Opinión
Un son para algunos presos
¿Por qué se permite a Fidel Castro jugar con los 'huéspedes' de sus cárceles?
Hay bastantes dictadores en el planeta, pero ninguno tan sagaz y tan próximo a nosotros como el decano Fidel Castro. Hace ya muchos años que el contenido ideológico de su caudillaje quedó difuminado por un manejo pluscuamperfecto del populismo. Atrás quedó el tiempo de las esperanzas y de las lecturas inofensivas de sus decisiones políticas (las económicas, a la vista de sus resultados, no precisan rigurosos análisis).
Incuestionable campeón en el manejo del argumento de que la culpa es del enemigo exterior, su discurso antiestadounidense le viene sirviendo para distraer la atención interna desde 1959.
Lo que resulta insólito es que, casi cincuenta años después, haya conseguido en Salamanca y en Mar del Plata, sin ni siquiera comparecer, que en las Cumbres que en dichas ciudades se han celebrado se haya hablado sin cesar de su persona, y además, se haya condenado la política exterior norteamericana con una no menor variación semántica (bloqueo por embargo), sin una sola mención a la situación de los derechos humanos, los prisioneros políticos y las libertades públicas en el archipiélago cubano.
En lo que a España respecta, ni siquiera cabría invocar que plegarse a las presiones diplomáticas de Castro y Chávez tenga como justificación una sibilina defensa de los intereses económicos de las empresas españolas en Cuba, puesto que es un hecho que una gran parte de las firmas instaladas en La Habana en los últimos quince años están optando, de unos meses acá, por el cierre de sus oficinas e instalaciones.
Convertido en depositario de la voluntad de su pueblo, Castro interpreta la única verdad cubana y fija el camino a seguir por su país sin reparar en límites ni precisar intermediarios. Por supuesto, la libertad de expresión es su principal enemigo interno. Quienes critican son desprestigiados, callados y finalmente repudiados en "acciones espontáneas" protagonizadas, cómo no, por el "pueblo", que para hostigar a sus enemigos no precisa explicitar su voluntad en una suma de notas individuales destinadas a conformar un Parlamento.
Así ha sido durante muchos años. La prensa libre fue una de las primeras víctimas del comandante, y pronto quienes se dedicaban a escribir se alojaron en la cultura de la sospecha, las condenas mutuas y la falsa condescendencia.
Sin ninguna inmunidad y carentes de un poder judicial que les ampare, los encarcelados por motivos de opinión tras la gran redada de marzo de 2003 vienen contando con unos abogados imprevistos y especialmente incómodos para Castro: el correo electrónico e Internet, medios que permiten un seguimiento puntual de la suerte que van corriendo los represaliados.
Seres caminando hacia la locura
El peso de su obra habría de haber situado ya a su autor en su justo lugar. El balance de más de cuatro décadas de poder omnímodo reclamaba una mirada firme y decidida por parte de, especialmente, la comunidad hispanoamericana. Mas la irrupción de Chávez, escoltado por un incalificable Maradona reconvertido de futbolista a huligan ("le arrancaría la cabeza", matizó sobre Bush) ha vuelto a impedir planteamientos comunes de fortalecimiento democrático.
Castro ha conseguido, de nuevo, que las recientes fidelidades políticas que concita, financiadas por su gran hermano venezolano, cierren los ojos a la realidad. Para amenizar la "contra-cumbre" envió a Mar del Plata al cantautor Silvio Rodríguez, quien dedicó su, por otro lado, magnífica canción Rabo de Nube a "cinco compañeros cubanos presos en las cárceles del imperio (EE UU)".
Esos, pues, fueron los únicos presos recordados por los cuarenta mil asistentes al concierto contra el Área de Libre Comercio de las Américas, convertidos por el tedio sofocante del comandante ausente en cómplices de la larguísima humillación que representa el régimen cubano.
La historia de Cuba es un proceso abierto y el derecho que nace de ella corresponde ser ejercitado, sin duda, por los cubanos, que habrán de crear su futuro, si bien a partir de la situación de bancarrota económica y social en la que se encuentra su tierra desde hace ya muchos años.
El gobierno español, a cambio de apoyos como los prestados en Salamanca, debería continuar con las gestiones necesarias para procurar la liberación de los presos políticos cubanos. Es lamentable que se le permita a Fidel Castro jugar con los huéspedes de sus cárceles, al tiempo que les esteriliza el talento y les envilece la vida.
Así me expreso por cuanto quienes conocen la materia saben de sobra que cuando el comandante decide la liberación de un preso y su salida del país cuenta con dos factores significativos: que el que se va ya no entraña peligro, por cuanto ya no se volverá a saber de él en la Isla, y en segundo término, que la imagen de su revolución suele mejorar con tales gestos.
Tras los naufragios de Salamanca y de Mar del Plata, ojalá que la campaña internacional para la liberación de dichos presos consiga sus objetivos antes de que la situación en la que viven les convierta en seres caminando hacia la locura, la muerte o la autodestrucción, que los tres casos se han dado.
© cubaencuentro
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