Actualizado: 20/01/2017 14:43
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Liberalismo, Neoliberalismo, Universidades, Chile

Las tres tristes trampas de Carlos Alberto Montaner

Montaner llega al extremo de negar la existencia de su propia ideología y de reducir al liberalismo político al neoliberalismo económico

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Quiero comenzar esta réplica a Carlos Alberto Montaner (CAM) ayudándole a superar un resbalón de la memoria. Siguiendo la cadena de los debates con cubanos que CAM menciona, habría que apuntarle otro: el que sostuvo conmigo en enero de 2010 en relación con el terremoto en Haití. En ese debate sostuve que la pobreza haitiana estaba ligada a la desfavorable ubicación de ese país en la división regional del trabajo en función de la acumulación capitalista, mientras CAM prefirió explicarla como un resultado de la Revolución Haitiana y de los malos liderazgos generados desde ella. Fue interesante y aun se le encuentra en unas cuantas páginas webs.

No obstante, CAM olvidó ese debate porque apenas terminado, produjo y publicó una edición en que toda mi participación fue borrada, y solo quedó un texto que mostraba la gallarda e incontestada respuesta de CAM a un tal “economista Haroldo Dilla”. Un acto probablemente irreflexivo que desde mi punto de vista muestra dos cosas: que CAM tiene un sentido muy particular del pluralismo y del debate, y que no sabe diferenciar a un economista de un sociólogo. La versión recortada de CAM fue publicada en toda la red neoliberal a que se adscribe y, curiosamente, en la página web de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.

Ahora, la respuesta de CAM a nuestro artículo está sustentada en tres trampas, tristes como los tigres de Cabrera Infante.

La primera trampa es la manera como abandona el tema de la crítica que le hicimos el Dr. Carlos Durán y yo sobre la experiencia chilena y los juicios peyorativos que emitió contra el movimiento estudiantil y sus apoyos sociales. Entonces desmontamos los juicios de CAM y argumentamos sobre la vastedad de las propuestas en juego y sobre la complejidad de la situación chilena.

Pero ahora CAM calla, no dice nada de nuestros argumentos —como debiera ser en un debate— se retira del campo chileno sin pedir disculpas y regresa a las mismas ideas generales, con las mismas confusiones, como si nada hubiera pasado. Eso no es cultura de debate, sino autismo intelectual.

Sigue sin distinguir entre privado, público y estatal; ni entre una entidad sin fines de lucro y una empresa; ni entre una universidad seria y una fábrica de diplomas. Y si alguien duda de la terca reincidencia de CAM, les invito a que relean su invocación de la llamada Laureate International Universities como un ejemplo de la complementariedad perfecta entre fin de lucro y buenas universidades. Porque en realidad en la LIU predominan —junto a unos pocos casos de universidades prestigiosas— una infinitud de maquilas ensambladoras de graduados que no resistirían un escrutinio básico de capacidades. Es positivo que la ignota universidad peruana que menciona le haya publicado par de libros, pero eso no le hace una buena universidad como tampoco que tenga varios miles de estudiantes, que no son 30 mil como dice CAM, sino solo 14 mil repartidos en tres campus.

Y como CAM no nos cree, le recomiendo nuevas lecturas, y en particular una de Mario Vargas Llosa sobre el tema, que me parece aleccionadora viniendo de una persona a quien no le tiembla el pulso para defender la actividad privada.

La segunda trampa de Montaner es declararse víctima de la difamación y conducir un ataque personal sacado de los anaqueles de la guerra sicológica.

Yo lamento que CAM se sienta herido por nuestras críticas, pero un debate es un debate, y nadie que lo asuma puede esperar del adversario guiñitos de amor. Más aún cuando CAM, a quien no nos atan lazos personales que inhiban la crítica, es un hombre de verbo duro y filoso. Pero lo que criticamos textualmente de CAM es “su tendencia a opinar sobre lo que no conoce, desfigurar situaciones, ofender a sus adversarios y hacer de su ideología un credo fanático”. Lo cual creo que quedó demostrado en la manera como ha rehuido el debate sobre el tema chileno en que éste estaba originalmente centrado: había hablado de una situación cuyo intríngulis desconocía, desfiguraba la realidad y ofendía a los estudiantes y a la sociedad chilena.

