún usaba pantalones cortos, a veces me metía sin darme cuenta en los zarzales y las piernas se me llenaban de ñáñaras. Una vez incluso me di un mameyazo con la rama de una guásima que me dejó un tremendo chichón. Pero yo andaba tan feliz por aquel primor de lindura, entre tomeguines, pitirres, siguapas, caos, siguapas, senserenicos y cuanto bicho hay en el monte, que no sentía ni una ñinguita de yaya.
Lo que se dice fiestero, nunca fui. En marzo, cuando llegaban las fiestas del pueblo, salía como todo el mundo, aunque más para hacer el paripé que por verdaderos deseos. Si hubiese dicho que me quedaba en la casa, mis amigos me hubiesen caído encima con la pituíta. Mi mamá siempre me aconsejaba que bebiera para alegrarme, pero que por nada del mundo me jalara. El ajumao, me decía ella, es el único que no disfruta de la pachanga. Y eso hacía yo: me daba dos o tres cañangazos y pare de contar. Hasta el día de hoy desconozco lo que es coger una guarapeta, y basta que me tome una cerveza para que de inmediato me entre sueño y caiga redondo como un cotunto. Es algo que me viene, supongo, de mi papá. Sólo recuerdo haberlo visto tomar una cerveza en toda su vida, y fue porque llegó a visitarlo un amigo al que no veía desde hacía un carajal de tiempo. Lo que sí le gustaba mucho era fumar: siempre lo recuerdo con una tagarnina en la boca.
Mas la infancia terminó y me hice tarajayudo. Es la ley de la vida, en la cual hay su tiempo para el dulce y su tiempo para el amargo. Para mí, como para todos, terminó la etapa de los culipandeos, de leer muñequitos y de asustarme en el cine con El monstruo de la Laguna Negra. Las cosas cambiaron y empecé a aprender que los problemas cuando no vienen jimaguas, vienen mellizos. Vienen así, de primera y pata, sin que uno haga ni diga ni pitoche, cuantimás en mi caso, que nunca fui ñángara ni comecandela, y que no creo en empachos ni repugnancias. Y que cuando digo verde, hay que traérmelo por lo menos pintón. Pero ésa, en fin, es otra historia que no voy a contar aquí, pues ocuparía un seremil de páginas y sería una longaniza del carajo.
Eran, como pueden comprobar, otros tiempos, cuando el lenguaje popular rebosaba creatividad e ingenio. Compárese, en cambio, con el vocabulario que se emplea en los tiempos que corren: fula, quimbe, gocetén, fiana, brujanza, pepe, pincho, yuma. Qué falta de imaginación. Eso por no hablar de los nombres con que hoy está de moda bautizar a los niños y las niñas cuando nacen. Antes las personas se llamaban Adelfa, Primitivo, Azucena, Orestes, Iluminada, Evelio, Leonor, José Jacinto, Sara, Octavio, Carmelina, Alipio. Hoy, por el contrario, lo que se estila es llamarse Yipsi Moreno, Osleydis Menéndez, Yuriolski Gamboa, Leyanis López, Odrisamer Despaigne, Rosmiel Iglesias (y que conste que no es jarana mía: todos los que menciono son nombres reales). Ya ven, hasta lo mejorcito de nuestra manera de hablar se está extinguiendo, así que desde aquí propongo que a partir de ahora cada uno apadrine una palabra para salvarla de la desaparición. Cuando la escoja, les prometo avisarles sin falta de cuál es la que ha de quedar bajo mi protección.
© cubaencuentro
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