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Actualizado: 20/05/2022 11:41

Hitler, Roosevelt, EEUU, Alemania

¿Hitler suicida o mal estratega?

Durante los cuatro días previos a la declaración de guerra de Hitler, no había una certeza de que Franklin Delano Roosevelt iniciaría una guerra contra Alemania

¿Por qué Adolf Hitler le declaró la guerra a Estados Unidos el 11 de diciembre de 1941, cuatro días después del ataque japonés de Pearl Harbor? Responder a esta pregunta sigue produciendo conjeturas y tesis a décadas de los hechos, centenares de volúmenes y miles de artículos y ensayos.

Un nuevo libro, Hitler's American Gamble: Pearl Harbor and Germany’s March to Global War, de Brendan Simms y Charlie Laderman, publicado el 16 de noviembre de este año, intenta no tanto dar una respuesta novedosa, como una detallada descripción de los acontecimientos; que no solo realmente estremecieron al mundo, sino cambiaron su destino para siempre.

Por lo general los historiadores se han dividido entre dos grandes argumentos: la decisión del “Führer”, tomada sin consultas, fue una muestra más de sus actos irracionales, completamente nihilistas y bajo una visión fantasiosa de su entorno; la culminación de la vía que lo llevó a la completa destrucción no solo de su nación y otras, así como de él mismo y sus más cercanos colaboradores. Otros se inclinan a pensar que fue una decisión mal calculada —como otras— al tiempo que decisiva, que lo condujo a su final y a la aniquilación de su imperio.

El libro de Simms y Laderman se inclina hacia la segunda hipótesis, sin dejar de tomar en cuenta las características personales del individuo. “Hitler se suicidó por miedo a morir”, establece.

“La mayor fortaleza del libro de Simms y Laderman es su éxito en lograr algo sumamente difícil: nos recuerda cuán contingentes pueden ser incluso los eventos históricos más significativos, cuántas otras posibilidades acechaban más allá de las conocidas, que realmente sucedieron, y cómo incluso los líderes más grandes a menudo sólo tienen una comprensión indeterminada de lo que está sucediendo”, señala Benjamin Carter Hett, en una reseña a la obra publicada en The New York Times.

Luego agrega Carter:

A principios de diciembre de 1941 es el momento de la guerra en el que los escenarios alternativos plausibles parecían ser los más importantes. ¿Y si la Francia de Vichy y la Italia fascista se hubieran acercado en un ‘frente latino’, como estaban discutiendo en ese momento? ¿Y si los japoneses hubieran atacado a los británicos en Malasia y Singapur, pero no a Estados Unidos? ¿Qué hubiera ocurrido si el alemán que espiaba para la Unión Soviética en Tokio, Richard Sorge, no hubiera proporcionado a sus jefes soviéticos información precisa sobre los planes japoneses, lo que permitió a Stalin trasladar 20 divisiones desde el este y reubicarlas en Moscú para el devastador contraataque del 5 de diciembre?

Durante los cuatro días previos a la declaración de guerra de Hitler, no había una certeza de que Franklin Delano Roosevelt iniciaría una guerra contra Alemania. Existía la posibilidad de que EEUU limitara su respuesta bélica solo al atacante, Japón.

Aunque luego afirmó lo contrario, el propio Winston Churchill tenía sus dudas y llegó incluso a pensar que la alternativa abierta por Japón —que hasta entonces se había limitado a su guerra con China— llevaría a Gran Bretaña a tener que lidiar con un nuevo frente en sus territorios coloniales de Asia y debilitaría al menos la ayuda estadounidense a su nación (el programa Lend-Lease, que también incluía a la URSS y en menor medida a China).

Por otra parte, la contraofensiva lanzada por la URSS, el 5 de diciembre, apenas había comenzado y su resultado no era fácil de predecir. Nadie era capaz de afirmar que se produciría otro momento decisivo en dicha contienda: el comienzo de la “Batalla de Stalingrado” (23 de agosto de 1942-2 de febrero de 1943). Los soviéticos acababan de pasar a la posición de ataque, pero las tropas hitlerianas estaban aún en buena parte de su territorio y habían llegado a las puertas de Moscú.

