Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Deuda, Putin, Rusia

¿Qué gana Rusia, qué pierde Cuba?

Rusia está interesada de nuevo en el desarrollo de la industria pesada en la Isla y busca la explotación de petróleo en las costas cubanas

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¿Qué ganó Rusia al condonar el 90 por ciento de la deuda contraída por Cuba, de casi $32.000 millones? Nada, desde el punto de vista económico. Todo, de cara a la propaganda. ¿En la esfera política? Está por verse. ¿Y en el terreno militar? Puede perder mucho, y más aún Cuba.

En primer lugar, la Duma rusa aprobó un acuerdo sobre una deuda que el nuevo país adquiere por herencia —no gracias a su gestión— y que sabía nunca sería abonada,

Desde el punto de vista económico, siempre cabe la posibilidad de perdonar un pago o parte de una obligación contraída, cuando el acreedor considera que tiene las de perder en una apuesta del todo o nada; de que hay posibilidades de lograr ingresos con nuevos pactos, que superen con creces lo perdido; o de que existe una reparación en bienes y servicios, que aunque no satisface por completo el monto adeudado sí compensa en cierta medida la potencial pérdida o sirve a otros fines monetarios. Esto rige tanto en los pequeños préstamos personales como para las grandes transacciones bancarias.

Nada de esto se aplica al perdón de la deuda cubana.

En la actualidad Rusia ocupa el décimo puesto entre los socios comerciales de Cuba, con un intercambio que se sitúa alrededor de los $272 millones. Países como España —para no mencionar a Venezuela, Canadá, Brasil y China— tienen una importancia comercial mayor. El exilio de Miami contribuye más a la economía cubana que Rusia.

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el intercambio comercial de Rusia y Latinoamérica alcanzó en 2013 $13.300 millones, con Brasil y Argentina como sus dos principales socios comerciales.

Nada indica que Moscú esté dispuesto o capacitado para ocupar de nuevo ese sitio excepcional, donde el intercambio con la Isla alcanzaba el 80 %, el cual se redujo a casi cero durante los años 90 del pasado siglo.

Aunque los acuerdos firmados el viernes en La Habana implican una ampliación de los nexos entre los dos países, no significan la entrada de Rusia como un importante socio comercial con Cuba, al menos que se encuentre petróleo, lo que siempre es una posibilidad pero hasta el momento no ha brindado resultados positivos, y que en sitios más promisorios y con menor equipamiento ha fracasado.

Las posibles inversiones de Rusia en la Isla se sitúan en el terreno estratégico, como lo acaba de dejar bien claro el propio presidente ruso, Vladimir Putin. Es decir, son a largo plazo, sin resultado a la vista.

Rusia está buscando explorar petróleo en las costas cubanas con acuerdos entre las empresas estatales rusas Rosneft y Zarubezhneft con la cubana Cupet.

El gobierno de la Isla calcula que tiene hasta 20.000 millones de barriles de petróleo en su lecho marino, si bien el Servicio Geológico de Estados Unidos dice que serían más bien unos 4.600 millones, de acuerdo con la información publicada por la agencia de noticias Reuters.

Compañías extranjeras como la española Repsol, la malaya Petronas y la venezolana PDVSA han perforado en Cuba sin éxito.

Otros proyectos conjuntos, según explicó Putin en La Habana, son la construcción de equipos de energía eléctrica rusos y el interés de empresas con sede en Moscú, que se especializan en la producción de plástico, piezas de automóviles y maquinaria pesada para la industria ferroviaria.

Resulta curioso que Rusia esté interesada de nuevo en el desarrollo de la industria pesada o relativamente pesada —un viejo principio de la economía soviética— en la Isla, cuando lo más adecuado acorde al país, sus recursos y su cultura, son la esfera de los servicios y la industria ligera y de manufacturas. Rusia intenta transitar un camino distinto al de España en Cuba, pero sobre todo fundamentalmente opuesto a la estrategia económica china, que tan buenos resultados económicos le ha dado al país asiático.

Estas empresas estarían situadas en la Zona Económica Especial de Mariel, aunque como parte de su inversión se encuentra el dinero que el gobierno cubano está supuesto a pagar a Rusia anualmente, para liquidar el 10 % restante de la deuda que no fue perdonado. ¿No conoce Putin los reiterados informes de incumplimientos económicos, divulgados por el mismo gobierno de la Isla, o que quienes con anterioridad malgastaron los recursos brindados por la URSS se mantienen en el poder?

El presidente ruso también adelantó que están estudiando un proyecto, que podría contar con la participación de inversores de terceros países, para crear un gran centro de transporte.

“Esto implica la modernización del puerto de Mariel y la construcción de un moderno aeropuerto internacional con la terminal de carga en San Antonio de los Baños”, dijo Putin según el diario español El País.

