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Opinión

Conflicto y diplomacia (I)

Relaciones bilaterales La Habana-Washington: Castro teme a la distensión.

Se está produciendo una escalada en las tensiones que caracterizan la relación bilateral entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Con periodicidad anual —antes de las sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas—, el jefe de Estado cubano echa a rodar la especie de que EE UU estaría próximo a intentar la ocupación de la Isla, por lo que todos aquellos que critiquen sus violaciones de derechos humanos estarían haciéndole el juego a esa pretensión imperial.

Pero en esta ocasión —pese a que coincide con el preludio de las sesiones del mencionado Comité en Ginebra—, el incremento de las tensiones es real, aunque dista todavía de apuntar a un escenario de confrontación militar. ¿En qué contexto histórico debemos leer la nueva espiral del conflicto? ¿Quién es responsable de haberla iniciado? ¿Hasta dónde puede complicarse? Es necesario entender esta nueva crisis desde el contexto histórico en que emerge.

Conflicto nacional internacionalizado

Hay que distinguir, en primer término, la persistencia de un conflicto cubano interno del externo que caracteriza la relación entre Cuba y EE UU. El primero se originó cuando un sector de la revolución triunfante en 1959 impuso —a sangre y fuego— su estrategia totalitaria, no sólo contra los intereses de la burguesía nacional y Estados Unidos, sino también en detrimento de las fuerzas socialdemocráticas que habían luchado contra Batista y terminaron en el paredón, la cárcel, el exilio o el ostracismo cuando no quisieron doblegarse a la dirección política unipersonal de Fidel Castro.

Ese conflicto nacional dio lugar a una segunda guerra civil (1959-1965) en que el gobierno cubano acudió a la URSS en busca de apoyo y una parte (aunque no todos) de los anticomunistas alzados en armas, hicieron otro tanto con Estados Unidos. Así, el conflicto cubano original quedó desde entonces internacionalizado y algunos de los actores involucrados han sido remplazados por otros (URSS/Venezuela) en años recientes.

En ese contexto, y particularmente durante el curso de la guerra civil, Estados Unidos lanzó armas a sus aliados insurgentes, entrenó y financió expediciones armadas, de mayor y menor cuantía, contra La Habana.

Respondiendo al llamado del gobierno cubano, la URSS, hasta fines de los años ochenta, le apoyó hasta lo indecible. Emplazó en 1962 —con la anuencia unilateral del jefe de Estado cubano y sin que mediara un solo contrato que pusiera límites a su acción— varias bases militares con cohetería nuclear, táctica y estratégica, construyó una base de espionaje electrónico permanente (bajo el mando de los militares soviéticos) protegida por una Brigada del Ejército Rojo, designó civiles y militares rusos para que "asesoraran" directamente a los principales funcionarios cubanos, y suministró gratuitamente todas las armas y cursos de entrenamiento a las fuerzas militares y de seguridad de la Isla.

La victoria militar del Estado cubano sobre sus opositores, a fines de la década del sesenta, puso fin a la guerra civil, pero no al conflicto cubano ni a su internacionalización.

¿Oportunidades perdidas o saboteadas?

En los años setenta, la distensión entre EE UU, la URSS y China —promovida por Henry Kissinger— pretendió incluir a Cuba, por lo que varias negociaciones secretas se adelantaron con ese fin. Los militares y la élite cubana eran, en general, favorables a ese proceso y algunos se involucraron activamente en esas negociaciones.

Fidel Castro decía a todos compartir sus anhelos de paz, pero desató varias acciones dirigidas a provocar a Kissinger e inducirlo a poner fin a las conversaciones. Se aproximaba el primer congreso del Partido Comunista de 1975, el cual, bajo rigurosa vigilancia de los colaboradores soviéticos, dejaría institucionalizada la revolución y asegurada su sovietización.

