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Represión

Cinismo al rojo

Es realmente cínico considerar a España un Estado represor y, a la vez, negar o justificar la represión en Cuba

El actor y, como él se autodenomina, “ciudadano activista”, Guillermo Toledo, publica una entrevista que el periodista Pascual Serrano convirtió en libro. Se titula “Razones para la rebeldía”. Por el título podemos inferir que se trata de la versión española del “Indignaos” de Hessel, si bien él se apresura a marcar la diferencia: “Hessel es democracia cristiana y yo soy un rojo”.

No conozco el libro y confieso que difícilmente llegue a conocerlo, pero sí leí las declaraciones que sobre el particular hizo al diario Público el pasado viernes 16 de septiembre. De ellas es que pretendo ocuparme en este texto porque, en mi opinión, son de un cinismo muy en rojo. O al rojo… vivo.

La primera en la que conviene detenerse es en esa autodefinición con que se desmarca de Hessel: “Yo soy un rojo”. A simple vista, le cuelgan reminiscencias que datan de la era franquista y, posteriormente, de la Guerra Fría. Revela un orgullo antediluviano que forma parte de un uniforme ideológico que se cae a pedazos.

Es evidente: el señor Toledo pertenece a esa izquierda que continúa atravesada en medio del camino, de espaldas, sin poder apartar la vista del siglo XX. Esa izquierda que (con perdón de Stendhal) sigue pensando el mundo en rojo y en negro. Y que no tiene que ser necesariamente la Izquierda.

Apuesto a que la prueba está en la mente de todos. ¿Cómo leer estas declaraciones sin recordar las que hizo a propósito de la muerte de Orlando Zapata? ¿O lo que dijo de Fariñas y, en general, de los opositores cubanos? ¿La superficialidad, la carencia de sentido común, la desfachatez con que repitió las descalificaciones del régimen? Porque ambas manifestaciones se mezclan.

Entonces armó el revuelo por su incapacidad para matizar, y ahora va y pretende incendiar la página del periódico que le promociona con los mismos fósforos que, a juzgar por las encuestas, arden en las manos de la mayoría de los ciudadanos españoles.

Se declara enfadado con el Gobierno de Zapatero porque, afirma, se deja dictar por los intereses de los bancos; abandona a sus ciudadanos; se olvida de las injusticias; y acepta que la sanidad y la educación pierdan su sentido público. A lo que añade algo que seguramente no comparten todos los españoles pero sí esa izquierda que he dicho, incluyendo el régimen cubano. Añade que este Gobierno arma un Estado represor y teme a la palabra del pueblo. O sea, mezcla verdades, medias verdades y mentiras.

Esta tesis la desarrolla más adelante. Cito: “Vamos a pasar mucho miedo y dolor por parte del Estado represor. No estamos en un Estado de derecho, no vivimos en una democracia. La violencia se agravará, sin miramientos. Los estados represores, como el nuestro (es decir, España), no tienen problemas en utilizar la violencia, incluso en matar a sus ciudadanos, como pasó en Génova hace nueve años. No se plantean más que reprimir al pueblo. No tienen otra salida”.

Vaticinio que en principio carece de un fundamento claro. Aparte de que no es más que eso, un vaticinio. Pero donde debemos detenernos es en el término “Estado represor” y en el ejemplo que extrae para su comparativa: “…incluso matar a sus ciudadanos, como pasó en Génova”.

Génova. O sea, que da un salto selectivo a Italia y al 20 de julio de 2001. Y de allí entresaca la muerte de Carlo Giuliani causada por el disparo de un carabinero asustado y el atropello por el vehículo de la policía que, igualmente asustada, intentaba huir del ataque de una multitud enardecida entre la que se encontraba, muy en primera fila y amenazando con estrellar un extintor contra los agentes, el propio Giuliani. ¿Por qué no acudió a los ejemplos, mucho más gráficos y actuales, de las represiones a las revueltas en los países árabes que se ha cobrado miles de vidas, o de la libertad de expresión en Cuba que tantos muertos, cárcel y exilio causa desde hace más de cinco décadas?

Es realmente cínico considerar a España un Estado represor y, a la vez, negar o justificar la represión en Cuba. Es decir, negarle esa condición a la dictadura isleña.

No obstante, se puede coincidir con él (y con los “indignados” del llamado 15-M) en la indignación. Se puede coincidir en que es indignante el tratamiento que los Gobiernos capitalistas, incluyendo el de España, dan a la crisis. Se pueden compartir las críticas al sistema e, incluso, la idea no por peligrosa, equivocada, de que el modelo se debe cambiar. Pero no se puede marchar junto a un individuo que también piensa ese cambio utilizando la plantilla de modelos probadamente fracasados y, ellos sí, represores.

Sin embargo, el momento en que su cinismo alcanza realmente el clímax es cuando, sin percatarse de la paradoja (puesto que todas sus declaraciones delirantes circulan y se conocen por algo), añade: “Además, ejercemos la autocensura porque conocemos las consecuencias de dar rienda suelta a la libertad de expresión. Los medios de comunicación se han convertido en auténticos censores”.

¿Autocensura? ¿Consecuencias por ejercer la libertad de expresión? ¿Censura en los medios de comunicación? Se diría que se refiere a Cuba. Pero no, habla de España. Habla de su propio país en su propio país, algo que ojalá los cubanos pudiéramos hacer con idéntica impunidad en el nuestro.

Como digo al principio, estas declaraciones rezuman un cinismo muy en rojo. O al rojo… vivo. ¿Será así toda la entrevista de ese libro? Después de esto parece que no vale la pena averiguarlo.

© cubaencuentro

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