Opinión
El heroísmo como coartada
En las circunstancias del totalitarismo, la decisión racional de la mayoría es evitar la confrontación suicida con el poder.
En Carta Abierta a Serge Raffy (autor del libro Castro L’Infidele), publicada por Cuba Solidarity Project con remitente Jacques-François Bonaldi, se censura que: "Lo que no puedo perdonarle es que haya tenido el tremendo descaro de dedicar su esperpento 'al pueblo cubano, heroico y mártir'. ¡Diablos, pero usted, Serge Raffy, lo desprecia a todo lo largo de su libro! Ante todo, uno se pregunta cómo un pueblo 'heroico' ha podido soportar durante cuarenta y cinco años al monstruo alucinante que usted describe… eso no es heroísmo, es borreguismo". Y es precisamente esa combinación de pueblo-heroico con fondo totalitario lo que me molesta a mí también, aunque, valga la aclaración, debido a razones completamente diferentes.
Lo cierto es que el binomio "pueblo-heroico" es un perfecto ejemplo de oximoron. El heroísmo es, por lo general, un acto individual. Ello implica el sacrificio de un individuo en aras de un ideal, como la independencia o un objetivo bien definido, salvar a alguien que se ahoga o lograr un milagro científico, después de batallar muchos años para lograrlo.
El héroe clásico es por naturaleza un ser desinteresado, alguien que ama a su pueblo más que a sí mismo y que es capaz de pasar exitosamente las pruebas más difíciles debido a que posee dos características fundamentales: grandeza de carácter y una voluntad superior a la de sus semejantes.
Éste se sacrifica, ya sea por convicción, religión o ideología, creyendo que pasará al más allá como parte de un grupo selecto de humanidad, creyendo que al morir le espera un premio: el olimpo, el paraíso, el honor de haber alcanzado la cima de los récords militares o científicos, el "agradecimiento eterno de la patria" o la bondad de un dios que perdona pecados a cambios de actos heroicos.
Adjetivos ilógicos
Sin embargo, el camino de la heroicidad no tiene que terminar irremediablemente en la muerte, muchos héroes alcanzan la gloria en vida, ya sea por sus aportes a la ciencia, el deporte, la educación, y después nadie los puede bajar de allí. Por ahí también pululan los héroes del momento, aquellos que actúan por intuición o instinto, sin saber por qué lo hacen.
De todas formas, con independencia de cómo es que se llega a ser héroe, esa condición esta vedada a la mayoría de la sociedad: los héroes son siempre los diferentes, los extraños, los semidioses, en fin la minoría. De ahí que el heroísmo de un pueblo entero sea una imposibilidad. Afirmar lo opuesto, un absurdo.
Si además de ello, dicho pueblo vive bajo el totalitarismo, entonces el adjetivo "heroico" se hace doblemente ilógico, ya que lo que prima en tal ambiente es la pusilanimidad, la conformidad, la aversión a la confrontación, en otras palabras el no-heroísmo.
En las circunstancias del totalitarismo, la decisión política racional de la mayoría es evitar el heroísmo, ya que lo contrario implica la confrontación suicida ante un poder tiránico, casi siempre dispuesto a utilizar sin contemplación su monopolio de los medios de destrucción, como ocurrió en La Habana durante el "maleconazo". Una cosa es sacar a colación la contradicción de que el heroísmo conviva con el totalitarismo, y otra muy distinta es pretender solucionarla con engañifitas, como aquello de negar por inferencia el carácter totalitario del régimen cubano.
No es secreto que las mayorías, compuestas por hombres-masa, como sentenciase José Ortega y Gasset en su obra La rebelión de las masas, sean timoratas, que detesten la inmolación, que aborrezcan el riesgo físico que implica el ejercicio del heroísmo; en otras palabras, que prefieran sobrevivir, ya que así lo han hecho la mayoría de los pueblos que han vivido bajo el totalitarismo: el pueblo ruso bajo José Stalin, el pueblo alemán bajo Adolfo Hitler, el pueblo italiano bajo Mussolini.
No es extraño que un pueblo dé señales de "borreguismo" en el ambiente implacable del totalitarismo. Al que tenga dudas lo invitamos a que refresque su memoria con unos cuantos documentales de los años treinta. En estos encontrará a las mismas masas desquiciadas y sicofantes cantando loas a los tiranos totalitarios de la época.
Entonces, no hay ninguna razón para esperar que el pueblo cubano deba comportarse de forma diferente al ruso, al alemán, al italiano, que salga a la calle a confrontar al régimen totalitario que lo oprime, con independencia de las consecuencias para su integridad física que ello podría representar.
¿Mejor esperar?
La aquiescencia real o aparente con el totalitarismo es lo normal, no lo atípico, y es además una reacción colectiva muy racional. Parece que la mayoría de los cubanos intuye que es mejor esperar a que la marea de la historia se encargue por sí sola de erosionar gradualmente el totalitarismo cubano, como mismo le pasó a las otras dictaduras comunistas durante el período final de la Guerra Fría.