"Conspirando" de manera bilateral con diversos individuos del establishment cubano —nuevamente a espaldas de toda discusión democrática con su propia élite de poder—, dio instrucciones para la realización de varios actos y declaraciones a favor de la independencia de Puerto Rico (tema oficialmente relegado por aquel tiempo) y concedió su visto bueno para que el general dominicano Francisco Caamaño Deñó (cuyas fuerzas insurgentes habían sido entrenadas en la Isla, aunque su partida estuvo denegada por casi una década) saliese finalmente desde Cuba hacia República Dominicana, donde lo aguardaba la muerte.

Pero Kissinger no se inmutó. Formuló algunas quejas sobre lo de Puerto Rico y declaró desconocer el origen de la expedición de Caamaño. Se necesitaría algo mucho más fuerte para que pusiera fin a las conversaciones y su objetivo estratégico de comprometer a Cuba, junto a la URSS y China, con las premisas de una arquitectura de distensión mundial.

La guerra en Angola —en la que uno de los actores era el internacionalmente repudiado régimen racista de África del Sur— ofreció una nueva oportunidad al jefe de Estado cubano, quien decidió enviar una fuerza legionaria de decenas de miles de soldados regulares con su armamento a otro continente. Kissinger se rindió ante la evidencia y dio por concluidas las negociaciones para restablecer las relaciones.

En 1975, Fidel Castro celebró el primer congreso del nuevo Partido Comunista fundado por él, en un espíritu de renovado fervor revolucionario y patriótico inducido por las potenciales represalias estadounidenses que pudiera acarrear la iniciativa cubana y consolidó el culto a su personalidad como Comandante en Jefe de una gesta militar transatlántica que poco después resultaría victoriosa.
Las Secciones de Intereses

Cuando en 1977 Jimmy Carter le anunció su compromiso con el restablecimiento de relaciones y su voluntad de abrir de inmediato secciones de intereses en ambas capitales para hacer avanzar ese propósito, el gobernante cubano volvió a indicar a muchos de sus subordinados su beneplácito por tales halagüeñas perspectivas mientras, nuevamente en privado, bilateralmente, conspiraba con los ministros del Interior y las Fuerzas Armadas preparando el envío de una nueva legión militar al desierto de Ogaden, en lo que, en esta ocasión, era un conflicto bilateral entre dos países africanos.

Carter tampoco se inmutó, pero el hecho desalentó un rápido avance inicial hacia el pleno restablecimiento de relaciones y fortaleció las posiciones más duras respecto a Cuba dentro de su Consejo Nacional de Seguridad.

Carter nombraría al frente de la flamante Sección de Intereses de EE UU en La Habana a un diplomático de carrera, genuinamente interesado en poner fin al conflicto entre Cuba y su país; Castro pondría al frente de la suya, en Washington, al director de análisis de la Dirección General de Inteligencia (DGI) del Ministerio del Interior, quien marchó a su nuevo empleo acompañado de otros oficiales de ese cuerpo y unos pocos diplomáticos de carrera.

Este envío de oficiales de inteligencia a Washington se produjo pese a que ya la DGI contaba con un Centro Principal en la Misión de Cuba ante la ONU, en Nueva York, cuyos miembros casi triplicaban el número de los diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores en ese puesto y hacían que aquella embajada estuviese entre las cinco primeras representaciones diplomáticas con mayor cantidad de funcionarios.

Todo diplomático cubano autorizado para usar los códigos secretos podía enviar mensajes de manera directa y exclusiva a las oficinas del Comandante en Jefe, si lo entendía necesario. El "clavista" se suponía que debería respetar la confidencialidad bilateral de cada mensaje sin revelar su contenido a otros, o incluso a sus superiores militares en la misión diplomática.

En La Habana, los asuntos entre Cuba y EE UU quedaban centralizados de esa forma en manos de Castro, quien podía recibir de manera totalmente compartimentada las informaciones y sugerencias de las tres instituciones representadas por sus diplomáticos en Washington y Nueva York: el MININT, el MINREX y el Departamento de América del Comité Central.

De esa manera podía elaborar ciertos cursos de acción, con unos a espaldas de otros, y marginar de los delicados asuntos bilaterales a cualquier dirigente, incluyendo al entonces poderoso miembro del Buró Político del Comité Central encargado de las relaciones internacionales, Carlos Rafael Rodríguez, en quien nunca vio a un seguidor incondicional.