Alemania y la URSS, Hitler y Stalin

Desde el inicio de la ofensiva alemana para adquirir nuevos territorios, como solución permanente para el avance y el poderío internacional tras la crisis económica (Wirtschaftskrise) en Alemania —la cual posibilitó el ascenso al poder de Hitler—, el desarrollo del Lebensraum o “espacio vital” fue un componente esencial en la cosmovisión nazi, que impulsó tanto sus conquistas militares como su política racial.

Para lograr ese Lebensraum, Hitler situó como primer objetivo la adquisición de Checoslovaquia y luego de Polonia, pero el destino final —tras ganar otros territorios para fortalecerse aún más, tanto desde el punto de vista económico como político, era lanzarse contra la URSS.

Una vez iniciada la invasión contra Moscú, la “Operación Barbarroja” (Unternehmen Barbarossa), el Führer buscó por diversos medios el presionar a Japón para que se incorporara a esa lucha (Trial of the Mayor War Criminals Before the International Military Tribunal. Nuremberg, 14 November 1945-1 October 1946). Sin embargo, Japón se decidió por iniciar su propio conflicto en el Pacífico.

Aniquilar el gobierno soviético cumplía dos objetivos primordiales para Hitler. Uno era político, pues para él, bolchevismo y judaísmo siempre fueron sinónimos. El segundo era económico: los graneros en el territorio soviético, principalmente en Ucrania (German Agricultural Occupation of France and Ukraine, 1940-1944) y los campos petroleros del Cáucaso (Caucasus Campaign, 23 Jul 1942-9 Oct 1943).

Tanto Hitler como Stalin siempre tuvieron presente que la guerra entre ambas naciones era inevitable, pero al mismo tiempo ambos jugaron con la idea de que el conflicto en marcha terminaría por debilitar al contrario y a las naciones involucradas, y que con ello se fortalecerían sus respectivos planes expansionistas.

“No nos parece nada mal que gracias a Alemania se debilite la posición de los países capitalistas más ricos (en especial Inglaterra)”, le dice Stalin a Mólotov, Zhdánov y Dimitrov en el Kremlin, el 7 de septiembre de 1939. Luego añade: “Podemos maniobrar, apoyar un país en contra del otro para que se destrocen entre sí. El pacto de no agresión beneficia hasta cierto punto a Alemania. Después llegará el momento de apoyar al otro bando”, señala Tzvetan Todorov en La experiencia totalitaria.

La operación alemana conocida como “Caso Blanco” (Fall Weiss), se inició el 1º de septiembre de 1939 y las últimas unidades del ejército polaco se rindieron el 6 de octubre de ese mismo año. Stalin logró parte de Polonia en la división con Alemania. Luego ganaría mucho más, por otros medios, pero a un coste enorme para el pueblo soviético con esa estrategia.

Estados Unidos entra en la guerra

Quienes sostienen la teoría de una decisión mal calculada de Hitler, consideran que la declaración alemana de guerra a EEUU se debió no solo a una característica personal del Führer, que buscaba siempre ser el primero en lanzar el golpe, sino a un cálculo propagandístico. La guerra en la URSS no estaba resultando la victoria fácil que un primer momento pensó; una versión ampliada de la guerra relámpago —la Blitzkrieg que hasta entonces le había dado tan buenos dividendos—, sino un conflicto que se prolongaba, con tropas no preparadas para una contienda extensa y con dificultades con los abastecimientos, una lucha prevista para el verano y resuelta antes de la llegada del frío invierno ruso, y que en la práctica no resultó de esa manera. Todo ello estaba contribuyendo a una desmoralización del pueblo alemán. El Führer siempre se había mostrado partidario de que sus aventuras militares no terminaran afectando a la población sino todo lo contrario. Pero ahora resultaba cada vez más difícil evitar las carencias y el surgimiento del desaliento. Quizá ya entonces se daba cuenta que al final tendría que acabar cediendo ante las sugerencias —y luego las exigencias— de colaboradores como Goebbel y Speer, que le apremiaban a declarar una economía de guerra.