“Putin está tratando de asegurar mercados”, le dijo a BBC Mundo Otto Raúl Tielemans, investigador del Consejo de Asuntos Hemisféricos, un centro de estudios con sede en Washington. Es un enfoque, pero no el único.

Hay un interés en la visita de fortalecer los lazos comerciales, pero que no repercutirá de inmediato en la economía cubana y mucho menos en la vida cotidiana de los cubanos.

Ni hoteles rusos para el turismo, ni más turistas rusos —que prefieren viajar a Europa— y mucho menos la vuelta de las latas de carne y encurtidos a los estantes de las bodegas y supermercados de La Habana (si algún residente en la Isla siente este tipo de nostalgia gastronómica por “la carne rusa”, no tiene más que buscarse un pariente en Miami, donde se venden estos productos).

Objetivos políticos y fines políticos

Más importante que el objetivo económico, es el fin político de la visita, que se vincula a un empeño militar. Por supuesto que hay una relación estrecha entre los diferentes aspectos (económicos, políticos y militares), facilitada en gran parte por el hecho de que en Rusia impera un gobierno autoritario —en buena medida corporativo— y en Cuba un sistema totalitario. Tanto Moscú como La Habana están jugando una táctica que suele brindar buenos resultados: inducir a creer que una situación presente es comparable y puede ser juzgada a partir de esquemas del pasado.

No hay que extrañar entonces que resurjan las comparaciones con la guerra fría y será cuestión de días, ¿horas?, para que en Miami se vuelva a hablar de “amenaza rusa” —algunos, los más tenaces, simplemente repetirán “amenaza roja”— y que broten los comunicados de los congresistas cubanoamericanos. Serán anticipados, hay que esperar que no resulten premonitorios. Por lo pronto, es mejor ver primero los hechos y más adelante las especulaciones.

Proyectar una sombra

Si no se quiere afirmar simplemente que hablar de guerra fría en estos momentos es simplemente hacerle el juego a Putin y Castro, bastará con decir que es la reacción que ellos buscan o desean.

Porque con su visita a Latinoamérica y su cita de la reunión de las BRICS (acrónimo para el bloque de países emergentes conformado por Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica), que se celebrará en Fortaleza, Brasil, Putin está tratando de proyectar una sombra mayor que su figura.

El viaje ocurre en momentos de tensión en las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, que ha amenazado con nuevas sanciones a Moscú por su apoyo a los separatistas prorrusos en Ucrania, conflicto en el que La Habana se ha puesto al lado del Kremlin, de acuerdo a un cable de la AFP.

En coincidencia con la gira de Putin, el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, afirmó estar dispuesto a declarar un alto el fuego “bilateral” con los separatistas prorrusos, en una conversación telefónica el jueves con la jefa del gobierno alemán, Ángela Merkel, informó Kiev. Merkel y Putin aprovecharan su presencia en la clausura del Mundial de Fútbol, en Río de Janeiro, para celebrar un encuentro.

Poroshenko también habló con el vicepresidente estadounidense Joe Biden, mientras Washington ratificó que se prepara para imponer nuevas y fuertes sanciones económicas a Rusia “muy pronto” si Putin rechaza cortar los lazos con los separatistas prorrusos del este de Ucrania, región donde murieron 23 soldados ucranianos en las últimas 24 horas, lo que complica un cese el fuego.

Rusia ha disminuido el tono de su retórica belicista, desde el discurso de Putin de marzo de este año, cuando anunció la anexión de Crimea a Rusia, y prefiere hablar ahora de la ayuda humanitaria a la región, mientras gana tiempo.

“Los costos económicos, políticos y militares de cualquier acción armada para mantener a Ucrania —o incluso partes de ella— en la órbita de Moscú resultan muy elevados. Incluso el tipo de apoyo indirecto a las tropas separatista, del que la OTAN y el gobierno ucraniano acusan al Kremlin, parece estar perdiendo fuerza”, señala The New York Times.

Si bien sería prematuro aventurar que Moscú está tratando de llevar el conflicto bélico a Latinoamérica, sí hay evidencias de que busca reforzar sus alianzas cerca de la frontera de EEUU, en contrapartida con lo que le ha ocurrido a Rusia con la Organización del Atlántico Norte en Europa. Aquí el objetivo sería: si de momento no es posible recuperar a Ucrania dentro del plan del restablecimiento de una “Gran Rusia” —que no deja de ser el sueño de Putin— al menos evitar su ingreso en la OTAN.

Esto no quiere decir que Putin haya abandonado sus ambiciones territoriales en Ucrania, sino que continuará haciendo lo posible para mantener a este país débil, preso de conflictos internos y descentralizado.