Trabajo 'sucio', trabajo 'limpio'

La nueva ventana diplomática en Washington abrió al Comandante en Jefe nuevas posibilidades de trabajo hacia Estados Unidos. Se estableció una división de funciones entre los oficiales del Centro Principal en la Misión ante Naciones Unidas en Nueva York y los de la Sección de Intereses en Washington D.C.

Los primeros se encargarían principalmente de supervisar y apoyar el trabajo de los "agentes encubiertos" y sus operaciones. Los segundos, de reclutar y "atender" a los "agentes de influencia". Mientras que los agentes encubiertos realizaban operaciones de naturaleza ilegal, los agentes de influencia operaban como "compañeros (ideológicos) de viaje" que pasaban informaciones, cuya obtención no habría requerido de identidades falsas, códigos y otros materiales destinados al espionaje encubierto.

A los oficiales de la Misión en Nueva York y a los de la Sección de Intereses en Washington se les instruyó de nunca confundir sus funciones ni las de los agentes encubiertos con las de los agentes de influencia. Se suponía que el trabajo "sucio" se hiciera en Nueva York y el "limpio" (aquel que resulta tolerable dentro de un Estado democrático) se realizara en Washington D.C. De ese modo, no se estaría invitando a la Sección de Intereses de EE UU en Cuba a romper —de manera recíproca— la legalidad cubana.

Para Jimmy Carter, las Secciones de Intereses eran canales diplomáticos al servicio de contener, regular y eventualmente resolver el conflicto bilateral entre Cuba y EE UU. Para Castro, representaban una nueva oportunidad y herramienta para ampliar y diversificar sus operaciones en el corazón del "enemigo".

Para el gobernante cubano, su Sección de Intereses en Washington constituía la diplomacia ejercida por oficiales de inteligencia y representaba la posibilidad de librar la guerra por otros medios. Por ello encargó a los funcionarios de la DGI que elaborasen un Plan de Influencia que, sin romper el mínimo marco legal que ofrece un Estado democrático, pluralista y de derecho, pudiera impulsar a sus oficiales y agentes a fin de ganar nuevos amigos e influir en otros.

Sector por sector (minorías afrodescendientes, hispanas, periodistas, intelectuales, cubanos residentes en EE UU), institución por institución (organizaciones no gubernamentales, iglesias, fundaciones, universidades, Congreso de EE UU), se construyó y perfeccionó un mapa de potenciales disidentes y temas de confrontación entre aquellos y la política de EE UU, con las correspondientes recomendaciones sobre cómo acercarse e influir sobre esas personas.

Pero, cuando en una ocasión un grupo de disidentes cubanos intentó acercarse a la Sección de Intereses de EE UU, a fines de la administración Carter, fueron golpeados, de manera inmisericorde, con barras de metal a escasos metros de sus propias puertas, logrando algunos refugiarse temporalmente en su interior. Castro deseaba enviar una clara señal a Washington: "lo que es bueno para mí, no lo es para ti".

La era Clinton

Así transcurrió el período de las administraciones de Ronald Reagan y George Bush. En todo ese tiempo y hasta hoy, la Sección de Intereses de EE UU en La Habana es ignorada por las autoridades cubanas cuando se trata de cualquier gestión de relativa importancia. Lo importante es que exista para que su contraparte en Washington pueda continuar su trabajo y se mantengan los acuerdos migratorios junto a las 20.000 visas anuales para emigrantes permanentes.

Bill Clinton deseó, con menos entusiasmo e idealismo que Jimmy Carter —a quien Castro demostró su agradecimiento desatando la ola migratoria de 120.000 personas por el puerto del Mariel en pleno año electoral—, reconstruir alguna estrategia para el pleno restablecimiento de las relaciones.

A fines de 1995, dejó saber al jefe de Estado cubano que, de ser aprobada, estaba personalmente listo a vetar la Ley Helms Burton. Clinton aspiraba a desplazar el conflicto cubano hacia una confrontación de ideas (política de doble riel o Track II) en un marco de relaciones bilaterales ampliadas o plenamente restablecidas.

