Chávez, Maduro, Intelectuales
La crápula de izquierda y sus exégetas
Las venas abiertas de América Latina es un libro que lamentablemente no se ha puesto viejo, pero su autor sí
El escritor uruguayo Eduardo Galeano declaró el martes pasado en Caracas que le han dicho que Hugo Chávez murió, pero él no lo cree. No hay dudas de que es un tropo candoroso; efectista. Esto lo dijo en el teatro Teresa Carreño, de la capital venezolana, mientras leía fragmentos de su nuevo libro, Los hijos de los días.
A lo anterior, respondió el presidente electo y cuestionado de Venezuela, Nicolás Maduro: “Estas son las cosas que solo pasan en revolución: tener a Eduardo Galeano, a esa maravilla de las letras latinoamericanas y mundial aquí” [en Venezuela]. Cada rosca encuentra su tuerca: hay más “maravillas de las letras latinoamericanas”, solo que estas tienen vergüenza suficiente como para no aupar a un gobierno que ha enterrado a su pueblo en una polarización fratricida; que persigue a los medios de comunicación, golpea a sus opositores en el Congreso y ha jurado mantener a la dictadura cubana sea como fuere, aun en detrimento del nivel de vida de los venezolanos.
Debemos suponer que Eduardo Galeano ha sido tratado en Caracas como lo tratan en Cuba: huésped VIP a la cuenta de las penurias del pueblo cubano; donde según el escritor uruguayo no pasa nada, nada realmente malo. Es decir, Eduardo Galeano, en sus visitas a la sede del castrismo, en su navegar por internet, no ha sabido nunca de las golpeaduras que reciben en la Isla mujeres inocentes, de las vejaciones de que son objeto los presos políticos, de la calamidad material y espiritual que padece una población que no tiene hacia dónde mirar. Así, el escritor uruguayo, defensor de la libertad de opinión, en sus paseos por la Isla seguramente ha leído otro periódico que no sea el pagado por la dictadura, ha visto otros canales de televisión y otras emisoras de radio que no sean las que igualmente están en la nómina del castrismo.
Él escribió un excelente libro, Las venas abiertas de América Latina, donde cita y analiza con sumo acierto los males que por acá padecemos. Hoy, lamentablemente, podemos decir que el libro no se ha puesto viejo; pero el autor sí, al sumarse a lo más crapuloso de la izquierda latinoamericana, al dar su visto bueno a regímenes autoritarios como el de Venezuela o peor aun a una dictadura que ha desangrado las venas de la isla de Cuba y que todavía hoy, cinismo mediante, afirma que durante unos cuantos años todo estará mejor, como prometiera 50 años atrás a la par que hundía a sus ciudadanos en el pánico y la miseria.
Dicen que cuando hay inteligencia no hay candor, candor extremo al menos, sino que es el cinismo, la perversión quienes afloran; este par de condiciones, primas del oportunismo. De manera que no hay modo de ir en contra de esta sentencia en el caso que nos ocupa.
Asimismo, se asegura que los sabios y los inteligentes, y los hombres de valer, agregaríamos —como tantos que han desertado del despotismo de izquierda latinoamericano—, se arrepienten; los ventajistas, no.
También uno espera que al llegar a la vejez, los hombres sean más íntegros. Pero ya ven, esto suele no ocurrir.
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