Que la estrategia de Rusia con Ucrania siempre ha pasado por Latinoamérica lo demuestra que mientras Moscú anunciaba que estaba “alarmada” por el movimiento de tropas de la OTAN cerca de sus fronteras, el canciller Sergei Lavrov abordaba un avión para comenzar una visita oficial de trabajo.

El destino no era Kiev ni alguna conferencia de paz para resolver las crecientes tensiones entre su país y Ucrania, sino América Latina. Su primera escala: Cuba.

Dentro de este contexto hay que entender la declaración de Putin en La Habana sobre los objetivos y acuerdos firmados en la Isla.

“Ayudaremos a nuestros amigos cubanos a superar el bloqueo [embargo] ilegal”, declaró Putin tras una reunión con el gobernante Raúl Castro, y de nuevo volvió a proyectarse la sombra de la vieja URSS que la nueva Rusia quiere emitir ahora. Rusia y Cuba “están creando nuevas condiciones para el desarrollo de las relaciones bilaterales”.

Por su parte, Raúl Castro agradeció a Putin el gesto. “Al cabo de tantos años, que Rusia condone el 90 % de esa deuda y que el 10 % restante se invertirá en Cuba, es una muestra más y nuevamente una gran generosidad palpable del pueblo ruso hacia Cuba”, dijo Castro, que destacó que sin la ayuda del bloque soviético la revolución cubana no habría podido subsistir.

Un largo camino

No resulta extraño entonces que en esta segunda visita de Putin a la Isla como presidente, y la cuarta visita de un mandatario ruso a La Habana en los últimos 15 años, finalmente se revisen y amplíen los acuerdos firmados con anterioridad.

La primera vez que Putin fue a Cuba ocurrió en 2000 y el propio Fidel Castro le dio la bienvenida. Ahora el encargado de recibirle en el Aeropuerto José Martí fue el primer vicepresidente primero de Cuba, Miguel Díaz-Canel (Raúl Castro no recibe a dignatarios al pie de la escalerilla del avión, y es de esperar que esa norma se mantendrá cuando de aquí a dos semana llegue a La Habana el presidente chino, Xi Jinping),

En los viajes anteriores, tanto de Putin como del expresidente y actual primer ministro Dmitri Medvédev, se establecieron las bases de una decena de acuerdos de cooperación económica, comercial, científica y técnica, ahora ampliados, que estarán vigentes hasta 2020.

Durante el primer viaje oficial de Raúl Castro a Moscú como jefe de Estado, en enero de 2009, se ratificó un crédito de $20 millones otorgado a la Isla. Castro volvió a Rusia en 2012 y entre su visita y el regreso de Medvédev a La Habana, ocurrió la firma del Programa Intergubernamental para la Cooperación Económico-Comercial y Científico-Técnica 2012-2020, que este viernes fue reforzado con planes de nuevas inversiones. No se habló de nuevos créditos.

Tanto los planes de inversiones y la perforación petrolera, un proyecto que existía con anterioridad, favorecen un futuro y posible desarrollo económico de Cuba, pero no ofrecen soluciones inmediatas a la maltrecha economía cubana.

Pero hay otro aspecto de la visita de Putin que resulta más preocupante.

El reforzamiento de los vínculos políticos con Latinoamericana y en plantarse de cara a Estados Unidos en sus fronteras lleva también —como soporte— la posibilidad de una ampliada presencia militar rusa en Latinoamérica y el Caribe. Y aquí Cuba podría ser la pieza fundamental.

Misiles y barcos de guerra

En 2008, el entonces presidente Medvédev declaró: “Ningún país estaría contento si un bloque militar al que no pertenece se acerca a sus fronteras”.

Moscú considera al conflicto en Ucrania como el resultado de un acercamiento de la OTAN a sus fronteras.

En 2013 el ministro de Defensa ruso Sergei Shoigú anunció planes de su país para construir bases militares en Nicaragua, Cuba y Venezuela.

Ese mismo año, Rusia y Brasil finalizaron un acuerdo para la venta de 12 helicópteros militares rusos con un valor de $150 millones. Seis meses después el ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigú, volvió a Brasil para finalizar la venta de sistemas de misiles para reforzar la capacidad de defensa del gigante sudamericano con un valor de $1.000 millones, según BBC Mundo.

En esa misma gira Shoigú también visitó Perú, para promover un contrato militar para vehículos blindados para transporte de personal con un valor de $700 millones. Y en diciembre de ese año Lima anunció que sus fuerzas armadas planeaban adquirir 24 helicópteros militares rusos y abrir un centro de servicio para este tipo de aeronave.

