Opinión
El Estado infantil
Como niños, los políticos cubanos hacen trampas, intentan que les tomen en serio, que le satisfagan sus caprichos, y olvidan lo prometido con rapidez.
La idea de que el Estado cubano es uno escasamente serio no es en realidad una idea: es un hecho. La consistencia de las posiciones y de los actos, más la consistencia de los compromisos, son el fundamento de la seriedad, lo que conlleva siempre asumir sus consecuencias —buenas y malas— con coherencia, dignidad y, si se es maduro, sentido del humor.
El Estado cubano, visto como burocracia o biografía, no es serio mirado desde estos criterios. El último botón de muestra en este sentido lo refleja su actitud frente a la industria azucarera. Esta fue desmantelada, criticada, considerada una fuente atávica de la economía de la Isla y enterrada arrogantemente por el discurso político y el discurso estético. Por ahí circula un documental que recoge, "artísticamente", la muerte del sector.
Ahora resulta que no se debió declarar la muerte prematura de la industria azucarera, como recomendaba Mark Twain. Y no sólo eso: ella cuenta además, se dice, con todas las condiciones para asumir los compromisos internacionales, aprovechando el alza en los precios de la gramínea.
¿Una burla nacional? Quizá, pero sobre todo un índice más de la ausencia de seriedad en el poder.
¿Por qué no nos damos cuenta de esa falta en el carácter del Estado? Por su gravedad solemne, su ampulosidad retórica y cierta brutalidad en el ejercicio del poder. Todo ello da la apariencia de que estar frente a gente que habla en serio aunque se ande con rodeos.
Y da la apariencia de otra cosa más: que contamos con gente madura conduciendo las riendas del país. Pero no es así. La naturaleza infantil es el otro rasgo que caracteriza al personal político de la Isla.
Prometer sin cumplir
¿Qué pretende un niño? Casi siempre jugar con los otros, hacerles trampas, creerse que les engaña con sus promesas de portarse bien; intentar que le tomen en serio todos sus juegos, que le rían sus ardides simples y espontáneos, que le satisfagan sus caprichos, que se pongan a su altura sin importar el saber y la experiencia de los que han vivido, que les creamos para siempre mentiras de-cinco-minutos-de-duración y no asumir jamás las consecuencias de sus actos.
Esto último es fundamental, porque la seña de que se abandona la infancia, tristemente, es la certeza de que todo lo que hagamos tiene efectos directos o secundarios sobre nosotros y los otros.
Un niño no tiene ni toma conciencia de esto, y si es de origen latino, pues a aguantarse: a todos los rasgos globales de la infancia hay que agregar aquí la picardía y el ambiente de guapería, digamos que andaluz —por aquello del guapo vanidoso, quien se muestra—, que colorea la proyección de nuestros infantes.
Con calco pasmoso, el Estado cubano reproduce el período infantil por el que atraviesan todos los seres humanos. Los ejemplos sobran. Voy a limitarlos por razones evidentes.
Fijémonos por un lado en su eterna capacidad para prometer sin verse obligado a cumplir. Los Estados siempre están prometiendo a sus ciudadanos una vida mejor. Nada nuevo en esto. Sin embargo, lo que distingue al Estado cubano es la rapidez con que olvida lo prometido, la facilidad con que va de promesa en promesa con la frescura y convicción del niño que promete por primera vez, y a quien hay que creer so pena de ponerse berrinchoso y de destruir lo que otros pagan de sus bolsillos.
Por otro lado, veamos su política informativa. La llamada Mesa Redonda ilustra preciosamente el asunto. Entre otras cosas, allí suele sentarse una periodista frente a una computadora conectada a la Red para darnos una versión oficial sobre determinados acontecimientos a través de la televisión.
Eso es totalmente infantil porque transfiere la lógica del periodismo tradicional —que supone un corresponsal que se debe a los criterios de una agencia— a la Internet, que parte del principio de que toda visión sobre los acontecimientos es poliédrica: no hay una sola fuente, no hay una única versión y casi no se requieren periodistas.
Cualquier ciudadano puede conocer en tiempo real y sin cable —Wi Fi o Wimax están ahí para eso— lo que sucede en Indonesia o en la isla de Thule. Niña obstinada, la política informativa cubana se aferra en creer, sin embargo, que el público en general le hace caso a un estilo periodístico en retirada que ya sólo sirve para orientar a las élites sobre las intenciones del poder. Por eso el éxito en Cuba de La Peregrina y La Bella más Fea, dos culebrones mexicanos vía satélite.
'La mejor en todo'
Finalmente, observemos cómo venden su imagen. Lo bueno que ocurre en la Isla, es lo único que se está haciendo en el mundo en el campo que sea. Cuba es la mejor en educación, salud, cultura; recuerdo que por allá por los años ochenta del siglo pasado era la mejor, incluso, en construcción de inmuebles.
En una época en que la información corría a la velocidad de una antigua diligencia del medio oeste norteamericano, semejante vanidad podría ser sustentada en el vacío informativo sobre otras partes del mundo, pero lo que revela su lógica infantil es que se sostiene, a pesar de con un clic de cualquier mouse usted se puede enterar, en segundos, que el mejor sistema de educación, por ejemplo, es el de Finlandia. Es decir, la vanidad del gobierno se puede desinflar con sólo doblar en una esquina de cualquier rincón de esta aldea global.
¿Qué hay detrás de semejante proyección infantil en el consciente del Estado?
El mejor de los rasgos de la infancia: ese abandono de los niños a su rico mundo de fantasías del que sólo pueden ser despertados si uno está dispuesto a afrontar su crueldad.
La fantasía adorna en cualquier edad, pero los adultos no se abandonan a ella porque, entre otras cosas, deben llevar a sus hijos a la escuela a las 8 de la mañana.
Empero, la historia de la fantasía de la revolución cubana es de tal magnitud que, en el futuro, junto a sus logros y fracasos objetivos, habrá que estudiar y debatir públicamente estos casi cincuenta años como una objetivación pícara de la literatura fantástica en su dimensión histórico-política.
Una condición previa para llevar hombres y mujeres maduros a los asuntos de Estado.
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