La respuesta de Castro fue el derribo de dos avionetas de la organización de exiliados Hermanos al Rescate que sabía desarmadas, y cuyos datos y ruta de vuelo conocía de antemano por un espía sembrado por la DGI dentro de dicha organización (Juan Pablo Roque).

A éste le fue ordenado abortar su misión y retornar a Cuba a escasas horas de la ejecución de la emboscada militar tendida a las avionetas por MIG de la Fuerza Aérea cubana. Clinton declinó la opción de bombardear, en represalia por la muerte de cuatro pilotos civiles —dos de ellos ciudadanos estadounidenses—, la Base Aérea de San Antonio, por la que le pareció más benigna: permitir la aprobación de la Ley Helms Burton.

Castro usó la respuesta del presidente de EE UU para lanzar un programa de cierre progresivo de las pálidas reformas de inicios de los años noventa y poner a sus reformistas a la defensiva, en medio de una histeria patriotera y macartista. La explicación del curso de acción seguido por el Comandante en Jefe podría encontrarse en su evaluación del corto viaje que hiciera a Naciones Unidas (Nueva York), pocos meses antes.

La conveniencia de la enemistad

En el otoño de 1995, antes del derribo de las avionetas que puso fin al acercamiento de la administración Clinton y allanó el camino para la aprobación de la Ley Helms Burton, Castro viajó a Nueva York para asistir a una sesión de Naciones Unidas. Allí se reunió con numerosas personalidades del establishment estadounidense que se mostraron optimistas con las intenciones de Clinton de poner fin al embargo comercial, una vez reelecto presidente en 1996.

Al regresar a La Habana, Castro convocó un oscuro y poco conocido foro extra-institucional, constituido por la crema y nata de la élite de poder cubana, conocido por "La Comisión". Es en este espacio, de espaldas a las instituciones formalmente establecidas, donde a menudo se cocinan algunas de las principales decisiones políticas nacionales.

Allí informó que a su juicio el embargo tenía los días contados y lanzó la pregunta a los presentes: ¿Está este país preparado para enfrentar el levantamiento del embargo? Tras un silencio, roto por un tímido y apagado "no" proveniente del fondo del salón, el Comandante en Jefe retomó la palabra para apoyar ese criterio. Cuba no estaba lista, a su juicio, para una distensión con EE UU.

El Comandante en Jefe no profesa un odio patológico a Estados Unidos como muchos creen. Su permanente confrontación con Washington se deriva de un cálculo utilitario dirigido a ganar capital simbólico, dentro y fuera de Cuba. Su sagacidad le permitió ver desde un principio la conveniencia de cultivar la enemistad del poderoso vecino, dentro de ciertos parámetros controlables, para galvanizar el nacionalismo cubano en su favor.

También se percató de que una parte de la izquierda mundial no ejerce una identidad positiva —basada en principios propios, de valor universal y permanente, que aplican a toda circunstancia—, sino que define su izquierdismo y posturas políticas por oposición a las políticas norteamericanas.

Fidel Castro ahora enfrenta a un presidente de EE UU que parece su espejo ideológico: maniqueo, dicotómico, voluntarista, favorable a la confrontación eterna con todo aquel que disienta de sus dictados. De haber tenido otro jefe de Estado en un marco de libertades para el debate público de políticas, Cuba estaría hoy con las relaciones bilaterales con EE UU plenamente restablecidas y podría concentrar sus esfuerzos y escasos recursos en tareas pacíficas de su desarrollo económico y social.

Pero Fidel Castro optó nuevamente en 1996 por secuestrar la política internacional del país, no sólo de sus ciudadanos, sino de sus funcionarios y seguidores más cercanos, e impuso un rumbo cuyas plenas consecuencias aún están por verse. Y ahora se dispone a jugar con el destino de doce millones de cubanos —en particular con el de sus más cercanos seguidores y sus familiares— al arrastrar al país a nuevas y más delicadas confrontaciones.

© cubaencuentro

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