En mayo de este año, el Consejo de Seguridad de la Federación Rusa y el Consejo de Defensa Nacional de Cuba firmaron un memorando de cooperación y acordaron crear un grupo de trabajo conjunto. Lo que llegó entonces a la tinta y la mesa de trabajo no fue más que la culminación parcial de un proceso iniciado hacía tiempo atrás: buques de guerra rusos visitan con frecuencia La Habana, una nave espía de ese país llegó recientemente a la capital cubana, en una visita no anunciada, y hace pocos meses Moscú volvió a mencionar su intención de establecer una o más bases militares en territorio cubano.

Con la firma del memorando se dio un paso más allá de las visitas y los apretones de manos. Se firmaron documentos que abren la vía a una colaboración bélica más estrecha. ¿Y quién lo hizo por la parte cubana? El coronel Alejandro Castro Espín, el hijo del general que gobierna la Isla.

El Consejo de Defensa Nacional de Cuba es la institución encargada de prepararse, en tiempos de paz, para dirigir el país si estalla una guerra. Así lo establece la Constitución de la República de Cuba. No solo tiene a su cargo la movilización general de tropas en caso de emergencia, sino que asume el control total de la nación.

En representación de un órgano tan poderoso, con la capacidad de firmar documentos y ante un aliado tradicional y de primer orden en el campo militar, Raúl Castro envió a alguien de su absoluta confianza: su hijo.

Para el Kremlin, la presencia militar en el Caribe va más allá de una cuestión de poderío y seguridad nacional. Hay en juego una forma de permanencia en el poder. Y en esto Moscú y La Habana coinciden.

Hay países cuyos gobiernos necesitan, más allá de los servicios imprescindibles para la seguridad nacional, llevar a cabo múltiples actividades secretas y con un potencial subversivo hacia aliados y enemigos, que incluyen desde labores de espionaje hasta diversas triquiñuelas internacionales. De lo contrario, les resultaría imposible a los miembros de la clase gobernante sobrevivir en el poder.

La Rusia de Putin es un buen ejemplo de ello. Otro es la Cuba de los Castro.

Pactos entre dictadores; actividades de obstruccionismo en foros internacionales; movimientos más o menos sutiles, bajo el disfraz de las buenas intenciones, destinados a la injerencia externa; grupos y alianzas creadas para destruir o minar otras existentes, u otorgarle mayor poder a un sector determinado dentro de una zona geográfica o política. Estas y otras actividades se llevan a cabo bajo las apariencias más dispares, en ocasiones retomando tácticas de la guerra fría y en otras transitando nuevos caminos.

En febrero de este año ya Shoigú había repetido que Rusia estaba negociando el establecimiento de bases militares en Venezuela, Nicaragua y Cuba.

“Planeamos aumentar la cantidad de las bases militares. Además de Vietnam y Cuba, planeamos ampliar su número con otros países como Venezuela, Nicaragua, islas Seychelles y Singapur”, dijo el ministro, según la agencia de noticias RIA Novosti.

Shoigú subrayó que las conversaciones estaban en marcha y que Rusia se encontraba cerca de la firma de los acuerdos respectivos.

El memorando de cooperación militar se debe situar dentro de este espíritu expansionista militar ruso, pero hay otro dato importante.

Por la parte rusa firmó el documento Nikolai P. Patrushev, quien tiene el grado de general de Ejército, fue coronel de la KGB y sustituto de Putin en 1999, al frente del Servicio Federal de Seguridad (FSB) de Rusia, informó RIA Novosti.

Para que un general de Ejército ruso se sentara negociar con un coronel cubano han de existir consideraciones futuras, que van más allá de los grados y tienen que ver con la verdadera herencia del poder en Cuba.

Ahora Putin menciona los planes para la construcción de un moderno aeropuerto internacional en San Antonio de los Baños. Desde 1942 se encuentra en ese lugar la base aérea más importante del país. No cabe duda de las implicaciones militares de esta propuesta.

Entre los acuerdos a tratar durante esta visita, hay también algunos de carácter logístico para el atraque y mantenimiento de barcos de la Marina de guerra rusa en el puerto habanero, de acuerdo a una información de El País. Como ya se mencionó, recientemente visitó Cuba el buque espía Viktor Leonov.

La gira de Putin por Latinoamérica tiene un marcado carácter comercial, según la prensa internacional, pero hay una parte oculta que podría tener una gran trascendencia, y tiene que ver con aviones y buques de guerra, no con petróleo y piezas para automóviles. Si las ambiciones de Putin y el afán de permanencia en el poder de los Castro desembocan en el aventurerismo bélico, entonces el futuro de la Isla no solo sería incierto y preocupante: se estaría pasando de la sombra de un imperio a la realidad del peligro que representa un país hostil, no en política ni economía, sino como amenaza militar, y Cuba estaría en el medio de ese conflicto.


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