Al mismo tiempo, Hitler llevó a cabo otros dos cálculos erróneos. El primero fue considerar que, en una nación democrática como la estadounidense, no ajena a la mezcla racial y formada en parte por “negros y judíos”, según él, la población no estaba preparada para los sacrificios que exigía un largo conflicto. EEUU, al que asociaba con la música de jazz —considerada por los nazis como una prueba fehaciente de la decadencia—, no sería capaz de una guerra prolongada ni contaba con la preparación militar para ello.

Un país sin un historial de control y disciplina autoritaria, interesada solo en el lujo, lo material y en vivir la “buena vida”, donde todo el mundo se divertía bebiendo y escuchando esa música “negroide”, era incapaz de producir buenos generales y soldados.

El segundo error de cálculo fue menospreciar el potencial industrial de la nación y su capacidad para abrir dos frentes de combate, distantes y diversos. Ya a comienzos de la guerra el Reichsmarschall Hermann Göring expresó que los estadounidenses podían fabricar refrigeradores y cuchillas de afeitar, pero que nunca serían capaces de fabricar la maquinaria militar y loa avituallamientos necesarios para derrotar a la Alemania nazi.

No es que Hitler tuviera la certeza de la victoria —en enero de 1942 admitió ante el embajador japonés Hiroshi Oshima de que “todavía no estaba seguro” de cómo podría derrotar a EEUU—, pero tenía la esperanza en una dilación estadounidense antes de entrar en combate; de ganar el tiempo necesario antes de que EEUU se preparara para el desarrollo industrial bélico necesario. Para entonces —se aferraba a creer—, la situación en el frente ruso habría cambiado.

En parte su cálculo no era del todo equivocado. La planificación para el desembarco aliado en Europa comenzó en 1943. La invasión por Normandía dio inicio el 6 de junio de 1944.

(Durante todo ese tiempo, Stalin sospechó —y se quejó— que sus ahora compañeros de lucha le estaban jugando la misma estrategia que él había pensado emplear contra ellos.)

Tampoco el juicio de Hitler carecía de señales a interpretar en su favor. No había sido causa suficiente, para que EEUU se lanzara a la guerra contra Alemania, que un submarino alemán hundiera al carguero estadounidense Robin Moor, en mayo de 1941. Tampoco el intercambio de disparos entre otro submarino alemán y el destructor Greer, en septiembre del mismo año.

El aislacionismo estadounidense

Como él mismo confesara al embajador británico Lord Halifax, el presidente Roosevelt confrontaba el eterno problema de que, si bien un 70 % de la población estadounidense no quería la guerra con Alemania; otro 70 % deseaba salir de Hitler por cualquier medio, incluso la guerra.

Por supuesto, los números no cuadraban y él lo sabía: en su última campaña de reelección había prometido que no iría la guerra. Claro, eso no incluía la existencia de un ataque, diría más tarde. La cuestión era que —como gran admirador durante toda su vida de su primo distante Theodore— el mandatario tenía claro que, debido al ideario aislacionista inherente a la cultura y la política estadounidense, solo con un amplio apoyo popular —fundamentado en una sólida justificación—, podría entrar en un conflicto bélico internacional. De lo contrario, la opinión pública acabaría pasándole la cuenta. Hitler, en parte le allanó el camino.

En privado a Roosevelt le gustaba llamar “camarones” —crustáceos que poseen un cordón nervioso, pero no cerebro— a los jóvenes aislacionistas. Casi un año antes de Pearl Harbor, en su emisión radial del 29 de diciembre de 1940, había declarado que EEUU era el “Arsenal de la Democracia”, y prometido ayuda militar a Gran Bretaña, mientras el país se mantenía fuera de una participación directa en el conflicto.

El objetivo de Roosevelt era buscar una solución al dilema de ser al mismo tiempo el gobernante de una nación con profundos sentimientos aislacionistas y convertirse en el líder mundial que brindara seguridad y apoyo frente al nazismo.

Incluso en octubre de 1943, en Teherán, Roosevelt le enfatizó a Stalin que, de haber sido por la declaración de guerra de Alemania, él no habría contado con la capacidad necesaria para enviar un gran número de tropas estadounidenses a través del Atlántico.