Solicito a los lectores que traten de encontrar en nuestros alegatos críticos, una sola de las argumentaciones de Granma sobre el pasado de CAM, tal y como este sugiere y a donde trata de arrimar el asunto, de paso, otra vez, desfigurándolo. Súbitamente CAM me empuja al lado de Granma y convoca la solidaridad de los lectores. Y lo hace porque CAM y Granma son complementarios, y las difamaciones de Granma son parte del capital político de CAM.

Luego CAM se regodea en un juego retórico en que narra situaciones negativas que se han vivido en Cuba. Y en cada caso, adopta la postura superior e imparcial de un juez que declara no tener evidencias de mi participación culpable. Pero que deja sobre la mesa mi vinculación indirecta por consentimiento. Es una pena. Y sería una doble pena si CAM aspirara a que yo me dedicara a explicar mi vida y mis ideas. Solo puedo decir que cuando miro hacia mi vida pasada veo, como en toda vida, lados malos y buenos. Pero creo que puedo asumir con satisfacción una suma algebraica positiva basada en mis principios y en mis creencias.

A nadie oculto —no hay motivo para ello— que tengo una formación teórica fuertemente alimentada por el marxismo crítico, diría que soy fundamentalmente marxista, pero no sectariamente marxista. Tampoco oculto mi inclinación política socialista. Solo que ni el marxismo ni el socialismo que reclamo son los muñecos de paja que CAM construye para poder luchar ventajosamente con ellos. CAM nunca contiende con el marxismo o el socialismo, que ni conoce, ni entiende, sino con bagatelas que el mismo diseña para ofertar en los tianguis políticos que merodea.

Ojalá que CAM pueda hacer con su vida y sus creencias lo que yo puedo hacer las mías. Pero evidentemente no lo hace. Y llega al extremo de negar la existencia de su propia ideología y de reducir al liberalismo político al neoliberalismo económico.

Esto último es su tercera trampa. CAM dice que el neoliberalismo no existe. Y escribe una shopping list de premisas inconexas que constituirían la base de un credo liberal sin más distingos. Se equivoca y nos invita a equivocarnos. El neoliberalismo existe (Bordieu le llamaba “una doxa política”) y no solo como teoría sino como una práctica dolorosa en función de la acumulación capitalista.

El paradigma neoliberal es el orden desde el mercado, con una intervención habilitadora del Estado y una sociedad atomizada y limitada en su accionar ante los embates de ese mercado. Ha constituido un ejercicio radical de purga de capital sobreacumulado y de derechos sociales, y en todos los casos un atentado brutal contra el medio ambiente. Su pivote es la libertad negativa. Y su aspiración es que la prosperidad social sea alcanzada por efectos del derrame desde el mercado. La imagen que vende de Estado Mínimo es falsa. A pesar de su discurso estadofóbico los neoliberales no pueden renunciar a la protección estatal sobre la acumulación, sea dando subsidios, reprimiendo descontentos o salvando bancarrotas. De lo que hablan es de un estado social mínimo y de un estado/salvataje máximo.

El neoliberalismo trata de legitimarse con el mismo ardid que usa CAM cuando describe un evangelio de igualdad de oportunidades, sin tener en cuenta que existen terribles desigualdades para que las personas reales puedan acceder a estas oportunidades. Y por eso un joven de un barrio marginal chileno tendría muy pocas oportunidades de ser ese estudiante ejemplar que CAM prefigura como destinatario de una beca.