Después de todo, esa misma población vive y palpa el desastre diario de la situación socioeconómica del país, se percata la evidencia empírica de la inviabilidad del sistema, no importa cuánto pretenda para sobrevivir. Pero también observa el gran despliegue represivo del régimen. Y ese dilema se resuelve mediante la resistencia pasiva, esperando hasta que el sistema agote sus posibilidades.
Quizás la rareza del heroísmo en masa, se deba a la necesidad de garantizar la reproducción de la especie, ya que con la inmolación colectiva desaparece todo: la vida, la cultura, el lenguaje, las tradiciones. Después de todo, los pueblos siempre se recuperan después de la muerte de los tiranos, los héroes no.
De la misma manera, no se puede ignorar que la dura vivencia diaria del totalitarismo casi excluye por definición la práctica del heroísmo. ¿Cuánto le toma a un individuo, bajo el totalitarismo, tratar de garantizar sus necesidades básicas y las de su familia? ¿Cuántas horas no pasa un cubano en las colas para obtener un mínimo de alimentación? ¿Qué decir del transporte y de las otras actividades políticas y de masas que dejan a ese hombre de a pie exhausto al final de la jornada?
De ahí que la práctica del heroísmo sea, hasta cierto punto, una suntuosidad que la mayoría no puede darse el lujo de practicar, aunque quisieran. Y es que la eliminación de la libertad individual y del tiempo individual es también parte de la estrategia de dominación del totalitarismo. El totalitarismo esta diseñado para producir "borreguismo". Lo extraño sería que produjera anarquismo, como causa de un férreo control por parte del Estado.
Cuota diaria de heroísmo
En su obra Las mil caras del héroe, Joseph Campbell define el heroísmo como un viaje, una aventura llena de dificultades y obstáculos a superar. En el totalitarismo, la mayoría de los individuos, son víctimas y no victimarios; pero eso no quiere decir que todos estén completamente maniatados e indefensos, que no puedan usar mecanismos indirectos de resistencia o que no puedan practicar una forma más mundana de heroísmo, un heroísmo de baja intensidad.
Tanto víctimas como victimarios viajan juntos en el carro de la historia. Para ambos hay desafíos a superar, un viaje de la vida para completar, un legado que dejar para la posteridad. Y algunas de esas víctimas se resisten a ser sólo espectadores pasivos de la historia.
Por ejemplo, cuando un sacerdote ayuda al prójimo a mantener la esperanza en el futuro, cuando un amigo brinda apoyo moral a otro para ayudarlo a soportar la miseria y la represión, cuando un periodista independiente trata de restaurar la confianza en sí mismo de cualquier hombre común acercándole a la verdad, cuando un vecino se niega a participar en un acto de repudio, cuando un preso político rehúsa el adoctrinamiento, cuando alguien circula un "libro subversivo" —a riesgo de ser encarcelado— con tal de ayudar a desmitificar el totalitarismo, se acomete un acto heroico.
La ironía del totalitarismo es que para sobrevivir en las condiciones de servidumbre que generan sus estructuras, se necesita una constante cuota diaria de heroísmo, la perseverancia de seguir adelante, de resistir para ver su final. Sólo así, tiene sentido alegar que alguien, atrapado en sus estructuras, pueda ser heroico por su resistencia, pero nunca por su cooperación fingida y mucho menos por servir como "willing executioners" de una causa injusta.
Alegar lo contrario, utilizando el heroísmo como coartada para inspirar patriotismo barato, es una sinrazón, una burla. Mucho más si ello viene de parte de los que ejercen el control de toda la sociedad desde la punta de la pirámide de mando, paradójicamente cuando son precisamente estos mismos, los más interesados en que lo que prevalezca sea el no-heroísmo.
La picardía de Raffy
Es obvio que al tirano totalitario de Cuba le conviene que continúe el mismo monólogo ininterrumpido de las últimas décadas, que nadie lo cuestione, que todo el mundo se crea la falacia de una posible invasión de Estados Unidos. Todo eso para mantener un modelo de crisis permanente creado por él mismo para mantenerse en el poder. Un modelo de crisis que mantiene a toda la sociedad en vilo de forma permanente, en una "guerra de todo el pueblo" contra muchos enemigos, casi todos abstractos: el imperialismo, las enfermedades, la corrupción, el desviacionismo ideológico, la falta de entusiasmo revolucionario, el control de la calle, etc.
¿Qué puede ser más conveniente y manipulador que llamar "héroe" al mismo pueblo que no se le permite un día de paz y tranquilidad? ¿No será que la propia incapacidad de resolver los problemas, no deja otro camino que el uso descarado del heroísmo como dique psicológico para contener la marea del descontento popular?
Quizás lo anterior explica porqué le molesta tanto al señor Bonaldi que Raffy haya dedicado su libro al "pueblo heroico" de Cuba. Me parece que fue la picardía de Raffy, como escritor, lo que le llevó a insinuar de forma indirecta que hay algo realmente podrido en el discurso oficial del gobierno cubano, de ahí su dedicatoria.
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