Estrategia bélica y estrategia económica

El pacto entre Alemania, Japón e Italia no obligaba a Hitler a la declaración de guerra a EEUU: solo en el caso de que Japón fuera directamente agredido en su territorio. Como se ha especificado una y mil veces, EEUU entró en guerra contra Alemania e Italia por la puerta trasera. A diferencia de acudir al cuerpo legislativo como hizo tras Pearl Harbor, a Roosevelt le bastó con emitir un comunicado. El Congreso adoptó una resolución de guerra por unanimidad.

El error de Hitler no fue solo en su estrategia bélica sino —quizá mayor aún— en la estrategia económica necesaria para la guerra. Creía que a causa de la Gran Depresión (1929-1939), muchas industrias estadounidenses no se encontraban aún a plena capacidad. Ello ocurría, pero no al rango de estar inutilizadas por completo. Incluso en 1938, antes del inicio de la guerra, el ingreso nacional en EEUU era casi el doble de los ingresos nacionales de Alemania, Japón e Italia juntos. Los estadounidenses también produjeron más acero que Alemania ese año y extrajeron casi el doble de carbón. Tanto los planes para hacer posible el proyecto de “Arsenal de la Democracia” como la guerra misma cumplieron la función de poner en marcha la reserva de equipos de trabajo y fuerza laboral (en especial femenina) existente. En EEUU, la preparación militar y el aislacionismo siempre han encontrado un acomodo y una vía de unión. Incluso un simpatizante nazi como Lindbergh defendía a Berlín y se oponía a la guerra, pero creía que su país debía estar preparado militarmente en caso de que tuviera que entrar en el conflicto.

El sentimiento aislacionista, expresado en el rechazo por la opinión pública de participar directamente con tropas en Europa, no impidió el aumento del presupuesto militar en1940, de $24 millones a $700 millones. En su “Mensaje del Presupuesto Anual”, del 5 de enero de 1942, Roosevelt dijo: “Me gustaría ver a esta nación preparada para la capacidad de producir al menos 50.000 aviones al año”.

Un logro del mandatario fue el conseguir la participación de la empresa privada en el esfuerzo y la inclusión de la elite empresarial en los proyectos para la producción masiva de armas, tanques, barcos y otros equipos, algo que se reflejaría con mayor o menor fidelidad en montones de películas.

Cuando los japoneses se rindieron en 1945, EEUU había fabricado más de 96.000 bombarderos, 86.000 tanques, 2,4 millones de camiones, 6,5 millones de fusiles y suministros por valor de miles de millones de dólares para equipar una fuerza de combate verdaderamente global y, al mismo tiempo, mantener un frente interno robusto.

Otras preguntas

Al ejercicio contrafáctico de Carter Hett —citado al inicio de este texto— le faltó dos preguntas fundamentales. Una la utiliza Philip Roth en la trama de su novela The Plot Against America: imagínese que en 1940 el Partido Republicano hubiera nominado a Charles Lindbergh en lugar de Wendell Willkie, un internacionalista. La segunda se desprende de la anterior: imagínese que Lindbergh es presidente cuando ocurre el ataque de Pearl Harbor.

Cabe especular también que no hubiera existido dicho ataque con Lindbergh en la presidencia, pero ya eso es más que improbable. Japón extiende la guerra porque se siente menos amenazada por una URSS involucrada en un costoso conflicto con Alemania. De hecho, tras la declaración de guerra de EEUU, Lindbergh se incorpora la guerra del Pacífico, primero como asesor y luego participa incluso en el derribo de aviones japoneses.

Pero con Lindbergh en la Casa Blanca el conflicto bélico de EEUU probablemente se habría centrado en el Pacífico y no en Europa. Si ello hubiera ocurrido, el mundo en 1945 podría no haber sido bipolar, con EEUU y la URSS como las grandes superpotencias sobrevivientes de la guerra, sino con una Europa dividida entre Stalin y Hitler, comunista y fascista. No, no se habrían evitado las bombas atómicas (Lindbergh propuso a la administración Roosevelt incrementar la investigación científica con fines bélicos, lo que influyó en la creación de la Sección S1, donde los físicos se dedicaron a liberar energía de la fisión de átomos de un isótopo raro de uranio), y EEUU habría terminado dominado a Japón, pero no a China, que tampoco hubiera podido marchar independiente de la URSS. No una guerra fría, no un mundo bipolar, no una globalización; otros mundos, otras guerras, ¿ningún mundo?

© cubaencuentro

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