El neoliberalismo se impone sobre situaciones políticas indeseables que implican autoritarismo y represión —y que los neoliberales consideran males menores para salvar la “libertad” económica— de lo cual abundan ejemplos en nuestro continente (¿qué hacemos con Videla?). Pero es cierto que también pueden hacerlo sobre regímenes básicamente democráticos donde involucran la erosión de los derechos sociales y económicos de vastas mayorías. Y una creciente desigualdad social que hace del crecimiento un proceso terriblemente costoso. Thatcher lo sintetizó en una frase: la sociedad no existe.

El liberalismo político no es una panacea, pero es otra cosa. En lo fundamental es una propuesta que busca preservar los derechos civiles y políticos de los individuos frente al despotismo y la arbitrariedad, y los consagra como naturales. Es una conquista de la humanidad en su marcha hacia la libertad. Y en sus versiones contemporáneas —Gray, McPherson, Rawls, Kymlicka, Walzer— tiende a asumir la libertad positiva como norte. Justo lo que Amartya Sen valida como la clave de la libertad: el fortalecimiento de las capacidades reales para poder usar las oportunidades.

Casi huelga anotar que serían muchos los puntos de desacuerdos que tendría un liberal auténtico con un neoliberal. Y que la perspectiva socialista tiene que asumir muchos de estos valores, aunque no necesariamente todos, ni acríticamente. Y aun cuando la propuesta socialista —en cuanto socialista— de un paso en otra dirección al buscar preservar al individuo de los embates del capital y su locus mercantil, creo que no puede hacerlo negando al mercado (lo que siempre termina en situaciones premercantiles) sino socializándolo mediante la acción ciudadana y comunitaria. Como tampoco negando la propiedad privada, sino engarzándola en formas diferentes de propiedad en pos del bienestar común. Estoy absolutamente convencido que la libertad posible no se puede divorciar de formas diferentes de propiedad y del mercado, aunque no sea de la manera simplistamente lineal como lo imagina CAM.

Es curioso el apego de CAM al recurso desesperado de llamar a los famosos en su ayuda. Siempre lo hace, y a veces de manera muy simpática. Durante nuestro debate sobre Haití se proclamó heredero genético nada más y nada menos que de Rodrigo de Bastidas, Máximo Gómez, Fernández de Oviedo y José María Heredia, una mezcla explosiva de próceres, poetas y traficantes de esclavos que ilustra su virtud imaginativa. En el pasado artículo llamó al combate a Platón y a Aristóteles a favor, nada más y nada menos que del lucro en las universidades. Y ahora, subió al ring a Amartya Sen, uno de los más consistentes críticos del liberalismo económico, ¡en apoyo del liberalismo económico!

No es un asunto adjetivo. La calidad de un debate también se mide por la veracidad de las informaciones que se ofrecen. Y me temo que en aras de ofrecer sustento a su ideología, CAM es capaz de moldear la realidad a su antojo. Incluso cuando de estadísticas duras se trata. Los países que más y mejor han crecido en AL, dice, son “los que mantienen políticas dotadas de cierta orientación liberal, como México, Colombia, Perú y Chile”. Lo cual no parece corresponderse con las estadísticas internacionales que sitúan a países como Ecuador y Bolivia en lugares muy destacados, y en cambio comentan las cuasi-recesiones de México y Colombia, a lo que agregan desequilibrios sectoriales peligrosos. Yo no estoy defendiendo a los países de la matriz bolivariana, pero si de decir la verdad se trata…

Finalmente, desde la ventana de mi apartamento veo una linda mañana mexicana que merece otros usos. Y por eso concluyo aquí este artículo, y casi con toda seguridad este debate que ya está excediendo su objetivo inicial.

Y aclaro que a pesar de los tonos subidos, nada de esto es personal. CAM es un adversario, no un enemigo. Coincido con él en que se puede hablar con todo el mundo que no tenga récord criminal, y que son las acciones, y no las ideas, las pautas que debemos considerar. Y por eso —y aquí casi lo cito— no tengo reparos en dialogar con un neoliberal, como con un fascista, un nazista o un pinochetista.

En fin, dialogar amablemente con CAM siquiera para elogiar su buena pluma y su aún mejor humor.


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