Opinión
Los nuevos dialogueros
El denominado exilio radical de Miami ha 'descubierto' la vía pacífica para superar el castrismo de la mano del Partido Republicano.
Quizás sea una simple coincidencia estadística, pero las figuras políticas cubanas más conocidas por la defensa de la vía pacífica y comprometidas con "el diálogo" —a veces hasta el extremismo—, son también las que más prejuicios antiamericanos muestran y las que más recelan del exilio de Miami.
Sin embargo, es curioso que el compromiso de una izquierda democrática y antiimperialista con "la solución pacífica" en Cuba se dé precisamente en los tiempos en que la propia administración norteamericana dejó bien claro que, a diferencia del Medio Oriente, donde está dispuesta a usar las armas sin vacilar, quiere que las tensiones en el Tíbet, Corea del Sur y Cuba se resuelvan a través de un entendimiento pacífico entre las partes. Es decir, la política norteamericana ve con buenos ojos la moderación y exilio del Dalai Lama, el apaciguamiento del sucesor norcoreano y la autorreforma gradual del castrismo.
Armando Pérez Roura, director general de Radio Mambí y presidente de la Junta Patriótica Cubana, además de ser el portavoz más representativo del exilio histórico de Miami, es un fiel partidario de la política republicana, en general, y de la política de George W. Bush hacia La Habana, en particular. Lo que exactamente esto significa hoy es que el llamado exilio radical de Miami se encuentra (o descubre) la vía pacífica de superación del castrismo a través de la lealtad al Partido Republicano, y no mediante una reflexión moralista o cambio de táctica por necesidad micropolítica.
No es el radicalismo de Miami el que fue a la política de diálogo, sino que la política de diálogo le vino enmarcada en la lógica republicana de la política norteamericana.
Lealtad al Partido Republicano
Al igual que los opositores, disidentes y exiliados cubanos, los demócratas chinos, los independentistas radicales tibetanos, los desertores de Pyongyang y los militaristas de Seúl también conocen la gran fuerza "persuasiva" de la política exterior norteamericana.
El martes 12 de septiembre, en el programa Mesa Redonda de Radio Mambí, que dirige Armando Pérez Roura, se dejó entender con mucho cuidado, como si fuera lo más natural del mundo, lo que es en verdad un cambio de posición respecto a "la vía cubana" en aras de una lealtad tradicional al Partido Republicano. Es decir, se expuso un nuevo tipo de diálogo, el diálogo de la derecha, que esta vez tampoco es el resultado del internacionalismo de la izquierda, sino del alineamiento del conservadurismo cubanoamericano.
El programa actual del exilio radical es coincidente con el punto de vista de la Casa Blanca. Habrá que aceptar algún tipo de sucesión en Cuba, con un grado de decencia mínimo que justifique un reconocimiento internacional. Sólo después de esto podrá hablarse de democracia política y participación del exilio en la definición de la misma.
Súmese a esto la combinación de pragmatismo jurídico y simbolismo político que representa que Luis Posada Carriles (terrorista patriota o revolucionario nacionalista) esté terminando su vida con un legado muy cercano al pacifismo. Pero no sólo eso.
Según dice el defensor de Posada Carriles, Eduardo Soto, citado por Curt Anderson (Associated Press) en el artículo "Abogado dice Posada no quiere violencia contra Cuba" ( El Nuevo Herald, septiembre 12, 2006), "…el cubano (Posada Carriles) aceptaría cualquier condición, incluida la prohibición de mantener contactos con exiliados cubanos en Miami que promueven el derrocamiento de Castro por la fuerza". Es decir, que no sólo se desmarca políticamente del exilio radical, sino incluso ciudadanamente.
Sin Posada Carriles, sin la Fundación Nacional Cubano Americana, sin el exilio histórico (radical, derechista, combatiente o como quiera se adjetive), ¿quién queda en Miami como partidario de una confrontación violenta, incluso enfática con el castrismo?
Si no existen, hay que inventarlos
Ni Alpha-66, más centrada en rescatar su historia que en la planificación de desembarcos costeros; ni Vigilia Mambisa, que pertenece más al folclor miamense que a la política real; ni los comandos F-4 de Rodolfo Frómeta, ex rebelde antibatistiano, a quien el dolor de sus familiares muertos lo conduce más a la impaciencia mediática que al entrenamiento paramilitar en una finca de Homestead, bastan para avalar la consideración de un Miami que quiere un encontronazo violento con el castrismo.
Mas, seguro sucederá lo de siempre. Lo que le pasó a Lavoisier y Laplace con Dios, a Castro con la invasión yanqui, a López Obrador con el fraude electoral: si no existen, hay que inventarlos. El exilio histórico, la derecha belicista de Miami, es ya más una hipótesis de trabajo que necesitan algunos periodistas paleoizquierdistas que una realidad a considerar. Incluso si existe, es tan leve que no amerita ser pensada.
Al igual que Manes, que tuvo que contentarse con el dualismo (más cómodo pero menos brillante que el monismo metafísico), sobrevivirán algunos enajenados que para pensar necesitan inventar una Cuba escindida entre un exilio radical y un castrismo radical también, que deberían ser lo mismo pero al revés; sólo con esa premisa falsa pueden asirse al adhocismo mentiroso de una racionalidad intermedia por la que transitarían ellos mismos, asépticos, libres de los pecaminosos extremos.
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